A propósito de «El espinazo de las lámparas», de Braulio Aguilar

Por Rogelio Dueñas[1]

La vida de la poesía, sépalo el sépalo de la flor y no el pistilo que lo canta al aire, tiene sus propios compases de espíritu y no queda sino asumirlos sin morir o morir sin asumirlos (…)
Orlando Guillén

UNO

Cada vez son más los poetas que afianzan sus obras a la lógica de la competitividad y el consumo. De ahí que nos escupan sus propuestas abarrotadas de versos inanes que al igual que la leña de pirul, no sirven ni pa’ arder; nomás para hacer llorar. Nos sorrajan sus publicaciones bien cuidadas y sus recitales en donde pesa más la promoción de la personalidad que lo medianamente logrado de sus obras. La poesía es una forma de volver mucho más humana la existencia. Sobre todo cuando los versos nacen alejados de los preceptos deshumanizantes que resuenan en los muros del capitalismo y la posmodernidad. Asir a esos falsos cimientos una facultad tan humana como lo es escribir poesía, es un acto de sumisión. ¿Por qué tantos poetas se empeñan en tomar ese camino? Y justo ahora que nos resulta tan urgente la ruptura y el desentendimiento con los valores burgueses. Si es que en verdad estamos tan conscientes de los tiempos aciagos que atravesamos, ¿por qué entonces no apartar a la poesía de los caminos donde el dinero y el ego dominen? “Eso es precisamente el narcisismo, la expresión gratuita, la primacía del acto de comunicación sobre la naturaleza de lo comunicado, la indiferencia por los contenidos, la reabsorción lúdica del sentido, la comunicación sin objetivo ni público, el emisor convertido en el principal receptor” (Lipovetsky, 2010).Leer más

Política y literatura. Cuando convergen en una estación del año sin una esquina rota

Foto tomada de alsur.eltelegrafo.com.ec

Por Stephanie Fernández

  1. Introducción

No, no, no acabo de salir de un reclusorio, sólo pienso en lo que hizo que los pintores surrealistas dijeran que México es el país surrealista por excelencia. Lo entiendo… Y cuando digo que no acabo de salir del reclusorio es porque es cierto, pero me imagino que si uno saliera de la cárcel y se subiera en el camión le parecería “surreal” o curioso que mientras uno espera ir sin ningún inconveniente a su destino se subieran dos músicos, con su flauta y su acordeón, a tocar música gitana y mexicana (según sus propias palabras) mientras otro señor se sube a vender alegrías y amarantos al grito de lleve sus ricas alegrías o amarantos, cinco pesos, consideraría que, efectivamente, es algo que no se vería en otro país, aunque tal vez no haya salido de México, como yo, cuya imagen de otros países justifica la imaginación que da la literatura.

 

  1. Política

En los años 70 y 80, gracias al argumento de “seguridad nacional”, se dieron una serie de dictaduras en el Cono Sur de América Latina. Paraguay, con Alfredo Stroessner; Brasil, con una dictadura militar desde 1964; Bolivia, con Hugo Banzer desde 1971; Chile, con Augusto Pinochet, quien el 11 de septiembre de 1973 quitaría del ejecutivo a Salvador Allende, el cual ejercía un gobierno socialista elegido democráticamente; en Argentina, el 24 de marzo de 1976, Jorge Rafael Videla, apoyado por una junta militar, derrocó al gobierno de María Estela Martínez (aunque Argentina había tenido sólo breves periodos democráticos); en 1973 Uruguay sucumbiría a la dictadura de Juan María Bordaberry, quien, curiosamente, había sido elegido de manera democrática.Leer más

¿Quién me pela la cabeza de la lira? Breves notas sobre la obra lírica de Orlando Guillén y su importancia para el proceso de renovación de la poesía en México.

Imagen tomada de lospoliticosveracruz.com.mx

Por Rogelio Dueñas[1]

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Es harto sabido que durante décadas las instituciones culturales del Estado mexicano, al igual que el resto del ennegrecido sistema político, se han visto permeadas por una serie de prácticas que distan mucho del ideario democrático del que se han llenado la boca los gobernantes en turno. Cacicazgo, clientelismo, compadrazgo, manejo a conveniencia de los recursos públicos; han sido sólo algunos de los elementos de los que la cultura oficial se ha valido para perpetuar el poderío de la mediocridad. En el caso concreto de los poetas, cuando estos escriben obras en donde se logran avizorar aportaciones para la regeneración de la poesía, los centinelas del dogma  hacen uso del aparato del Estado para zancadillear al autor. Cuantimás si dichas obras cometen la osadía de cuestionar los estándares del canon.  

