El secreto de Romelia

Por Sergio E. Cerecedo

 

La década de los ochenta vino con muchos cambios para la industria del cine mexicano, como la llegada del video casero, la decadencia del género de la sexycomedia y, con ello, las disyuntivas entre lo que el público quería ver, debido a la debacle de los géneros cinematográficos populares. También es la época donde más que nunca se sustituyen los productos nacionales por los extranjeros. Y es en esta época que se vive la consolidación de la comunidad estudiantil egresada de las dos primeras escuelas de cine públicas en el país: el CUEC ahora ENAC, y el Centro de Capacitación Cinematográfica.

 

De esta última encontramos entre las directoras formadas ahí a Busi Cortés (1950-2024), quien rueda su ópera prima en una década con dificultades para las propuestas autorales. Además de su larga carrera como documentalista y directora de programas de televisión, ostenta logros como ser la primera estudiante del centro de capacitación cinematográfica en recibir el apoyo para la producción de su ópera prima, como alumna graduada de dicha escuela, un programa que dio oportunidad a través del esfuerzo de que estudiantes fueran cabezas de área por primera vez o de ser asistentes y recibir entrenamiento de maestros expertos.

 

Busi Cortés (1988)

La maestra Busi siempre tuvo una visión de la demostración de la fuerza femenina, de la lucha en contra de las pretensiones sociales y del mostrar los resultados de la represión y el peso de los roles de género en la vida de las personas. De los duros tiempos de represión que atestiguó de las circunstancias hacia las mujeres construye personajes complejos, imperfectos y que ni buscan ser un ejemplo ni tampoco se conforman con el yugo social que imponen sus decisiones, especialmente devenidas de sus sentimientos.

 

Y precisamente esa conexión en temáticas le llevaría a adaptar las letras de Rosario Castellanos, otra gran defensora de la tridimensionalidad en la visión de la naturaleza humana. Así, esta película nace como una adaptación de carácter libre de “El viudo Román” de la escritora Chiapaneca, y cimentó las bases para que otras directoras durante las décadas siguientes se acercaran tanto a las adaptaciones literarias como a las temáticas sociales e históricas que impactaron a nuestro país.

 

Romelia es llamada desde su pueblo de origen junto con su hija Dolores y sus tres nietas para recibir la herencia de su esposo, desde la terceridad y lejanía, razones que pronto iremos descubriendo entre por qué lo alude como un desconocido y el porqué del ocultamiento de su vida personal, lo cual sus descendientes irán conociendo a través de diarios, cartas, personas que resultan depositarias de verdades incómodas en los viejos lugares donde Romelia creció, recordando sus primeros amores, la difícil relación de celo y aspiración con sus hermanas, y las dificultades ante el prestigio y formación de sus padres para tomar sus propias decisiones. Todo esto en el contexto de la reforma agraria, la época cardenista y el clasismo que se vivía en la interacción con las personas de razas originarias.

 

En el mosaico entre la abuela tradicionalista, la hija de ideas libertarias que descubre que su padre murió recientemente y no hace muchos años como su madre le había comentado, y la curiosidad con la que las nietas lo ven, en la plática entre las dos adolescentes y la más pequeña aún en su niñez, vemos inquietudes hacia el amor, la sexualidad, las vivencias del cuerpo y las dolorosas separaciones que componen la vida adulta. El saber de su pasado familiar a través de textos funciona como historia fundacional para las mayores, como un paralelo de lo que es llevar su vida, y para la pequeña como cuentos que tanto la inspiran como le ocasionan miedo. Además, se nos deja ver que tiene una conexión especial con la abuela y que a momentos puede ver sus recuerdos tan vívidamente como ella, heredando en cierta manera, la aflicción por sus fantasmas.

 

El montaje de la película nos lleva entre un pasado a través de los recuerdos, las voces y la manera en que está armado, que nos refieren a un sueño diurno, que hibrida lo que sucede en la mente y lo que está pasando en el presente de la Romelia anciana. De hecho, es sorprendente lo bien que está construida la interconexión entre la realidad y este mundo interno, con detalles como la voz de sus hermanas buscando su nombre, lo que se siente como algo fantasmal, pero que gracias al montaje se vuelve también cotidiano a momentos.

 

La curiosidad por el pasado pronto contagia también a las nietas, quienes encuentran el diario del viudo Román. La narrativa de cada recuerdo nos crea impacto, por momentos es como si en cada descubrimiento de los diarios viéramos la antítesis de los misterios dolorosos del rosario, algo que no es tan divino como humano y que debe ocultarse como si cada hecho desagradable y triste desembocara en un tabú tras otro, en cosas de las que nadie debía hablar y contribuyen a la desgracia personal de Romelia y su familia.

 

Un rasgo que no es heredado del texto original de Castellanos, pero sí tiene una fuerte inspiración de la literatura latinoamericana del siglo XX, son los tintes de realismo mágico que imbuyen a la nieta más pequeña de las visiones de la abuela con los fantasmas del pasado, haciendo una poetización de los vínculos que se puede tener a partir de detalles como compartir el nombre.

 

Interpretando a los personajes encontramos un reparto lleno de caras nuevas para ese entonces como Arcelia Ramírez, que da mucha luz al personaje de Romelia; en el presente vemos a Romelia ya vieja en el rostro e impronta de Dolores Beristain, ambas redondean un antes y ahora que va de la ilusión y el actuar por sus emociones a una tristeza profunda pero también a la fortaleza que requirió hacerse responsable de sus acciones, arrastrando también una repetición de las cadenas ideológicas que le inculcó su familia.

 

Ese ritmo de montaje se complementa y enriquece con la música de José Amozurrutia, que es sumamente de inspiración europea, música muy valseada, con eventuales acordeones pero con el piano como instrumento principal, sobre todo en la pieza inicial que acompaña los créditos de inicio con la mirada nostálgica de Romelia sobre la ventana, la cual es muy reminiscente tanto de los trabajos impresionistas y paralelos a este movimiento, especialmente recuerda a compositores como Erik Satie o Manuel de Falla.

 

Para la puesta en cámara parece haber dos conceptos base: los espacios y la grupalidad de los elementos, sea en la casa del árbol del jardín, las escaleras de la iglesia o las bonitas locaciones de Tlaxcala y Cuetzalan, Puebla; incluso en la recámara, el grupo de mujeres formado por abuela, madre y nietas siempre es compuesto de manera interesante, elegante y donde los pesos visuales de la composición son juguetones e importantes por igual, en algunos dando más peso a Romelia por lo que las escenas quieren implicar. La toma de la boda de Romelia en un ángulo picado, superior, como curioseando desde una escalera. La cámara es omnisciente y curiosa y toma decisiones muy audaces, giros de 180 grados en las escenas que siguen a cada diálogo e inquietud, la iluminación así mismo parece dotar a los espacios tanto de una belleza realista en algunos momentos, como de una fantasmagoría triste.

 

“El secreto de Romelia” es un drama que dentro de su enfoque clasicista y de época, se propone a través de los saltos en el tiempo dar un giro audaz al melodrama familiar y a la búsqueda de comprensión generacional entre mujeres de ideas, edades y formas de vivir y sentir diferentes así como de la amistad y antagonismo que puede surgir por los amores y desamores, temas que seguiría explorando en “Serpientes y escaleras” y “Las buenrostro”, constituyendo un entrañable sello autoral que merece revisitarse cuando nos preguntemos por nuestro cine en las décadas pasadas.

 

 

 

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