Por Carmina Cardiel
Jean-Marc Vallée fue un director canadiense que alcanzó un mediano éxito con títulos como “La reina joven”, “Alma salvaje”, “El club de los desahuciados” y “Demolición”, entre otras. Se caracterizó por hacer cine de realismo emocional y naturalismo, y se nota en cada una de sus obras la búsqueda por tratar de capturar la autenticidad de la experiencia humana.
Sus películas con frecuencia tienen un tono muy realista que suele confundirse con cine “cotidiano”, con actuaciones contenidas y naturales, poca música diegética, y una cámara que se mueve de manera fluida y observacional todo el tiempo. Pero la película de la que hoy hablaremos, a mi entender, es una de sus máximas obras para el año de rodaje, la historia y la problematización de la estructura social de una familia de clase media de Quebec hacia los años 60. Esta es la historia de Zac y la búsqueda de su identidad irrumpiendo la comodidad de una sociedad en transformación.
De la tradición a la modernidad
Para introducirnos en la cinta, el director, Jean-Marc Vallée, decidió poner la lente en el momento en que la sociedad quebequense comenzó a secularizarse, emancipándose del fuerte control de la Iglesia católica y desde ese lugar es que nos permite entrar a una reflexión sobre la profunda transformación que se dio a partir del conflicto entre la tradición y la modernidad, situándonos así en un punto de coyuntura social debido a los cambios que en el mundo global se estaban experimentando en consecuencia de revoluciones y pequeñas revoluciones sociales del Occidente.
Zac no es un chico cualquiera, pues desde que nació estuvo marcado de forma metafórica/simbólica y física, pero también con un puente de misticismo que le atribuyen tanto la madre como una vecina asistente a las misas católicas. Ellas dicen que el pequeño puede hacer milagros. Aquí es donde encontramos una crítica del director, creo yo, apuntando al fanatismo religioso que en pleno siglo XXI sigue existiendo. La cinta se estrenó en 2005, el milenio acababa de iniciar, pero las prácticas religiosas seguían y siguen siendo resistentes a las transformaciones del imaginario colectivo.
Zac crecería abatido entre esa confusión de “lo que es correcto” y lo que no, a partir de los valores religiosos y sociales aprendidos en casa, muy parecido al personaje de Sinclair en “Demian”, de Hesse. Porque, por un lado, está el sistema de valores inculcado desde el núcleo familiar y que es una carga social, pero por el otro, está el mundo de la vida, la seducción constante a vivir después del vértigo, acción o acto que implica algunas decisiones importantes de la vida y el afronte de sus consecuencias. Esta parte de la cinta es reveladora en tanto que se puede observar la crisis de las instituciones sociales y familiares en la sociedad quebequense de los años 60.
La familia: microcosmos de la sociedad
Ahora bien, la familia Beaulieu representa una microsociedad patriarcal tradicional: El padre, Gervais, encarna el modelo de masculinidad tradicional: viril, autoritario y reaccionario a la diferencia, a lo que puede llegar a cambiar, defendiendo en todo momento lo que “siempre es mejor en sus tiempos”. La madre, Laurianne, simboliza el pilar emocional y religioso de la familia, es la mediadora entre la autoridad y la sensibilidad. Y, finalmente, los hijos, en especial Zac, encarnan las tensiones entre conformismo y autenticidad ante el cambio.
El caso de Zac evidencia la fragilidad de la estructura familiar, pues su diferencia (su sensibilidad, su aparente “rareza”, su identificación sexual) pone en crisis el orden familiar y, por ende, también el social. Siguiendo a Erving Goffman, puede afirmarse que Zac sufre un “estigma” que altera la manera en que los demás lo perciben y lo lleva a adoptar estrategias de “manejo de la impresión” (estrategias que las personas usan para controlar la imagen que los demás se forman de ellas en las interacciones sociales) para ocultar su verdadera identidad. En este sentido, la familia opera como un espacio de socialización y cumple el rol de transmitir las normas sociales, preservar la cohesión y garantizar la estabilidad del sistema, pero también de control, donde la desviación se castiga y la conformidad se recompensa.
Es decir que, desde una perspectiva funcionalista (Durkheim o Parsons), la familia aparece como una institución que intenta reproducir normas y valores sociales, pero que se ve desbordada por los cambios culturales. Zac es la representación de todos esos cambios que no son pocos ni mucho menos simples.
Religión, moral y culpa
El peso de la religión católica en la vida de Zac refleja la influencia estructural que tuvo la Iglesia en la sociedad quebequense anterior a la llamada “Revolución Tranquila” de los años sesenta; entonces, el contexto religioso determina el senti-pensar de una sociedad determinada, casi siempre cerrada y por ende tradicionalista, en tanto a sus actos éticos y morales. Desde la sociología de la religión (Durkheim y Berger), podemos apuntar que la religión puede entenderse como una institución que ofrece sentido y cohesión, pero también aparece como un dispositivo de control moral.