Como si todo lo anterior fuera poco, los “abusos costumbres” de ciertos grupúsculos de poetas emergentes que pululan dentro del espectro literario, le hacen el caldo gordo a la cultura filistea al amalgamar la ignorancia y cerrazón  a su “proceso creativo”.

Es jodidísimo verlos laureándose entre sí, afanándose en desdeñar la importancia de los elementos primarios que se requieren para construir una obra lírica medianamente enriquecedora. Resulta agobiante ver cómo están más preocupados por embriagarse hasta el culo que por plantarle cara a la rancia postura de la cultura oficialista, con propuestas poéticas que contengan un discurso más arriesgado y menos autocomplaciente. No sólo arruinan el bello deporte de perder el conocimiento con el gancho al hígado que propina el alcohol, lo hacen también con un asunto mucho más serio: la Poesía. Entorpecen su torrente al hacer circular textos pretenciosos, carentes de valor estético o poético, y que incluso aún traen consigo el lodo de las aguas pantanosas del lugar común. Publican poemarios a destajo, a la menor provocación. Parece que aún no comprenden que la Poesía no es un objeto decorativo del ego o una argucia de la que puedan valerse durante sus danzas de apareamiento al hacer brillar la charola de “poeta prolífico”. 

A esa sombra reducida vomitando por las calles y escupiendo vergas les llaman POETAS[2]. No se asoman ni por error a letras que no hayan nacido en el seno de su camarilla despótica de pseudointelectuales, o bien, que no hayan sido recomendadas por el jerarca que les preside. Retacan la cuadratura de su mente con los poetas de siempre, olvidando la obra de autores comprometidos con la transformación de la poesía. ¡Y aún tienen el descaro de cagarse en los poetas oficiales! Como si sus “prácticas literarias” no estuvieran emparentadas con los caciques culturales que dicen detestar. Así pues, la ramplonería logra apropiarse de la poesía y de los espacios destinados para ella.

No obstante, aún late el brío de una poesía infatigable. Tal es el caso de la obra de Orlando Guillén  (Acayucan, Veracruz, 1945), que al igual que varios de sus contemporáneos como Max Rojas o Jaime Reyes, ha sabido erigir su obra de modo tal que permanezca insepulta. Sus aportaciones son vastas y harto fructíferas. Menoscabarlas significa atentar contra el proceso de renovación de la poesía. En vano ha sido, pues, el ninguneo al que la cultura a sueldo ha querido someterlo. Su postura disidente le ha valido la persecución del Estado mexicano y el veto de su sistema cultural. Hay que recordar que en 2006, Orlando Guillén denunció, ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, la persecución y censura de la que ha sido objeto.

Guillén cuenta con muchísimas obras en su haber, no obstante, me limitaré a abordar de modo general únicamente cuatro de sus obras: Cantar del pantagruelista, Poesía inédita 1970-1978, Rey de Bastos y El costillar de Caín, esto con el fin de difundir y despertar el interés por la encomiable labor de Guillén de trastocar el lenguaje y enriquecer la poesía.  

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Hablar de la obra de Orlando Guillén es hablar de una propuesta crítica y mordaz. Notables sus ganas de increpar han sido desde siempre. Un claro ejemplo lo tenemos en Cantares de la dicha negra, poema rábido que Guillén desató a propósito del genocidio en Tlatelolco el 2 de octubre del ’68:

“Me hirieron la soledad, / me hirieron la compañía, / y donde quiera que voy, / me van hiriendo la voz, / me vigilan la saliva, / me enfurecen el tamaño de la furia / y me han dejado el recuerdo / lisiado desde el dos de octubre. Todos los dedos me dicen / las palabras / de los muertos nuevos.”

