Las mujeres y el derecho ¿aliados o enemigos?

Por Erick López Huerta

En la sociedad mexicana actual, han surgido diversos movimientos en favor de la liberación de las mujeres y en contra de la violencia de género y la desigualdad de condiciones que esta conlleva. La sociedad está dividida entre la cultura machista, los grupos feministas y la parte de la población a los que les parece indiferente lo que le pasa al sector femenino del país, porque es una realidad que, actualmente, ser mujer en México es un juego de azar, es vivir en una incertidumbre constante llena de preocupación, es una verdad innegable que no se puede ocultar con frases típicas como “andaba en malos pasos”, “salió muy tarde” o el clásico “se vestía muy provocativa”.

A simple vista, podríamos responder la pregunta inicial argumentando que el sistema jurídico mexicano favorece y protege plenamente a las mujeres, total, las que ganan los juicios de custodia en su mayoría son mujeres; hay menos mujeres en situaciones de pobreza; que del índice de homicidios del 2019 (36,476 homicidios), 32,372 fueron hombres y solo 3,874 fueron mujeres; la creación del delito de feminicidio y la diferencia de pena entre un homicidio culposo; y así podría citar un sin fin de pruebas referentes a que el sistema favorece a la mujer. La respuesta parece obvia, sin embargo, podríamos reformular la pregunta a “si el derecho favorece a la mujer ¿por qué es tan afectada?, al reformular la pregunta abrimos un nuevo paradigma que nos arroja a una cruda verdad, el aliado de la mujer no es más que un vil enemigo con antifaz.

Si el sistema jurídico apoya a la mujer, legisla normas a favor de su seguridad, protege las relaciones maternales, ¿cómo es que puede ser su enemigo?  Según datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), de enero a junio del 2020 han registrado 489 feminicidios, un promedio de 3 feminicidios al día, lo cual suena poco en cuestiones numéricas, pero no estamos hablando de cifras, hablamos de que esos números tienen nombre y apellido, tenían metas, planes, tenían una vida; efectiva e innegablemente hay más homicidios en contra de los hombres, pero a ningún hombre lo han matado por la simple razón de ser hombre. Jurídicamente hablando, existe una doctrina que es parte de la filosofía del derecho que se llama realismo jurídico, esta doctrina les da muchísima importancia a las sentencias de los jueces y tribunales porque la sentencia es el resultado de la ley, no tendría sentido tener mil leyes que protejan los derechos humanos básicos, como lo es la vida, cuando no se dará una sentencia apropiada o ni siquiera un feminicida llegue a juicio, ¿qué sentido tiene? Nos damos cuenta, entonces, que el sistema realmente no favorece a la mujer al analizar las cifras de cuántos feminicidas llegan a tocar un penal, solo 3 de cada 100 casos de feminicidios son condenados, es una cifra extremadamente absurda, nos indica que 97 feminicidas están en libertad y en capacidad de volver a privar de la vida alguien. Un feminicida en libertad es un gran peligro para la sociedad ya que la norma jurídica regula conductas externas, no podríamos adivinar que alguien está planeando el ya mencionado delito, a esto se refiere que la vida de una mujer es una incertidumbre en este país.

Retomando la pregunta inicial, tenemos que analizar por qué si el sistema es un enemigo de la mujer, en muchísimos aspectos la favorece, podríamos hacer una analogía absurda y comparar los géneros como niños: si están haciendo algo juntos, se podría decir que si hay desigualdad física, se va a favorecer al que tenga “desventaja”; el Estado creyó que por ser mujeres necesitaban cierta ventaja jurídica, esa es la verdadera razón de que las mujeres tengan lo que podríamos describir como ciertos “privilegios”,  lo que realmente es una clara muestra del machismo que hay dentro del Estado mexicano, el hecho de que se piense que una mujer necesita ser ayudada es un claro ataque al género y a la igualdad.

