Facundo Martín Desimone | Poemas

Facundo Martín Desimone (Buenos Aires, 1985). Escritor, poeta, guionista, músico y periodista. Actualmente se desempeña como guionista en Edén Cómic. Sus últimas publicaciones fueron “Sombras grabadas en el hierro” (haikus) en La Pinche Revista y en la web de la editorial Búho Negro. Más de su obra se pueden hallar en la revista Áspera, N° 3.

 

Poema malo

A Fogwill (el espíritu, no la persona)

 

Poema malo, poema croto, poema mocho.

Poema de la flor hipersulfatada,

del hipocampo hiperventilado,

del hipo

y de los espasmos.

 

De la fiebre y la vida negra,

la contravida,

la antivida

que fluye tan pasiva de tu cuerpo,

de tus espejos

como un río de ranitas ciegas, mochas,

también negras.

 

Poema que se viste con la degustación de lo pantanoso,

aguas estancadas en otro tiempo.

Con la putrefacción de las almas.

 

Poema tan malo y tan feo que da asco,

como un montón de gusanos rotos en los fideos

o en el revuelto gramajo.

Miles de bichos-bolita en tu subconsciente

y un infierno de cucarachas bajo tu cama.

 

Poema de los mil demonios,

poema indescriptiblemente malo, poema parco.

 

Poema

de todas las veces que pasé por tu casa

y estabas en teatro,

o engañándome

con mil guanacos.

 

Poema indefinidamente de mierda,

que no sirve para un carajo.

Excepto, tal vez,

para atascarse en las gargantas

de todos los reverendos y las monjitas muertas

que dominan el mundo con ganas.

Y de nosotros, los retarados

que permitimos que todo eso pase.

 

Se va todo, señoras, señores:

todo al doble-cero,

la supergrasa de las capitales,

el dino-tiempo que muere en los volcanes,

poema malo.

 

 

Agujeros negros / fluir hacia el pozo de energía oscura

 

La biblia en tu interior

desata colmenas enajenadas,

furiosas luciérnagas quemadas.

 

El refulgir y explotar de la noche primitiva

para volver a refugiarse en la entropía.

La mente del león ensombrecida.

 

La melena mocha,

       el sol encandilado

     y las tijeras/espantasuegras de Dalila

  liberando el torrente de cumbias

     de mil y una gargantas afónicas.

 

Apagar la máquina, enceguecerse,

    un ¡click!moderno

y volver a penetrar los espejos,

anestesiar la armonía cósmica,

    desarmar el espectro visible,

       abrirse paso entre los planos,

fusionarse con el latido del tiempo

       y ascender con la corriente de fuerza etérea

           que arrancará el alma a los cuerpos,

precipitando el salto evolutivo

que prescinde de la materia,

destronando así a los dioses

y a los viles seres antropomórficos.

 

 

Aguante todo

 

Interpretar dibujos como un ​dancingfumanchero.

Jugar con la placenta perdida en el inconsciente.

  ¿Mojar los labios…

o humedecerlos?

   Buscar la luz,

 aumentarla,

 generar un espacio vacío.

 

  Vulnerar la creatividad,

 exprimirla,

   llevarla hasta el justo límite de la cordura,

derretir el cerebro en su tinta,

   buscar alivio en los destellos del mundo onírico.

          Invocar al dios del hielo,

                   robarle su tesoro,

     extraer de sus moléculas el cero absoluto,

tomárselo con soda.

 

  La espera se vuelve dulce,

    escancia la belleza.

 

Caen cristales desde las estrellas,

 caramelos crecen desde el centro de la Tierra.

 

  El aire palermitano me desdibuja los zapatos,

pero todo es soportable

ante la promesa

 de hacer arder con mi fuego

   las más exquisitas destrezas:

  experimentar, aunque sea por efímeros instantes,

el universo matemático imantado

     que emana desde su piel

 en el ocaso de sus besos como canciones de amor gitanas;

    aspirar el aroma secreto

de sus fantasías más hieratizadas.

 

 Y si el humo de la tarde nos sacude

como vestigios de estalactitas negras,

ya no habrá que temer a los dioses, si no

absorber su sapiencia.

 

Extender los receptores como redes o tentáculos,

conectarse con la energía que emana lenta,

abstraerse en un puro presente,

       volverse uno con todo,

disfrutar los detalles más sutiles

     de esa neblina espumosa y fluctuante

                  que ya viene a poblarnos las cejas.

 

 

 

 

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