Análisis de la cinta “Nadie sabe” | Sobre las infancias como constructo olvidado de las sociedades modernas

Por Carmina Cardiel

 

Hirokazu Kore-eda es un director japonés que se destaca por los temas profundamente sociales que acarician la condición humana con tal sutileza que puede proyectarlo en su filmografía, que también abarca cine documental. Y es que no está de más mencionar que el director, antes de hacer cine, quiso ser novelista. Quizás de ahí venga su naturalidad para contar y conmovernos con sus tramas.

En 2018 nos conmovió con la película “Manbiki Kazoku”/“Asuntos de familia”, misma con la que ganó el premio Palma de Oro en el Festival de Cannes de ese mismo año. La trama va de la configuración social de la familia no parental y tiene, como en casi todas sus cintas, esa arista desde donde se puede observar al mundo desde los ojos no solamente adultos, sino desde la mirada de las infancias. Si no la han visto aún, ampliamente les recomiendo que vayan a buscarla. Entre los títulos destacados de su largo trabajo podemos encontrar:

2023 – Monstruo, 2013 – Soshite Chichi ni Naru (De tal padre, tal hijo), 2011 – Kiseki (I wish; en español: Milagro), 2008 – Still Walking (Aruitemo aruitemo), 2004 – Nadie sabe (Nobody Knows) y, de este último título es del que platicaremos hoy en el análisis de #ButacaVioleta.

 

En medio de una isla tan grande como la Ciudad, nadie sabe

Nadie sabe narra una historia construida a partir de hechos reales ocurridos en el centro de Tokio, una de las ciudades más densamente pobladas del mundo, en un entorno donde paradójicamente reina la soledad. Desde el inicio de la trama el director no permite que te apartes de la vida de cuatro niños que viven ocultos en un pequeño apartamento de Tokio, abandonados gradualmente por la única persona a su cargo. La cinta aborda con sutileza y profundidad una problemática estructural: la invisibilidad de los más vulnerables dentro de sociedades urbanas modernas, aparentemente funcionales y desarrolladas.

Desde una mirada sociológica, la obra permite explorar la descomposición del núcleo familiar, la negligencia institucional, y la forma en que la exclusión social se manifiesta incluso en contextos de aparente prosperidad. Nadie sabe es un gran título para una historia que bien podría estar ocurriendo enfrente de tu casa, pero como prefieres no lidiar con, ni conocer a tus vecinos, puede que también seas parte de la indiferencia social que azota a nuestras sociedades actuales.

Los vecinos, la casera y los transeúntes no advierten la presencia ni la situación de los niños. Esta indiferencia, hay que decirlo, pone de relieve una problemática propia de las sociedades urbanas modernas: la pérdida del tejido comunitario o la vecindad que, por cierto, es lo que vemos todos los días en consecuencia de fenómenos como el desplazamiento forzado y la gentrificación. ¿Quién sabe quiénes son sus vecino del departamento de enfrente? ¿Quién se preocupa por sus vecinos y sus problemas? ¿Debería importarnos la vida de los que viven a nuestro alrededor?

Siguiendo a Zygmunt Bauman y su concepto de “modernidad líquida”, podemos decir que las relaciones sociales se han vuelto frágiles, momentáneas y carentes de compromiso. En este entorno, la marginación puede existir a plena luz del día sin que nadie intervenga. La ciudad moderna se muestra incapaz de ofrecer un sentido de pertenencia o solidaridad real a sus habitantes.

 

La transformación de la familia moderna

La película plantea una crítica al modelo idealizado de familia nuclear. La madre de los niños, Keiko, además de ser madre soltera, representa una figura materna rebasada, emocionalmente inmadura y ausente, que transgrede no solo las normas familiares tradicionales, sino también las legales, pues oculta la existencia de sus hijos para poder alquilar un departamento. A través de este personaje se visibiliza cómo las presiones económicas, laborales y sociales pueden llevar a una precarización del rol parental. Por otro lado, esta situación también nos obliga a replantearnos nuevamente temas y acciones políticas que son moralizadas y por ende condenan a las mujeres a castigos sociales de los que, sin reparos morales, se tiene que hablar: el aborto legal, la adopción y la educación sexual anticonceptiva.

