Análisis de la cinta “Tenemos que hablar de Kevin” | Sobre los ROLES IMPUESTOS: madre-hijo

Por Carmina Cardiel

 

Lionel Shriver, escritora de la controversial “Double Fault”, con su séptima novela “Tenemos que hablar de Kevin” –estrenada en los estantes de librerías hace veinte años–, el cine la llevó a la pantalla grande en 2011 bajo la dirección de la escocesa Lynne Ramsay quien, por su lado, es experta en llevar la literatura a la imagen cinematográfica para hacer explotar lo que no se dice con palabras, pero que es parte de la condición humana y, por tanto, sumamente complejo.

Ambas hicieron una buena mancuerna para tocar temas que son demasiado incómodos para un mundo en donde se espera que las mujeres seamos no solamente madres, sino las mejores madres y, en consecuencia, los hijos deberán ser dichosos y productivos ante un sistema que exige demasiado para realidades que no coinciden con lo esperado.

 

Kevin como constructo de identidad en la sociedad

 

Tenemos que hablar de Kevin es una trama muy cruda desde los ojos de una sociedad que impone la maternidad como una forma de realización femenina, como si ser madres le diera un plus a nuestras vidas como mujeres, pero ¿Y qué pasa cuando las mujeres asumen este rol en contra de su voluntad, pero muy a la disposición de lo que dicta o espera la sociedad en la que vivimos?

Kevin es un hijo –y hay que decirlo así– no deseado, pues es concebido en medio de un arranque pasional juvenil, cuando su madre más disfrutaba de su libertad en medio de viajes y el ejercicio de su profesión. Desde que al embrión se le permite avanzar en crecimiento más allá de los noventa días, el feto empieza a ser socializado.

En este sentido, Eva, la madre de Kevin, encarna una figura materna que rompe con los ideales tradicionales de la maternidad como algo ““naturalmente”” satisfactorio y amoroso. Eva lucha constantemente entre su deber ser como madre y su incapacidad de establecer una conexión genuina con su hijo, Kevin. Esto puede leerse como una crítica al mito de la maternidad (teorizado por autoras como Elisabeth Badinter o Adrienne Rich).

Eva hace todo lo que una madre debería hacer antes y después de que su hijo nazca, pero esto no es suficiente porque ella realmente quisiera estar viajando y construyendo su propio mundo, y no cambiando pañales ni dando biberones o teta a un bebé que, incluso, ni siquiera reconoce como parte de sí misma o de su realidad. En palabras de Goffman, el “frente” (el rol público de madre) no coincide con su “tras bambalinas” (su realidad interna: ambivalencia, rechazo, culpa).

Esta situación lleva al pequeño Kevin y a su madre a límites en donde la comunicación es tan nula que, desde chiquito, Kevin, se convierte en el peor enemigo de su madre, haciéndola pasar por situaciones que son anormales dentro de lo que se espera como una socialización sana, pues Eva le habla como si se tratara de una persona adulta y en donde todo el tiempo le hace saber que no lo quiere. Kevin, aunque es un niño, entiende y adopta una personalidad a través de lo simbólico: el rechazo. En consecuencia, Kevin crece con la imposibilidad de socializar con sus pares o compañeritos del colegio. Y aquí quiero remarcar que, desde un punto de vista completamente violeta y sociológico, absolutamente ninguna infancia nace siendo nada, sino que es educada para ser lo que será, sea desde la familia y del exterior a esta, aunado a una serie de conexiones neuronales que pueden fortalecerse o quebrarse en uno o más sentidos neurosociales.

 

¿Kevin, “el maldito”, o mal-ditasea la sociedad?

 

Desde la psicología social, la personalidad de Kevin, en su rol de hijo, puede definirse como el resultado de una interacción disfuncional entre el individuo y su entorno familiar, caracterizada por resistencia activa al vínculo emocional con su madre, una manipulación constante de las normas familiares, y un uso estratégico del rol de hijo para ejercer poder y control dentro de la estructura familiar.

Kevin no asume su rol de hijo de manera normativa (como se espera socialmente: obediente, afectivo, en proceso de socialización), sino que lo subvierte desde una posición ambigua, hostil y desafiante. Su personalidad está marcada por:

Desapego emocional:

Kevin demuestra una falta de empatía y una aparente indiferencia hacia las figuras parentales, especialmente su madre. No busca afecto, ni lo devuelve. Desde este punto podemos pronosticar socialmente, aunque jamás asegurar, la personalidad de un pequeño psicópata.

Manipulación interpersonal

Desde temprana edad, manipula a su entorno para generar conflicto entre sus padres. Adopta un doble comportamiento, siendo encantador con su padre y hostil con su madre, lo que le otorga control emocional.

Resistencia al rol tradicional

Kevin rechaza las normas del rol de “hijo”, como la obediencia, la dependencia y la afectividad. Actúa más como un “igual” o incluso como superior, desafiando la autoridad parental, principalmente con su madre. Con su padre, se ha dicho, actúa diferente.

Construcción identitaria antisocial

Su identidad se construye desde la oposición: se define más por lo que rechaza (el amor materno, la socialización escolar, la empatía), que por lo que adopta. Esto se vincula con conductas antisociales.

