“Yo no soy guapo”

Por Sergio E. Cerecedo

 

En el trabajo de estudios culturales y etnomusicología que he tenido la suerte de realizar, cada vez reafirmo más mi gran pasión por el fenómeno social que se engloba dentro del gusto de la gente por cierta música, y puedo disfrutar géneros de diferentes orígenes con la misma alegría. Desafortunadamente, a través del tiempo, he visto que sobre cierta música en especial en este país donde el sistema de castas no se nos sale de la cabeza ni de las vísceras, hay géneros y estilos que son discriminados por el grueso de la población y cuyos orígenes en el barrio, en las venas abiertas de las clases populares, los prejuicios y estereotipos alejan a muchos grupos sociales que buscan “lo de moda” más allá de lo que les hace sentir y disfrutar. Así pues, los géneros tocados por los sonideros fueron mucho tiempo ninguneados y calificados como algo de mal gusto, y en lo personal, me da mucho coraje que hasta que un músico o intérprete que gusta a la clase alta se acerca a los géneros y decide hacer una colaboración —mucho también tienen que ver las decisiones de las disqueras—, que la mayoría de las veces diluye el sonido original, la esencia del género, es que afortunadamente sirve para que algunos curiosos volteen a ver más la importancia de los llamados “Sound Systems Mexicanos”

 

Joyce García (2017)

Del trabajo de los músicos que menciono, vinieron otras fusiones que actualmente legitimaron ante la chaviza estos géneros. Un fenómeno de aceptación que hizo posible que el sonido “La Changa” y similares se presenten en el plaza Condesa y otros lugares en colonias que distan mucho de ser populares, lo cual es gracias al paso abierto por ciertas disqueras y músicos que reconocieron una influencia valiosa en la música caribeña y sudamericana de influencias africanas que los sonideros dieron a conocer. La película documental “YO NO SOY GUAPO” es en parte un tributo a esa gente que en ocasiones ha dejado de comer por adquirir un disco y hacer que los trabajadores, los expertos en oficio y la gente que se parte el lomo diario tengan también la alegría que las fiestas populares implican en el mexicano.

 

Y es que en los años 50´s y 60´s, en los momentos de mayor desigualdad social, hubo personas que invirtieron la poca o mucha ganancia de sus trabajos en comprar un tocadiscos y un par de bocinas para placer propio. Posteriormente, se decidieron, a veces por necesidad o a veces por el gusto, a compartir la música con los vecinos y amigos, cobrando una cooperación que les permitiría tanto sostenerse como adquirir más discos y ampliar el repertorio. Este fenómeno se dio principalmente en colonias como la Morelos, el barrio de Tepito (que abarca una parte de la anterior), y la Merced en la zona centro de la ciudad; y posteriormente en el Peñón de los baños y San Juan de Aragón, y en la periferia en Ciudad Nezahualcóyotl (de gran tradición musical) en el nororiente, expandiéndose hacia todos lados durante los 70´s y los años venideros. Los niños y jóvenes crecían disfrutando salsas, cumbias y géneros en su mayoría latinos y afrocaribeños. Posteriormente estos se volverían bailes masivos de luz y sonido que casi siempre coincidían con fiestas patronales o celebraciones como semana santa y navidad.

 

Para iniciar la narración de esta historia, de entre todos los personajes que participaron de la época dorada de los sonideros, la visión elegida para conducir la mayor parte del metraje es la de Lupita, “La cigarrita”, una mujer gustosa de la música sonidera al grado de volverse asistente y promotora de la organización de los eventos. Ella nos cuenta cómo se relaciona con la gente del barrio de Tepito, al cual en un principio temía, pero en el que entre muchas otras colonias encontró amistad y lealtad, y es quien nos lleva por lugares como el puesto de discos “Poncho”, uno de los principales proveedores de discos de salsa, cumbia y demás géneros. De hecho, La cigarrita está presente en la secuencia inicial del documental cantando precisamente una salsa emblemática del ambiente bohemio y echando relajo con las personas en un pesero, lo cual nos introduce a un mundo que sin romantizar las adversidades, valora los momentos buenos.

 

Entre sus búsquedas, le acompañamos hasta llegar a los familiares de “La Socia”, la primera mujer conocida que tuvo un sonidero y fue una gran influencia para los sonidos más populares actualmente, y en boca de sus familiares podemos constatar, como lo dije con anterioridad, la difusión de la música como un medio universal de comunicación, como fomento a la convivencia y también como una manera de ganarse la vida.

