Análisis de la cinta “Háblame” | Sobre el terror como metáfora de lo real

Por Carmina Cardiel

Michael Philippou, Danny Philippou (2023)

Danny y Michael Philippou debutaron en 2022 con su primer largometraje “Talk to me”, luego de hacerse famosos por su trabajo como creadores de contenido y cineastas a través de su canal de YouTube RackaRacka, donde combinaban acción extrema, efectos especiales caseros y humor muy oscuro y violento. El canal se volvió viral por sus videos caóticos con personajes populares como Harry Potter o Ronald McDonald en contextos absurdos y violentos. “Háblame” está categorizada con la etiqueta de terror y recientemente se acaba de estrenar su segunda obra “Haz que se vayan”, de la cual hay muy buenos comentarios de la crítica y estamos esperando ver con ansias.

 

El horror como metáfora de lo real: La posesión

Hace casi un año, mientras escribía la reseña de “De noche con el diablo”, me preguntaba y me respondía algo que en mi pensamiento sigue vigente: ¿Por qué en México pareciera que ya no hay nada que nos asuste? ¿Qué esperamos del cine de terror contemporáneo? ¿Qué es el terror en México?

Entonces descubrí que México es el país que más cine de terror consume a nivel global, de acuerdo con Statista y su encuesta Donde el terror domina la pantalla 2023, realizada por Consumer Insights. La cinta de la que hoy vamos a platicar entra en este género tocando un problema social que en México duele quizás mucho más que en otros países en donde el uso lúdico de sustancias está regulado.

Talk to me/Háblame, de los hermanos australianos, nos lleva a la historia de terror que viven un grupo de amigos adolescentes que se encuentran en una de las etapas más difíciles de la vida: la búsqueda de identidad, la depresión, la presión social y su combinación con el uso de sustancias de forma lúdica.

Los directores se caracterizan por su visceralidad a la hora de contar sus historias, y en “Háblame” este rasgo no es diferente. La cinta establece una relación directa entre la posesión y sentirse “drogado”. Mia había visto a través de las redes sociales las fiestas de sus compañeritos del colegio, a las que nunca era invitada porque la encasillaban como “rara”, luego de una pérdida importante para ella. Cuando por fin logra estar en una de esas reuniones, ella experimenta euforia al utilizar el objeto central de dichas fiestas: una mano embalsamada que los pone en contacto directo con seres desencarnados, pero con pupilas dilatadas y comportamientos que evocan un estado alterado similar a “estar colocada”.

Estas reuniones en realidad son una especie de “rituales” con la mano, combinando risas, grabaciones móviles y aparente diversión, resaltando así el atractivo del “rush” inicial que muchas drogas recreativas ofrecen. Sin embargo, como en todo consumo, existen reglas y aquí la principal es no pasarse de los 90 segundos porque, si se supera ese límite, el espíritu podría quedarse permanentemente, algo que se compara con el riesgo de sobredosis y total adicción.

Mia encuentra en los rituales el alivio al dolor de su pérdida y se vuelve adicta a la posesión, abusando del ritual y buscando consuelo en un entorno que carece de conexión emocional, pues a lo que van es “a divertirse”, no a profundizar en sus problemas emocionales. La trama sugiere que mientras otros pueden usar la mano y dejarla fácilmente pues resulta aterrador lo que ahí se experimenta, Mia se involucra de más: empieza a ver espíritus sin necesidad de la mano, roba el objeto y lo lleva a casa en un ciclo de dependencia.

En un análisis simbólico más amplio, esta dependencia es retratada como un ciclo autodestructivo: la adicción distorsiona la percepción de la realidad, manipula emocionalmente, pues es claro que las sustancias mienten diciendo que aliviarán tu dolor y puede llevar al ejercicio de acciones violentas, como cuando Mia ataca a su padre bajo el control “del espíritu”/las drogas.

 

Mia como símbolo de un Trauma no resuelto:

Mia es el corazón emocional del relato. Tras una pérdida devastadora, vive desconectada de su padre y de su entorno. Su constante uso de la mano representa su intento desesperado de “reconectar” con lo que ha perdido, malinterpretando que la respuesta está en el más allá. Ella es la representación de una figura de duelo no sanado, pero también de autoengaño. Los espíritus le mienten, y ella cree porque necesita creer. Rasgo característico en los enfermos de adicción. Mia encarna la psique desgarrada por la pérdida y el aislamiento, en la que los límites entre lo real y lo alucinatorio o la propia percepción, se vuelven borrosos y confusos.