Desde la perspectiva de Ulrich Beck y Elisabeth Beck-Gernsheim, la familia contemporánea se encuentra en un proceso de “individualización” donde los lazos afectivos se ven debilitados por las exigencias del capitalismo tardío. En este contexto, la madre abandona a sus hijos en busca de estabilidad personal y emocional, desplazando la responsabilidad parental al hijo mayor, Akira. Este le señala en algún momento a su madre que está siendo egoísta, pero luego, con una enorme resignación toma un rol social demasiado pesado para un niño de 12 años. ¿A caso esto es la construcción de las familias modernas? Sí. Y nadie lo quiere ver ni conversar, prefieren decir que las feministas estamos locas y malcogidas, en lugar de replantearse la ausencia paternal en todo sentido y por qué lo hacen.

Al respecto, el pequeño Akira también toma la decisión que su madre jamás quiso abordar: Pedirle dinero a cada uno de los padres de sus hermanos y al propio, luego de contarles a cada uno la situación tan crítica por la que atravesaba con sus hermanos. Cada uno de ellos, cuatro hombres distintitos, son el fiel retrato de quienes deciden no hacerse cargo de las infancias concebidas por mujeres a las que, con o sin amor, embarazaron. ¿Les suena? La verdad es que el director dio en el punto más central de la herida que nos hereda el patriarcado casi a toda la población mundial. El abandono y la ausencia paternal es una herida social, evidentemente.

Sí, la película es una gran crítica al sistema patriarcal capitalista, pero también se puede tomar como una invitación a la profunda reflexión sobre qué estamos haciendo con las infancias y qué traumas sociales conviven con nosotras en esta sociedad mexicana y aspiracionista del capitalismo salvaje, profundamente herida desde las infancias…

 

La infancia invisibilizada y la marginación institucional

Existencia clandestina es el término que utilizo para describir la situación de 4 niños al margen del sistema: no van a la escuela, no están registrados oficialmente, y no reciben ningún tipo de ayuda social. Aquí se revela una crítica directa a las instituciones del Estado japonés, que no detectan —o ignoran— la existencia de estos menores. Esto no nos es ajeno en México, ya que, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) y UNICEF, al menos 4 millones de niñas, niños y adolescentes en México no van a la escuela, aunque las cifras varían ligeramente entre los estudios y reportes de 2023 y 2024. Las principales razones son la falta de recursos económicos y el riesgo de que los estudiantes abandonen por situaciones estructurales y económicas, afectando principalmente a poblaciones vulnerables.

Desde una perspectiva foucaultiana, podríamos decir que estos cuerpos infantiles quedan fuera del campo de vigilancia del biopoder. Michel Foucault hablaba del control de los cuerpos por parte del Estado moderno a través de instituciones como la escuela, el hospital y el sistema judicial. En este caso, al vivir fuera de estas estructuras, los niños son literalmente “nadie” para el sistema: no existen, no importan.

En México, la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos dicta, en su artículo tercero, que todas las infancias tienen derecho a una vida digna y escolar, pero ¿Quién vigila que de verdad todas las infancias acudan al colegio cuando viven en zonas rurales y marginadas en donde llegar a la escuela implica dos horas de camino, por lo menos? Por ejemplo, ¿Quién interviene para que exista transporte o una facilidad para acortar ese tiempo de caminata? En el caso de la Ciudad, ¿Quién vigila que todas las infancias acudan a la escuela?

El Artículo 3 establece que la educación inicial es un derecho de la niñez, que el Estado tiene la rectoría de la educación, y que esta debe ser obligatoria, universal, inclusiva, pública, gratuita y laica. La Ley General de Educación también reafirma este derecho, especificando que es una obligación de los padres llevar a sus hijos menores de 18 años a la escuela para recibir la educación obligatoria

 

Asimismo, se evidencia un fallo estructural en la función social del Estado como garante del bienestar de los ciudadanos, especialmente de los menores. La película, sin recurrir al melodrama, expone el abandono institucional: los niños solo sobreviven gracias a su propia solidaridad y capacidad de adaptación, pero ni el Estado ni la institución Familia están presentes.

