«Y la culpa no era suya»

Por Gina Preciado[1]

Tecleé una dirección al azar. Estaba estrenando tarjeta de crédito y perfil. El carro estaba cerca y la adrenalina inundó mis venas. Víctor, mi conductor, llegó en un Versa blanco. Para su sorpresa me subí al asiento del copiloto, me volví a verlo y, sonriendo, lo saludé. No pudo ocultar la emoción, nunca pueden. Sobre todo cuando ven que la falda se me sube muy arriba de los muslos.

Víctor comenzó una plática mezclada con risa nerviosa.Leer más

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Encierros

Por León de la Cruz

 

Infección.

 

Todas las personas, sin importad la edad, pudieron pensar por un instante que era preferible morir antes que presenciar el fin del mundo, como si fuera un acontecimiento en el que no participemos. Cobardes.

¿Cómo sé que es el fin del mundo? Porque lo viví. He de añadir que éste no acaba en silencio sino con gritos. Tampoco acaba de un solo golpe, ni es algo de proporciones bíblicas. El fin del mundo se asemeja más a una enfermedad que se esparce paulatinamente. Al principio se enfrenta con optimismo, incluso, con sarcasmo. Otras tantas, con resignación. Pero, al final, terminamos llorando, sea por angustia o soledad.

Uno de los efectos que causa el fin del mundo es que todos nos convertimos en sospechosos y potenciales enemigos. En mi caso, para evitar la confrontación decidí encerrarme en mi búnker. 

Por favor, no me confundan con un maldito gringo de esos que piensan que son tan chingones que todo les podría suceder. Aunque maquillaron su realidad con chaquetas mentales fabricadas en Hollywood, salvando al mundo en cada oportunidad en pos del patriotismo y disfrazado de humanismo, siempre podemos recordarles Vietnam. La verdad es que fueron tan vulnerables como el resto. De hecho, fueron los primeros en caer. Leer más

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La Película

Por Ariel Azor

Estaba viendo una película, tirado en el sillón, tomando una cerveza y comiendo un par de aceitunas; estuve un buen rato buscando hasta que al final me decidí por una. Trataba sobre un tipo que trabajaba para los que parecían ser dueños del mundo. Era, junto a un equipo que estaba bajo sus órdenes, el encargado de encontrar a aquellos habitantes que no generaban nada para sus intereses. Directa o indirectamente, nos involucraba a todos nosotros, a todos los seres vivos. Me pareció que podría tener algo de realidad. Alguien, desde algún lugar, nos maneja con invisibles hilos, como si fuéramos títeres y en sus reuniones tomaban café del bueno y decidían quién debía vivir y quién no, quién vale la pena siga existiendo y quién no. Primero hacen lo posible por arruinarte, por sacarte todo, incluso las ganas de vivir, y después dicen que no vales nada y mandan al actor ese a matarte. Claro, también están los humanos que son inservibles por voluntad propia; es cierto que hay personas que no saben hacer nada, no les preocupa aprender ni salir adelante en la vida; también las hay que están traumatizadas o incluso algunos nos hemos vuelto ya unos viejos inservibles. Parece que el tipo de la película había matado ya a catorce millones de personas. No era que quedaran tantas personas en el mundo; otros antes habían inventado virus, enfermedades contagiosas, gases que caían de las avionetas desde el cielo, y millones morían masivamente. La sobrepoblación era un problema ya resuelto. Leer más

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Enemigos del hombre

Por José A. García garciagguerrero@gmail.com

www.proyectoazucar.com.ar

 A Brian Aldiss

 

 

 

Despertó con el penetrante aroma de la savia inundando cada poro de su cuerpo, como cada día, toda su vida. El mismo olor, la misma situación, la sensación de sentirse rodeado, prisionero en aquel lugar que se esforzaba por mantenerse inhóspito, volviendo inútil cualquier intento de cambio.