Es evidente el abismo que hay entre versos como los anteriores y la ambigüedad, por ejemplo, de las letras de la paz octaviana[3] al hablar de la masacre. Y si es así, ¿por qué versos como los del autor de La llama doble, son de los más recordados y elogiados? ¿Acaso será por las relaciones que tuvo Paz con el poder? En ese sentido, Evodio Escalante apunta lo siguiente:

“Es una lástima, pero a menudo el reconocimiento que alcanza una obra depende no tanto de los valores literarios que ella contiene, como de un complicado juego de posiciones culturales. No tanto la palabra justa: lo que importa es la relación justa en el momento en que se le necesita. Si no se tiene la suerte de haber amigos en posiciones favorables, si los modales del sujeto no son los adecuados, o simplemente no se muestra disposición para emprender lo que se llama una ‘carrera literaria’, entonces hay escasas probabilidades de que esa obra sea no ya reconocida, sino ni siquiera leída”.[4]

No obstante, Guillén siguió incidiendo, provocando.

Fue en 1972, año de guerrillas y escaladas represivas, cuando Guillén lanzó su Cantar del pantagruelista; publicación con versos certeros como:

“Me declaro culpable del delito de ser joven, / de tener 22 años / y de cargar mi hambre / como un estómago independiente.”

Muy ad hoc con el clima de la guerra sucia de aquellos años.

Sin embargo, es en Poesía inédita 1970-1978 (obra de juventud que, en 1983, tomaría el nombre definitivo de Versario pirata) en donde podemos toparnos con el Orlando que comienza a sacudir con más ahínco la polilla que se había venido acumulado en gran parte de la poesía producida en México. De aquí pal real, Guillén no sólo nombra de forma heterodoxa, sino que también nos deja ver el asombroso resultado de haber digerido las obras de Vallejo, Rabelais, Darío y Díaz Mirón. Aquí unos versos de Versario pirata, primera parte de las tres que componen Poesía inédita…:

“Pero esbelta tú/ irrumpes de cara al caos/ te acercas caminando deliciosamente/ moviéndolo meneándolo/ entras al WC para señoras del Café La Habana/ y meas escuetamente/ dejando un acre rocío sobre tu mata prójima/ un tufo alegre exquisito/ rabiosamente femenino/ y por ello humano Hacia dentro de ti un cáliz bellísimo/ se deshoja en pétalos de vida/ en flores de ti misma/ Pienso en tu carne clara como tu voz/ Tiemblo de tu esencia bebo un cáliz amargo/ Mara acerca hacia mí ese cáliz!”   

Los matices vallejianos son evidentes. Al igual que en su memorable verso “Me moriré en París con agua, cerdos!”, que en chinga nos remite a Piedra negra sobre una piedra blanca. A pesar de resonar los pasos del autor de Trilce en el patio de la poesía de Orlando, el infortunio se yergue en modos disímiles. La tesitura de su tristeza es mucho más irónica:

“Te saludo soledad muleta para suplirme Te saludo y te canto Con mi gargajo violáceo en tu cara purulenta oh soledad sitiada por dos ojos dos senos dos piernas dos nalgas dos brazos es decir digo aquella en su cintura y en su tórax Nadie se baña dos veces en la misma agua de angustia Nadie se sabe solo en medio de nosotros Te saludo soledad lobo que somos Te saludo salvaje aguerrida putita parada en cada esquina

Te saludo, estúpida

Contéstame!”

Es en Rey de Bastos (Universidad Autónoma Chapingo, 1985) donde, para deleite de muchos, la cosa comienza a ponerse dura. Aquí es donde Guillén tañe largos alientos y toda clase de ritmos. Según el propio autor, Rey de Bastos “es una enorme reprobación del cristianismo”. No obstante, al igual que cualquier otra obra poética, está sujeta a múltiples interpretaciones:  

