El narco se desarrolla, el imperio se fortalece

Por Alonso Mancilla

“La coca la consume quién ahora está sentado a tu lado en

el tren y la ha tomado para despertarse en esta mañana,

o el conductor que está al volante del autobús que te

lleva a casa porque quiere hacer unas horas

extras sin sentir calambres en las cervicales,

consume coca quién está más próximo a ti”

Roberto Saviano, 000.

 

Las drogas como política de Estado

En todos los países del mundo estamos bajo los efectos de algo, hay quienes lo hacen con la televisión, la cultura, la ideología, que son fenómenos alienantes y cloroformantes, sin embargo, no significa que estén drogados, pues drogarse tiene el fin de modificar la actividad mental (psicotrópico), además de ser un acto estrictamente voluntario, a menos que sea administrado en contra de la voluntad o por la ignorancia del individuo.

Por consiguiente, podemos decir que más del 80% de la población mundial está drogada como “remedio” para permanecer vivo en estas condiciones modernas de producción, con la más sentida tendencia de alienarse, convirtiéndose, así, en la vida misma.

El uso de psicotrópicos ―de todos los colores y sabores― se debe a que los individuos no pueden adaptarse a un sistema social que los piensa como valor de uso, pues alterando su conciencia permiten “la anulación química pura y simple de la alteración percibida en primer lugar, que impedía la supervivencia reclamada por las necesidades de uso del capitalismo” (Herny y Léger, 1974: 11).

Drogarse con cualquier sustancia de efecto psicotrópico se manifiesta como necesidad de conseguir otra forma de vida; nos drogamos con el fin de sobrevivir. Si no me creen, respondamos a la siguiente cuestión ¿por qué, después de una larga jornada laboral, vamos al bar y nos pegamos tremenda borrachea? será porque ya nos la merecemos o será por que no soportamos más este sistema explotador.

La alteración o transformación de la mente por medio de estas sustancias como “primera función de la droga es proporcionar artificialmente la satisfacción reclamada impidiendo la conciencia de los <<males>>” (Herny y Léger, 1974: 12), esto es, para apaciguar o desvanecer ―por un “buen” momento― la mala semana que pasé: el regaño del jefe, la pelea con la pareja, un salario que no me alcanza, los asaltos e, inclusive, los largos y tardíos traslados en el pésimo transporte público.

Sin embargo, esta alteración de la conciencia vía sustancias psicotrópicas, no puede ser percibida por el alienado, pues está en un estado de toxicomanía ―que no es lo mismo que intoxicación por drogas―, una “manera de vida social bajo la acción de los psicótropos, una manera histórica de alienación humana” (Herny y Léger, 1974: 13).

Así pues, el Estado burgués ofrece un amplio catálogo de sustancias psicotrópicas para todo tipo de gustos, en respuesta a la demanda por parte de las masas que están en desacuerdo con su realidad social; pues la no entrega de estos psicotrópicos puede desembocar en una multitud de hombres y mujeres sublevadas.

En realidad, lo que no podemos afirmar es que todas las drogas o la droga en sí sea peligrosa, por lo que no haremos un mal juicio de ella, sin embargo, en este sistema económico―social la afirmación es dañina, pues las drogas derivan en efectos sociales de la vida en comunidad, lo que se llama toxicomanía de las masas.

Así pues, el uso de las drogas en el siglo XIX permitía a los autómatas obreros “engañar el hambre, suprimir los calambres abdominales al mismo tiempo que inducía a una euforia tranquila” (Herny y Léger, 1974: 16). Inclusive, los mismos burgueses proporcionaban las píldoras de opio ―sin restricciones― a la clase trabajadora para mantenerla adormilada y trabajante, garantizando así, su seguridad y su perennidad.

El Estado burgués, por medio de las drogas, ha hecho de ésta una política social hegemónica de amaestramiento de las masas populares y una manera “formidable” de represión política que sustituye, de alguna manera, a las cárceles, pues las cadenas ahora son invisibles.

En pleno neoliberalismo, el Estado burgués ha utilizado la libertad, ya no sólo de vender su fuerza de trabajo al mejor postor, sino que el obrero puede ejercer su libertad para ingerir ―encadenarse― cualquier droga, pues ya se ha autodenominado defectuoso en el sistema capital. Siendo los psicotrópicos lo que lo libere ―aunque sea un instante― de esa carga.

En suma, y como ya dijimos anteriormente, el consumo de drogas constituye una concreta alienación mental y hace a la humanidad no apta para la consciencia de sí misma en el entorno que la rodea, por lo que siempre está a expensa de que su salvador sea el Estado, por lo que cuando los hombres se drogan, el Estado burgués se fortalece.

