Por Sergio E. Cerecedo
Cuando uno se decide a escribir en serial, es decir, dar una conexión temática, temporal, personal, se encuentra con diferentes emociones en las obras de arte, que a veces uno sabe y a la vez no sabe cómo las llegó a agrupar, en el presente mes que me he decidido a escribir sobre películas en las que las directoras abordan el género del terror, sea realista, fantástico o psicológico y en esta segunda entrega, debo decir que la película que escogí desmenuzar parte por parte no es una película hecha, en los sentidos tradicionales del terror, para causar miedo, sino que está escrita y moldeada desde los peores miedos y si los transmite es porque transita y grita cada uno de ellos y las vivencias que lo originaron desde el lenguaje audiovisual de la pesadilla. Cuando la narrativa parece tener una pausa, siempre viene algo más preocupante y traumático después, la calma es pasmosa, es casi casi la metáfora del agua estancada con todo y su turbiedad.
The other side of the underneath brota de las inquietudes de Jane Arden (Pontypool, Gales,1927), quien como dramaturga, cineasta y activista de diversas causas decide hablar de situaciones difíciles —y por entonces tabú— a través de una película plásticamente poderosa, carente de una lógica común y a la que hay que hallarle su lado; el cual encontraremos dándole paciencia a una observación por demás incómoda en una película que toca el tema de la salud mental femenina, las formas en las que se intenta curar y readaptar a quien se considera un enfermo mental, y si estas tienen mucho, algo o nada de razón. Puedo advertir desde el principio que no podemos esperar respuestas claras ni puntuales, sino mucha reflexión.
Desde el principio del visionado es fácil sentir la perturbación, las reflexiones iniciales escritas en cuadros de texto, un inicio que después nos entrega tres personas mayores observando frente al mar un cuerpo flotando que se acerca a la orilla. Unos momentos después, la mujer que se encontraba en el mar es rescatada de un aparente intento de suicidio y, como de repente, la chica aparece en una cama, donde como en el cuento de navidad de Dickens, le visitan pensamientos intrusivos, entes caricaturescos y lo que parece ser su propio pasado, en forma de alucinaciones que continuamente le aquejan hasta, constatar que no está en una casa cualquiera sino en un hospital psiquiátrico.
Dentro de lo que la persigue a ella y a las otras internas con las que convive, podemos constatar las posibles fuentes de su necesidad de irse de este mundo así como los temas constantes de la película: vivencias de infancia, la interacción con la familia, el sentir del cuerpo a partir de la concepción religiosa, la influencia y sobreexposición a noticias y hechos históricos aunado al no poder con la estructura social y la necesidad de cuadrarse a ella. La secuencia de la chica con el vestido de novia y una proyección de películas y noticias literalmente sobre su cara es abrumadora.
Cuando la película aborda los terrenos de la psicología y los métodos de terapia, nos muestra confrontaciones que rayan en la violencia, cómo incluso las preguntas menos intrusivas se sienten aleccionadoras y con una fuerza intimidante. Aquí es donde sentimos las ideas de su directora, unida en los años 60 y 70 al movimiento ideológico que se mostraba en contra de la psiquiatría y que señalaba muchas de las enfermedades mentales como constructos sociales —en el presente sabemos que es necesario siempre el diálogo entre disciplinas pero que esto rara vez resulta fácil—.
En uno de los momentos clave, una de las mujeres internadas afirma que no se puede pedir calma y confianza en la expresión de sus emociones si se les va a desacreditar a cada oportunidad, su reclamo se pierde al ser ignorada por encontrarse más en un terreno emocional que en el de ser objetiva, invalidación que ha sido parte del devenir de la humanidad. Constantemente en las otras mujeres internadas que acompañan a la protagonista vemos lágrimas a cuenta gotas, una dificultad de catarsis acompañada de miradas perdidas que parecen no saber o recordar dolorosamente de dónde vienen estas sensaciones y emociones, así como el momento en el que la misma terapia, por sus características o las de ellas mismas, no les ayuda a comprender su interior sino que intenta una serie de sometimientos
El uso del sonido no es para nada convencional, hay escenas donde los pasos y los sonidos cuando los personajes toman los objetos no se oyen. Puede parecer un error, pero dentro de esta narrativa transgresora, la propuesta va por otro camino en el que el sonido expresa las emociones y a veces la tímbrica de la música es la que se quiere mimetizar con los objetos que vemos en los encuadres, hay una puerta cuyo sonido es hecho con un violín estridente, por ejemplo.
Asimismo, la propuesta de sonido realza la dualidad de los eventos y la incertidumbre: ¿Las atrocidades presenciadas ocurren en la mente o en la vida real? ¿Son recuerdos o más las representaciones de personas reales que vemos en nuestros sueños?. Lo que sí, que en secuencias como las de las dos mujeres con espejos en sus cuerpos, percibimos la terceridad de una voz aterrada que puede ser la protagonista misma desde otro lado del edificio, o constituyéndose como una observadora del padecer de todas las personas que le acompañan en el encierro.

La película también constituye un viaje sensorial y demostrativo del impacto que pueden tener los eventos de nuestra vida que nos detonan emociones límite. Las muestras de interacción con lo circense, el acto de magia, la ventriloquía de un ente humano/pajaresco sobre la protagonista, la manera de tocar el piano y cualquier interacción con las actividades artísticas está cargada de desazón, furia y de actos expresivos que no pretenden la belleza, sino que tratan al arte mismo como un punching bag con el cual desquitarse de lo que ya no se puede contener.
El acercamiento de la directora con la dramaturgia contemporánea se puede ver en un montaje rudo, cargado de secuencias que por sí mismas podrían constituir un performance, como la boda entre las dos mujeres con una iluminación expresionista. La película también presenta el elemento de la antorcha recordándonos la relación histórica de la acusación a las mujeres de ser brujas como un elemento de represión.
La fotografía nos permite no solo sentir el interior húmedo y deteriorado del lugar, sino adentrarnos tanto en la tristeza de los seres que habitan la casa como en los flashbacks del exterior, donde se usa de recurso plástico tanto la industrialidad como la ruralidad, imbuida por el espíritu de la época y los recursos de filmación, por lo que la estética recuerda un tanto a The Devils (Ken Russell, 1971) y precisamente al terror costumbrista del clásico “The Wicker Man” (Robin Hardy), que a su vez inspiraría a “Midsommar” (Ari Aster, 2019), una película con la que tiene paralelos respecto a la salud mental y la manipulación de las personas que se encuentran en un estado vulnerable. Así como el uso del contraste rojo/verde en muchos simbolismos.
La historia personal y del cine nos ha permitido saber que Arden finalmente no desistió de sus deseos de irse de este mundo y los llevó a cabo en 1982, dejando atrás los cimientos de un cine experimental del que se pueden ver ecos en el presente de muchos considerados surrealistas, experimentadores tanto dentro del cine fantástico como de las artes plásticas, inspirando a una canalización incendiaria de nuestros peores dolores, de nosotrxs depende el cómo.
