La naranja sabe a lo que olvidé | narrativa

Por Tania Reyes Vázquez

Las personas sí olvidan lo que pasa en sus vidas. Olvidamos la mayoría de las grandes cosas, de esas que transitan de manera casi efímera, esas que son tan cotidianas y ordinarias. Pero los pequeños detalles son los que nos sostienen el presente y el futuro de lo que somos. Tenemos momentos que deseamos reprimir, tal vez algo de vergüenza o enojo y con algo de suerte somos dueños de ellos, así como de todo lo que queremos conservar, así como todos deseamos proteger. Lo que no solemos tener en mente es que algunas veces el tiempo, en combinación con la ausencia de alguien, borra lo más preciado de tu pasado, te obliga a perder lo que anhelabas atesorar. 

La acidez de su temporada, lo dulce de sus gajos, guardaban lo poco que me quedaba del recuerdo de una naranja. Me aferro a sentir la harina esponjada, el huevo en mezcla con la mantequilla azucarada y la receta dictaba que la ralladura no fuera amarga. Esto me lo dijo mientras veía cómo, con cuidado, rozaban las cuchillas sobre la cáscara cayendo sobre la harina y encima del recuerdo que estaba alimentando en mí. Con una pizca de sal que une todos los sabores, con unos mililitros del jugo del cítrico, haciendo que recuerde lo dulce de la tarde en que se horneó. El recuerdo me dice que fue de una forma rústica, por lo que muchos pensarían que improvisada ante la ausencia de un horno adecuado.

La mezcla de masa y de manos que la hicieron fueron vaciadas sobre mantequilla y harina, tratando de evitar que se quemara o se pegara en la superficie de la olla, la forma de hornear fue tradicional y, hasta hoy, excepcional. Mi madre lavó mis manos, el agua era fresca y adecuada para el verano, quitando el dulce del jugo que dejaron las naranjas exprimidas cuando las chupé llevándome todos los gajos de Leer más

Anisley García | Poesía

Anisley García Suárez (Guantánamo, 1987) Bachiller en Humanidades e Instructor de Arte (Teatro). Poeta y narradora. Poemas y cuentos suyos aparecen en antologías como Poemas bajo el brazo (Los Cínicos Editorial, México); Té por limón 2 (Editorial Jungles House, de Estados Unidos); Un soneto me manda a ser amante, por Laia Editora, de Argentina con extensión en Cuba. Ha publicado en revistas como Omega Poética y Azahar, en España; en la revista Andariego en Cuba y en la revista literaria mexicana Aquiescencia. Es antologadora junto con otras escritoras de las antologías Un seno de nata y de ternura, de la editorial Aquiescencia, y La manzana en el cuerpo, de la editorial Primigenios, ambas en proceso de edición. Mención del I Premio de Poesía Diógenes 2024.  Pertenece al grupo internacional Grandes Poetas Iberoamericanos.

             

 

 

 Tósigo en la boca

Tuerce la boca, desamor, veneno en sus labios,

gruesas huellas adheridas a la piel

romance que danza en acordes de olvido.

 

Otro beso,

otra gota de tósigo,

futuro de insidia.

 

La comisura delata,

muchas bocas dormitaron en sus mentiras,

despedida

adiós

poros abarrotados de extravío.

 

Palpita la soledad, erguida se enseñorea.

Una vena masoquista me crece

nostalgia del desamor.Leer más

La Cosecha de los Espíritus | Narrativa

Por Naomi Pineda[1]

En un rincón olvidado del mundo, rodeado de montañas que respiraban como gigantes dormidos, se encontraba el pequeño pueblo de San Roque. Aislado y empapado por la neblina perpetua, sus habitantes vivían de la tierra, sin preocuparse por lo que ocurría más allá de sus fronteras. En el centro del pueblo, imponente y descomunal, una catedral gótica se erguía como un guardián olvidado, sus gárgolas vigilando con ojos vacíos, y las estatuas de los santos erosionadas por siglos de lluvias.

Nadie hablaba del cementerio detrás de la catedral, un lugar extraño donde las lápidas se retorcían como raíces y las tumbas parecían hundirse más profundo en la tierra con cada luna nueva. Pero los ancianos sabían. Y sabían bien.

Cada otoño, cuando las primeras hojas caían y el viento olía a tierra húmeda, los más viejos cerraban sus ventanas, cubrían los espejos y dejaban ofrendas en los umbrales. Decían que las almas de los muertos no descansaban en San Roque; sólo aguardaban el momento para reclamar lo que les pertenecía.