“Yo trepé en un barco de hipócritas a verlos corcoveando/ Yo trepé en un barco de hipócritas como versario pirata/ el humo envolviendo la naturaleza del ser/ Y vi Los vi venir llenos de incienso/ Y particularmente registré ese momento en que un hipócrita a otro hipócrita besaba/ y ese fue el aprendizaje de adolescencia/ cuando uno trae púber el estar y el ser humanecido / cuando uno trae una alcoba en los sueños/ un saco de lagartos el pene como flor de las braguetas/ la mirada intensamente llena de Dios y las mujeres/ Pero hoy es tarde para haber nacido/ Ya no tengo mujer y soy hijo de mi madre/ Pero tengo mujer en el olvido/ Mi novia habita en una casa en un caserío/ Mi novia es poderosa y no tiene poder/ Mi novia es una muchacha que me mira y se agacha/ Mi novia no tiene sombra/ sucursales/ canal dos/ Mi novia no trae manojitos de mirra/ el sabor de la lengua cuando se besa no a la amada sino al amor/ Mi novia sortea rápida entre los charcos de lluvia los avatares de mi alma/ Mi novia no es novia de mi novia/ Yo soy la novia de mi novia/ Yo soy el novio de mi novia/ Yo soy el ser de mi novia y la amo perdida/ inalcanzablemente/ cuando beso su mano/ Un solo manotazo de poesía se estrella en mi cachete/ cuando le pido las nalgas/ Mírenla pasear por esta página Mírenle su muslo blanco/ su Leda mírenle/ Yo estrecho su cuello Yo soy la soga/ Apenas si el alba como Judas se guindaba del árbol del amor/ del árbol del alba misma/ y ya cantaba yo con la soga al cuello las canciones del alba”

No es fácil hincarle el diente a los versos de Guillén. Cualquiera de sus obras requiere una lectura concienzuda para lograr hacerla propia. Y El costillar de Caín (Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2001) no es la excepción.

Mucho de lo vertido en dicha publicación requiere cierto dominio de los recursos sintácticos, esto con la finalidad de ceñirse a sus versos de la manera más idónea y placentera. Es en este libro, donde la polisemia del lenguaje de los barrios cae en desbandada. Y no como distractor o mero artificio, algo habitual en la poesía que se ciñe al seno de la pequeña burguesía. Aquí, la mancuerna entre los elementos líricos al más puro estilo de Góngora o Quevedo, y la vulgaridad que estriba en los albures y en la dicharachería mexicana, es urdida por Guillén con precisión cirujana. El poeta torna el grito al origen: la garganta del pueblo. Y para muestra un topón:      

“Y a estertor que se comba se lo lleva la corriente/ Y el águila siendo animal se retrató en el dinero/ Hay azufre como pedos de Olvido en los jergones/ donde fueron parturientas las cinturonas de castidad en la Noche marchanta/ Y mientras que yo me monto y en el tren de la ausencia me voy/ sean guardianes de turno entonces pues mis cojones/ que para eso se quedan siempre los muy pendejos a las Puertas/ Y a las Puertas/ De las Muertas/ Una vena varicosa de imágenes/ Ponga a parir soldados entre los astros/ A las moscas muertas/ Y a reserva de mejorar y detrás de un vagón de ferrocarril descarrilado por cuyas ventanillas es pericoloso esporgerse / a pesar de la muerte y su clientela lampreada hay siempre/ un sepulturero en paro y otro agazapándose/ entre las tumbas  Se trata/ de un cementerio de enanos que en la vida fueron liliputas/ las unas liliputos los otros/ Y una vieja me lo daba/ Repagada a la pared/ Y como era Jorobada/ No se la pude meter/ No le aunque que fueras virgen  le dije/ Que este es el gallito inglés/ Y con paciencia y salivita/ me puse a jugar con ella/ al juego de La Condesa/ Que con que entre la cabeza/ El cuerpecillo como quiera se acomoda”

No por nada Mario Raúl Guzmán calificó El costillar de Caín como un recorrido delirante por los pueblos del habla. Esta obra en particular merece ser ampliamente difundida. Mucho tiene de renovadora como para que la inopia la degüelle.

Así pues, puedo decir, sin temor a equivocarme, que Orlando Guillén es uno de los poetas vivos más importantes. Apenas equiparable con el finado Ramón Martínez Ocaranza. La composición de sus obras es elemental para el desarrollo de una nueva forma de hacer poesía. Bien puede extenuar a los viajeros frecuentes de los terrenos en los que crepitan los reciclajes poéticos. Allí, en ese paisaje desértico donde los poetas se leen a sí mismos porque de lo contrario nadie los leería y donde los burócratas van y vienen hablando de premios literarios[5]. Los poetas incipientes mucho tenemos que aprender de Guillén.

Colma de contentura saber que la poesía en México no descansa en Paz. Está vivita y coleando y es de Acayucan. 