En C.R.A.Z.Y., la fe se representa como una fuente de consuelo y de angustia. Zac reza constantemente para que dios lo “cure” de lo que le han hecho percibir como una desviación. La religión, en vez de liberarlo, lo encierra en la culpa bajo su tradicional carga moral. Esta tensión evidencia el proceso de secularización que vivía Quebec en la época: mientras la sociedad avanzaba hacia una moral más laica y liberal, las familias seguían atadas a la tradición católica. Zac encarna el rompimiento entre una espiritualidad interior en búsqueda de autenticidad y una religión institucional que impone normas inamovibles. Hay un doble quiebre porque va del sujeto a lo social y de lo social al sujeto.
Zac, se podría decir, cumple entonces con el rol de manifestar a través de su búsqueda interna, la búsqueda del Self, la llegada de los cambios en el pensamiento de las sociedades modernas, y todo ese proceso que él experimenta se ve reflejado a nivel social: el cambio, la diferencia y lo anti conservador se castiga desde la resistencia a lo nuevo, y casi siempre desde sociedades abiertas o discretamente totalitaristas.
El arco narrativo de Zac refleja el tránsito de una sociedad cerrada hacia una más plural. La aceptación de su identidad coincide con la transformación del contexto quebequense: la pérdida del poder de la Iglesia, el auge del individualismo y la emergencia de nuevos valores. Dicho de otro modo, la historia de Zac puede leerse como una metáfora de la modernización cultural de Quebec y sus prácticas políticas más íntimas.
Cultura popular e identidad generacional
Esta cinta es una joya auditiva para el público melancólico de la psicodelia de los años sesenta y setenta, la música es uno de los recursos narrativos más potentes de la película y se convierte en un lenguaje identitario. Los artistas que Zac admira —David Bowie, Pink Floyd, Patsy Cline— no son simples referencias culturales, sino espejos simbólicos que lo ayudan a imaginar una identidad posible. Desde la sociología de la cultura (Bourdieu, Hebdige), la cultura popular funciona como espacio de resistencia frente a las normas dominantes y permite la creación de estilos de vida alternativos. Mientras el padre asocia la música rock con el desorden y la rebeldía, para Zac representa un refugio y una forma de manifestación.
La escena en la que Zac canta “Space Oddity” en playback frente al espejo, sintetiza su deseo de ser y no poder ser: un gesto íntimo de autoafirmación en un entorno que lo niega, lo suprime, lo anula, lo borra. Así, la cultura popular aparece como un vehículo de emancipación simbólica, un modo de construir sentido fuera de las instituciones tradicionales, y qué mejor ejemplo pone Vallée que Bowie para poner el dedo en la llaga.
Una escena que resulta simbólicamente imperdible es cuando Zac, después de tantos enfrentamientos con el sistema patriarcal (representado por su padre), tiene una reconciliación final, pues simboliza no solo la aceptación individual, sino también el reconocimiento de que los valores tradicionales deben adaptarse a una sociedad diversa. El director propone así una visión esperanzadora: el cambio social es posible cuando los lazos afectivos superan las barreras morales y culturales, aunque, como hemos visto, ésta sigue siendo una lucha constante de las disidencias.
Se podría concluir que C.R.A.Z.Y muestra cómo la desviación no es una característica inherente al individuo, sino una construcción social que surge del conflicto entre las expectativas colectivas y la experiencia personal. En última instancia, C.R.A.Z.Y. plantea una reflexión sobre el cambio social y la posibilidad de reconciliar la diferencia dentro de un marco de aceptación de lo que es diferente, tanto en la dimensión familiar como social.
Bibliografía.
- Durkheim, É. (2003). Las formas elementales de la vida religiosa (M. Imaz, Trad.). Alianza Editorial. (Trabajo original publicado en 1912)
- Goffman, E. (1963). Estigma: La identidad deteriorada, Prentice-Hall.
- Hebdige, D. (2004). Subcultura: El significado del estilo (C. L. Suárez, Trad.). Paidós. (Trabajo original publicado en 1979)
- Martin, M. (2010). Masculinity, Memory, and Music in Jean-Marc Vallée’s C.R.A.Z.Y. Quebec Studies, 49, 45–60.
- Marshall, B. (2009). Queer Quebec: La diversidad sexual en el cine canadiense. McGill-Queen’s University Press.
- Parsons, T., & Bales, R. F. (1955). Family, socialization and interaction process. Free Press.
- Berger, P. L. (1971). El dosel sagrado: Elementos para una teoría sociológica de la religión (Trad. L. R. Fernández). Amorrortu Editores)
