Por Sergio E. Cerecedo
En últimas fechas, el abordaje temático de los retornos a las casas de infancia, a las anécdotas y secretos familiares no deja de ser productivo aunque sepa a lugar común. Creo que a estas alturas del partido si exploramos las temáticas y narrativas comunes de Latinoamérica, encontraremos, incluso en la gente afincada en Estados Unidos y Canadá, un gusto por las telenovelas, entre ellas por ese subgénero ubicado en haciendas y plantaciones donde abundan las intrigas y los amores que se gritan y reclaman, generalmente rodeados de sobreactuaciones absurdas de las que se burlan canales de youtube como “Telenovelas are hell”.
Entre risa y risa, el caso es que este tipo de enfoques en los audiovisuales, alejan mucho a las personas de la importancia de los dramas íntimos que tenemos en común y nos vician la percepción creyendo que todas las historias se abordan igual, es por eso que, cuando se echa un ojo a las narrativas previas al audiovisual y alguien como Fina Torres (Caracas, 1951) logra sincretizar, tenemos una obra íntima, con sello propio y que, si te permites la pausa y la escucha más allá del diálogo, te logra conmover.
La carrera de Fina Torres conlleva películas hechas en Francia como Mecánicas Celestes, 1995, su país formativo no solo en cine si no también en diseño y artes , permitiéndole además realizar en Hollywood Las mujeres arriba, 2000. En la trama de sus películas espejea muy a menudo el internacionalismo de su vida y las historias que escuchó, en una mezcolanza con su imaginación y percepción. Es por eso que ahora que me ha tocado mirar parte de su filmografía de atrás para adelante y ver su primer largometraje al final, resulta curioso observar cómo le conocía más por su humor, desparpajo e, inclusive, cierto parecido con la desvergüenza gozosa de Pedro Almodóvar, en contraste, en esta primera y reconocida película le vemos una cercanía al melodrama, pero una cercanía muy medida y que recuerda más a la poetización de la literatura clásica, en este caso, toma una historia corta de la colombiana Marvel Moreno, quien en sus textos exploraba la femineidad en el entorno militarizado y represivo de la Latinoamérica del siglo XX. Puedo decir que siento en la directora la consciencia de que para que existieran esas protagonistas que alcanzan la libertad en sus películas posteriores, tuvo que haber un retrato de quienes vivieron la situación antecesora.
“Oriana” no está contada al inicio desde la persona con ese nombre, sino desde su sobrina María, que ha hecho su vida en Francia, se ha casado con alguien de allá y vuelve para disponer de su herencia, la hacienda de su tía, muy convencida de vender ese lugar en ruinas. A medida que lo explora y lidia con la incomodidad del lugar, recuerda, como en una metáfora donde al abrir cada cuarto se abre un secreto, los momentos vividos ahí, con una tía calmada y comprensiva, pero que a su vez nunca salió de la hacienda, y con una ama de llaves fúrica, represora y defensora de las reglas aunque más por remordimiento que por maldad, como se irá explorando.

Entre cuartos oscuros y luces que se asoman por rendijas —el uso de la luz es sugerente en todo momento—, al curiosear en la casona encuentra columpios, juguetes y esbozos de una niña o niño que alguna vez estuvo ahí pero que al preguntar por su existencia es negado por las personas que habitan y cuidan el lugar. Sabemos que el padre de Oriana era muy estricto, institucionalista y que dejar estar a la gente afrodescendiente en su hacienda era más un acto de poder que de caridad, por lo que la amistad de Oriana con un niño negro es un asunto que levanta los ánimos.
En la coloración de la cinta con la que está grabada la película, la fotografía destaca el verde y el dorado que, aunque empiezo a ver que era común en los filmes Venezolanos de la época, aquí es enfatizado y adquiere una dimensión de mucha belleza que complementa la visión del espacio tanto interior creado por el hombre como la naturaleza misma en donde fue hecho. La construcción de los espacios como personajes es magistral, un conjunto de umbrales cercanos a la playa, que también nos deja imágenes muy poderosas una vez que aparece en pantalla.
La cámara es puntual pero nada austera, los movimientos son naturalistas y los encuadres de una remarcación de conceptos bien trabajada. Los espacios de la casa se ven una y otra vez pero rara vez de la misma manera, la observación de los momentos lindos, el descubrimiento, el entrelazamiento de las vidas de sus habitantes tanto como los desencuentros que llevan al desenlace de la trama del pasado, la de Oriana y Sergio creciendo.
Es importante, sobre todo para las personas amantes de la concreción y finitud que no deja lugar a dudas que la película es ambigua, simbólica, está llena más de cosas sugeridas que tajantemente explicadas, eso enriquece el misterio y nos llena de emociones con lo sucedido. Las actuaciones son contenidas, poco expresivas hacia los niños pero correctas y que permiten cierto juego visual, donde las imágenes fijas interaccionan de una manera muy interesante, como esos álbumes de fotos que revelan cosas.
En mi disciplina sabemos y recordamos continuamente que el diseño sonoro creció en su desarrollo técnico y posibilidades con la llegada del digital, los ambientes naturales tuvieron mayor facilidad de ser captados con menos ruido de lo habitual, y al no tener cinta de por medio, ya no había el peligro de tener 5 capas de sonidos añadidas a 5 capas de ruido, por lo cual ver una película anterior al digital en la que, igual que el celuloide, el recurso analógico brilla por su textura e intenciones, el sonido, tanto directo como añadido, en esta película es logrado por su naturalidad y discreción.
Gran parte de la película es un deambular con Oriana y con María, encontrarse en cada caminata donde la casa vieja habla con sus rumores y sonidos que a momentos tienen un carácter más expresivo que el de complementos constantes de las acciones. Hay un par de secuencias donde los pasos desaparecen de un momento a otro en una secuencia conjunta. Sin embargo, en el silencio de Oriana y Sergio en el patio escuchamos unos rechinidos de asientos entre los sentimientos contenidos, el brote tímido de estos y la comodidad.
“Oriana” supone un punto medio entre el llamado cine de liberación con continuas temáticas sociales y políticas que estuvo en boga en esa época y una vertiente más introspectiva que también denuncia a su manera las estructuras patriarcales. No solo la de Oriana, también el carácter que tienen los hijos fuera del matrimonio y la necesidad de “respetar” las estructuras que desde nacimiento venían por la jerarquía que uno puede tener o no tener. Su manera de retratar a una persona debatida entre su propio rechazo a las estructuras y, al mismo tiempo, su miedo al rechazo social hacia ella y sus cercanos le valió tener otra ocasión en la que el cine venezolano tuvo reconocimiento internacional con la cámara de Oro de Cannes.
