Tras la huella aborigen en Sydney

Por Carla Pascual Martínez

Hoy, Sydney es una puerta al pasado de Australia. Antes de su icónica Opera House y magníficos museos, fue el hogar de tribus aborígenes por miles de años.

Los niños que consultaron la popular Encyclopedia of Australia en la década de los cincuenta crecieron pensando que su país era joven. Y cómo no, si apenas habían pasado poco más de 150 años desde que Arthur Phillips llegó de Inglaterra en 1788 a establecer una colonia de prisioneros ingleses en la ensenada que bautizó con el nombre de Sydney. Si la presencia humana en Australia tiene más de 50,000 años, ¿por qué la Encyclopedia solo menciona “la caída de sus antiguos pobladores” y no profundiza acerca de los clanes que vivían en ella cuando relata la historia de Sydney?

Desde los años noventa, gobierno y sociedad civil se han dado a la tarea de reconocer e impulsar la cultura de las tribus aborígenes, que hoy suman cerca de 650,000 personas, solo el 2.8% de la población. Los resultados son palpables al recorrer Sydney, especialmente su puerto, un lugar idóneo para empezar a rastrear la huella aborigen, no solo en la ciudad, sino en Australia. Ahí se encuentra Dawes Point (Tar-ra) Park, que fue la tierra de los Cadigal, uno de los siete clanes de la zona, quienes la llamaban Tar-ra. Envuelto por el viento de la cima que ocupa, uno no se da cuenta de que los metros cuadrados de pasto frente a nosotros son un parque hasta toparse con una placa de bienvenida que honra a los Cadigal. Tar-ra casi no tiene nada y a la vez lo tiene todo. Nada queda del observatorio y la casa construidos por el lugarteniente William Dawes, las primeras edificaciones de Sydney, las cuales fueron derribadas para construir la fortaleza. De ella, solo persisten cinco cañones, pues fue demolida hace casi 100 años para erigir el monumental puente de arco que es el Sydney Harbour Bridge.

En cambio, para los aborígenes, el pedazo de superficie que es Tar-ra lo tiene todo, pues su cosmovisión e identidad se forjan a partir del territorio, que no es solo la tierra, sino los fenómenos naturales que lo transforman y las actividades sagradas y cotidianas que inspira. Por ejemplo, los Cadigal pudieron haber creado la bella historia del “Despertar de la Ballena” para explicar la migración de los cetáceos al área de Sydney. Cuenta esta historia que los animales, que vivían en otro mundo, le robaron su canoa a la ballena para mudarse al territorio de los aborígenes y, desde entonces, ella la busca por los mares.

Desde Tar-ra, las vistas son espectaculares: hacia arriba, el robusto entramado de vigas de acero del extremo noroeste del Sydney Harbour Bridge, resultado de la prosperidad; al este, la vista panorámica del puerto de la ciudad, con sus ferries, cortos acantilados y, desde luego, la Opera House.

Por las escaleras del parque se alcanza la parte superior del puente, donde el 28 de mayo de 2000, sus ocho carriles fueron tomados por más de 250,000 personas en la Marcha de la Reconciliación entre los aborígenes y los demás australianos, la manifestación más grande en la historia del país. En los siguientes meses, ¡más de un millón de personas también marcharon por toda la nación! Pero ¿por qué la reconciliación? La respuesta está en el arte aborigen, exhibido en el Museum of Contemporary Art, ubicado en el muelle Circular Quay. Para llegar a él, hay que bajar del puente por las calles empedradas de The Rocks, el pintoresco barrio de casas antiguas de piedra donde se establecieron los primeros colonizadores y llamado Tallawoladah por los Cadigal. 

