Mano de obra: de viviendas y justicia a mano propia

Por Sergio E. Cerecedo

 

Antes de hablar de cine, de arte y de discursos audiovisuales, debo afirmar que creo que las buenas películas que se inscriben en la crítica social casi siempre me recuerdan a frases muy coloquiales o a dichos populares o a ambos, ese es mi referente de que estoy ante un producto sólido o que tira por el lado correcto. Para nadie es un secreto que en este país CUESTA UN CHINGO HACERSE DE UNA CASA PROPIA, incluso si uno consigue un terreno donde construir, debe tener suerte y tino a la hora de adquirirlo de que no esté encima de un pantano o de minas de arena, que no haya una doble venta por parte de alguna inmobiliaria chueca, que los papeles estén en regla y no venga al rato un líder ejidal a querer reclamar un pago que ya se hizo en hacienda, o cualquiera de estas cosas. Para nadie es mentira tampoco que la existencia de movimientos nacionales relacionados con la ocupación de predios como los 400 pueblos, el Barzón o la antorcha campesina, se refuerza con esta necesidad de las clases más desfavorecidas, y aunque se logra, muchos de los gestores de esas viviendas no son precisamente justicieros sociales.

 

Es dentro de este contexto, que aunque no explora tan a profundidad, pues la película se centra más en las relaciones sociales entre familias y personajes, donde la trama de la ópera prima de David Zonana se desarrolla y enriquece si el espectador conoce estas circunstancias sociales, en las que el albañil Francisco Cruz, introvertido pero buena onda con los cuates y generoso con su familia, ve morir de una caída a su hermano en plena construcción de una casa rica. Aunado a los retrasos en los pagos y abusos del patrón —a uno de los trabajadores le hacen dos veces un descuento por un vidrio roto que ya se cubrió—. Pancho reclama día a día la indemnización para su cuñada y encuentra solo trabas de las autoridades y de los mismos dueños de la obra, por lo que, ante la inundación de su vivienda, empieza a vivir en secreto en la construcción, hasta que, por otro detonante familiar y personal, decide tomar el problema en sus manos, resolviendo las cosas temporalmente. La elipsis espacio/temporal en el montaje donde esto sucede es una decisión magistral.

 

La ocupa y posterior manejo de los bienes de la casa que hace Pancho le confiere cierto poder, poder de llevar a quien quiera a vivir, proponerle una co-propiedad, y de ser él quien se encargue de la regularización del terreno, de tener lo que no tenía y de usar lo que quiera y a quien quiera, como ocurre con tanto líder grupal/social que inicia abajo y una vez que le gusta lo bueno, lo conserva a cualquier costo. Y es que uno de los mayores aciertos de la película es no recurrir al pobrediablismo sufridor y demostrarnos, con las actuaciones naturales y cotidianas del reparto —a excepción de Luis Alberti, ningun@ es actor/actriz— que los problemas económicos y sociales no se pueden ver en blanco y negro, nos demuestra matices donde se chinga y se es chingado y todos tenemos un lado oscuro que decidimos potenciar o usar como fuerza.

 

David Zonana (2019)

Una de las reservas que puedo tener hacia el producto final es que, aunque el aspecto técnico está muy cuidado, la fotografía se esmera en el discurso y la parte sonora es contundente, sutil, casi imperceptible en su efecto en nosotros —lo digo como cumplido—, en general le encuentro dos bemoles: El primero es que la película cambia considerablemente en su segundo tramo, generando un fuerte contraste que funciona tanto como giro de la trama como para que dejemos de estar en la mente de un solitario protagonista y entremos en la dinámica de grupos. Los primeros 40 minutos llevan un camino introspectivo y esteticista que nos puede llegar a confundir, pues lleva el tono solitario y contemplativo que empieza a volverse un lugar común en el cine mexicano de circuitos “de arte”, es muy fácil para el espectador promedio bajarse del barco por esa parsimonia y tensión que, percibo, le viene al director de sus influencias cinematográficas.

 

Lo cual es entendible por ser una ópera prima, pero es evidente en algunas tomas el intento de impacto visual que salta del tono general de la película y que intenta “Verse muy bien”, pero termina por desentonar la puesta en cámara, pues aunque una toma destaque por bella o bien iluminada, área de oportunidad en muchas películas similares hechas en México, el montaje no termina por unificarlas, y a veces sería importante de comprender, un trabajo de cámara más fácil de seguir más que una concesión, es un acercamiento más asequible para interesar al público que vive estas problemáticas. Por algo la imagen mental de Chente Fernández vendiendo tacos o de Valentín Trujillo peleando con pandillas siguen resonando en el público años después. Cabe recalcar que esto no opaca sus fortalezas, pues aunque el ritmo inicial sea difícil de seguir con las de por sí amargas circunstancias de Pancho, las acciones nunca dejan de ser interesantes y de estar hiladas por un adecuado trabajo de montaje.

 

La segunda parte es donde todo lo que se ve en el tráiler cobra mucha fuerza y nos encontramos con el verdadero discurso, conflicto y confrontación, e inclusive ese híbrido entre narrativa minimalista y un lenguaje cinematográfico accesible para todos —el 90% de las tomas son fijas— está mucho más logrado. Detalles como el uso de la música, que evita la música incidental, pues todo el tiempo lo que escuchamos es diegético —lo que están oyendo los personajes—, si los albañiles al trabajar ponen cumbia o la gente en la casa está celebrando unos quinceaños o poniendo norteñas, todo se escucha envuelto por el espacio de la casa, dándole ese clima de vecindad que tan común y familiar nos es, resaltan en este tramo.

 

Volviendo a lo histriónico, los actores se encuentran muy bien pues sus papeles forman parte de un todo e incluso si hablan solo en una o dos ocasiones, conseguimos tener empatía y que el arco dramático no sea solo el de los personajes — excepción de Pancho, no se muestra una evolución como tal— sino el del grupo y la casa misma, un recurso de guionismo contemporáneo que aquí funciona bien.

 

En conclusión, celebro que el director haya atinado con un punto de vista “desde adentro” de las clases populares y los conflictos que surgen alrededor de la tenencia de la tierra y de los conflictos que todos vemos a la vuelta de la esquina sin el tono telenovelero o de falsa condescendencia que tanto sobra en nuestra producción cinematográfica. Es interesante su punto de vista sobre la lucha de clases, el germen de la corrupción y hasta dónde vivimos con “Necesidad”, pues en Pancho vemos un espejo de lo que la mayoría de nosotros en momentos de dificultad hemos querido hacer impulsivamente, y un recuerdo de que a veces hacer el bien o hacer el mal no tiene una barrera tan clara, tal vez si analizáramos con mayor detenimiento lo que decimos y hacemos, nos la pensaríamos dos veces antes de saludar diciendo “¿Qué transa?”.

 

 

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