Se desperezó estirándose cuanto le era posible en su minúsculo refugio encerrado entre la pared de fría piedra y los troncos chamuscados y astillados; se vistió con sus únicas prendas de yute y, con el mismo movimiento, tomó el cinturón del que colgaban la funda del machete y los dos cuchillos de caza que él mismo había forjado con ansia y desesperación cuando encontraran aquellos restos metálicos de lo que parecía ser un antiguo vehículo que sobreviviera al olvido y la corrosión, en las cercanías del pantano. Ordenó las pocas pertenencias que conservaba, un colgante, el cuenco para el agua y el abrigo que usara en los cortos inviernos de la región. Controló el filo del machete y salió a la mañana.Leer más

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¡MIERDAAAAAAA!

Por Héctor Daniel Olivera Campos

 

Doce de octubre. Madrugada del setentavo día de expedición. Rodrigo se despereza. Una neblina chata envuelve la nao, pero, allí arriba, dónde él se guarnece, apostado en la distante cofa del mástil, el lugar que sus compañeros llaman el carajo, se puede divisar el cielo infinito por encima de la bruma.

 

No es la primera vez que Rodrigo hace de vigía, pero ese es un día especial, por lo que se halla inquieto y nervioso a causa de los acontecimientos que se avecinan.Leer más

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Mundo Colmena

Por Rodolfo Vázquez Jiménez

¿Quién se lo hubiera imaginado? que durante décadas se fuera germinando poco a poco, oculta y latente, una rebelión. A veces se hacía notar levemente, otras era tan silenciosa que sólo ocurría en el interior de las personas más sensibles en el inconsciente; la cultura millenial volvió al hombre más sensible, podríamos decir más dulce y tierno, preocupado por su apariencia, volviéndose metrosexual hasta el punto que lentamente, poco a poco, como perla en una ostra, perdió lo masculino, lo viril, cazador, dominante, protector, de gesto fuerte y varonil, preocupado por su hogar y familia; el sostén económico de la familia, la comunidad y el país desapareció. Ese prototipo de “varón” ahora no existe, se perdió, se disolvió.Leer más

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Doce minutos por mujer

Por Andrea Pereira[1]

 

¿Quién lo mandó a meterse con una de nosotras?

Cuando a Renata se le ocurrió esa idea, pensé que era tonta y divertida, pero fue mucho más que eso.

El día que Juan Pescadilla llegó al pueblo, yo ya sabía, por rumores, el tipo de persona que era. Venía escapando de la justicia, y de dos ex esposas con hijos pequeños. Pescadilla era estafador, bígamo, había estado detenido dos veces por violencia doméstica, aún no tenía treinta y cinco años y ya había reconocido cinco hijos con apellidos falsos, es más, incluso hoy no sé si en realidad su verdadero nombre era Juan Pescadilla.Leer más

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La cuota

Por José Luis Díaz Marcos

 

1

 

–¡Papá, preguntan por ti! –vocifera Ana desde la puerta bailando al son de sus auriculares. 

–¡Te vas a quedar sorda y nos vas a dejar sordos a los demás! –protesta Hugo viniendo por el pasillo–. ¡Anda, deja ya la musiquita y ponte a estudiar, que es lo que tienes que hacer!

–Venimos del ayuntamiento –anuncia un señor. Detrás, sendos operarios–. Traemos su cuota de plástico.

–Mi cuota,… ¿de qué?

–De plástico. Como sabe, o debería saber, hoy entra en vigor la nueva ordenanza municipal relativa a la asignación y custodia de residuos plásticos.

–Gracias por reprocharme lo que ignoro, señor funcionario, pero no tengo ni idea de qué me habla.

–¡Qué sí, papi: la nueva ordenanza medioambiental! –informa la adolescente, escandalosa–. ¡Aquella del buzón! ¡La que tiraste a la basura!

Hugo enrojece y la mira.

–Vale, vale… –recula–. ¡Qué genio! El día que cumpla los dieciocho…

–Usted perdone… ¿Qué me decía?

–Su cuota de plástico… –abunda, paciente–. A partir de ahora, y dada la imposibilidad de su total almacenamiento y reciclaje, los vecinos deberán acopiar la proporción de esos plásticos que, según nuestros cálculos, les correspondan. En su caso… –consulta un portafolios–. Aquí está: ¡ocho metros cúbicos!