 

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Sentite como en tu casa

Por Lic. Geraldina Dana[1]

Toda vez que nos anfitrian con la frase del título sabemos automáticamente que somos huéspedes. No extranjeros, pero tampoco residentes. Esto es así porque las personas nos relacionamos con base en roles que nos son socialmente designados a través de las palabras. A su vez, cada ámbito tiene un código propio de roles y palabras que son aceptadas —o no—. Por eso, muchos de nosotros tenemos nombres y apodos por los que sólo nos llamarían nuestras familias, parejas o amistades, mientras que, si a su vez detentamos algún cargo público, quienes quieran mostrar respeto al mismo lo utilizarán seguido de nuestro apellido. Este código de formalidad, reconocimiento de la autoridad y distancia es propio de la esfera pública. En ella, presentarán a alguien a quien en su casa llamen “Toto” como “el Ministro de Finanzas de la Nación”.Leer más

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La despenalización del aborto en El Salvador ¿una solución al aborto peligroso?

Por Víctor Salmerón

El aborto realizado en condiciones de riesgo o inseguras es un problema que pone en peligro la salud y la vida de numerosas mujeres en edad reproductiva a nivel mundial, pero en El Salvador, país en donde tal práctica es ilícita en cualquier circunstancia y penada hasta con 50 años de cárcel, y doce para el personal médico que se prestara a facilitarlo, se hace más indiscutible la existencia de esta problemática. Es, pues, evidente que este asunto necesita ser estudiado y analizado sobriamente para poder ofrecer una opinión que se ajuste a las exigencias del contexto.

Al analizar este problema a nivel mundial, resulta interesante ver cómo casi todos los países en Europa han despenalizado tal práctica ―con ciertas condiciones Leer más

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Necropolítica de género como régimen de gobierno

Un México sin nosotras

Por Diana Marisol Hernández Echevarría [1]

 

Incontables anuncios recorren titulares de periódicos y noticieros que dan cabida a los crímenes de género que asolan día a día a uno de los países más feminicidas: México. Un país que se llena orgulloso de ser liderado por la cuarta gran transformación donde aún no caben las mujeres[2].

Bajo el yugo de la nueva transformación y normalidad se esconden los crímenes de los cuerpos que no importan en un país que no atiende los gritos de auxilio del “Nos están matando”, donde día a día el acoso se respira y la voracidad de la violencia popular se normaliza al ver los cuerpos sin vida, los cuerpos que no importan.

En una nación soberana como lo es México Leer más

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La penalización radical del aborto en la República de El Salvador (1998-2020)

Un crimen contra los derechos humanos de las mujeres

Por Sigrid Gutiérrez Aquino[1]

  1. Introducción

Los derechos humanos son inherentes a todas las personas, sin distinción alguna de raza, sexo, nacionalidad, origen étnico, lengua, religión o cualquier otra condición (ONU, 1948). Estos tienen por objetivo garantizar la dignidad humana en todos sus aspectos, lo cual incluye los derechos sexuales y reproductivos, relacionados con el libre ejercicio de la sexualidad, la reproducción, el acceso a servicios médicos de calidad, la educación sexual y la interrupción voluntaria del embarazo en los casos más esenciales para la salud mental y psicológica.

Los Estados que penalizan completamente el aborto hacen partícipes al sistema de salud, judiciario y penitenciario en una serie de violaciones contra los derechos humanos de las mujeres. Esta práctica tan radical está íntimamente relacionada con la violencia de género que existe en AméricaLeer más

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La violencia de género en tiempos de coronavirus

Imagen: Martina Rodriguez temerosa detrás de su puerta. Foro de : Natalye Monroy.

Por Natalye Reyes Monroy

Las manifestaciones y las tomas de instalaciones de la Comisión de Derechos Humanos por colectivas feministas a lo largo del país son acciones que resultan de una cada vez mayor necesidad de reconocimiento por parte del ejecutivo Federal del aumento de los feminicidios, la violencia feminicidas y la violencia contra las mujeres con sus multiplicidad de rostros, así como la exigencia de acciones que frenen la impunidad, la falta de justicia y resolución de las denuncias en los casos de acosos, feminicidio y violencia contra las mujeres.

