El color de la justicia

Por José Corona Padilla 

 

Llamaba injusta a la vida cuando los planes que había pensado se derrumbaban, con ellos llegaban las frustraciones y otros problemas de inseguridad que detuvieron mi crecimiento por un tiempo. Eso pensaba mientras caminaba hacia Xo’iep, una comunidad perteneciente al municipio de Chenalhó. Era nuestra cuarta concentración en el proyecto educativo de Las Abejas de Acteal, ubicado en Yabteclum. Las clases seguían, pero tuvimos que salir temprano para llegar a la casa de Juan, por necesidades de apoyo fisiológico a una niña.

Andábamos por un camino de terracería, mientras mi amigo me contaba el motivo de la urgencia: íbamos a conseguir dinero a su casa, para comprar medicina en San Leer más

La vida desolada de las ciudades sin almas callejeras

Por Gabriel velázquez Quintero 

En el ocaso de una tarde de marzo, mi esposa fue recluida en el hospital que está frente a nuestro hogar. Las noticias circulaban y me decían que, en algunas semanas, volvería. Mientras, me gustaba pensar que en una de las ventanas podría verla sonreírme. Así que le serví su taza de atol, y me senté a ver todas las ventanas. Fue mi primera tarde sin ella.

No me gustaría culparnos de lo que hoy nos tiene separados. Realmente fue descuido nuestro, y del tiempo que llevamos vivos, claramente. Los setenta años que cargamos en nuestros hombros son obviamente culpables de lo débiles que nos volvemos. A cierta edad queremos demostrar que seguimos valiendo algo, que no somos un mueble más en la casa de la familia. Pero esta vez no fue el caso.

No teníamos nada que demostrar, no salimos a la calle para manifestar nuestra fuerza.Leer más

La Amélie colombiana

Por Shara Bueno[1]

El 24 de septiembre de 1997, a las doce horas con treinta y siete minutos y dieciséis segundos, el señor de la chaza de dulces de alguna plaza principal de Latinoamérica, escucha el boletín radial de noticias donde comentan que los mafiosos colombianos andan pagando 50 dólares a quien proteste contra la extradición con carteles frente al Senado, en Bogotá. En ese mismo instante Andrea Echeverri piensa cómo será el lanzamiento del Álbum Tributo, por allá en las Yunaites el próximo mes, mientras almuerza ajiaco preparado por su mamá y, con destreza, agarra la mazorca con los dedos, como lo aprendió en su niñez. En ese mismísimo instante un politiquero con pinta de hacendado ordinario, llena de semen el útero de Carmen Galindo, bella muchacha con la secundaria sin terminar, madre soltera y mesera en una cafetería del centro de Armenia.Leer más

Noches blancas

Alma A. C. Carbajal. Egresada de SOGEM (Sociedad General de Escritores de México). Diseñadora Gráfica, escritora por vocación y pensadora filosófica por convicción, actualmente trabaja arduamente como ensayista. Diplomada en Neuroestética en CASA LAMM. En relación a la literatura y al estudio de las formas, abre y descompone paradigmas en lo que a la creación se refiere. Actualmente cursa la licenciatura de Comunicación en UNIR (Universidad Internacional de la Rioja) y la licenciatura en Psicología. 

 

La noche fue mudando de piel, mientras en la lejanía las horas parecían movedizas. Las partículas de polvo se adherían a mi cabello, todo lo demás era imposible. Regresé a casa del trabajo para bañarme por segunda vez. El agua zurcía una especie de suciedad invisible, inevitable. La lluvia cubría la ciudad de un hastío permanente y la limpieza añorada nunca bajó de los cielos, sin embargo emergió de los infiernos una ansiedad descorazonadora, caprichosa. 

 

Los medios de igual forma fueron invadidos por un virus – aún desconocido – nadie volvió a creer en el apocalipsis a cuenta gotas. Leer más

«Y la culpa no era suya»

Por Gina Preciado[1]

Tecleé una dirección al azar. Estaba estrenando tarjeta de crédito y perfil. El carro estaba cerca y la adrenalina inundó mis venas. Víctor, mi conductor, llegó en un Versa blanco. Para su sorpresa me subí al asiento del copiloto, me volví a verlo y, sonriendo, lo saludé. No pudo ocultar la emoción, nunca pueden. Sobre todo cuando ven que la falda se me sube muy arriba de los muslos.

Víctor comenzó una plática mezclada con risa nerviosa.Leer más

Encierros

Por León de la Cruz

 

Infección.

 

Todas las personas, sin importad la edad, pudieron pensar por un instante que era preferible morir antes que presenciar el fin del mundo, como si fuera un acontecimiento en el que no participemos. Cobardes.

