Michelle Fajardo | Poemas

Michelle Fajardo (Ciudad de México, 1993). Estudiante de Creación Literaria en la UACM SL. De vez en cuando escribe poemas que le gustan. 

Poemario 25

Manzanas

Soy la cara de mi abuela,

con sus ojos grandes y despiertos,

búhos en la noche

con plumas de pestañas.

Soy sus manos heladas y risueñas,

grandes como su fuerza

cuando sostuvo a sus hijos sola.

Dicen que soy el carácter

de una mujer que dirigía una fábrica

y que sabía tejer.

Soy el valor de mis tías,

el valor de graduarse

y de amar mil veces.

Dicen que soy la voz

de mujeres que no podían gritar

y ahora lo hacen

a través de mi garganta,

dicen que soy su historia.

Soy el entusiasmo de mis primas,

la fe con la que toman las pancartas,

las ganas de hacer

lo que no pudieron las otras.

Soy su sororidad.

Dicen que soy el sueño

de mujeres que me quieren viva,

verme mañana en comidas familiares

y no en carteles de «se busca»,

dicen que soy su historia.

Soy la otra mitad de mi hermana,

un reflejo en su corazón y en el mío

si nos pasa algo y estamos lejos.

Soy su sangre vibrando en otra carne,

no soy, somos.

Dicen que soy la mayor,

que soy su hermana-guía,

pero ella camina a mi lado,

dicen que soy su historia.

Soy la ternura de mi madre,

sabia como sus consejos,

abrazo tan cálido como ella.

Soy el amor de mi madre

que no me parió,

multiplicó su persona,

me dotó de su capacidad

de asombro e ingenio,

amo tanto como amo

porque ella me amó así.

Dicen que soy el legado

de una mujer que me hizo como ella

sin saber que me haría pensar

como habría elegido yo misma,

dicen que soy su historia.

Dicen también

que antes de la abuela

otras mujeres sembraron mi semilla,

que soy todas ellas,

y yo sigo aquí preguntándome

qué hice bien en otro plano astral

para que me tocara un árbol

tan verde, vital y frondoso,

tan lleno de manzanas rebeldes,

de manzanas que me inspiran tanto.

 

 

Conocí a un Octavio

Yo también estuve con alguien

que se escondía atrás mío

porque le molestaba mi estrella.

Yo también estuve con alguien,

se creía poeta y Nobel,

hablaba de trapos sobre una cama,

trapos que eran mujeres,

sus mujeres, las vulnerables,

las frívolas, las esclavas,

las locas, las estúpidas,

las que podía tirar…

Se molestaba si no le veía talento,

se molestaba más si escribía mejor.

Yo también era Elena dándole al blanco,

tuve un Octavio quitando mis flechas.

Yo también escribía de noche,

«esto no es poesía», me dijo siempre,

«esto no te va a funcionar».

También perdí en el aire mil ideas,

luego las encontré en sus cuadernos.

Yo también escuché

«escribes mal porque no tiene ritmo»,

«tú no sales de lugares comunes»,

«no tienes don pa’ ser poeta»,

lo escuché de unos ojos

que nunca (se) estremecieron.

Y mientras tanto, yo también,

era varios mundos sin saberlo,

era el faro de la calle solitaria,

era el hombro invisible

sobre el que lloraba mucha gente,

era y soy eso en lo que se (en)vuelve

cada poema que escribo.

Ahora que lo sé, me pregunto,

en cuál de mis hogueras

arderá de cólera ese Octavio.

 

 

Yo

Yo, la mujer entera,

La inquebrantable,

Mujer piedra sin lágrimas,

Volcán de eterna erupción,

El universo en mi sexo.

Yo, la mujer que quiero,

La inagotable,

Ni la soledad me domina,

No me conmueve ni el amor,

sólo la poesía tiene ese efecto.

 

 

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