“¿Podríamos darnos prisa? Mi esposo no tarda en llegar y no quiero que me vea platicando contigo”, con exaltación expresó Rebeca Aguilar mientras regaba su jardín; la señora de 43 años traía puesto un mandil roto y un ojo morado.Leer más

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La toma feminista como transformación social

Por Alonso Mancilla

El pasado viernes 04 de septiembre, las activistas feministas, en conjunto con algunas madres y familiares de las víctimas de feminicidio y violación, haciendo valer su derecho a la manifestación y expresión libre de las ideas, tomaron la sede de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), manifestando la necesidad de que sean atendidas adecuadamente sus demandas de justicia y que se sancione a los que las criminalicen. Inclusive, Yesenia Zamudio —madre de María de Jesús Jaimes Zamudio, víctima de feminicidio―, hizo un llamado a que “¡Hagan su maldito trabajo, fiscales y ministerios públicos! Y si no pueden, tenga tantita dignidad y renuncien”.

Asimismo, Zamudio anunciaría más tarde que el objetivo es que lleguen más familias de todo el país para reforzar la toma y exigir atención adecuada a sus casos y que se reconozca como víctimas a los niños huérfanos por desaparición o por el feminicidio de sus madresLeer más

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La esfera profesional de las atletas: autonomía vs patrocinadores

Víctor Alí Mancilla Gaytán[1]

 

El deporte en la vida cotidiana de los seres humanos representa un sinnúmero de atributos que muchas veces se reducen a la sustitución de la actividad física que de manera natural realizaban los ancestros humanos para sobrevivir (cazar, desplazarse, huir, etc.), y que, en la actualidad, se entiende comúnmente como una simple actividad de recreación física y mental, una especie de pausa a nuestra ajetreada vida actual para poder disfrutar de un partido con compañeros y que, además, nos ayuda a mantener un cierto nivel de salud (y cierto estatus) en nuestros cuerpos. Sin embargo, existe una forma más de entender el deporte: como una forma de conseguir el capital necesario para subsistir o, en otras palabras, la concepción del deporte como un empleo formal.

Esta última es la concepción menos evidente de todas, y tal vez la más confusa, ya que muchas veces se suele pensar que la gente que practica algún deporte lo hace por mero pasatiempo, nada serio (situación que también sucede con quien se dedica a la música). Leer más

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Sororidad y Primates

Análisis de caso y reflexión crítica para una argumentación moral desde la ciencia

Por Carmen Rodríguez Martínez[1]

La avasallante marea verde ha puesto sobre la mesa múltiples temas para discutir. Así, la opresión hacia las mujeres es un asunto que se discute desde muchos flancos. Desde la filosofía, cabe hacerse la pregunta, si la ciencia —en particular la biología y disciplinas afines— tiene algo para decir en estos debates de carácter moral. Uno de los rechazos más frecuentes viene de la presunción de que hablar temas morales desde la ciencia implica un reduccionismo biológico que atenta contra el avance y progreso logrado por la cultura, y que contradice la libertad humana —capaz de contravenir los mandatos de la naturaleza—. Otro rechazo muy común es aquel que dice que partir de la ciencia en argumentaciones morales nos llevará a caer en la falacia naturalista, pues deduciríamos a partir de lo que de hecho es, lo que debería ser. Así, dado el carácter descriptivo de la ciencia, tenderíamos a solidificar el estado de cosas, en este caso la opresión, más que a subvertirlos.

Curiosamente, ambos rechazos desconocen y contradicen la perspectiva evolucionista, para la cual la “naturaleza humana” no implica de ningún modo un conjunto de rasgos fijos o permanentes, sino más bien un testimonio de aquellos rasgos que han aparecido y sobrevivido al tiempo, en determinada especie, en función de que ellos proporcionen una mejor adaptación al ambiente.Leer más

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Los espacios separatistas como recuperación y resignificación de las reuniones de mujeres

Por Ximena Cobos Cruz

Si la cultura es resultado de la relación de los grupos humanos con el espacio en que viven, en el contexto de sociedades patriarcales, donde la heterosexualidad como régimen legitima y sostiene la división sexual del trabajo, por lo que las mujeres han sido relegadas y sujetas únicamente a ocupar el espacio que Giménez Montiel (2005, pp. 11-12) considera más elemental o primario dentro del modelo escalar, la casa, resulta no tan difícil entender que las reuniones de mujeres sean una práctica cultural bastante común. Pensando en el espacio de lo público y lo privado, los hombres tienden a salir del hogar y de los territorios próximos, se reúnen en asambleas para tomar decisiones sólo entre ellos, mientras las mujeres históricamente han sido apartadas de los espacios políticos ―vistas no en igualdad, sino en oposición absoluta al hombre, no pueden compartir los espacios de toma de decisiones―, la socialización de las mujeres, entonces, es “naturalmente” conducida a agruparse entre ellas. Así pues, las mujeres no ocupan los mismos lugares en los espacios sociales porque existe una relación de poder desigual entre la clase mujeres (la clase oprimida/ subalterna) y la clase hombres (opresores/ hegemónica); el capital cultural, económico y social se les niega y restringe, al tiempo que causa la estigmatización de sus espacios, de aquí puede derivar que las reuniones de mujeres, enmarcadas bajo el estigma de un código restringido[1], se consideren mero discurso fútil, chisme. Ante este panorama, parece necesario estudiar los espacios de mujeres que se empiezan a configurar a voluntad y como reclamo ante los espacios mayoritariamente masculinos, cada vez con más fuerza, en la última década ―quizá―, bajo la condición fundamental del separatismo, para entender cómo una práctica cultural casi obligatoria ―como son las reuniones entre mujeres―, se ha subvertido, convirtiéndose en parte de la emancipación de las mujeres. Para ello, este ensayo usará a manera de guía el chisme como práctica cultural relacionada a las mujeres que constituye un estereotipo de género.

No sé aún qué pasaba antes, cuando las mujeres por ser relegadas a los espacios del hogar, de lo privado, mantenían sus reuniones, sus tertulias, sus círculos de bordados. Rosario Castellanos, en Oficio de tinieblas, revela un poco la urdimbre de estos espacios donde las señoras coletas se reunían a contar chismes, a decir verdades, a presumir, a hablar mal de la otra cuando no estaba, retrato fiel del chismorreo. Me queda una idea novelada, ficcionalizada, que habría de corroborar con etnografía, pero que puedo aventurarme a estudiar desde la observación participante sobre los espacios de mujeres, pues aquella escenificación elaborada por Castellanos es sólo la respuesta a un contexto conservador que se retrata en la novela con una intencionalidad crítica clara.

Me queda, pues, mirarnos a nosotras, la otra parte del trabajo; descubrir y delinear la narrativa de encontrarnos a solas. Es la cuarta vez que doy un taller separatista, sólo para mujeres, pero la experiencia siempre es diferente en la heterogeneidad que somos todas, en manada. Si algo prevalece es la confianza, se desmontan las enseñanzas de la enemistad y la reserva, nos abrimos sin saber más que nuestros nombres, nombres sin apellidos, sin historia familiar que poco a poco revelamos. Hablamos de los traumas, de nuestras experiencias, de nuestros dolores, ahí, a solas, porque es tan significativo que una se sienta sola si no hay hombres, al tiempo que resignificamos esa soledad como una libertad donde nadie nos juzga. Las risas, la alegría es importante, porque nos aligeramos, sacamos nuestros tonos de voz cotidianos, naturales y aunque es un taller con formalidades rompemos el paradigma de la distancia y la seriedad del registro lingüístico. Estamos formando un campo de interacción social, compartiendo y generando más capital cultural, social, pero buscando romper con las relaciones de poder, en una escucha recíproca y una participación igualitaria. Reforzando, así, una identidad colectiva basada en el sexo, que el movimiento feminista en la actualidad ha permitido, por ello no hay que olvidar que las identidades colectivas, de acuerdo con Giménez Montiel, no son por completo homogéneas ni nítidamente delimitadas, son más que un dato un acontecimiento contingente, que puede o no suceder (2010, p. 6), que se hace y se deshace, en este caso, en el seno de los círculos de mujeres, los espacios separatistas y en las marchas feministas que se convocan también separatistas cada vez con mayor hincapié.

Terminada la sesión, nos quedamos a platicar ya sin tocar o llevar los comentarios al terreno de lo que el taller versa. Nos quedamos, alargamos, esto también importa, porque me dice que nos hace falta, que disfrutamos, que construimos un espacio entre nosotras, una intimidad que traspasa las diferencias, una intimidad necesaria para hablar de los temas tabú, de la menstruación, de los orgasmos, de la masturbación; cosas que a veces entre amigas tampoco llegamos a tocar por miedo a ser juzgadas, a perder superioridad moral, por descender en la jerarquía que patriarcalmente se construye, hasta que nos vamos acostumbrando y aceptando la importancia de compartir nuestras experiencias para reconocernos en la otra, pero para que ella se apoye y se reconozca también; afianzando en la práctica la ternura radical, pues “es a través de la externalización que se puede formar un sentido político”, leí por ahí en un textos sobre Gorki.

¿Son entonces, los espacios separatistas una versión contemporánea de esos espacios de las mujeres asignados por pertenecer a lo privado, que se subvierten porque ya no se aceptan de la mano de un sometimiento por condición de género, sino que se toman, se buscan, se pelean y se defienden como necesarios luego de una historia de silencio impuesto? Porque en ellos tomamos la palabra, ese instrumento de poder por el cual se controla a grupos subalterno, ese que se nos ha negado borrándonos del canon literario o reduciéndonos a literatura menor calificando los temas de los que escriben las mujeres como intimistas; o no tomando en cuenta nuestras opiniones. Así pues, pensando en perspectiva, podría reconocer que nunca hubo una disolución de estos espacios, pero se estigmatizaron, se simbolizaron desde un machismo que nos llamó chismosas, urracas, argüenderas y demás, pero ya no más, pues se han politizado.

El chisme es una práctica social que ha sido estudiada respecto a las consecuencias que tiene sobre sujetos sociales o grupos. Max Gluckman, en Gossip and Scandal, expone que el chisme y el miedo a éste funciona como controlador religioso de la moral; asimismo, Gluckman es uno de los pioneros en proponer el chisme como un fenómeno que tiene una función cohesionadora, pues mantiene la unión dentro de los grupos (Gluckman, 1963, p. 308). En contraste, Norbert Elías sostiene que el chisme no es agente cohesionador por sí mismo, sino reforzador de una cohesión ya existente (Elías, 2015, p. 180). No obstante, me parece que ambas miradas se centran más en consideran el chisme como un rumor, es decir, un acto de habla, un mensaje emitido con cierta intención sobre otros; Elías incluso plantea que “[e]l uso común nos hace considerar al chisme como información más o menos despectiva que dos o más personas se comunican entre sí” (Elías, 2015, p. 168). Empero, el chisme tiene además un carácter de acción que no es necesariamente la emisión del mensaje, sino la verbalización del sustantivo “chisme”, esto es, el chisme como una acción (Chismear) que implica la reunión de un grupo para hablar sobre los otros, sobre algún incidente ocurrido dentro de la comunidad. Siguiendo esta idea, Elías plantea la existencia de “centros del chisme”, por ejemplo, afuera de la iglesia o la capilla, en los bares y los clubes, en los teatros; lugares que en sí mismos son centros de reunión, de esta manera, se transluce la unión intrínseca entre reunión y chisme.

Aunado a ello, existe una dimensión de género que atraviesa al fenómeno del chisme. Marcela Lagarde sostiene que “el chisme es un espacio cultural de las mujeres” (Lagarde, 2005, p. 348), como se decía al inicio de este ensayo, las mujeres han sido sometidas a ocupar únicamente el espacio de lo privado, sus limitaciones condicionan sus relaciones sociales sólo con sus congéneres, Lagarde lo reconoce y sostiene que, en el pasado, era una cuestión general que las mujeres sólo tuvieran contacto con sus comadres, lo cual puede suceder en la actualidad en casos de opresión máxima o libertad reducida, por ello, el chisme también se conoce como comadreo. Para la autora, el chisme es uno de los tantos medios por los cuales se aceptan los estereotipos de la feminidad, pues sirve para aprender ideología e interiorizarla, además gira en torno a los mandatos de madre/esposa. Entonces, el pensamiento corriente de que el chisme es propio de las mujeres, no sólo es un estereotipo de género en sí mismo, sino que en él se constituyen y refuerzan modos de comportamiento, vistos como negativos, asociados con lo femenino, pues el deber ser femenino supone la honestidad, la dulzura y la bondad, lo cual se encuentra ausente en el chisme por su carácter violento y el uso, en muchas ocasiones, de la mentira. El chisme resulta contradictorio en su naturaleza, al tiempo que es un espacio asociado con lo femenino, es mal visto porque rompe con los patrones de buen comportamiento del deber ser de las mujeres, a saber, sólo las mujeres son chismosas, los hombres no; pero sólo las malas mujeres son chismosas, las buenas no, las buenas se cuidan del chisme (Lagarde, 2005, pp. 348-350). Asimismo, aquel rasgo de negatividad se relaciona en cierta medida con el doble poder que tiene el chisme; tanto Gluckman, como Elías y Lagarde reconocen que el chisme así como puede legitimar a alguien, tiene la capacidad de desacreditarlo. Como subrayaba Gluckman, el rasgo moral del chisme tiene que ver con el control, y si el chisme además perpetúa los estereotipos de lo femenino es también por el miedo al descrédito, por la función coercitiva del chisme; el comportamiento ceñido al deber ser femenino, al epítome de buena mujer, se cumple por miedo al escarnio social, al señalamiento como puta, mala madre, mala esposa, mala hija, loca (Lagarde, 2005, pp. 350).

Uno de los rasgos más difundidos respecto al estereotipo de lo femenino es que las mujeres no son amigas entre sí ―la peor enemiga de una mujer es otra mujer, dice un refrán bastante detestable―, en ese sentido, el chisme es un espacio de rivalidades, se habla sobre sí misma o sobre las otras como una reafirmación de una misma, un movimiento medido de distinción frente a las otras, así lo comprueba Julia cuando invita a las señoras de ciudad Real a su casa, en Oficio de tinieblas; esta búsqueda de distinción mediante el chisme conduce al mismo tiempo a una igualación, el chisme es un código común a todas. Así, a decir de Lagarde, el espacio del chisme es también un lugar para hablar de las experiencias, emociones y placeres; es ahí donde, asegura la autora, se adquiere conciencia de que a veces a las otras les ocurre lo mismo que a una (Lagarde, 2005, pp. 355-356).

En esta socialización donde se nos educa a las mujeres más para la rivalidad que para el afidamento y la sororidad, por mucho tiempo creí que no podía socializar con otras mujeres, así, gracias a mi incursión en el feminismo, tomé la decisión de sanear mis relaciones con las otras. A partir de ello, a finales del 2018, decidí convertir mis talleres en espacios separatistas, espacios sólo para mujeres donde pudiéramos escucharnos, consiente del privilegio que es el uso de la palabra, la desigualdad en el campo de lo literario, la apropiación del capital cultural por parte de los hombres, que deviene en un despojo a las mujeres. De todos los talleres ha resultado el establecimiento de un vínculo fuera y posterior a éste. Nos hemos encontrado en marchas, en bazares, en festivales sin ponernos de acuerdo, es claro que el taller nos hizo encontrarnos por intereses en común que nos conducen a mirarnos en otros sitios, pues, volviendo a Giménez Montiel, las identidades colectivas implican, en principio, una definición común y compartida de las orientaciones de acción. No obstante, es necesario que esa orientación sea incorporada como un valor, un modelo cultural que se incorpora en rituales, prácticas y artefactos culturales (2010, p. 7), en ese sentido, los espacios separatistas propician prácticas y rituales que van constituyendo la orientación de acción compartida. Somos las mismas ―y nos vamos sumando― las que queremos convivir en espacios sólo para mujeres que se han propuesto como espacios seguros, libres de violencias. Nos hemos agregado a redes sociales y seguimos los proyectos de las otras, extendimos, pues, al mundo virtual la presencia en la vida de las demás asegurando una especie de permanencia, de cruces de caminos constantes y posibles, no nos dejamos perder en la marea de gente que habitamos las ciudades.

