Por Tania Reyes Vázquez
Las personas sí olvidan lo que pasa en sus vidas. Olvidamos la mayoría de las grandes cosas, de esas que transitan de manera casi efímera, esas que son tan cotidianas y ordinarias. Pero los pequeños detalles son los que nos sostienen el presente y el futuro de lo que somos. Tenemos momentos que deseamos reprimir, tal vez algo de vergüenza o enojo y con algo de suerte somos dueños de ellos, así como de todo lo que queremos conservar, así como todos deseamos proteger. Lo que no solemos tener en mente es que algunas veces el tiempo, en combinación con la ausencia de alguien, borra lo más preciado de tu pasado, te obliga a perder lo que anhelabas atesorar.
La acidez de su temporada, lo dulce de sus gajos, guardaban lo poco que me quedaba del recuerdo de una naranja. Me aferro a sentir la harina esponjada, el huevo en mezcla con la mantequilla azucarada y la receta dictaba que la ralladura no fuera amarga. Esto me lo dijo mientras veía cómo, con cuidado, rozaban las cuchillas sobre la cáscara cayendo sobre la harina y encima del recuerdo que estaba alimentando en mí. Con una pizca de sal que une todos los sabores, con unos mililitros del jugo del cítrico, haciendo que recuerde lo dulce de la tarde en que se horneó. El recuerdo me dice que fue de una forma rústica, por lo que muchos pensarían que improvisada ante la ausencia de un horno adecuado.
La mezcla de masa y de manos que la hicieron fueron vaciadas sobre mantequilla y harina, tratando de evitar que se quemara o se pegara en la superficie de la olla, la forma de hornear fue tradicional y, hasta hoy, excepcional. Mi madre lavó mis manos, el agua era fresca y adecuada para el verano, quitando el dulce del jugo que dejaron las naranjas exprimidas cuando las chupé llevándome todos los gajos de Leer más