La posesión muestra lo fácil que es ceder el control de la propia identidad, especialmente en la adolescencia y aún después, como es el caso de mucha gente. También representa cómo las emociones no gestionadas (duelo, culpa, vacío) pueden dejar espacio a influencias negativas —externas o internas— que nos desestabilizan y nos pueden llevar a extremos por los que no quisiéramos caminar.

Los supuestos espíritus no son solo entidades malignas, sino que estos reflejan emociones humanas: desesperación, dolor, rabia, abandono, sentirse perdido y hasta llegan a la niña interior. Funcionan como una proyección del inconsciente colectivo: lo que los vivos no resuelven, los muertos lo manifiestan.

La película cuestiona la frontera entre lo real y lo imaginado: ¿Mia es realmente poseída o sólo es una proyección de su dolor? También funciona como planteamiento de la pregunta: ¿Hasta qué punto el sufrimiento interno puede distorsionar la realidad externa?

 

La banalización del dolor:

Actualmente las redes sociales y la presencia de cámaras grabando y tomando fotos todo el tiempo nos desconectan de lo real porque mientras lo que se muestre en redes sociales “se vea bonito” o “divertido”, nadie cuestiona si realmente lo es o lo que hay detrás. Los rituales de posesión son grabados, compartidos, festejados. Esto critica la forma en que la cultura actual trivializa lo profundo: la muerte, el trauma, lo sagrado, nuestro interior, el Self.

En lugar de tratar la mano con respeto o algún tipo de temor, los adolescentes la convierten en entretenimiento: lo sobrenatural como contenido viral. De alguna manera, creo que los hermanos Philippou denuncian una cultura obsesionada con la imagen y la validación externa, donde incluso el sufrimiento ajeno se vuelve espectáculo, tal como ya se ha planteado en otros análisis de #ButacaVioleta y también como es común que se vea recientemente con hechos dolorosos como la pérdida de seres queridos o el genocidio. Porque sí, hay que decirlo, hay gente que busca popularidad a costa del dolor ajeno.

 

Ahora bien, la mano embalsamada es un símbolo entre vida y muerte y representa un puente entre el mundo de los vivos y los muertos, pero también la atracción humana por lo prohibido y lo desconocido. Es un símbolo de poder: quien la posee controla la experiencia. Pero ese poder es ilusorio y peligroso, como ocurre con cualquier adicción o herramienta mal usada: sustancias y redes sociales son lo mismo siendo el caso.

La frase ritual “Talk to me” convierte un deseo humano como comunicarse, entender o reconectar, en una puerta abierta al trauma. Puede verse también como una representación de un objeto cultural “viral”, o como una tendencia de TikTok: algo que se comparte, se graba, se banaliza y que pierde con mucha prisa su gravedad. “Talk to Me/Háblame” no es una simple historia de horror, sino una reflexión sobre cómo lidiamos con el dolor o, quizás, de cómo fracasamos en hacerlo. El horror no viene de los espíritus, sino de la necesidad humana de llenar el vacío, incluso con mentiras peligrosas.

Así pues, se puede concluir que esa oscuridad que enfrenta Mia no es sino las consecuencias de todo lo que ha hecho, pues esa oscuridad no se disipa, sino que se convierte en un ciclo de eterno retorno: la culpa la condena a revivir su historia desde otro plano.

 

 

 

Bibliografía:

  1. “Análisis de la cinta De noche con el diablo” (2024) Enpoli https://www.enpoli.com.mx/cine/analisis-de-la-cinta-de-noche-con-el-diablo/
  2. Martínez Lanz, Patricia; Gómez Santa María, Adriana; Ortega Peniche, Sandra Adicciones y Patrones Familiares de Conducta Psicología Iberoamericana, vol. 13, núm. 1, 2005, pp. 5-11 Universidad Iberoamericana, Ciudad de México Distrito Federal, México https://www.redalyc.org/pdf/1339/133926982003.pdf
  3. López Acosta, Cristián Las características de la situación mental en el consumo adictivo de sustancias y la motivación para entrar a un tratamiento de adicciones Revista de Psicología, vol. 20, núm. 2, 2011, pp. 53-76 Universidad de Chile Santiago, Chile https://www.redalyc.org/pdf/264/26421338003.pdf

 

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