El arte aborigen antiguo y contemporáneo pinta sobre el Dreaming, que es la creación del territorio, los espíritus y los aborígenes y sus valores. La representación de la Serpiente Arcoiris es recurrente y su historia dice así: despertó de su sueño y en búsqueda de su tribu, su cuerpo trazó el cauce de los ríos actuales, que luego se llenaron con el agua almacenada en los vientres de las ranas que creó. El agua pobló de vegetación la tierra y fue momento para llamar a los animales a la vida: marsupiales, como canguros y vombátidos, y reptiles del desierto, como el lagarto monitor, que son representados en el arte aborigen por ésta y muchas otras historias. En sí, la pintura aborigen muestra la manera de estar en el mundo, una manera opuesta a la occidental: el ser humano como un ser más de la naturaleza y no como uno superior que la subordina.

El museo destaca mundialmente por su espectacular colección de 270 pinturas aborígenes contemporáneas hechas sobre corteza de eucalipto, tradición que continúa al norte de Australia, en Arnhem Land. Resulta impresionante que se mantenga la técnica y costumbres de hace 18,000 años cuando pintaban en las cuevas. Las figuras se caracterizan por el patrón de rayado transversal pintado en tonos ocre, blanco y negro con pinceles de tres o cuatro cabellos humanos. Los grupos aún intercambian pigmentos entre ellos, pues solo el grupo dueño puede recolectarlo de la naturaleza. En el este de Arnhem Land, el rojo y el blanco pertenecen al grupo de Dhuwa, mientras que el amarillo y el negro al grupo Yirritja.

Al salir del museo y caminar por Circular Quay, entre el sonido del romper de las olas contra el muelle, la exhibición continúa ahora en galerías de arte. Exponen lienzos de artistas del desierto, caracterizados por representar ojos de agua, vitales para la sobrevivencia, con patrones de puntos pintados con las puntas de los dedos como lo hacían sus antepasados sobre las rocas.

La vida de los aborígenes cambió radicalmente cuando los colonizadores tomaron posesión de la tierra bajo el principio de terra nullius o “tierra que no le pertenece a nadie”, y por ende, transformaron el territorio y la creación del Dreaming. Al ser los aborígenes seminómadas, los ingleses no vieron rastros de viviendas ni de agricultura, concluyeron que no eran dueños de la tierra y proclamaron la soberanía sobre Australia. La viruela y las armas los ayudaron a expandirse y desplazar a los nativos de su hogar y después explotar los bosques y costas, lo cual llevó en parte a Australia a ser un país de primer mundo. Tristemente, los aborígenes fueron despojados de sus raíces y su identidad se debilitó.

Antes de la colonización, no había “artistas”, sino que todos pintaban porque, al no haber desarrollado lenguaje escrito, la pintura era un medio para transmitir el conocimiento. Hoy en día, ¿por qué pintan los aborígenes? Una razón es que sus obras han sido evidencia de su milenario vínculo con el territorio para reclamarlo ante los tribunales, de lo cual el pueblo de Meriam es precursor y en 1992 logró una conquista histórica que ayuda a los aborígenes a reconstruir su identidad: la Suprema Corte eliminó el principio de terra nullius, y reconoció que han vivido en Australia por miles de años y tienen derecho a su territorio. Otros pueblos siguen el ejemplo y han ganado sobre los intereses económicos de la agricultura, la minería y la pesca.

           Circular Quay concluye en la Punta de Bennelong, dominada por la Opera House y llamada así en memoria de quien fue intérprete entre su tribu, Wangal, y los ingleses. Cada noche desde el año 2017, el techo del exclusivo Restaurante Bennelong de la Opera House se convierte en pantalla al aire libre de una proyección animada de arte aborigen contemporáneo, donde las aves, reptiles, marsupiales y ballenas de las historias y pinturas del Dreaming cobran vida ahora en una gran variedad de colores habilitados por la tecnología digital.

Así que Australia no es tan joven como los turistas y los mismos australianos todavía la perciben. Y aunque falta mucho para lograr la reconciliación entre las culturas aborigen y la australiana, reconocer a los aborígenes hace de Australia un país más rico.  

 

 

 

 

 

 

 

 

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