Hernán, un joven campesino, era el único que no prestaba atención a esas supersticiones. Para él, los muertos estaban enterrados y no tenían razón para regresar. Su abuela, la última de su linaje, acababa de morir, y ahora le tocaba a él heredar la tierra. La noche antes del entierro, Hernán fue al cementerio para escoger el lugar donde descansarían los restos de su abuela. Caminaba entre las lápidas cubiertas de Leer más

Yakeline Rojas | Poesía

Yakeline Rojas Agüero (La Habana, 1973). Poeta y narradora. Cuentos, microficciones y poemas suyos han sido publicados en revistas y antologías cubanas e internacionales. También incursiona en la literatura para niños y jóvenes.

 

 

 

En mi casa crecían algas salvajes
ostras maternaban esperanza
caballos de mar sin vientres
castrando el destierro
de los que llegaron
de los que no pidieron venir
en mi casa las grietas tenían piernas
espías como navajas
una herida en el pecho
acarreaba razones

madre ostrea edulis abrigó dos perlas
extravagantes
dúo de perlas negras
arena del estuario
sedimento nácar
hijas de roca bivalvas
corazón en tres cámaras
Giselle hermana pequeña
la cuna con llanto

 

¡cuida a tu hermana!

 

en los muros de mi casa se extinguióLeer más

María José Escobar | Microficciones

María José Escobar (Querétaro, 1998). Licenciada en Letras Hispánicas. Ha participado con cuentos breves y microficciones en números de las revistas Ibídem, Oropel, Hipérbole Frontera y Tintero Blanco.

 

 

 

Nadie

Llegó cargando con un contenido incierto, acaso ropa, acaso comida, acaso tierra; el costal tiene cuatro agujeros previstos para que, por cada dos, se amarre un mecate de modo que se formen dos agarraderas para sujetar de sus hombros.

Un par de becarias dentro del recinto le prestan, pacientes, sus oídos. Aquella cuenta su trayecto a esas que no le tienen solución alguna. Se abstienen de preguntar de más, con el temor de desencadenar detalles tristísimos que no tienen la intención de procesar en horas laborales. Lo que saben, es que ella necesita renovar su acta de nacimiento y está siendo un martirio.

–Usted no aparece en el sistema –les cuenta que le dijeron– y aquí no se lo podemos arreglar.

–Justo a eso vine, a mi entidad de nacimiento. Me dijeron que acá me iban a solucionar.

–Pues no, una disculpa.

–De no existir –le dijo a la señorita– dígamelo ya, así me quedo más tranquila.

Pero no le respondió y siguió tecleando.

–En el DF, ahí en la Gustavo A. Madero a la altura de Arcos de Belén, la señorita que te digo me confirmo que no existo, entonces, ¿qué soy?

­–Un fantasma– se rieron.

–¡Un fantasma!

Manotea con una mano y se ríe con una dentadura a la que le faltan lo dos dientes frontales.

Entonces, sosteniendo los mecates en puños apretados, toma un autobús deLeer más

Isely Ravelo | Poesía

Isely Ravelo Rojas (La Habana, 1993) Licenciada en Comunicación Social. Universidad de La Habana. Escritora, periodista y fotógrafa. Integra el Laboratorio de Escrituras Encrucijada que lidera la escritora cubana Elaine Vilar Madruga. Recibió mención en narrativa del concurso de dicho laboratorio en 2023. Participó en el Taller de décimas, impartido por el escritor y repentista cubano Alexis Díaz Pimienta y en “Viaje al centro de la improvisación poética”, del Proyecto Oralitura Habana. Integró el Taller “Un libro es un show” sobre escritura creativa y edición de libros, del Proyecto Transcultura de la UNESCO, en colaboración con Aurelia Ediciones, Cairo Studio y el escritor cubano Leonardo Padura. Su poesía ha sido publicada en la revista cubana El Caimán Barbudo y en la revista venezolana Alborismos en su edición No.12 de julio/2023.

 

 

 

I

Al pueblo de mis abuelos

 

Me siento en la terraza y encuentro un árbol para definirme.

El columpio se mueve con las niñas de abuelo

mientras él, cabizbajo, busca el ojo que le falta.

 

Una hoja tirita las voces familiares

de cuando éramos muchos alrededor de la mesa.

 

Las semillas saltaron para enterrarse en el polvo del camino…

en la cabeza corriente del río, en los juegos de un fin de semana.

