Por Sergio E. Cerecedo
Jane Campion es una directora que sigo desde hace tiempo, aunque filme muy poco en los últimos años y sea constantemente arriesgada en sus búsquedas así como irregular en sus resultados, su deseo de que sus dramas internos se vuelvan thrillers de búsquedas de identidad tanto social como sexual o étnica me resulta una necedad que llama mi atención. En los padeceres humanos de sus personajes me encuentro siempre con esa otra necesidad imperante: evadir el melodrama y mostrar las verdaderas y viscerales caras de los caracteres femeninos, protagonistas de todas sus películas anteriores. Es de esas autoras siempre citadas en los artículos sobre mujeres dirigiendo en pos de esa igualdad que difícilmente se visualizaba en los ochentas y noventas cuanto estrenaba sus primeras películas.

Jane Campion (2021)
En la temporada de premios del 2022 pude darme un chapuzón en las opiniones y encontré todo el enojo que se produjo al promocionarse como un western cuando de eso, según los detractores, tiene la ambientación geográfica y, eso sí, una confrontación no solo entre protagonistas, si no una deconstrucción de lo que tiene que ver con esos tópicos, aunque el final no satisfaga a muchas personas.
Ese enfrentamiento es psicológico y a menudo invisible, desdibujando el carácter de enemigos o adversarios que muchos podemos llegar a creer porque la película nos despista, y en ese despiste es donde quien no esté acostumbrado al ritmo puede desinteresarse. Sí, es un producto que intenta ser más cerebral que emocional, para bien y para mal, no entiende de medias tintas pero tampoco de indiferencia, por ello a continuación abordamos esas contradicciones.
En los años 20, antes de la gran depresión, Phil Burbank, un ganadero de una familia rica de Montana, macho, prepotente y mandón en contraste con su hermano George, empático y considerado pero muy intimidado por Phil, incapaz de hacerle un frente verdadero para equilibrar las cosas; deambula junto a su hermano los desiertos negociando con sus vacas y con sus propios caracteres.
Muchas cosas cambian cuando George se acerca más a Rose, madre soltera y duela de una posada comedor, y a su hijo Peter, un joven con deseos de ser doctor a quien los vaqueros molestan por sus modales afeminados. La llegada de Rose a la casa de los Burbank es un detonante para el afán de competencia de Phil, quien encontrará en arropar a Peter y “quitarle lo marica” una vía caprichosa para hacer sentir más triste a su cuñada, aunque en el camino su propia represión hacia sus pulsiones vitales y su anhelo/amor por un viejo amigo y mentor muerto aflore cuando éste lo proyecte hacia su aparentemente joven aprendiz, confesándole secretos, tips de su oficio y bajando la guardia inclusive en sus emociones.
Es aquí donde entra el fuego de sus actores, ellos comprenden la no obviedad del discurso y se esfuerzan en dar emociones contundentes, especialmente Benedict Cumberbatch brillando como un matizado Phil; sus exabruptos, gestos, sonrisas involuntarias pero de corazón dan parte de un personaje complejo que redondea la frialdad del entorno y de él mismo. Las actuaciones, cada una en su lugar, permiten un ensamble complejo donde podemos ver que en las dinámicas sociales, el poder es de quien lo ejerce, y en ocasiones, en la manera de ejercerlo importa más “qué hacer” que cómo hacerlo. La cinta nos da pistas de las prioridades de cada personaje, inclusive en sus reacciones hacia los seres vivos, los otros humanos y las circunstancias, y qué tan capaces podemos ser de no ser auténticos para conseguir esos logros.
En las películas de Campion los enfrentamientos entre personas son sutiles, cuando llegan a ser directos son fuera de cuadro o son de una pretendida diplomacia que no oculta lo violento de la situación, un poco como lo hacía la literatura de Óscar Wilde retratando personajes vanos y sociedades descompuestas. El enfrentamiento más claro que vemos es en el que Phil humilla a Rose cuando ella intenta tocar bien una pieza de piano para agradar a sus suegros y éste demuestra saber la melodía a la perfección en el banjo, en un desplante de poder y superioridad.
Ahora que las autocitas son propias del cine de superhéroes, encontramos también coincidencias como que George regale a Rose precisamente un piano, y su insistencia por hacer que ella demuestre talentos viene por una idealización de sus sentimientos y al mismo tiempo por esa búsqueda de aprobación. La incomodidad en los interiores de las casas y todo aquello que la sociedad exige que la gente sea y cómo permea a quienes no lo pueden ser son los campos de batalla con los que la película sustituye a las andanzas en territorios hostiles del western usual, inclusive la reunión con el gobernador tiene mucho de este carácter, ahí podemos ver que incluso Phil oculta con su rudeza sentirse rechazado también por cosas de la sociedad que su manera de ser no puede asimilar.
Hay en estos personajes un deseo de catarsis reprimido, y fuera de Rose y sus manifestaciones del dolor que canaliza en el alcoholismo, el llanto lo encontramos en rincones reprimidos, un hermano llora por su sensibilidad manifiesta al gozar la compañía y el otro por envidiar y morir de ira ante el otro, pero todo es por dentro.
Y es esta aspereza la que permea la manera de contar la historia, una frialdad que no es de un gusto común, un carácter oculto en las intenciones sobre todo de Peter; en un suspenso relativo que acompaña al metraje hasta el final y que no es trabajado en sí tampoco como un filme de suspenso, es un drama raro, por decir algo. Y es que si uno como espectador no deposita ese nervio y esa cerebralidad difícilmente va a conectar con este hilvanado de elementos. Campion se centra de lleno en la figura masculina a diferencia de en otras historias.
Los recursos audiovisuales de la película se pueden describir así: hipnóticos, en el entendido de que sentimos tanta cotidianeidad y algo aparentemente plano, que cuando nos damos cuenta ya nos metió en cierto trance. El retrato de la zona fronteriza es bien llevado en la fotografía, así como los planos desde las esquinas, las cornisas de las escaleras o los huecos en las tablas; una cámara espía, huidiza que funciona muy bien.
Acompañada del desaforo en las cuerdas de Jonny Greenwood, que inclusive en uno de los temas juega con el temperado del piano clásico de cabaret del oeste con texturas mucho más experimentales y cercanas al estilo de lo que suele hacer desde el cambio que tuvo con Radiohead en los 2000´s. Una decisión que no me extraña, sabiendo que por mucho tiempo Michael Nyman hizo dupla con ella y que Angelo Badalamenti —compositor de cabecera de David Lynch— también anduvo por ahí, podemos encontrar un sucedáneo más disonante en la manera de abordar el tramado visual que Campion nos trae.
“El poder del perro” es una película, antes que sobre el machismo, sobre la ley del más fuerte, una crítica directa de sus parámetros de “fortaleza”, que de no reencuadrarse y reconsiderarse, pueden ser fácilmente vencidos. Gira en torno también sobre las motivaciones de la voluntad humana y las cosas que se hacen por el amor de madre y la necesidad de resarcimiento de un clan familiar —sea de muchos o de dos o tres—, pero sin contar el tema desde el hollywood clásico, sino desde la idiosincrasia de una colonia cercana y lejana a la vez, llamada Nueva Zelanda. Se cuenta de forma que sutileza y hermetismo pelean todo el tiempo en la narrativa, cercana en anécdota pero lejana en compenetración emocional, con la formalidad de lo centroeuropeo pero el contenido de lo marginado. A lo Jane Campion.