En nuestro país no es muy diferente, nadie es ciudadano si no cuenta con una credencial del INE (Instituto Nacional Electoral) y eso ocurre hasta los 18 años cumplidos. Antes de esa edad, es muy difícil aplicar, como sociedad, los derechos infantiles por múltiples razones que tienen que ver más con lo estructural y punitivo.

 

La infancia resiliente como sujeto activo

A pesar del abandono, los niños, especialmente Akira, desarrollan estrategias de supervivencia y organización al interior del núcleo familiar. Considero que uno de los elementos más poderosos de Nadie sabe es su tratamiento de la infancia no desde la lástima o el victimismo, sino desde una mirada profundamente humana y realista que muestra cómo los niños se convierten en agentes activos de su propia vida, de su propio destino, una carga muy grande que los hace crecer de forma abrupta, aunque no lastimosa. En lugar de representar a los menores como víctimas pasivas del abandono, Kore-eda los retrata como sujetos sociales que, dentro de sus posibilidades, toman decisiones, crean estrategias, construyen vínculos y organizan su mundo que está a la suerte, de uno u otro modo.

Dicho de otro modo, los pequeños se convierten a través de los ojos del director, en actores sociales capaces de resistir y adaptarse. Sin embargo, esta resiliencia no debe de ninguna manera romantizarse, ya que es producto directo del abandono, por un lado, estatal-institucional y, por el otro, agencia familiar. Todo en consecuencia de las exigencias que una ciudad hipercapitalista como Tokio y otras ciudades exigen.

 Desde el enfoque de la nueva sociología de la infancia, que concibe a los niños como sujetos activos en la construcción de su realidad social, Nadie sabe se aleja de los discursos paternalistas para mostrar a la infancia como un agente con capacidad de decisión, pero que no debería cargar con responsabilidades que competen a los adultos y al Estado.

En definitiva, Nadie sabe nos confronta con una paradoja: por un lado, muestra el potencial de la infancia como sujeto social activo, capaz de resistir y actuar incluso en las circunstancias más hostiles; por otro, denuncia la falla del Estado y de la sociedad al dejar que niños tan pequeños tengan que asumir responsabilidades que no les corresponden. La resiliencia, en este contexto, no es una virtud deseada, sino una respuesta forzada ante la negligencia estructural. La película logra conmover no porque victimice, sino porque humaniza a estos niños, dándoles voz, cuerpo y voluntad dentro de una sociedad que decidió silenciarlos desde la comodidad de no verlos.

 

 

 

Bibliografía:

 

  1. Artículo 3. Derecho a la Educación (2021) Constitución Política de México   https://www.constitucionpolitica.mx/titulo-1-garantias-individuales/capitulo-1-derechos-humanos/articulo-3-derecho-educacion
  2. Asistencia a la escuela Todas las niñas, niños y adolescentes tienen derecho a ir a la escuela y a terminar sus estudios (2024) UNICEF México https://www.unicef.org/mexico/asistencia-la-escuela#:~:text=M%C3%A1s%20de%204%20millones%20de,est%C3%A1n%20en%20riesgo%20de%20abandonarla.
  3. Bauman, Z. (2003). Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica
  4. Beck, U., & Beck-Gernsheim, E. (2003). La individualización: el individualismo institucionalizado y sus consecuencias sociales y políticas. Paidós Ibérica.
  5. Foucault, M. (1986). Historia de la sexualidad 1: La voluntad de saber (V. Camps, Trad.). Siglo XXI Editores.
  6. Gaitán Muñoz, L. (2006). La nueva sociología de la infancia. Aportaciones de una mirada distinta. Politica y Sociedad, 43(1), 15-30.

 

 

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