Por Sergio E. Cerecedo

Guillermo del Toro (2021)
Guillermo del Toro es una figura poderosísima dentro del imaginario cultural mexicano, triunfa en hollywood teniendo un nicho de mercado bien definido en los proyectos en los que trabaja, la imaginería de su equipo de diseño de producción y caracterización es ya reconocible e influencia en varias generaciones de creadores audiovisuales. Lo queremos mucho, pero a nivel narrativo yo he tenido mis reservas con sus últimas películas, en las que me parece que su amor al cine y a los monstruos que adoptó como su familia desde chico juega en contra cuando su visualidad no se ha hecho acompañar de guiones de gran desarrollo o interés, que exploren las premisas a fondo, que nos traigan algo novedoso y profundo. Su afán por hacer clásicos sencillos sin muchos recovecos, pero emotivos y que lleguen a todo mundo a momentos le ha hecho caer en un melodrama muy simple.
Y por lo mismo, hace verdaderamente enojar que en éste, uno de sus últimos trabajos —siento a momentos que no filmar en México le quita libertad e identidad, solo el tiempo dirá si estoy en lo correcto—, haya fracasado en taquilla y solo haya sido puesto en consideración por los premios, el cabildeo y el prestigio. Porque pese a no ser perfecto, es un digno exponente del cine negro y el misterio con toques sobrenaturales, además de que por su hechura parece pertenecer a otra época, con un aire del estilo de los 50´s, también porque es una película divertida y bien narrada.
Puedo aseverar también que a Guillermo del Toro le hace mucho bien a nivel guion y cohesión narrativa alejarse de las tramas que se entregan por completo a la fantasía, pero conservar el tono del ocultismo y el más allá para acercarse a algo igual de torcido que los infiernos, los fantasmas con cuentas pendientes o hasta los mismos nazis y fascistas que habían sido los malos muy malos de sus películas anteriores: ese algo son los recovecos de la mente humana. La trama de “El callejón de las almas perdidas” reitera esta idea a cada momento, con lucidez y de una manera no tan obvia.
Tras un principio poderoso en el que el elemento del fuego se hace presente, vemos a Stanton, un hombre de mediana edad, llegar a un circo a pedir trabajo en los albores de la segunda guerra mundial, rápidamente se hará de la confianza de las cabezas del circo y del amor de Molly, una chica tierna y curiosa que participa en uno de los actos del show. Pronto vemos que tiene una sed de sobresalir y aprende los trucos de un viejo mentalista alcohólico para leer el comportamiento y lenguaje corporal de las personas, desarrollando a través de su virtuosidad y rápido aprendizaje un acto mejorado y ambicioso que rápidamente se llevará del circo junto con su enamorada prometiendo lo mejor y teniéndolo relativamente por un tiempo .
Otro de los aspectos donde se nota que los personajes le importan más estéticamente que por las historias es en el poco protagonismo o relevancia que acaban teniendo más adelante los personajes del circo —desde hombres fuertes hasta enanos y parias que comen gallinas vivas—, que en otro proyecto serían su foco de atención, estos tan solo se vuelven en el metraje incidentales y para traer un mal presagio a la vida de Stanton, pero por la intención narrativa es entendible. A lo largo de la película, vemos que esos pretendidos seres sobrenaturales y grotescos en realidad no son ni tan malos ni tan sobrenaturales como su apariencia, en su existencia había una manera de ganarse la vida con engaños que el público concede tener por inofensivos y espectaculares. En cambio, al salir del circo, la fantasía y el embuste en el que se han vuelto hábiles tanto Stanton como Molly, como encubridora de más de un secreto suyo y su asistente en el acto, empieza de manera peligrosa a asumirse como una realidad que crece como cáncer dentro de ese ánimo de destacar y que destapará heridas incurables dentro de las personas poderosas a las que empieza a auxiliar, asumido como consultor espiritual
Porque en la construcción de caracteres, vemos que Stanton es alguien inestable que vende certezas, y esa inestabilidad puede palparse aún más cuando se acerca al personaje de Cate Blanchett, versado en el psicoanálisis y la psiquiatría y que le hace ver, aunque de manera muy tendenciosa, todos sus rencores y asuntos personales hacia gente que incluso ya no está viva.
