Una reflexión acerca del “Juego del calamar”

Por Francisco Tomás González Cabañas.

Recreo

Etimológicamente es crear algo de nuevo. En el ámbito educativo, es el tiempo en donde se puede volver a interactuar sin las estipulaciones normativas dimanadas por la institucionalidad, bajo la égida del mando-obediencia y la dinámica de la autoridad disciplinar. Educados para formar parte de un mundo automatizado y tecnocrático, cada vez son más las voces que se agolpan para advertir que la educación tal como la entendemos no forma ciudadanos para una democracia que ofrezca la posibilidad de decidir. Desde la perspectiva del ocio, del entretenimiento, volviendo a valorar lo prioritario por sobre el negocio (que es precisamente negar la creatividad y el pensamiento), una serie de streaming con altos índices de popularidad, “El juego del calamar”, escenifica con precisión quirúrgica las condiciones (sociales, políticas y económicas) infernales en las que hemos transformado nuestro existir de un tiempo a esta parte.

La serie surcoreana impacta con crudeza, llevando al extremo la condición lúdica que rememora los tiempos de la infancia. La universalización del problema de clases, desde Marx mediante, pinta la desgracia del perteneciente a la media, que sin ser rico, pero tampoco sin ser pobre del todo, cree tener el derecho, la posibilidad, y conserva el deseo, de imposible concreción, de “ganarle” al sistema. Cantidades ingentes, como en cualquier otra aldea de occidente, de hombres y mujeres con deudas, con carencias materiales y económicas, criadas y educadas para “tener”, ven cómo sus sueños se hacen añicos y en lo cotidiano sus vidas acaban por ser pesadillas funestas de nunca acabar.

Al no poder acudir a otras formas de relación que no sean mediante el intercambio de bienes y servicios a través del dinero, caen en la perversidad de los más ricos que al tenerlo todo, viven miserablemente a nivel espiritual, como los pobres a nivel material.

La miserabilidad se consuma arruinando la inocencia de la niñez. Transforman los juegos infantiles en carnicerías humanas, en donde se pone en evidencia el canibalismo de nuestra sociedad, so pretexto de la libertad “in extremis” en contexto de individualidad e individuación que disrumpe la condición del sujeto como ser gregario. Tal como lo fue el cuadrado negro de Malévich, la crudeza determinante es la imagen seriada que nos propone “El juego del calamar”, el aceleracionismo insustancial y vertiginoso de comernos a nosotros mismos para cumplir con ese otro como significante amo que nos impele a obedecer, acumulando o teniendo, al memos, la víscera del semejante.

La perversidad que socava la dignidad de lo humano recreó la escenificación infantil para montar una realidad paralela, tan cruel o infernal, como la cotidiana a la que quieren escapar los desgraciados que voluntariamente se inscriben en el juego para ganar dinero. 

La cuestión, finalmente, es la de nunca y la de siempre, ¿quién pone las reglas de juego? Asimismo, la asociación pertinente, ¿acaso siempre los que ponen las reglas son los que ganan o los que deciden quiénes ganan y quiénes pierden? No deja de ser ésta una pregunta retórica y recurrente, que en la versión filmada gana adeptos dado que nos interpela no como responsables sino como víctimas.

En tal victimización, el reaseguramiento de seguir contando con esta vida y no ponerla en juego, por unos billetes o por la propuesta de los ricos que no seremos, funge como aliciente, como sagrada resignación de que por un aborto de la naturaleza esto cambiará, o de lo contrario, tal vez tanto desasosiego sea compensado en un supuesto más allá por la idea de un dios benévolo.

En la propuesta lúdica, existe un salvoconducto democrático. Los participantes del “Juego del calamar” pueden votar para terminar el juego y darlo por acabado, en caso de obtener una mayoría. No sólo esto sucede, sino que sirve para poco o lo que es peor, para lo contrario. La arista democrática no hace más que fortalecer el juego y su participación. Los que votaron por salir, salen ellos y hacen salir al resto, para después en poco tiempo, comprobar que la vida cotidiana es tan dura como el juego y de allí que decidan volver a entrar. Tal como en la democracia política, no pueden no caer en la tentación de la expectativa y de la posibilidad.

Claro que las preguntas acerca de las decisiones y de quiénes las toman no se responden ni se responderán. Pasa a ser una cuestión dilemática.

Tenemos pistas, o al menos a eso nos dedicamos los teóricos. Crearnos de nuevo, en esa significación tan de moda de “reinventarnos” anida la disposición al recreo. En tal tiempo para nosotros, podemos predisponernos con lo mejor hacia el otro, y repensar cómo recrear comunidades en donde todos tengamos algo que ver con la disposición de las reglas. Escuchemos el siguiente aporte, por parte de la autora, entre otros trabajos, del libro La sociedad sin atributos:

“La captura de la democracia por parte del neoliberalismo supone un problema grave. Reina la certidumbre, entre los intelectuales neoliberales y los políticos, de que los mercados deciden mejor que la gente” (Brown, W. CTXT, 2017, 2:00. Qué hacer II. Avance de la entrevista con Wendy Brown. YouTube.)

 

 

 

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