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Funcionarcos culturales: Sigan redireccionando el presupuesto de la difusión cultural hacia sus bolsillos, tal como se los ha enseñado el ego de los bursátrapas. Sectas de poetas “independientes”: Yo no quiero sus letras, por mí quédenselas para que se anquilosen con el hedor de su ignominia, con su resaca de siglos. Sigan empeñados en ser metástasis, pero no olviden que A cada cáncer se le llega su géminis. Si no me creen, pregunten a sus editores de cabecerda cuánto tiempo les queda de diva. Que descanses, lectorpe. Mientras tanto, yo me quedo con el versario guillenesco: fuente vital para nutrir la poesía.

 

 

[1] Rogelio Dueñas (Ciudad de México, 1987) Poeta. Autor de los poemarios Cirujano Del Instinto (2009), Calibre .38 (2011) y Efigie de miope (2015). Ha colaborado en publicaciones como Revista Clarimonda y Los Bastardos de la Uva. En 2012 coordinó el taller de poesía en Casa del Poeta José Emilio Pacheco, en Tlalnepantla de Baz. Algunos de sus poemas han sido incluidos en antologías nacionales y extranjeras.

[2] Fonz, Marco, “Carta desde el Mesías Salvaje a los mundos escriturales, a los estudiantes de letras y a los poetas astrales”,  Quito, Ecuador, 2013

[3] Término acuñado por Mario Raúl Guzmán para referirse a la obra de Octavio Paz.

[4] Escalante, Evodio (1981). La desmesura poética de Orlando Guillén, en Proceso. Recuperado desde https://www.proceso.com.mx/130801/la-desmesura-poetica-de-orlando-guillen

[5] Bolaño, Roberto. “Apuntes sobre la poesía de Orlando Guillén” en A la intemperie. Colaboraciones periodísticas, intervenciones públicas y ensayos. Alfaguara Ediciones, Madrid, 2019.

Ahí dice

Imagen tomada de http://www.premiereactors.com

Por Lilia Rojas [1]

Como si fuera la verdad. Ahí dice, está escrito. Como si al leer y comprender el código, el signo, la palabra…Ya. La verdad se apuntalara.

 

Lo escrito ha constituido la autoridad intelectual desde la invención de la imprenta. Desde entonces ha habido mucho, muy diverso, perseguido, maldito, paria, desconocido, pero igual impreso, oscuro, popular, obligado, fundador, luminoso, necesario, pertinente, urgente. Una vida humana no es suficiente para aspirar a leer todo lo escrito. Sin olvidar que la imprenta no inventó la escritura. La memoria de las hazañas humanas apremiaba desde el inicio de los tiempos. Aunque con la imprenta y la producción pletórica de literatura de todo tipo, la democratización del saber pudo ser vislumbrada. ¿Qué había antes? Hay muchos libros al respecto, bibliotecas enteras, de distintas épocas, además, con sus respectivas historicidades. Antes de la escritura había culturas orales que utilizaban técnicas de memoria basadas en la repetición. Entonces la comunicación necesitaba de personas vivas que replicaran y entendieran.

 

¿Que cómo lo sé? Lo leí. Sólo así pude imaginarlo y hacer esta grosera generalización. Porque desde que estoy consciente, he dado por hecho que las respuestas están en los libros, como si fuera algo sin historia, algo que es intrínseco a la vida. Las narraciones orales que permitieron conservar las hazañas de Aquiles, Ulises ─sólo por mencionar algo popular─ y compañía eran relatos no organizados contados oralmente hasta la saciedad, una tras otra vez. La oralidad es patente en la asociación de adjetivos para recordar a los hombres, el taimado Ulises, por ejemplo. Pero eso no fue articulado así la primera vez. En ese entonces, en el momento de la primera emisión sonora de la historia del héroe, el español no existía. ¿Cómo sé todo esto? Lo leí y eso me permitió desafiar mi concepción de cosas que daba por hecho porque cuando yo nací, ellas ya estaban ahí.

 

¿Y si lo que me dijeron fuera todo una especulación? ¿Por qué habría uno de creer todo eso? ¿Tanta autoridad tiene el libro para que a partir de lo que «dice» tu concepción de la vida cambie?Leer más

Lengua vulgar, a propósito de política y planeación lingüística en México

Imagen de Gerd Altmann

Por José Fernando Castillo Mejía[1]

 

Desde el principio de los tiempos, todo evoluciona y seguirá evolucionando. Esa es la regla: adaptarse o morir. No es, precisamente, que los organismos tomen la decisión de cambiar, sino que es una necesidad adecuarse a las circunstancias y condiciones nuevas. La lengua, como la literatura, diremos, es un  ser vivo[2] y,  por lo tanto, debe atender a las mismas exigencias de la vida. Entendamos esto al punto; la lengua nació como una necesidad comunicativa del hombre, se desarrolló según las necesidades, maduró hasta el punto de ser norma y comenzó a cambiar para adaptarse a las nuevas exigencias comunicativas… Desde la economía hasta la iteración. La lengua vive y, para hacerlo, necesita reinventarse.