 

Las drogas como dominio

Dentro del capitalismo, el uso de drogas ilegales, además de ser una jugosa ganancia, también es parte del gran dominio, ya que se desarrolla a niveles internacionales y de salvaje explotación.

Así pues, no se puede obviar la relación entre los grandes narcotraficantes y los representantes del poder, quienes en pro de la ganancia y el control del negocio cooperan ampliamente, sin embargo, en ocasiones ―cuando el Estado no es narcogobierno o el narcotráfico no está sometido nacionalmente― se desarrollan conflictos de intereses, en los cuales la pugna es el monopolio de la violencia y el control del Estado.

Ya anteriormente dijimos que el uso de drogas como política de Estado es para el apaciguamiento de las masas, sin embargo, al momento de poner al narcotráfico como representante ―ilegal― del poder estatal, se le da la facultad de desarticular y desmantelar a la población organizada en movimientos sociales, siendo los “señores” de la droga el instrumento perfecto de la burguesía para enfrentar la guerra social.

En los Estados Unidos de las décadas de los 60´s y 70´s, se usaban los programas de inteligencia del FBI para desorganizar a los diferentes movimientos sociales, uno de ellos fue insertar drogas en los barrios negros para desarticular a los Panteras Negras, es decir, meter a los cárteles a las comunidades de negros y desarrollar, así, la contrainsurgencia.

Un caso más fue el de España, cuando la policía ―por medio de narcotraficantes― inundaba de heroína las calles para desmovilizar a los integrantes de la organización ETA y culparlos a ellos como organización narcotraficante, inclusive esta organización atacaba con explosivos las casas de los narcos.

En Francia, en el 2005, hubo grandes manifestaciones sociales que acabaron por confrontarse con el Estado, además de ser reprimidos por la policía, también los cárteles de las drogas ―en cooperación con en el gobierno― redujeron el precio de la cocaína a niveles muy bajos, casi de regalo, con el fin de desarticular las manifestaciones.

Podemos asegurar que tanto los políticos como la policía no han buscado realmente erradicar el crimen organizado, siendo su único objetivo el enriquecimiento individual y utilizar a los cárteles como compañeros del Estado en operaciones policiales de contrainsurgencia.

 

Narcocapitalismo transnacional

El escritor italiano Roberto Saviano ―quién publicó Gomorra en 2006, libro sobre el narcotráfico en Italia―, en entrevista con Jordi Évole del programa español Salavados, explicó que la cocaína gobierna al mundo; si inviertes 1000 dólares en acciones de Apple te devuelven 1500 al año, pero si inviertes 1000 en cocaína, al año te regresarán 182 000 dólares. Por lo que el mundo de las drogas puede entenderse como un Narcocapitalismo.

A diferencia del capitalismo, el narcocapitalismo no tiene reglas o, más bien, rompe todas y cada una de ellas. El “Chapo” Guzmán―considera Saviano― innovó la manera de traficar la droga, pues el negocio está en la distribución de la cocaína y no en su producción. El “Chapo” no vende la droga a los consumidores, se la vende a todos los cárteles del mundo.

Asimismo, los grandes cárteles, además de tener el negocio ilegal de la droga, también tienen empresas legales para blanquear el dinero, de acuerdo con el ex narcotraficante español Manuel Fernández. A su vez, Saviano afirmó que Wachovia bank declaró que llegó a un acuerdo con el gobierno norteamericano de blanquear 300 millones de dólares del narcotráfico mexicano.

Por otra parte, uno de los fenómenos más grandes que contribuyó a la expansión transnacional del narcocapitalismo fue el TLCAN, ya que el tránsito de tráileres que transportaban mercancías agrícolas y de maquila de México a Estados Unidos aumentó considerablemente. Situación que ocasionó que México dominara el mercado de las drogas, pues en tránsito por la frontera, además de transportar productos legales, también se trafica la droga.

Así pues, los cárteles de la droga, principalmente el de Sinaloa ―liderado por el “Chapo” Guzmán― se ha constituido como una gran empresa transnacional, por lo que se ha hecho de los mejores ingenieros y técnicos agrícolas, químicos y contadores. Inclusive, integrantes de este cártel son “ex―militares guatemaltecos o mexicanos, que vienen de los cuerpos de élite de estos dos ejércitos. No solo son combatientes aguerridos, sino también especialistas en transmisiones o en escuchas; además de armamento sofisticado, utilizan sistemas de transmisión que nada tienen que envidiar a los de la Policía o el Ejército” (Bataillon, 2015: 61).