¿Cómo sé que es el fin del mundo? Porque lo viví. He de añadir que éste no acaba en silencio sino con gritos. Tampoco acaba de un solo golpe, ni es algo de proporciones bíblicas. El fin del mundo se asemeja más a una enfermedad que se esparce paulatinamente. Al principio se enfrenta con optimismo, incluso, con sarcasmo. Otras tantas, con resignación. Pero, al final, terminamos llorando, sea por angustia o soledad.

Uno de los efectos que causa el fin del mundo es que todos nos convertimos en sospechosos y potenciales enemigos. En mi caso, para evitar la confrontación decidí encerrarme en mi búnker. 

Por favor, no me confundan con un maldito gringo de esos que piensan que son tan chingones que todo les podría suceder. Aunque maquillaron su realidad con chaquetas mentales fabricadas en Hollywood, salvando al mundo en cada oportunidad en pos del patriotismo y disfrazado de humanismo, siempre podemos recordarles Vietnam. La verdad es que fueron tan vulnerables como el resto. De hecho, fueron los primeros en caer. Leer más

La Película

Por Ariel Azor

Estaba viendo una película, tirado en el sillón, tomando una cerveza y comiendo un par de aceitunas; estuve un buen rato buscando hasta que al final me decidí por una. Trataba sobre un tipo que trabajaba para los que parecían ser dueños del mundo. Era, junto a un equipo que estaba bajo sus órdenes, el encargado de encontrar a aquellos habitantes que no generaban nada para sus intereses. Directa o indirectamente, nos involucraba a todos nosotros, a todos los seres vivos. Me pareció que podría tener algo de realidad. Alguien, desde algún lugar, nos maneja con invisibles hilos, como si fuéramos títeres y en sus reuniones tomaban café del bueno y decidían quién debía vivir y quién no, quién vale la pena siga existiendo y quién no. Primero hacen lo posible por arruinarte, por sacarte todo, incluso las ganas de vivir, y después dicen que no vales nada y mandan al actor ese a matarte. Claro, también están los humanos que son inservibles por voluntad propia; es cierto que hay personas que no saben hacer nada, no les preocupa aprender ni salir adelante en la vida; también las hay que están traumatizadas o incluso algunos nos hemos vuelto ya unos viejos inservibles. Parece que el tipo de la película había matado ya a catorce millones de personas. No era que quedaran tantas personas en el mundo; otros antes habían inventado virus, enfermedades contagiosas, gases que caían de las avionetas desde el cielo, y millones morían masivamente. La sobrepoblación era un problema ya resuelto. Leer más

Enemigos del hombre

Por José A. García garciagguerrero@gmail.com

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 A Brian Aldiss

 

 

 

Despertó con el penetrante aroma de la savia inundando cada poro de su cuerpo, como cada día, toda su vida. El mismo olor, la misma situación, la sensación de sentirse rodeado, prisionero en aquel lugar que se esforzaba por mantenerse inhóspito, volviendo inútil cualquier intento de cambio.

Se desperezó estirándose cuanto le era posible en su minúsculo refugio encerrado entre la pared de fría piedra y los troncos chamuscados y astillados; se vistió con sus únicas prendas de yute y, con el mismo movimiento, tomó el cinturón del que colgaban la funda del machete y los dos cuchillos de caza que él mismo había forjado con ansia y desesperación cuando encontraran aquellos restos metálicos de lo que parecía ser un antiguo vehículo que sobreviviera al olvido y la corrosión, en las cercanías del pantano. Ordenó las pocas pertenencias que conservaba, un colgante, el cuenco para el agua y el abrigo que usara en los cortos inviernos de la región. Controló el filo del machete y salió a la mañana.Leer más

¡MIERDAAAAAAA!

Por Héctor Daniel Olivera Campos

 

Doce de octubre. Madrugada del setentavo día de expedición. Rodrigo se despereza. Una neblina chata envuelve la nao, pero, allí arriba, dónde él se guarnece, apostado en la distante cofa del mástil, el lugar que sus compañeros llaman el carajo, se puede divisar el cielo infinito por encima de la bruma.

 

No es la primera vez que Rodrigo hace de vigía, pero ese es un día especial, por lo que se halla inquieto y nervioso a causa de los acontecimientos que se avecinan.Leer más

Mundo Colmena

Por Rodolfo Vázquez Jiménez

¿Quién se lo hubiera imaginado? que durante décadas se fuera germinando poco a poco, oculta y latente, una rebelión. A veces se hacía notar levemente, otras era tan silenciosa que sólo ocurría en el interior de las personas más sensibles en el inconsciente; la cultura millenial volvió al hombre más sensible, podríamos decir más dulce y tierno, preocupado por su apariencia, volviéndose metrosexual hasta el punto que lentamente, poco a poco, como perla en una ostra, perdió lo masculino, lo viril, cazador, dominante, protector, de gesto fuerte y varonil, preocupado por su hogar y familia; el sostén económico de la familia, la comunidad y el país desapareció. Ese prototipo de “varón” ahora no existe, se perdió, se disolvió.Leer más