Análisis de la cinta Hombre mirando al Sudeste | Sobre la estupidez humana y la locura en el manicomio global  

Por Carmina Cardiel

 

Hombre mirando al sudeste (1986) fue dirigida por Eliseo Subiela, quien con frecuencia suele ser recordado por la cinta más cosificante, sexista y anticuada disfrazada de poética: “El lado oscuro del corazón”. Por fortuna, el director era un genio para armar ciencia ficción en el cine y nos dejó algo más complejo y humano como la cinta que toca desmenuzar hoy.

 

La diferencia humana merece encierro

Rantés es un misterioso hombre que de la nada aparece en un hospital psiquiátrico asegurando que se trata de un extraterrestre que ha venido de un lugar que jamás encuentra nombre en la trama, pero deja claro que se encuentra en una misión: estudiar la estupidez humana. Durante la cinta vemos a este curioso personaje transmitiendo sus informes de manera interpretativamente telepática cuando mira hacia el cielo.

Intuyo que lo del sudeste no fue precisamente una causalidad porque, de manera geográfica, los países que conforman esa región en nuestro continente son Brasil, Uruguay y Argentina. Aunque, si hablamos de América del norte, específicamente Estados Unidos, entonces corresponde a los estados de Florida, Georgia, Alabama, Lusiana, entre otros. Casualmente los países del sur correspondieron el siglo pasado a las dictaduras, y los estados del país vecino corresponden a los que fueron relegados las personas esclavizadas y torturadas no sólo durante el siglo XX.

A través de la película se nos va mostrando cómo la locura no se trata únicamente de una condición médica, sino que también se construye socialmente a partir de normas que determinan qué conductas son aceptables y cuáles deben ser excluidas dentro de una sociedad determinada. Así pues, la institución psiquiátrica representa aquélla que tiene el poder de definir quién pertenece a la categoría de “normal” y quién debe ser etiquetado como “enfermo mental”. Partiendo de este punto cabría preguntarnos: ¿Qué es la locura entonces en cada época y por qué la diferencia merece encierro?

 Distintos sociólogos, filósofos y pensadores han dado diferentes respuestas para comprender no sólo cómo funciona el ejercicio de poder y control dentro de una sociedad determinada, sino que también nos han platicado sobre quiénes imponen y determinan estas reglas de control.

Nuestro ya conocido (en esta columna) Bourdieu, nos ha explicado en otros análisis cómo surge la violencia simbólica a partir de la imposición de una visión que se considera como válida e inamovible. En este caso, desde la ciencia y la medicina es que se determina cuáles conductas son las que se aprueban por dicha élite para ser consideradas como patológicas y otras normales. Dos categorías que con frecuencia caen en la moralidad: el bien para las normales y el mal para las patológicas:

 

–- ¿Por qué no se deja de joder? Lo voy a ayudar, de verdad que lo voy a ayudar. Yo sé que usted tiene mucho miedo, que le da terror reconocerse simplemente como un hombre, como un hombre enfermo. Pero no se preocupe, no lo voy a abandonar. Si usted me ayuda puedo curarlo. Si usted es un gran tipo, Rantés, es una pena…

 

Pero también es cierto que muchas veces estas categorías han encontrado su justificación tergiversando teorías como la de Durkheim, que aseguraba que toda sociedad establece normas cuya “única intención” es salvaguardar la cohesión social. Por lo que, cuando alguien rompe con estas normas, es considerado como una persona desviada que merece una sanción como ejemplo para el resto del grupo.

Foucault entra en el quite teórico para contarnos que las instituciones modernas tales como las escuelas, las cárceles y los hospitales, funcionan como mecanismos de vigilancia y control social. En la cinta, el hospital psiquiátrico no aparece únicamente como un lugar destinado a curar, sino como una institución que clasifica, diagnostica y disciplina a quienes se apartan de la norma.

Rantés, visto desde esa perspectiva, representa una amenaza para el orden de esa época —y de ésta— porque cuestiona continuamente los valores de la sociedad, la indiferencia frente al sufrimiento y la lógica del poder. Entonces, el sistema intenta corregirlo mediante tratamientos psiquiátricos que terminan anulando aquello que lo hace diferente.

 

¿La sociedad nos vuelve estúpidos o locos?

La dictadura en Uruguay y Brasil terminó en 1985, mientras que la de Argentina acabó apenas dos años antes, en 1983. Considerando el año de su rodaje y estreno, Hombre mirando al sudeste funciona como una clara denuncia de lo que ahí se vivió en aquellos años: el encierro y la vigilancia constante.

El Hospital en esta película es una metáfora de las dictaduras latinoamericanas y de cualquier país en el mundo que se haya visto afectado por regímenes totalitarios, Eliseo Subiela utiliza el hospital psiquiátrico como escenario para cuestionar las formas de control que ejercen las instituciones sobre los individuos.

Desde la perspectiva de Erving Goffman, este hospital (el de la película) puede entenderse como una institución total, es decir, un espacio en el que un grupo de personas vive aislado de la sociedad durante un período considerable y desarrolla todas sus actividades cotidianas bajo una única autoridad (Goffman, 2001). Para el sociólogo canadiense, las instituciones totales son específicamente los hospitales psiquiátricos y las cárceles, pero bien podría traducirse en un país cuya única vigilancia es la de una dictadura.