 

Hablando de los recursos técnicos. Es a través de esta naturalidad y de la fluidez entre entrevistas y seguimientos que la búsqueda de La cigarrita nos parece la de un amigo que toca a las puertas de nuestra casa en busca de plática, sin imaginar que dentro de esta plática se engloban grandes verdades de la historia social.

 

Otro protagonista que nos abre su casa es el “Duende”, propietario del sonido del mismo nombre y que nos cuenta anécdotas increíbles de la gente y los lugares en los que ha tocado, desde escenarios enormes en otras ciudades hasta en los reclusorios, donde la gente le agradece brindarles esa alegría dentro de esos ambientes tan hostiles.

 

Llegando al clímax de la historia, la directora realiza un seguimiento a la fiesta programada por el aniversario del mercado de la Merced que fue interrumpida por la intervención de la policía, quienes no dejaron establecerse a la mayoría de sonideros después de más de 20 años continuos. En los testimonios podemos dar seguimiento al coraje de las personas que llegan desde otros puntos de la ciudad o desde ciudades fronterizas a vivir la fiesta y se vieron frustrados por la falta de permiso, el cual nunca antes les había sido requerido, y que se sugiere como una consecuencia devenida de cuestiones políticas que toma como pretexto viejo algunos hechos de violencia aislados que pese a estar fuera de lugar, son el salvoconducto de la autoridad para frenar expresiones populares o cosas que no vayan con sus intereses.

 

De muchas maneras, las tomas continuas son fluidas inclusive con cambios en los que la técnica depurada queda en segundo plano y se mueve la cámara casi por instinto, siguiendo las conversaciones y permitiendo al editor hacer unos criss cross que en otro montaje pudieran parecer anticlimáticos, pero son efectivos y puntuales a la hora de seguir a los personajes uno por uno el hilo de una conversación que parece ser la misma siempre aunque se continúe semanas o meses después, como sucede en una plática común con un buen amigo. La edición respeta esa fluidez y la complementa con un excelente uso de tomas alternas, haciendo sentir al espectador muy inmerso, así como en el alternamiento de las escenas de baile, algo muy perceptible en la secuencia final.

 

No podíamos dejar de hablar de la música por supuesto, a un diseño sonoro sobrio y natural le acompaña una selección musical que combina de excelente forma canciones muy conocidas como “La cumbia de la paz” con otros temas que, pese a ser representativos de la época que se rememora, se han perdido en el tiempo. Y a propósito de ello, la elección del título se basa en una pieza de la Sonora Matancera que no utiliza la palabra guapo como alguien bien parecido y atractivo, sino como alguien bueno para pelear y defiende su postura de no echar pleito con otras personas, lo que, sea intencionado o coincidencia, es un muy buen paralelismo con el deseo de los afectos a esta clase de eventos de seguir haciendo los bailes en paz y sin afectar a nadie

 

Hace ya casi dos décadas que en el panorama del cine nacional el género documental volteó a ver con más frecuencia las historias de la calle como algo más que investigación para sus ficciones y sus realizadores en el camino se dieron cuenta de todo lo que hay que ir a buscar lo que hasta una institución de la talla de la UNAM tuvo que reconocer abriendo una maestría en conjunto entre el CUEC y la FAD. Actualmente no solo encontramos a los contínuamente premiados a nivel internacional como Tatiana Huezo, Carlos Hagerman, Juan Carlos Rulfo, Everardo González entre otros, sino a muchos nombres emergentes a los que hay que seguirles la pista, como a Joyce García y su equipo que se muestran como excelentes escuchas y cronistas de lo que sucede en el día a día, recordándonos que el cine es también un vehículo para ampliar la oferta cultural y recordar la diversidad de personas, sociedades y modos de expresión que hay en el mundo.

 

Hay que apuntar que este largometraje documental antes de ser estrenado comercialmente, se hicieron proyecciones continuas en el centro histórico y el barrio de la Merced, entre otros lugares, en funciones muy gratas donde se respiraba baile y camaradería. Por lo que recomiendo ampliamente rastrear y presenciar este trabajo.

 

 

Publicado en Cine y etiquetado , , , , .

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *