Pestañeo

Por Eunice Sánchez

Ya no aguanto. Me digo a mi misma encerrada en el baño. Me refugié fingiendo que quería hacer popó. Pero mi hija no se rinde, empuja la puerta con sus diminutas manos al ritmo de varios “mami, maaaaammiiii, MMAAAMMIII.

—Tessa, ya voy bebé, mami está haciendo del baño

—Maaaaaamiiiiii- Grita una vez más

¿Cómo una pequeñita puede gritar tan fuerte? Apenas son las 10am y ya hemos gritado las dos lo suficiente, estamos agotadas.

Le jalo la palanca al retrete solo para reafirmar mi engaño, abro la puerta y ahí está. Nueve kilitos abrazando a su oso Pink, con sus botitas de lluvia bien puestas y con una enorme sonrisa en su pequeño rostro. Esa hermosa sonrisa, sus dientitos blancos y filosos. Pienso que aquella vez pudimos haberla perdido, nunca más esa sonrisa.

Pesó 2 kilos 930 gramos al nacer. No lloró, solo se quejó y al escuchar mi voz abrió sus ojitos de almendra. Dos pujidos intensos bastaron, ella hizo todo lo demás.

—Lo hicimos bien, Tessa— le pude decir mientras sentía los efectos de la anestesia y escuchaba que estaba teniendo una hemorragiaLeer más

Belen Carvente | Mordaz

Belen Carvente Mendoza es estudiante de doctorado en astrofísica y docente de matemáticas.

 

Mordaz

I

El odio se metió tanto entre los dientes

que se te hicieron gigantes huecos

en la sonrisa que se inserta en mi piel.

Y no lo digo metafóricamente,

tus huecos-dientes me están perforando el cuello

y el hombro

y mi seno izquierdo.

Cierro los ojos cansados

ya no me quedan ganas

ni de pelearLeer más

La señora de los gatos

Por María del Carmen Suárez Alcántara[1]

Anoche vine, me quedé, pero hacía frío, me quedé afuera viendo las caras que aparecían a través del cristal; los comensales felices, la música suave y los meseros presurosos atendiendo a los clientes, y allí estaba el cuadro de la familia feliz, el niño que no deja de saltar de silla en silla de juguetear con el clásico juguete que mamá le ha traído para que no se aburra, mientras su padre lo mira con orgullo. Y allí me quedé viendo ese cuadro que pudo haber sido el mío, pero no sé por qué no fue, yo vine mañana esperando de nuevo verme con mi hijo, dándole de comer una sopa de crema con pan y entonces comenzó a doler, me comenzó a doler la sopa calientita, sí rica sopa calientita y no sé por qué pasó o cómo pasó, pero de repente el niño lloraba, se asustaba de verme, como si no me reconociera, por eso comencé a gritarle mi nombre, mi nombre:

– Dolor, dolor.

Entonces quise tocarlo y un ruido como de rayo cimbró el lugar y mi vestido blanco comenzó a teñirse de rojo y una voz de mujer se escuchaba a lLeer más

Lluvia de obsidiana

Por Yolanda González Muciño[1]

Comenzó el año 12 Casa. Los itzcuintlin no paraban de ladrar cuando Matlacueitl, furiosa, escupió fuego por la boca abrasándolo todo. Cayó una quiahuitl doliente, una quiahuitl de día, una quiahuitl de noche enlodando las casas de cal y canto, el maíz y las milpas, todo se llevó el atl, el día funesto en que la niña Malinalli nació. Eso dijeron los oquichtlin de Coatzaqualco, rumoreaban que Malinalli era ave de mal agüero. Cimatl, madre de Malinalli, fue amenazada por ellos y cada día, cada noche, cada día al amanecer, todo el tiempo mal encarados decían: “cihuatl cihuatl, malin malin, cihuatl cihuatl, malin malin”. Cimatl vivía atormentada porque su segundo esposo la amenazó, entonces ella urdió un plan. Y esa noche, antes de llevarlo a cabo…

Cimatl encendió el bracero, le puso el comalli y, sobre él, el maíz azul a tostar. Los granos saltaron cual chapulines danzantes, los molió en el metate y cuando en fina masa quedaron, puso el pinole a hervir en una olla de barro rojo, que movía de vez en vez. Cuando el atolli soltó el hervor, le agregó chocolatl y lo endulzó con miel de maguey. Extendió, sobre la mesa, el mantel blanco bordado con flores rojas y amarillas. Puso los tamallis humeantes en un chiquihuite. Sirvió el atolli en jarros de barro negro, el vapor formó collares en el aire. El aroma a chocolatl envolvió a las mujeres en la cocina. Cimatl apapachó a la pequeña Malinalli y mientras cenaban, le narróLeer más

Cristina Perbian | Parida

Cristina G. Pérez Fabián (1993, Ciudad de México. Amante de la magia, el cine y el poema, del teatro, la vida y la muerte; «Loca, cuan más feliz». Actualmente es integrante del taller «Escuela Feminista Comunitaria de Creación Literaria».

 

Parida

 

Sentí un vacío tan inmenso como si yo misma cargara en mi vientre una ilusión no nacida. Me recordó a ese instinto que decían me pertenecía cuando mi hija era aún misterio para mis entrañas. Sentí mi vientre, vestigio de mi hambruna bajo el agua, ahí donde la oscuridad —y ella— me cobijaba. Mi hendidura más antigua. 

L a m á s h i r i e n t e p o r q u e n a c í.  

-¡Nació mujer!- dijo con sentencia y reclamo.  

Me parió. Me ha parido en un infinito grito de expulsiones. H i j a, h i j a, h i j a. Me llama mi madre. Mi madre me llama y me ama. Me llama hija y se llama madre. No existe contraposición alguna a esta relación simbiótica de palabras —¿Sólo eso?— y cuerpos. Eso dicen, que se siente.  

Y estoy a punto de parir. Ya he parido. Parí un instinto. El único que he sentido —el de ser hija—, siendo mujer. Me parí en el mito de que una madre ama. M e a m a. Y sentí un vacío —que aseguro no es nuestro— en esa herida del vientre. Profunda y lastimada mujer.  

—¡Nació mujer!— le dije a mi madre.  

Parí el vacío, retentivo y suspicaz. Ilusión nacida de una vieja herida, de ser nosotras.  

 

Dos textos de Argelia Lucero

La que recuerda

Entre mis pechos se encuentra una inscripción que Horacio utilizó en su poética: “Nescit vox missa reverti” que algunos estudiosos del latín tradujeron como “la palabra que se ha soltado, no puede regresar”. La tinta que encapsuló mi piel es un recordatorio de lo frágil, lo importante, lo potente y transformador de la palabra, es el color añadido a mi sangre y piel color café que me acompaña por el mundo, sin poderme escapar del peso de cada oración.

En la sucesión de descendientes de mis árboles generacionales se me ha otorgado el don de la Memoria, ser la persona en la familia quien a través de la comunicación celular recuerda las historias de quienes no he conocido, de las aguas que fueron expulsadas del nido familiar y de quienes no tenemos la oportunidad de conocer el Olvido.Leer más

Hablaba sola y en español

Por Liliana Rojas

Tenía doce años, y de eso hace una eternidad, cuando mi madre se casó con un francés que conoció en alguna parte de Quintana Roo. De la incandescente belleza de ese sol y de esa arena me he enterado por terceros, a mamá le gustaba viajar sola. Más bien prefería hacerlo sin mí. Después de sus vacaciones, de vuelta con nosotros a la casa de los abuelos, estaba ansiosa por partir de nuevo, esta vez a una aventura trasatlántica. Si también hubiera podido dejarme cuando decidió casarse y mudarse con su nuevo novio, lo hubiera hecho sin el menor recelo. Creo que la abuela incluso lamentó haber exigido rectitud moral a su hija pues a final de cuenta, nadie sufrió tanto como ella con nuestro salto de charco. La abuela lloraba inconsolable al despedirnos en el aeropuerto internacional Benito Juárez del entonces Distrito Federal. Ese día, ella y mi abuelo, que en paz descansen, me regalaron un fino y ligero crucifijo de oro con una cadena para llevar alrededor del cuello. Mi madre les había dicho que nos íbamos a París. A lo mejor no quiso mentir. Pero más tarde descubrimos que la región parisina era muy grande y que la ciudad donde vivía Frédéric, no era París.Leer más

Sobre Sofía

Imagen tomada de Mostras del rock

Por Majo Ramírez

Tal vez el primer recuerdo erótico que tengo sea el de Sofía tañendo la guitarra mientras me preparaba para nuestra puesta en escena de Hamlet, que sería nuestra evalución para la clase de inglés. Probablemente fue de las cosas más divertidas que hicimos en ese exclusivo internado para señoritas dirigido por monjas. A veces, por las noches, creo que la escucho todavía, la veo tocando para mí. Teníamos once años, sólo quería estar ahí mientras me ponía el atuendo de Claudio, aunque ella me sugiriera para actuar como Ofelia. Me quitaba la ropa mientras, dulcemente, sonaba una composición suya para mí. Tuvo que pasar más de una década para que nos re/conociéramos: ella en un escenario, feliz por hacer lo que hace tan bien, y yo entre una centena de personas sudorosas.

Estoy rascando la reminiscencia, el saberla toda mía y traicionarla. Mis primeros acercamientos a la sexualidad Leer más

Magic After

Por: Liz Magenta

Fue la mañana de un domingo en San Francisco Totimihuacan, una pequeña comunidad de la ciudad de Puebla. A medio día recorría las calles sin pavimento, para unirme a la celebración. En el trayecto, un raver me abordó, traía una chamarra beige, pantalones anaranjados, tenis negros y el cabello corto. Me había preguntado si iba por buen camino, ─¿voy bien?, es qué no oigo nada, no se oye música─, me decía, y un par de segundos después la tierra retumbaba. ─Sí, vamos bien─, le contesté y ya de ahí inició la plática hasta que entramos juntos al vasto terreno. La indicación era la siguiente, bajar a dos calles del zócalo, frente a la presidencia, en el semáforo dar vuelta a la izquierda, caminar tres calles y bienvenidos al “after”.

Las personas que se asomaban afuera de sus casas, nos miraban pasar desconfiadas. Habían estado ahí observandoLeer más

La reconstrucción del templo

Por Miguel García

 

El templo estaba hecho una ruina, daba lástima ver así el lugar donde todo el pueblo rendía culto al Dios que en otro tiempo fue capaz de liberarnos del yugo inexorable del faraón y su ejército, amparado por aquellos otros dioses de simulación. Los antiguos narraban los acontecimientos tal como si los hubieran visto ellos mismos, a pesar de haber sucedido siglos antes de que sus ojos se abrieran en este mundo.

Temerosos de la decepción que provocaría en el rey Salomón ver así el templo que un milenio atrás, con las instrucciones de nuestro Dios, edificó en la época en que aún pertenecíamos a un solo reino; angustiados por la marca de una demolición por aquel invasor babilonio, a pesar de la posterior reconstrucción, y avergonzados por el vasallaje a Roma —sin otro destino posible más que la obediencia al Imperio—, reducido al estado decadente en que lo encontró el reinado de Herodes el Grande,Leer más