Por José Luis Díaz Marcos
No hay absurdo que no haya sido apoyado por algún filósofo.
Cicerón
Onofre Ruiz, agricultor jubilado, sesteaba plácidamente en un banco del parque cuando un repentino traqueteo lo devolvió a la realidad. Aún amodorrado por la neblina del sueño, confirmó la llegada de un diminuto y destartalado camión en cuyas puertas podía apreciarse, mayúsculas con escudo, un excelentísimo membrete:
AYUNTAMIENTO
DE
ABSURDALIA DEL CAMPO
Lejos de la molestia, Onofre agradeció la forzada vela. «Mejor. Así me ahorro tener que buscar una obra con la que distraerme», se dijo.
Estacionado el vehículo, se apearon dos jardineros y empezaron a descargar algunos útiles. Acto seguido, descendieron también un arbolito sobre el césped, en un punto, según parecía, ya convenido.Leer más









