Huesera. Los fantasmas crepitantes de las decisiones

Por Sergio E. Cerecedo

 

Nuestro país es rico en muchas cosas, dos de ellas las puedo decir sin dudar: leyendas sobrenaturales y problemáticas sociales. En mi trabajo, en las carteleras de los cines, en las pláticas con mis amistades puedo ver que se vienen muchas películas de terror basadas en leyendas, además de lo ya estrenado y exhibido en tiempos recientes; unas exploraciones más por el lado del gore, otras por lo psicológico, una gran variedad entre la que hemos encontrado filmes que además de que llaman la atención entre el público, también han generado mucha taquilla y mucho debate. Huesera, de Michelle Garza Cervera, consiguió ser vista por mucha gente y polarizar las opiniones en años pasados, por ello vale la pena desmenuzar sus valores de producción y su exploración del tema de la maternidad y los dilemas que conlleva para el interior de las emociones de una mujer, especialmente en nuestro contexto sociocultural.

 

Valeria (Natalia Solián), una artista plástica y diseñadora que trabaja con madera, recibe la noticia de su embarazo con alegría, pero es la menos alegre de entre su círculo; Raúl (Alfonso Dosal) se desborda entre sonrisas y busca todo el tiempo proteger al futuro nuevo ser; los papás y hermanas de la futura madre ven cumplido el compromiso y sacramento para el que piensan que ya se había tardado. Y dentro de esta víspera de una anticipada y algo impuesta felicidad, un día Valeria empieza a sentirse acechada por una entidad que parece ser una mujer de cabello largo a la que difícilmente se le ve el rostro y que golpea, incendia y le hace averías que nadie cree que suceden y que paulatinamente le van alejando de sus seres queridos, preguntándose también por su pasado, su ser, deseos y la valía de aquellos aspectos, el sentido de su vida; al mismo tiempo que busca sobrevivir y proteger a su hija de todo esto, con la dificultad que conlleva hacerse cargo de un bebé en momentos emocionalmente difíciles y con poca comprensión alrededor, aunque parece tenerla un poco de una tía y su grupo, mujeres cercanas a la santería y prácticas similares.

 

Un gran acierto del planteamiento es la decisión del tono de body horror que nos recuerda que dentro de esos miedos y afecciones a partes del cuerpo, no solo se encuentran aquellos órganos que pueden ser desmembrados o mostrados con mucha sangre, sino también los órganos que representan a la mente si somos menos metafísicos y más terrenales, hablamos del cerebro y, por ende, del sistema nervioso; hay un cuerpo que atormenta porque hay una mente que lo alimenta , y esa es una idea muy interesante y bien contextualizada.

 

Somos una sociedad en la que cada vez imperan más las enfermedades nerviosas evidentes y no tan evidentes, padecimientos como fibromialgia, apnea del sueño —parienta cercana y explicación científica de la “subida de muerto”— y hábitos negativos como el bruxismo en los dientes, o en este caso el tronarse los dedos involuntariamente, y ése crepitar es la huella sonora y personal del ente, el cual no es sorpresa saber que espanta a Valeria con el sonido de su propio miedo, nerviosismo y gesto/tic, se alimenta de esas dudas sobre cuidar a un ser humano, y aparición tras aparición parece alejarle del deseo de ser buena en esos cuidados, o quizás parece acercarle a otros deseos que no van por ese camino.

 

La banda sonora muestra pocas canciones y un poco de música instrumental que no es demasiado memorable, pero acompaña las secuencias en el momento, lo que sí es muy acertado es la selección de canciones en los toquines y lugares que circula Valeria, sobre todo al volver a buscar a una amiga del pasado, emulando al “rock en tu idioma” noventero y también al rock punk underground hecho por mujeres en décadas pasadas, haciendo alusión al pasado de la protagonista antes de salir del barrio donde creció, de repente tirando también al screamo en una combinación que la vuelve verosímil dentro del contexto del barrio.