En otras palabras, estos grandes “señores” de la droga necesitan de la legalidad que el propio sistema capitalista ofrece para operar, pues el lavado de dinero se hace en las industrias financieras e inmobiliarias, además de utilizar a los mejores abogados y economistas del mundo dispuestos a blanquear el dinero de los capos; por su parte, también resbala o gotea dinero ―como lo estipula algún postulado del neoliberalismo― hacia “músicos, vendedores de instrumentos musicales, proveedores de equipos de sonido, restauradores de todo tipo, propietarios de burdeles, que viven de los beneficios provenientes de la economía de la droga” (Bataillon, 2015: 61).

No es apresurado concluir que el narcotráfico no es un problema local, de alguna región específica o de un país en particular, sino que es un problema de alcance mundial. Es un problema de la propia dinámica del capitalismo y del neoliberalismo.

El narcotráfico ha entrado por la liberalización del comercio mundial y se ha establecido en todos los rincones del mundo ―legalmente con sus empresas blanqueadoras de dinero, e ilegalmente distribuyendo la droga― como si fuese una empresa transnacional con toda su estructura organizativa, con los mismos beneficios que cualquier negocio, sólo que opera fuera de la legalidad ―a veces―, se hace de recursos locales y financia gobiernos. El cártel de Sinaloa es este tipo de empresa, que no solo manda en México, sino en todo el mundo.

 

Desdibujamiento de la frontera entre el Estado y el Cártel

El problema fundamental es el desdibujamiento de las fronteras entre quienes detentan legítimamente la autoridad y los capos de la droga, pues las comunidades donde están establecidos los grandes cárteles acuden a estas organizaciones de narcotraficantes para “reportarles sobre sospechosos de delitos comunes para que los castiguen. Hay incluso mujeres que acuden a ellas para aleccionar a sus esposos violentos o infieles” (Bataillon, 2015: 63).

Asimismo, entre el Estado y el narcotráfico existe una lucha por el monopolio de la violencia ―lo que se consigue con el uso de las armas― y no es que el gobierno mexicano provea de armas al narcotráfico, sino que las armas las consigue del más grande proveedor, “el señor de la guerra”. Así es, Estados Unidos es quien tiene una de sus mayores ganancias en la venta de armas y ni siquiera debe hacerlo de manera ilegal, puesto que en este país “no hay grupos clandestinos que vendan armas ilegalmente, ya que a lo largo de toda la frontera estadunidense se ubican alrededor de seis mil setecientos establecimientos dedicados a la venta de armamento, lo que representa 12% de las 55000 tiendas autorizadas en ese país” (García y Hurtado, 2012: 46). Aunado a esto, cuenta con la Segunda Enmienda a la Constitución, la cual facilita la venta de armas en México.

Por consiguiente, Culiacán o, en específico, el Cártel de Sinaloa es un Estado ―con sus características esenciales: poder económico, político y su ejército― dentro del Estado mexicano, esto es uno de los problemas más grandes a los que se enfrenta el presidente de México. Es decir, la confrontación que se dio entre el Cártel y las fuerzas armadas de México fue para mostrar que no pueden combatir contra ellos. Como diría Noam Chomsky: México no es el origen del problema, es la víctima; siendo así, tiene poco espacio de maniobra para combatir al narcotráfico, ya que el origen de la situación es Estados Unidos pues ese es su negocio.

En conclusión, podemos decir que el narcocapitalismo transnacional es el crimen sin fronteras ¿cómo se castiga entonces? Este es un grave problema, pues, además de amenazar la estabilidad política y a las instituciones democráticas, también es un problema de seguridad nacional, por lo que debe atenderse desde una verdadera cooperación multilateral y regional. Situación que se ve muy lejana, ya que Estados Unidos, además de tener oprimido a México, es el principal mercado de drogas―.

La anterior cooperación descrita tiene que hacerse en apego al respeto de la soberanía de cada país, no obstante, estamos a años luz de conseguirlo, ya que Estados Unidos siempre colabora con México condicionándolo, pues siempre estarán sus intereses por encima de todo, como característica misma de país imperialista.

Por lo que México debe apelar, primero, por la ayuda transfronteriza, principalmente del Sur; y segundo, como lo está haciendo López Obrador, por la vía larga, por el desarrollo económico, político y social del país: creando empleos, apostando por los jóvenes y por la educación, para que el sueño de ellos/as no sea el de ser el mejor capo del mundo, sino el mejor maestro o doctor.

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