–¡¿Ocho…?!

–Sí: el volumen equivalente a ocho mil litros.

–No puedo creerlo… ¿Y hasta… hasta cuándo…? 

–Hasta que su paulatina eliminación nos permita retirárselo.

–¡O sea: hasta dentro de… meses!

–No creo. Ojalá me equivoque, pero yo diría que hasta dentro de… años.

–¡¿Años?!

Asiente, comprensivo.

–Y, ahora, si es tan amable y me firma el recibí, los compañeros procederán a dejarle la cuota. Como ve, y para facilitar su transporte y acumulación, las infinitas formas del plástico vienen prensadas en bloques de cincuenta por cincuenta centímetros. Así, le incumben… sesenta y cuatro bloques. 

–P, pero, ¡¿dónde voy a…?!

–Aquí, en su casa. 

–Esto… ¡Esto no puede ser legal! ¡¿Y si me niego?!

El mandatario enarca una ceja, pensativo durante un segundo, y contesta con otra pregunta:

–¿Le gusta la playa?

 

2

 

Ante Hugo, extrañeza inerte, entran sesenta y cuatro bloques, sesenta y cuatro porciones cúbicas de dúctiles, hasta llenar el pasillo.

–¡Tampoco ponga esa cara, hombre! –anima uno de los soguillas–. Si le sirve de consuelo, venimos de aquí cerca y… ¡Van a tener que deshacerse de la mitad del mobiliario, por lo menos, para asumir su cuota! ¡De la mitad!

–Consuela mucho, sí…

–Quién iba a creer que llegaríamos a estos extremos… –siente el otro– ¡Ahora todos, quieras o no, con síndrome de Diógenes por culpa del maldito plástico! Esto… 

Hugo cierra, aturdido:

–Sí, quién iba a creer…

–Pues muchos –asegura Ana, al fondo.

–¡¿Y tú, qué haces ahí?! ¡No te había dicho…! 

–¡Y dale, Perico al torno! De verdad: qué pesadito te pones a veces… Por si te interesa la opinión de una socia de Grimpís, esta movida ha sido tan chunga como la de mi ex: ambos la veíamos venir, pero no hemos querido verla, a ver si cambia, a ver si cambia, hasta que, ¡pum!, ha petao´, y ni cambio ni leches.

»¡Pues tal que así, en pleno 2031, con el dichoso plastiquito! Tanta envoltura, que mira que nos gusta envolverlo todo, y tan poco reciclaje, que mira que reciclamos poco y mal, que…

–¡…llegan los del ayuntamiento y te encasquetan, por orden del señor alcalde, o de quien sea, dos metros cúbicos de botellas, tapones, bolsas y yo qué sé más hasta que, dentro de unos añitos de nada, sea posible su reciclado!  Y digo yo: ¡¿Es que no hay vertederos?!

–Claro que los hay. Pero, como todo, son limitados y están, ya casi como todo también, saturados. ¡¿Y qué pasa entonces con los productos plásticos y sus más de ciento treinta sustancias tóxicas?! ¡¿Los seguimos dejando por ahí, de cualquier manera?! Imagina, por ejemplo, ¡qué fuerte!, el incendio de toneladas y toneladas de esos productos: ¡nuevas emisiones a lo que nos queda de atmósfera!; ¡más contaminación, ya casi imposible, de ríos y acuíferos!… ¡Una catástrofe, papá! ¡Otra catástrofe!

–Bien, vale… Me rindo: como dice el tango, el mundo es una porquería y debemos asumir nuestra culpa. Entendido. Ahora, y yendo a lo práctico, querida afiliada de Grimpís,… ¡¿dónde narices ponemos…?!

–Pues… La cinta de correr y las pesas hace siglos que ni las tocas: a la vista está… Y tus librotes y maquetas acaparan polvo y espacio en casi todas las habitaciones. Si lo piensas… 

–¡¿Qué?!

–Ya me dirás si no…

–Claro, claro… Pues, en ese plan, también podríamos prescindir de cierto equipo de música y de sus gigantescos altavoces, de cierta colección de cedés, de ciertos armarios llenos de ropita ni siquiera estrenada…  Sí, creo que, en conjunto, liberaríamos mucho, mucho espacio. ¿No crees?