 

En cuanto al diseño sonoro, el pero que le pongo es que regresa mucho la película al susto fácil del que el guion y el discurso visual/ fotográfico/montajístico quieren alejarse. Faltó apersonar elementos hacia algo más valioso que solo hacer brincar del asiento, a espantar por medio de golpes, tronidos, movimientos veloces y apariciones de la nada del fantasma acechante tanto en cámara como en efectos sonoros. Eché en falta un poco más de investigación y esmero en la representación y desarrollo del discurso auditivo más allá de lo que el horror gringo y sus estándares nos pueden recetar; cabe recordar que esta entidad se inspira muy libremente en una leyenda del norte del país, donde un espíritu femenino articula cuerpos de huesos para guiar a la gente perdida en el desierto, y todas esas narraciones populares merecen una investigación exploradora de su sonoridad y una ejecución que fusione los elementos de géneros que a lo mejor son considerados mejores en los productos de otros países. Recordemos que vivimos en México y que aunque nadie hubiera imaginado que una hojaldra francesa se pudiera rellenar de tinga, jaiba o mole, aquí se hizo y se quedó para siempre.

 

En la visualidad, los colores verde, rojo y amarillo en la iluminación crean un contraste de espacios, una atmósfera rara y que nos muestra al personaje metaforizado en los momentos más realistas, en encuadres y sobreencuadres — través de los barrotes de la cuna, de un espejo, en medio de grupos de personas—, y nos la muestra de frente y en primer plano cuando siente el horror y huye de él. En ese sentido, la puesta en cámara mantiene el interés.

 

Los actores cumplen, pero dentro del énfasis de soledad a veces se siente que el concepto que la autora quiere desarrollar a través de ellos se muestra muy por encima. Especialmente, hay un personaje importante: la tía personificada por Mercedes Hernández, por la que vemos un poco los orígenes del mal de Valeria y la sospecha de la sobrenaturalidad de ese mal, por ella vemos un poco de la brujería, el espiritismo, la medicina tradicional y todo aquello remanso de conocimientos, ya sincretizados con el catolicismo, de una civilización que por la quema de sus textos conocemos muy poco; en sus orígenes. Son un elemento que aunque se queda un tanto en la superficie es mostrado de manera poderosa en la plasticidad del tramo final, incorporando una pieza de arte escénico coreografiada por Diego Vega, que hibrida la danza contemporánea con la expresión corporal más abstracta, este elemento junto con el ritual de la tía y sus amigas para librarla del espíritu que aseguran que la tiene “agarrada de la pata” son sensorialmente muy significativos. Aunque con el poco fondo y exploración de todo el contexto alrededor, se siente que estos se quedan en el lucimiento estético. Recordemos que es una ópera prima, y a veces en las primeras películas, textos, obras, queremos correr para todos lados y suele no resultar.

 

El tramo final y resolución de guion nos recuerda, de manera un tanto amarga, la impopularidad de las decisiones fuera del estereotipo que a veces alejan a las personas de los núcleos donde crecieron y las llevan a la marginalidad. El final de Huesera parece abrazarlo por muy duro que ello sea, una decisión de guion que puede lo mismo crear distancia de algunas personas que crear cercanía. Hay una ambigüedad no manejada que perjudica un poco las intenciones del discurso sobre la identidad y no dejarse llevar por lo impuesto o qué pasa cuando uno deja ganar a las imposiciones demasiado tiempo, una impotencia que puede alejar o acercar a lxs espectadxres, pues los juicios morales pesan mucho a veces en un visionado.

 

Aunque en ejecución muchas cosas se quedan a la mitad, es estimable este esfuerzo de género y creo que la directora pudo narrar con tiempo y espacio las inquietudes que ya había reflejado en sus trabajos previos como el cortometraje “La rabia de Clara”, que también reflejaba el deterioro de la salud mental y el manejo de los problemas en el núcleo familiar y se siente que hay mucho por dar, sobre todo con la pertinencia de los temas y puntos de vista en los que Garza Cervera construye su primer filme.

 

 

 

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