 

Siempre resulta difícil el tema de la lengua vulgar, la polémica que genera es grande porque ¿es esa lengua vulgar el resultado de la evolución de la lengua culta, o su simple corrupción? ¿Hasta qué punto es lícito el cambio de una lengua? Aún en nuestros días el dilema sigue a medias resuelto. Lo innegable es que el uso y no la norma determina el camino de las lenguas.

 

Entenderemos mejor esto si damos como ejemplo de norma la literatura. La literatura busca, regularmente[3], la corrección en el habla, por lo cual puede considerarse un buen ejemplo de norma. Sin embargo, podemos apreciar que la literatura no puede transformar la lengua como puede hacerlo el uso. Como diría Fulgencio Planciades (personaje de Alfonso Reyes): Eso que leemos en los libros no es el idioma, sino el retrato o reflejo de un solo momento del idioma. Es la fría ceniza que cae de la combustión de la vida. Es como la huella de los idiomas. Mas éstos siguen adelante y van caminado según las flexiones que les comunica el habla familiar[4]. En resumen, por mucho que una obra literaria pueda renovar la lengua (sea el caso extremo de la poesía, por ejemplo, donde la catacresis[5] intenta crear nuevas formas de designación a las nuevas realidades o, simplemente, a realidades distintas: la constante búsqueda de maneras novísimas para expresar lo subjetivo… Ese amor que no es el amor que todos conocen sino el que conoce el poeta en su individualidad.), no impone nuevas formas de uso sino hasta que el vulgo, mejor dicho, los hablantes en general aceptan y hacen suya la expresión. La lengua vulgar, en cambio, se encuentra en constante muda y búsqueda de las mejores formas de comunicación, conque logra desarrollarse a partir de la “prueba y error” hacia maneras más adecuadas para la expresión de la realidad que encaran los mismos hablantes.Leer más

Pedro Páramo y el estereotipo inconsciente del «padre mexicano ausente»

Imagen tomada de institutoculturaldeleon.org.mx  

Por Alberto Rojas[1]

brayanbemail@gmail.com

Juan Rulfo, en su obra más icónica, nos sumerge en un confuso, melancólico y sombrío mundo atemorizante y lleno de penas; todo inicia con aquellas palabras que muchos de sus lectores recordaremos, recitándolas casi como una letanía: “Vine a Comala porque me dijeron que a acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo…”.

    Más allá de las referencias históricas a un pasado que dejó heridas en la sociedad mexicana, que aún no cicatrizan del todo, Pedro Páramo está repleta de metáforas ―conscientes o inconscientes, no se puede saber con certeza― sobre las particularidades del arquetipo de la paternidad en México, y sobre sus consecuencias no solo sociales, sino individuales.

    Si nos ponemos a buscar, incluso en nuestros conocimientos de cultura pop, seguro encontramos a un personaje varón, mexicano de nacimiento o ascendencia, desventurado en México o en el extranjero, cuyo padre no conoce o no ha visto en años. Autores que se dirigen al público infantil como Alire Sáenz o series populares estadounidenses están llenas de estos personajes. En ese sentido, es interesante observar que no solo culturas extranjeras perciben de esa forma la paternidad mexicana; los mexicanos mismos lo admiten a través de sus expresiones artísticas, sus conductas y sus decisiones colectivas. Y lo han hecho desde siglos.Leer más

Una X más en el mapa de la narrativa escrita por mujeres

 

Por Ximena Cobos CRUZ

 

En cierta parte de su recorrido por el papel de la mujer en la literatura, Virginia Woolf acierta a referir la producción poética, primer bastión de las escritoras, como «literatura de la queja». Continúa avanzando, revisando, dando ejemplos del desarrollo escritural de las mujeres; hallando aciertos y desencuentros con el fondo y la forma, hasta cerrar dejándonos la tarea más ardua como creadoras: conseguir engendrar obras que ya no dependan de las condicionantes de género que la sociedad nos obliga a vivir, a veces sin reconocerlo.