 

Veo correr la tarde ensopada de silencio.

Me descubro en las nubes que pasan sin tocarla,

en la infancia del beso y el nudo de la floresta,

en la hormiga que sube a los azahares del mango

y ahogada en la pulpa:

me sigo buscando en la piedra y en las botas fangoLeer más

El estructuralismo en escena | Narrativa

Mayo del 68

Por Christian J. Kanahuaty

 

Y sí, en pleno invierno austral, Argelia arde. Escribes en tu diario las primeras impresiones, pero luego das continuidad a tu trabajo. Versa esta vez sobre el poder capilar y sobre las relaciones normativas que se establecen desde el arte entre las palabras y el cuerpo.

Pero aún no das con la manera de enlazar todas tus investigaciones con el nuevo libro que te pide la universidad.

Este viaje, entonces, resulta ser solamente una excusa más. Algo con lo cual puedes dilatar el tiempo sin las miradas de soslayo en los pasillos.  

 

A medida que pasan los días sientes que este sitio tiene algo para tu memoria. No es tu infancia a la que regresas, tampoco es tu juventud, que ya imaginas perdida en esas calles doradas por el sol del verano. Sientes algo así como una magnífica revelación. Te subleva, pero no es el mar rojo, ni las edificaciones que parecen emanar de un cuento. Quizá sean los cuerpos desnudos que viste en la playa.

No pudiste acercarte demasiado porque ibas acompañado, pero ahora que es tu primer sábado de libertad, deseas ir de nuevo al sitio en el que se paseó tu mirada. Podrías presentarte en inglés, pero prefieres el francés. La lengua de la seducción. Y hablas con el primer muchacho de piel cobriza que te devuelve la mirada. Al principio son sólo trivialidades. Las palabras de circunstancia que ocurren en cada encuentro. Se buscan. Tantean el terreno. Él no sabe nada de ti. Eres otro extranjero que se irá al terminar el mes. Así que no hay problema. Puede inventar una historia para ti. Sin embargo, por razones que ni siquiera alcanza a comprender, te dice toda la verdad.

En cambio, tú, sí te inventas una vida. No quieres pasar como el profesor que busca experiencias más allá de las aulas y su geografía.

Ruegas por una noche a su lado y de regreso en tu habitación, escribes. Se sueltan las oraciones y una a una adquieren sentido. Dejas el manuscrito descansar y a la mañaLeer más

Alejandra Ruiz | Poesía

Alejandra Ruiz (Guayaquil, Ecuador, 1991). He participado en concursos nacionales e internacionales de literatura. Uno de mis últimos trabajos fue la colaboración en una revista de literatura de México siendo seleccionado uno de mis poemas, escribiendo actualmente en la plataforma médium y siendo una de las seleccionadas en la editorial Komala en una de sus ediciones.

 

 

 

Los dedales de Perséfone

 Escribo, como si mis dedos fueran aves,

mis murmullos se convirtieran en luciérnagas.

Observando la tinta esparcirse como esporas rumiantes,

una tormenta renace en mi pecho, sigilosa y vespertina.

La calma no tiene paredes, solo peces muertos.

Mi boca es taciturna, muda e inconforme,

pero mis manos tejen versos

como si fueran gorriones,

cantando cuando mueren las hojas.

Las letras beben de mi cuerpo

como si fuera su madre;

se nutren de mi sangre y reviven en mí.

 

 

 

Grietas en mis manos

Tengo un vacío en las pupilas de mi alma,
y ​​mis silencios se transcriben en cartas que no escribí,
negándome a ser un remitente.
Creo que mis manos aún tienen la fuerza suficiente:
agrietadas, rotas, secas, destruidas por el tiempo,
pero con una sed insaciable de vivir.

Mi cabello cenizo, opaco y quebradizo predice lo contrario,
pero mi alma ardiente está llena de fuego.

 

 

 

Las llagas

Mi pueblo tiene hambre y los dedos llagados;
muerde el polvo a diario,Leer más

Manifiesta de las mujeres observadoras que caminan

Por Idalia, Árbola Almendra, Priscila, Odeth y Ximena

 

Mirar sin pudor

Miraremos sin pudor el camino, las gentes y todo lo que suceda:

Atraparemos las miradas de otrxs transeuntxs, aquellas que han pretendido borrar de las ciudades:

               sonreiremos a las niñeces curiosas

               a las personas mayores que toman el sol en las banquetas

               a las señoras que salen al mandado o a dejar a lxs pequxs a la escuela

               a las personas que regresan cansadas de barrer las calles

Seremos casa, cobijo y refugio

              de las especies animalas que habitan los rincones de calles, azoteas y terrenos baldíos.