 

3

 

04:00 AM. 

Una furgoneta rodea la casa del señor alcalde. Dos encapuchados, un hombre y 

una fémina, empiezan a descargar bloques de plástico prensado: uno, dos,… treinta y ocho, treinta y nueve,… sesenta y tres, sesenta y…

–¡Quietos! ¡Policía!

–…cuatro…

–¿De verdad creían que…? Para su información, ustedes son los séptimos de esta semana. ¡Y aún es miércoles! En fin… Ahora, venga: carguen su cuota antes de que aparezcan los siguientes, que ya hoy se irán de playa.

«¡¿Irnos de…?!».

Sesenta y cuatro, sesenta y tres,… 

–Papi: me duele el lomo…

–¡Claro: y a mí, el mío!

…treinta y nueve, ¡ay!, treinta y ocho, ¡ay!…

 

4

15:00 PM. 

Playa. 43ºC. Una veintena de condenados por infringir la ordenanza municipal relativa a la asignación y custodia de residuos plásticos peina la arena en busca de eso, de fragmentos dúctiles.

–¡J, jefe,… no podríamos esperar a que… a que bajase un poco el sol? –pregunta alguien.

–¡No! ¡Calla y recoge!

–¡¿Y si… me niego…?!

–¡¿Y si dejo la sombra, el ventilador y el mojito, y voy con la porra?!

.

.

.

–¡Aaagh, papi! Tengo mucha…

–¡Sí, ya lo sé: yo también y… y me aguanto!

 

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Procedimientos

Por José Luis Díaz Marcos

No hay absurdo que no haya sido apoyado por algún filósofo.
Cicerón

 

Onofre Ruiz, agricultor jubilado, sesteaba plácidamente en un banco del parque cuando un repentino traqueteo lo devolvió a la realidad. Aún amodorrado por la neblina del sueño, confirmó la llegada de un diminuto y destartalado camión en cuyas puertas podía apreciarse, mayúsculas con escudo, un excelentísimo membrete:

 

AYUNTAMIENTO

DE

ABSURDALIA DEL CAMPO

 

            Lejos de la molestia, Onofre agradeció la forzada vela. «Mejor. Así me ahorro tener que buscar una obra con la que distraerme», se dijo.

            Estacionado el vehículo, se apearon dos jardineros y empezaron a descargar algunos útiles. Acto seguido, descendieron también un arbolito sobre el césped, en un punto, según parecía, ya convenido.Leer más

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Sombras en el abismo

Imagen de David Hockey (b. 1937), «An Erotic Etching (Scottish Arts Council 172)»

Por Daniel Jiménez[1]

“Y comprendas que estoy ardiendo por ti,
quemándome
sólo para que veas,
desde tan lejos, esta luz!”
Manuel Scorza
 

Esa tarde supe por qué le dicen calientes a las pistolas que traen un muerto, o varios, tras de sí. Fue, de hecho, la única lección que me dejó la muerte de las dos máximas promesas de la poesía mexicana: Pikachu San y Pimentel Erizo.

 

Luego de que abandoné la vecindad ubicada en la colonia El Sol, de Ciudad Neza, me entuzé el cuete entre los huevos por recomendación del Tamales, quien me lo vendió en 3 mil 500 varos, previo acuerdo por Facebook. A partir de ese momento y hasta que me cambié de ropa, mi entrepierna se convirtió en un sitio caliente y húmedo como si mi orina hubiera salido de la vejiga sin decir agua va.

 

Sin embargo, eso no me detuvo. De modo que, aún con los destos en la garganta, me trepé a la combi que va al metro Pantitlán para trasladarme al cantón del Pikachu, a quien conocí hace 10 meses en el “1er Festival de Poesía Cara de Chancros; fiesta en el infierno; abismo; cumbia y barrio” que organizó el proyecto Alma Aullante, el cual ese cabrón dirigía con la ayuda de una cuantiosa beca cortesía del Gobierno de la Ciudad de México.Leer más

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