Esta experiencia me permite reconocer las lógicas que se subvierten respecto a lo que se supone son las reuniones de mujeres. En principio, ya no suceden por una obligatoriedad, por una imposición de reunirnos entre nosotras a falta de opciones al estar fuera de los espacios públicos, oprimidas y obligadas al mandato de lo privado como espacio de lo femenino. En ese sentido, la territorialidad en que se establecen las reuniones de mujeres se traspasa, ya no son reuniones que se suscriben entre mujeres que conviven en los territorios próximos de la casa, el pueblo, el barrio; salimos de esos espacios para encontrarnos con otras en un campo social común, que estamos construyendo entre todas. Asimismo, como ya se expuso antes, las reuniones de mujeres están caracterizadas por funcionar bajo el estigma del fenómeno del chisme, lo que nosotras hacemos, por el contrario, tiene sus orígenes no en la validación y perpetuación de los estereotipos del deber ser femenino, sino en la voluntad de escucha que planteaban los grupos de autoconsciencia que las feministas radicales implementaron en Estados Unidos, al igual que las feministas de la diferencia lo hicieron en Italia. Lo que se subvierte, entonces, son los valores negativos de los que están cargadas las reuniones de mujeres, intrínsecamente relacionadas con el chisme; no nos reunimos para diferenciarnos de la otra, sino para reconocer que lo personal es político en tanto que lo que le sucede a una, le pasa a otras porque estamos dentro del mismo sistema de opresión. Es por eso que los grupos separatistas están encaminados a la enseñanza de múltiples disciplinas con el feminismo como principio guía, primero, porque la ética feminista implica el respeto a la otra, lo que totalmente está ausente en la lógica violenta del chisme que puede tener costos sociales. Bajo esa ética feminista y el principio de sororidad, se rompe también con el mito de la enemistad y la rivalidad entre mujeres, que a través del chisme se perpetúa. No obstante, la idea del chisme como reforzador de la cohesión grupal se mantiene por la palabra compartida, por el carácter de diálogo que implica el chisme; la carga negativa se desplaza fuera de los grupos separatistas, porque sin el chisme se deja fuera su carácter de rumor, para convertirse en diálogo; éste, a su vez, permite una reapropiación de la palabra, rompiendo con el silencio impuesto en esa lógica de poder donde la voz la tenían sólo los hombres. Así, también, el feminismo como principio que atraviesa los espacios separatistas, desde los círculos de autoconsciencia, hasta los talleres separatistas actuales, busca desmontar los mandatos del deber ser femenino; en el taller de narrativa, por ejemplo, leemos cuentos escritos por mujeres que trastocan y critican estos lugares que se ha dicho debe ocupar y cumplir la mujer dentro de la sociedad ―los artefactos culturales a los que Giménez Montiel se refiere―, se analizan en grupo con el fin de comprender varias cosas: a) que los mandatos sociales son parte de la opresión y hay que desmontarlos, b) que la literatura escrita por mujeres puede ser crítica de la condición de la mujer y c) que como escritoras nóveles podemos tocar temas desde una perspectiva crítica a partir de la literatura y no sólo en el campo de la crítica y la teoría. En suma, se ha dado la vuelta a las reuniones de mujeres bajo un principio de construcción colectiva en igualdad, se deja fuera a los hombres porque se considera que tienen ya muchos espacios públicos y privados donde ellos son el foco, el canon, la norma, y es necesario construir nuestros propios referentes, lo cual es casi imposible lograr sin escuchar a la otra y reconocernos en ella.

 

 

Bibliografía.

Elías, Norbert (2015). Establecidos y marginados, México: Fondo de Cultura Económica.

Giménez Montiel, Gilberto (2005). “Territorio e identidad, Breve introducción a la

            geografía cultural”, Trayectoria, vol. VIII, núm. 17, enero-abril, pp. 8-24.

——- (2010) Cultura, identidad y procesos de individuación, México: Universidad Nacional Autónoma de             México, Instituto de Investigaciones Sociales.

Gluckman, Max (1963). “Gossip and scandal”, Current Antropology, vol. IV, núm. 3,

            junio, pp. 307-3016.

Lagarde y de los Ríos, Marcela (2005). Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas,

             presas, locas, México: Universidad Nacional Autónoma de México.

 

[1] v. Lagarde y de los Ríos, Marcela (2005). Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas, locas, México: Universidad Nacional Autónoma de México, p. 348: “El lenguaje del chisme gira en torno a códigos cifrados en refranes que sintetizan el pragmatismo mágico del sentido común”.

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