Todos estos vaivenes por lugares peligrosos física y mentalmente nos son contados con un gran ritmo, donde ahora sí no se sienten de lujo los decorados. En sus más de dos horas no aburre y esto también es gracias al gran tono al que vuelan las actuaciones, en general ubicuas, redondas y complementándose las unas a las otras. Bradley Cooper siempre me causó mucho escepticismo, pero aquí su transformación es muy convincente, destacando sus escenas con Richard Jenkins donde se pone a prueba la estabilidad y honestidad de las intenciones de ambos a cada momento.
Y ahí están esos planos largos ejecutados magistralmente, esa iluminación de época que el ojo de Dan Laustsen, que ya es su habitual director de foto, sabe colocar en donde se debe, puntos de luz y cómo dar esa estilización casi gótica a cada cuadro, los planos secuencia que llega a presentar están muy bien logrados y crean un suspenso al estilo de cualquier película criminal de los 50´s. Las formas de la música de Nathan Johnson con experiencia en películas de misterio como “Knives Out” o “Looper” mezcla hábil de cuerdas y ritmos de vals siempre alargando notas para sugerir misterio.
Lo que le separa durante el desarrollo de la estructura clásica del noir es que la autoridad policiaca o antagónica al protagonista está casi ausente del metraje, la clandestinidad es fuerte en todo sentido y cuando las personas poderosas consultan al protagonista sobre el más allá siempre es en las sombras, como tantas historias sobre políticos y líderes de naciones atraídos por la superstición más que por las necesidades visibles de su pueblo, el personaje es más que nunca sometido a sus propias ambiciones que juegan con las ajenas de una manera irresponsable y con exceso de confianza.
No conozco el libro original en el que se basa el argumento, pero del material que vemos en pantalla se siente que quiere en todo momento ser parte y tributo a la vez del funcionamiento del cine negro clásico, sin embargo, un poco como sucedía en “la forma del agua”, la segunda mitad es tremendamente predecible y eso le resta poder en las veces consecutivas que uno la vea o con lo fácil que le sea adivinar algunas cosas del desenlace,
A la historia presente en mucho le ayuda que esta vez su personaje principal sea quizás el que más amoralidad y vileza tenga de entre todos los roles protagonistas de su filmografía, se nota que con su equipo de guionistas y su modo de dirigir lo calcularon bien, porque así quienes escribieron pueden ser ambiguos y no dejar que los puntos obvios o fáciles de adivinar le ganen a la tensión generada por una posible redención.
Del Toro nunca dejará de amar lo clásico y de desarrollarse dentro de sus referentes de la infancia y adolescencia, lo que sí puedo decir es que su no contar nada nuevo tiene nuevos bríos, al contrario de su película anterior donde los buenos muy buenos y malos muy malos se volvían muy parcos y a veces inverosímiles, aquí su personaje principal tiene bastante tridimensionalidad, inclusive los personajes del circo tienen suficientes matices, exceptuando a un poco aprovechado Willem Dafoe. Sus villanos no son caricaturescos porque en este caso, como en un buen film noir, todos tienen su grado de vileza por igual e inclusive alguna es más inofensiva que otras, al menos en la historia de mayor desarrollo.
Es una lástima que esta película se haya estrenado en un punto donde aún era difícil ir al cine y que se estrenara al mismo tiempo que “Spiderman: No way home”, porque nos muestra una cara mucho más interesante y madura de ese clasicista tapatío que se hace amar con cada buena acción en pos del cine que emprende. Aunque en unas partes seguir al pie de la letra la estructura del film noir le impide aportar algunas novedades, dentro del amor ciego que suele tener a los monstruos y profesar, nos permite una empatía más cercana hacia las figuras que llenan la historia, esperemos que siga por ese camino.