Pero qué pasa si la queja se vuelve denuncia, si la palabra se convierte en un lugar tomado como sitio de batalla, de resistencia desde la crítica. Qué sucede si reconocemos en la narrativa escrita por mujeres una realidad punzante que se repite a dos casas de la nuestra o a una lengua de distancia. ¿Cambia algo realmente? O será que nos es difícil asumir hasta en la ficción que cuando la mujer alza la voz no es simplemente una queja.

Pensemos en dos escritoras: Natalia Ginzburg (Italia, 1916-1991) y Nelida Piñón (Brasil, 1934). Si revisamos sus obras, resultaría difícil sostener que en su totalidad encierran una temática concentrada en el papel de la mujer en la sociedad. No obstante, entre todo lo que ellas produjeron hay dos cuentos de los que quiero hablar aquí: “La madre” (Ginzburg) y «I love my husband» (Piñón). Estos relatos, me gusta pensar, lograron denunciar lo que las feministas han tratado en las teorías, esa bella prosa académica que nos empodera en el discurso.Leer más

Desobedecer

Foto tomada de theatredelacite.com

Desobedecer

Por Liliana Rojas[1]

 

Dos amigas mexicanas fueron al teatro en París para fortalecer sus lazos fraternos. Desobedecer. Así se llamaba la obra. Fortalecer los lazos fraternos como motivo válido para ir al teatro, como justificación. Porque en la cotidianidad la justificación es más importante que el sentido. Sin embargo, para qué iría uno al teatro si no va a ver algo que tenga sentido. Además la obra se llamaba Desobedecer, qué diablos.

            En todo caso, qué menospreciado está el sentido en estos días. San Agustín dice que no sabría definir el tiempo, pero que sí sabe lo que es. Lo mismo aplica para el sentido. Si no le preguntan a uno, uno siempre sabe lo que es. Aunque el tiempo y el sentido no son la misma cosa. Qué coincidencia que los que juegan con la escena han mistificado las dos cosas, el sentido y el tiempo.

            Porque el sentido no es un objeto transhistórico que existe de por sí. Qué bueno, muchas personas nacen sin él y serían, sin duda, víctimas de la eugenesia. Ojalá eso fuera una distopía lejana. No lo es, no se olvidan las víctimas del sentido unilateral y totalitario, bien peinado…

            El sentido se construye, se crea, se esculpe, se manufactura. La actividad transformadora de la preferencia de uno puede verbalizar el sentido. Es una falacia decir que no todo lo que se hace sobre escena tiene que tener sentido. No es que «tenga» que tener sentido. Como si uno pusiera en pausa su existencia histórica para, ahora sí, despojar de sentido el momento. «¡Tengamos un momento puro! ¡Quitémosle el sentido!» El sentido no es el oxígeno o la luz solar aunque sí se encuentra maleable en las distancias entre los sujetos.Leer más

La Isla de los hombres solos. Un llamado a la consciencia

Foto tomada de Sobre-T

La Isla de los hombres solos. Un llamado a la consciencia 

Por Ximena Cobos 

 

El problema de la función social de la literatura ha sido bastante cuestionado desde la crítica literaria; quizá sea porque asumir que ésta tenga realmente un oficio transformador intimida a los lectores, escandaliza a los críticos y compromete a los escritores. Sin embargo, es posible que la función exista, me atrevo a sostener, en relación a la sensibilidad social que tenga el receptor, y no me refiero a una simple capacidad de conmoverse. Si aceptamos que la literatura no es mímesis absoluta, tampoco ficción plena, y que tanto escritor como lector reconocen en la obra rasgos de la realidad objetiva abrimos la posibilidad a la empatía, una empatía social más abarcadora, y a la reflexión en torno a esa realidad mediante la lectura.   

Precisamente, una de las novelas latinoamericanas que más requiere de la empatía es La isla de los hombres solos del costarricense José León Sánchez. Una pieza que resulta fundamental volver a poner constantemente a la vista de lectores “especializados” y “amateurs”[1], pues logra o debería conseguir que quien se adentre en sus páginas se responsabilice de reflexionar, buscar y compartir nuevas formas que contrarresten el sistema que hace funcionar las sociedades. Es así que esta es una invitación a laLeer más