Uno de los aspectos más relevantes de la teoría de Goffman es el proceso de despersonalización o mortificación del yo. Al ingresar a una institución total, la identidad previa del individuo comienza a ser reemplazada por una identidad institucional. En la película, los pacientes dejan de ser reconocidos por sus historias personales para convertirse principalmente en “enfermos mentales”. Su palabra pierde legitimidad y cualquier conducta es interpretada a partir de su diagnóstico psiquiátrico. Dicho de otro modo: Todo lo que una pueda decir, puede ser usado en contra.

Este proceso resulta especialmente evidente en el caso de Rantés. Aunque demuestra una gran sensibilidad, inteligencia y capacidad crítica, sus afirmaciones son descartadas por el personal médico debido a su condición de paciente psiquiátrico. La institución invalida sistemáticamente su discurso porque considera que proviene de alguien diagnosticado como enfermo. De este modo, el diagnóstico funciona como un mecanismo que limita la credibilidad del individuo y refuerza la autoridad del saber médico.

Otro elemento central de las instituciones totales es la existencia de una asimetría de poder entre quienes administran la institución y quienes permanecen internados. En la película, los médicos poseen la autoridad para decidir tratamientos, medicación, permisos e incluso la permanencia de los pacientes dentro del hospital. Los internos, en cambio, tienen muy pocas posibilidades de cuestionar esas decisiones, lo que refleja la jerarquía descrita por Goffman.

Sin embargo, Subiela introduce un elemento que desafía esta lógica institucional. La presencia de Rantés transforma progresivamente al doctor Julio Denis, quien comienza a cuestionar los límites entre la cordura y la locura. A través de esa relación, la película muestra que incluso quienes ocupan posiciones de autoridad dentro de una institución pueden poner en duda las categorías que sostienen el funcionamiento del sistema. El vínculo entre ambos personajes revela que el poder institucional no es absoluto y que siempre existen posibilidades de resistencia y reflexión crítica.

Finalmente, la película plantea una crítica profunda a las instituciones psiquiátricas al sugerir que muchas veces la diferencia es interpretada como enfermedad. Desde la mirada de Goffman, la institución total no solo organiza la vida cotidiana de los individuos, también produce identidades sociales mediante procesos de clasificación y etiquetamiento. En este sentido, Hombre mirando al sudeste invita a reflexionar sobre el poder de las instituciones para definir quién es considerado “normal” y quién debe ser excluido de la sociedad.

Actualmente hemos visto a través de redes sociales, noticieros y la radio, entre otros medios de comunicación, que estamos entrando en un retroceso que quiere apuntar a una forma no sólo conservadora y reaccionaria de gobierno a nivel global, sino que además está dotada de discursos de odio entre distintas naciones y crueldad: guerras no sólo bélicas sino tecnológicas, hambre, genocid1d1o5 y de ideologías que por un lado parecen ser progresistas, pero por el otro pretenden coartar libertades y derechos universales y humanos. Es como si pretendieran encerrarnos en un enorme manicomio en el que todos estemos en contra de todos, mientras los médicos (las élites políticas y económicas) nos diagnostican.

Hasta aquí llega mi trabajo como analista de esta esta cinta y abro una pregunta a modo de reflexión en donde el protagonista podrías ser tú, yo, ella, él, nosotr#s: ¿Es realmente Rantés quien está loco o es la sociedad la que ha perdido su humanidad?:

–La naturaleza sólo permite un desarrollo muy lento, favorece más fácilmente un cambio de especie que un cambio de conciencia. Yo soy más racional que ustedes porque respondo racionalmente a los estímulos: Si alguien sufre, lo consuelo. Alguien me pide ayuda, se la doy. ¿Por qué entonces usted cree que estoy loco? Si alguien me mira, lo miro. Alguien me habla, lo escucho. Ustedes se están volviendo locos de a poco por no reconocer estos estímulos, simplemente por haber ido ignorándolos.

 Alguien se muere y ustedes lo dejan morir. Alguien pide ayuda y ustedes miran para otro lado. Alguien tiene hambre y ustedes le lapidan lo que tiran. Alguien se muere de tristeza y ustedes lo encierran para no verlo. Alguien que sistemáticamente adopta esas conductas, que camina entre las víctimas como si no estuvieran, podrá vestirse bien, podrá pagar sus impuestos, podrá ir a misa… pero no me va a negar que está enfermo. Su realidad es espantosa, Doctor. ¿Por qué no dejan de una vez la hipocresía y buscan la locura de este lado? Y se dejan de perseguir a los tristes; a los pobres de espíritu; a los que no compran, porque no quieren o porque no pueden, toda esa mierda que usted me vendería de muy buena gana, si pudiera, claro.

Rantés en Hombre mirando al Sudeste (1986, Argentina)

 

 

Bibliografía.

  1. Bourdieu, P. (1990). Sociología y cultura. Grijalbo.
  2. Durkheim, É. (2001). Las reglas del método sociológico. Fondo de Cultura Económica.
  3. Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI Editores
  4. Foucault, M. (2005). Historia de la locura en la época clásica (2.ª ed.). Fondo de Cultura Económica.
  5. Goffman, E. (2001). Internados: Ensayos sobre la situación social de los enfermos mentales.
  6. Subiela, E. (Director). (1986). Hombre mirando al sudeste [Película]. Cinequanon

 

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