Por Sergio E. Cerecedo

Los años noventa representan crisis sociales para toda Latinoamérica, en mayor o menor medida; en el caso concreto de Venezuela, hubo un golpe de estado y numerosos tambaleos presupuestarios causaron que el cine redujera en más del 50% la productividad alcanzada en los 80´s y que los fondos gubernamentales para la producción cambiaran de nombre y estructura con el fin de seguir existiendo y apoyando a la comunidad realizadora.
En medio de todas estas circunstancias Solveig Hoogesteijn, nacida en Suecia pero con carrera completa hecha en Venezuela, presenta la película que sucedería a su muy exitosa “Macu, la mujer del policía” (1987), que sigue siendo la tercer película con más taquilla en la historia del cine de su país. En Santera continúa con sus inquietudes en los retratos de mujeres buscando resistir en entornos con tradiciones muy marcadas, esta vez indaga en la afrodescendencia y en los choques culturales entre el catolicismo y quienes conservan la religión yoruba, así como su creencia en los santos que también está un tanto sincretizada con conceptos como el espíritu santo y la virgen María.
Desde el contraste en el montaje que muestra a dos mujeres: una en el interior de una celda y otra abordando un avión, sus historias pronto harán convergencia cuando ambas entren en diálogo. La doctora Paula, una española que llega a trabajar en una cárcel de mujeres por parte de amnistía internacional, es pronto abordada por las mujeres presas que viven en hacinamiento en la celda, pero de entre todas las descripciones pesimistas del lugar y los ruegos de las reclusas, Paula pone su atención en Soledad, una mujer afrodescendiente que fue acusada de asesinato por brujería y que es testigo y víctima de numerosos abusos al interior del centro penitenciario. A Soledad le permean muchos problemas propios y adquiridos y Paula rompe la mera relación de médico y paciente para formar una amistad en la que descubre las circunstancias por las cuales probar su inocencia o culpabilidad es complejo.
A diferencia de otros dramas acerca de las acusaciones de brujería hacia las mujeres, en la narrativa de “Santera” la magia existe, se fortalece con la creencia y se vuelve una extensión física de los deseos humanos y divinos, una herramienta brava de domar que, una vez que se le desata sobre todo con obscuridad, puede tomar un mal camino que le da la vuelta incluso a quienes creían tener el control de ella. Soledad es un personaje tridimensional que ha tenido la intención de vivir y consagrarse a lo que hace, y aún en el contexto religioso podemos observar una visión madura en la que las decisiones pesan más que los dones conferidos por cualquier circunstancia de la vida. La figura de Eulogio, el padrino e iniciador de Soledad, funciona como una guía compasiva pero firme del conocimiento de su disciplina, por lo que cada aparición suya destaca y funciona para recordar que el personaje siempre puede elegir, y que la equivocación es parte del camino.
El lenguaje fílmico que se utiliza es bastante sencillo, los movimientos de cámaras no tienen mayores aspavientos y se concentran en retratar unos interiores llenos de velas, altares y secretos con buen contraste, así como en retratar los paisajes naturales sobre todo en el viaje de redención emprendido hacia el segundo tramo de la película. Si bien a momentos se siente una sobrecarga de ideas políticas que no se equilibran con el lenguaje, pues los primeros minutos pareciera que hay un manual antropológico sobre el contexto social, penitenciario y étnico que rodea los hechos de la historia, unos diálogos muy literales (y literarios) que a momentos nos pierden mucho en credibilidad. Sin embargo, en cuanto el personaje de Soledad tiene la palabra, las actuaciones brillan y hacen que la historia fluya y no se pierda en el panfleto. El personaje principal tiene un acercamiento temeroso, que se mantiene por el valor y necesidad de apoyar a una persona en quien cree. Asimismo, la doctora mantiene una creencia humanista que hace un paralelo con la de Soledad, una desde la acción social y otra desde lo espiritual. En el universo de la película, el control y responsabilidad que Soledad tiene para con los espíritus y los permisos que estos le conceden en forma de poder está constantemente a merced del motor que puedan tener las decisiones.

En cuanto a la adición de la música, me agrada mucho más la parte en la que vemos a los personajes tocar o cantar, pues la inclusión como banda sonora a momentos me parece muy lugar común, no tanto por las piezas en sí, más bien es porque casi siempre aparecen con tomas aéreas y transiciones de tiempo y espacio, me parece que el uso es sencillo y pudo tener una mayor integración de elementos. El mismo músico Víctor Cuica aporta piezas a la banda sonora y aparece en la película. Los efectos prácticos que aluden a poderes mágicos me parecen austeros pero bien logrados y que nos los creemos también gracias a la actuación física de Hirma Salcedo, cuyos ojos, gestos y danzas dan cuenta de una entrega total al personaje.
Aunque no se puede evitar que Paula vea con la extrañeza propia de la vida occidental a la manera de vivir y rituales de la santería, la visión no exotiza a la religión, sino que intenta, desde adentro, ofrecer una perspectiva que afortunadamente y gracias a la fuerza de sus intérpretes, se aleja de ser excesivamente didáctica. Principalmente en las poblaciones de Choroni y Chuao, la película contó también con asesores de la religión Yoruba, continuando con este acercamiento respetuoso, que deriva en una historia de amistad, creencias y apoyo entre personas que son diferentes, pero comparten una necesidad de justicia y de respeto al camino, al mismo tiempo que lo cuestionan y buscan enmendar los tropiezos del mismo.