Miraremos a quienes nos observan para reconocernos en esos espejos,

para sabernos iguales, para hacer comunidad.

 

Mirar sabiendo que somos parte de todo

Miraremos sabiendo que somos parte de todo:

nos reconoceremos al caminar

evitaremos destruir los micelios que habitan bajo la tierra 

nos crecerán alas y plumas y ramas

haremos surcos que dejarán huella

intentaremos rellenarlos con corteza y lodo y pasto

para renacer en forma de salvias y tulipanes

violetas y suspiros

Recuperaremos el dominio que siempre fue nuestro y que les fue arrebatado a nuestras ancestras: la tierra y lo que de ella nace, porque también crece en nosotras.

Y en medio de la calle nos encontraremos a nuestras yo niñas

Ellas sabrán y nosotras sabremos que la vida de una observadora que camina no acaba nunca y se replica

                 y se replica y se replica… 

                 hasta después del final de los tiempos. 

 

Caminar en no-línea recta

Diremos  no a los caminos trazados: 

Andaremos rutas nuevas, aquellas que nos dicten las piernas y nuestras ganas.

Siempre iremos dando vueltas, observando las curvas que nos permitirán destruir la línea recta, recordando que no existe en la naturaleza, nos negaremos a reproducir los trazos perfectos de algunas ciudades.

Caminaremos por las huellas de los pies marcadas en las primeras capas de la tierra. 

            || la maleza se peina y se abre a nuestros pasos, para señalarnos el camino ||

Serpentearemos las banquetas, sin restricciones

Como las lagartijas cerca de las construcciones viejas, nuevas y sucediendo

marcaremos nuestras propias rutas y seguiremos las de nuestras ancestras

el cielo se llenará de mapas-guía y la noche será nuestra amiga

 

Caminar con curiosidad

Caminaremos con la curiosidad de las niñas que fuimos y de las niñas que serán

que acompañarán a otras por caminos lodosos, oscuros y estrechos

que serán mapa y camino, que serán conductoras y transeúntas

que llenarán las paredes de las ciudades con sus risas

Descubriremos las grietas añosas de las paredes, el moho de los edificios, la humedad escalofriante y las divisiones del concreto que simulan raíces de un bosque, nuestro bosque invisible.

 

Caminar con la memoria puesta en la cuerpa

Caminaremos equipadas de la memoria de otras caminantas puesta en la cuerpa:

Tendremos la capacidad de reconocer roca resbaladiza, tierra firme y cuerpa de agua. Sabremos sus nombres, sus texturas y la diversidad de caminos posibles que nos lleven a ellas y vamos a enseñarlas

Andaremos las rutas heredadas de las ancestras y construiremos veredas para las jóvenes

            las que siguen nuestras huellas,

            las que vienen detrás y de frente, 

            las que son tierra y viento y fuego

Quemaremos todo si alguna se pierde en el camino

alumbraremos todo hasta que aparezca ella y todas las que nos han arrebatado.

 

Las mujeres del futuro no tendrán mapa sin descifrar, han estado en cada rincón de cada selva, en cada telaraña, ocupando todos los trenes y todo el espacio al mismo tiempoLeer más

Poesía colectiva: después de leer a Michele Najlis

Por Nat, Priscila, Diana, Ixchel, Danae, Gloria, Tere, Laura y Ximena

 

Memoria de aves y viento

I

 

Si digo que no siento caería en una mentira,

callaría el grito que me recuerda tus ojos en el pasto,

el calor de tu respiración cercana al viento.

Descubrir que los pájaros persisten al vuelo 

aún cuando sus alas parecen suspendidas,

que algo en mí también palpita,

que supura alientos de cálida hierba

entremezclada al tacto,

al deseo de la risa particular, a tu presencia, 

que mi calma se albora si te

pienso en ese llano abierto, 

humedal repleto de besos 

que soy, memoria.

 

Sería como la semilla que muere en el surco sin dar fruto

a los pies del árbol,

que cruje al ser pisada. 

Arrancada de la tierra, 

el petricor se perdería entre la sequedad de los escombros, 

ceniza arrastrada por el aliento de estos días marchitos

en los que no reconozco que florecía, 

que bailaba con el viento elogiando la vida.Leer más