Comunicación no verbal agresiva 

Usa el silencio, la mirada fija, la postura corporal tensa como formas de resistencia pasiva y agresión simbólica hacia su madre, erosionando su autoridad sin palabras.

 

Desde la psicología social, Kevin no puede entenderse solo como un individuo “malo” o “psicópata”, sino como un sujeto cuya personalidad como hijo es el producto de una interacción deteriorada con su entorno familiar, marcada por el rechazo afectivo, la falta de contención emocional, y la transgresión deliberada del rol filial. Su rol de hijo se convierte en un escenario de lucha simbólica, donde el vínculo con su madre representa tanto su conflicto interno como su herramienta de control.

Ahora bien, desde el punto de vista sociológico, encontramos “El yo” como construcción social (Mead): el yo se forma a través de la interacción con otros significativos (familia, escuela, sociedad).

La presentación del yo en la vida cotidiana (Goffman): la identidad es una “actuación” en diferentes escenarios sociales; las personas adoptan roles como en una obra de teatro.

 

Los símbolos y el lenguaje: la comunicación no es neutra; está cargada de significados que influyen en cómo nos vemos a nosotros mismos y a los demás. Aquí es donde encontramos que Kevin padece de una deficiencia social pues él no comprende cuál es su rol, actúa como si fuera un animalito que, en comparación a un gato o aun perro domesticados, está desahuciado y, por tanto, fuera de las normas sociales humanas y lo que se espera de ellas en tanto al comportamiento.

 

Tenemos que hablar de Kevin, pero también de las personalidades como la de él

 

Hace pocos días en Ciudad de México se dio una fatídica notica en tanto a que un joven de 19 años asesinó dentro de uno de los recintos de la Máxima casa de estudios del país, la UNAM, a un compañerito, e hirió fatídicamente a otra persona que quiso detenerlo. Es el caso de un chico que, al igual que Kevin, desató su frustración y furia por su incapacidad de comunicación ante una sociedad que exige estándares desde temprana edad. Con esto no significa que haya una manera de excusarlo, sino solamente una forma de entender por qué suceden estas atrocidades.

Realmente la socialización tiene mucho qué ver o casi todo, pero el casi radica en la psique de cada individuo, y hablar de individualidades supone un panorama tan extenso como un universo podría serlo; por lo que, acá no vamos a ahondar en ello porque aquí no somos psicólogas, pero sí podemos llegar a comprender al individuo a partir de un grupo social, como lo es la familia y el entorno.

Desde pequeño, Kevin adopta un rol muy específico en su relación-vínculo con su madre: el de antagonista. No porque haya nacido así, sino porque a través de la interacción constante con Eva, va construyendo una identidad de oposición. Y es bien jodido que solamente se hable del rol de Eva, porque pareciera que, tanto la novela como la cinta, a pesar de tener figuras femeninas detrás, no logran terminar de aterrizar que detrás de ellas hay toda una estructura presionando todo el tiempo.

Con todas estas palabras quiero decir que no hay manera de excusar la socialización de la maldad, pero sí que hay una o más formas de entender por qué existe la sociopatía y que ésta también es socializada y va de la mano con los procesos psicológicos de cada individuo y que, por supuesto, tienen todo qué ver con las formas en las que nos relacionamos desde la infancia y el núcleo familiar, que es donde se supone encontramos fortaleza.

Si los lazos parentales, que crean a su vez los valores y la ética, en una primera etapa de socialización no son fuertes (y no solamente de parte de la madre), entonces el individuo está condenado a crecer con deficiencias psico-socioemocionales y eso no sólo afecta al sujeto en sí, sino a toda la sociedad en conjunto y, principalmente, a quienes son más cercanos.

Repito, la socialización de las infancias pertenece a los padres, pero también pertenece a la sociedad que conformamos y es deber de todos nosotros observar y corregir a los individuos que tendrán voto, voz y acción en las sociedades modernas, en donde lo que más necesitamos son seres humanos, y no potenciales bestias inhumanizadas, esperando cariño para civilizarse…

 

Bibliografía:

  1. Badinter, Elisabeth, The Shalvi/Hyman Encyclopedia of Jewish Women, 2020, <<Jewish Women´s Archive>> en Sharing Stories Inspiring Change https://jwa.org/encyclopedia/article/badinter-elisabeth#:~:text=Because%20she%20has%20been%20such,%E2%80%9Cangels%2C%E2%80%9D%20she%20argues.
  2. Nelson, Cary, editor. Anthology of Modern American Poetry. Oxford University Press. (2000) “Mind, Self, and Society: From the Standpoint of a Social Behaviorist”, 1934, publicado en Póstumamente, ed. Charles W. Morris, Edit: University of Chicago Press
  3. Goffman, E. (1959). The presentation of self in everyday life. Anchor Books.
  4. Mead, G. H. (1934). Mind, self, and society: From the standpoint of a social behaviorist. University of Chicago Press.
  5. Blumer, H. (1969). Symbolic interactionism: Perspective and method. University of California Press.

 

 

 

 

 

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