Por Sergio E. Cerecedo

Bertrand Tavernier (1999)
Para empezar con esta reseña que escribo con motivo del día del maestro tengo que entrar en un terreno personal, pues es necesario hablar de uno de los cineastas que puedo considerar que moldearon mi visión hacia algo más que lo usual en las carteleras comerciales siendo un verdadero profesor para mí en el tipo de audiovisuales e historias en las que me gusta participar como creador, es Bertrand Tavernier. Tanto que puedo aún recordar cómo el DVD de esta película estaba perdido y empolvado en un estante del videoclub de mi pueblo llamándome la atención hasta que finalmente le di una oportunidad.
Tavernier, durante mucho tiempo antes de ser cineasta, estudió derecho en la Sorbona; por eso no es de extrañarse que las nociones de justicia e injusticia estén tan presentes en su obra y sean tan fuertes en sus personajes, que van desde un militar que desea encontrar entre cadáveres cada nombre de los soldados de su regimiento para que no queden en el anonimato (“La vida y nada más”,1989),un diseñador de carteles de cine que no quiere que un virtuoso pionero del jazz caiga en el olvido (Round midnight, 1986), y aquí en “Hoy empieza todo” el personaje principal tiene también una lucha tremenda contra la ignominia general de la sociedad ante las clases marginadas.
Daniel Lefebvre dirige un jardín de niños en un pueblito del norte de Francia donde el paro laboral de los mineros ha complicado las ya de por sí duras circunstancias, es una persona estricta pero respetada por las maestras de diversas edades que tiene a su cargo por saber ser empático incluso cuando una de ellas entra en crisis o comete un error, es tanto alguien comprometido con su labor, que quiere a los niños y comúnmente se encuentra cantando con ellos, leyendo y haciendo suplencias para ahorrar presupuesto; como profundamente terco e intransigente cuando se trata de demandar apoyo para una escuela que carece de muchos recursos elementales.
Aunado a esta lucha y su vida personal, la preocupación crece el día que la madre de una de sus alumnas después de olvidar pasar por su hija, llega alcoholizada y cae a medio patio de la escuela para después huir de la vergüenza, ahí es donde él ya no puede evadir la necesidad de involucrarse en estos problemas que indirectamente afectan su propia vida, y al involucrarse acarrea más responsabilidades y presión hacia sí mismo al enterarse de episodios de violencia y atrocidades que no hacen más que afectar el ya frágil entorno social.
La narración de la película transcurre mientras el año escolar corre conectando subtramas que, lejos de ser relleno, aportan mucho al relato resaltando este contexto social, como el regaño del comandante de policía a los niños que saquean y destruyen parte de la escuela, la relación de la pareja de Lefebvre con su hijo y del propio Lefebvre con sus padres, denotando una infancia difícil; las disputas en el congreso entre Samia y los políticos que continuamente les dicen que no hay más dinero para las escuelas, así como el lindo momento en el que Daniel propone al padre de una familia que les muestre a los niños cómo realiza su trabajo a manera de viaje de estudio para los chicos, que se muestran fascinados por su oficio y le dan ánimos de esa manera al padre de familia para no hacerse menos ante las dificultades.
“Hoy empieza todo” es un gran estudio de la realidad social a través de sus personajes y aunque aparezcan en pantalla muy poco tiempo todos tienen algo que aportar. El necesario contrapeso es la llegada de la trabajadora social Samia Damouni, quien en pocas palabras logra bajarle los humos y explicarle lo que sus iguales en jerarquía están tratando de hacer y mediar un poco la desesperación de Daniel sobre todo en un momento trágico que toma lugar a la mitad de la película y que deja a todo el personal de la escuela en shock, dando pie a una época oscura y triste que tardará en acabar, pero que desembocará en una gran idea en la que se dan cuenta que no están solos y Daniel encuentra el justo apoyo profesional en Samia y sus colegas, y el emocional y afectivo.
Los personajes serían demasiado planos y sencillos de no ser por el plantel actoral donde alternan caras en ese entonces desconocidas, con niños debutantes, y grandes como Philippe Torreton (La mejor actuación de su carrera junto con Monsieur Napoleón) y la veterana Françoise Bette quien brinda momentos sinceros como cuando asegura al director que no es maestra ni siquiera por aspirar que lleguen a la preparatoria, si no por los sentimientos de los niños y lo que pueden disfrutar juntos.
Dentro de la realización, el trazo escénico es muy importante, de verdad que para hacer un trabajo con diálogos que se sienten tan naturales en planos secuencia que va de una conversación a otra sin cortar, con una gran cantidad de actores y no actores hay que tener un gran conocimiento del espacio —real y cinematográfico— en el que se filma. Igual de respetable es el trabajo de edición, pues esos planos secuencia rodados con cámara en mano donde los profesores se desplazan en un salón lleno de niños trabajando están tan bien trabajados que sin duda saber dónde cortar sin romper la continuidad debe verse como una virtud, como la unión que termina de consolidar ese gran bocado de realidad que Tavernier nos está dando.
Al igual que el tono gris y gélido de las imágenes —a excepción de una parte muy colorida en el tramo final— la música compuesta por el jazzista Louis Sclavis no es menos profunda y melancólica, con una banda de viento muy típica de la región, repitiendo un leit motiv que transmite la sensación de soledad del personaje y en su momento la de solidaridad ante los hechos difíciles y las pocas alegrías que se tienen.
Es muy bueno ver que 20 años después de su estreno y poco más de 10 de haberla visto por primera vez, aunque se siente distante en espacio, no ha perdido con los años, al contrario, y más cuando la emparentamos con realidades que siguen vigentes y encuentran un espejo en México, cuando volteamos a ver el caso de los normalistas rurales y urbanos de escuelas públicas que hacen rifas, kermeses y venden comida con tal de conseguir los insumos que se necesitan para transmitir el conocimiento, los conceptos y valores de la mejor manera.
El maestro Tavernier filmó aquí una de sus mejores obras y es necesario sacar su obra del semi-olvido y revisitarlo hoy más que nunca y como un narrador de su tierra, sus circunstancias, y que hace unos años, tras el estreno de su última película, afirmó que crear cine le había curado del cáncer, así su pasión, la cual contagia en cada fotograma.
