Cuando la perversión no es perversidad, sino diferencia

Por Lluvia Caballero Ledesma

Hablar de normalidad y patología en nuestros tiempos sobre la forma en que se llevan a cabo las practicas sexuales es causa de polémica y mucho debate, lo cual implica que entrarle por ahí sería continuar en la prehistoria. No obstante, me parece que no es una cuestión de polarizar como buena o mala una práctica en sí, sino en realidad de establecer por qué surgen estas prácticas que están muy relacionadas con el tiempo histórico social. Al respecto, es posible reconocer que en estos tiempos de transición cultural en que vivimos se han incorporado nuevos valores sociales, nuevas dinámicas y formas de ser, no sólo en el ámbito público sino también en el privado, donde se puede expresar la sexualidad con mayor diversidad.

Desde la postura clínica de Freud, fue él quien habló sobre la sexualidad normal y aquella que se sale de la “norma”, refiriéndose en primera instancia a los homosexuales, los invertidos; Freud señaló que estos individuos renunciaron en algún momento a ser partícipes en la reproducción. Adicionalmente, considera que se dividen en dos grupos: los que cambiaron de objeto sexual y aquellos que alteraron su meta sexual. Los primeros, dice, son los que renunciaron a la unión de dos genitales; y los segundos, los perversos que obtienen satisfacción sexual de múltiples formas, como en el caso de los fetichistas, sadomasoquistas, voyeristas, etc. En todo caso, menciona que independientemente de en qué grupo se ubique el individuo, estas prácticas tienen el mismo objetivo que la satisfacción sexual en un acto sexual “normal”; para llegar a ella realizan los mismos sacrificios, aunque en ocasiones vergonzosos, y puede observarse en toda la realización de la práctica sexual dónde se encuentran rasgos que se acercan a los parámetros normales y dónde se apartan. Asimismo,  considera que es de gran importancia comprender las conformaciones patológicas de la sexualidad e identificarlas, ya que nos permiten discernir la delgada línea entre lo normal y patológico, además de profundizar en la comprensión de la sexualidad en general.

En este sentido, también manifiesta que los genitales son sustituidos por otra parte o región del cuerpo, como la boca y el ano sustituirían a la vagina (vulva), ya que hay una relación muy próxima en los órganos de recepción de alimentos y de excreción con la excitación sexual sin que para ello haya impedimento del asco. Por tal razón, considera que se debe reconocer el papel funcional que desempeñan estos órganos en la satisfacción sexual erógena, desde el nacimiento del bebé ahí comienza su desarrollo libidinal y su experiencia del placer, inicialmente con el chupeteo del pecho materno y se va desarrollando a lo largo del atravesamiento de las etapas psicosexuales.

A partir de allí, Freud aseveró que todas las inclinaciones perversas surgen desde la infancia, donde los niños ya tienen la disposición constitucional a ellas y las llevan a cabo desde su inmadurez, desde un punto de vista desorganizado. Así pues, la sexualidad perversa adulta la califica como una forma de sexualidad infantil aumentada y descompuesta desde sus particularidades.

Freud planteó que los niños y niñas pequeñas tienen una vida sexual, pero ésta solo puede ser de índole perversa (de índole autoerótico), debido a que orgánicamente ellos (as) no están preparados para reproducirse. En ese sentido, este autor considera una práctica sexual perversa cuando se renuncia a dicha meta y se obtiene una ganancia de placer, una meta considerada autónoma desde su percepción. Con ello el desvío que se genera en el cambio del placer por la reproducción acontece antes y después de él, lo cual, en suma, es catalogado como perverso.

Por su parte McDougall (2005) hace una aportación teórica actual muy interesante, donde a diferencia de Freud indica que los pacientes describen comportamientos sexuales de diversidad casi infinita en cuando a sus guiones eróticos, con ello se refiere a: fetiches, disfraces, juegos sadomasoquistas, etc. Que se practican en sus espacios privados donde llevan a cabo su vida amorosa; estos, con frecuencia, no son compulsivos ni indispensables, pero les permite llegar al placer sexual. Refiere que la mayoría de los individuos experimentan sus actos eróticos y sus elecciones de objeto con características adaptativas y aunque haya o no señalamientos de un comportamiento “perverso”. Su preferencia sexual en todo caso puede ser un problema cuando el sujeto la experimenta con sufrimiento y no se encuentra conforme a su sí mismo.

Para ello esta autora acuñó el término de “neosexualidades” (1982), con la finalidad de transmitir algo similar a las “neorrealidades” que los sujetos pueden crear a modo de solucionar conflictos psíquicos que pueden llegar a ser dolorosos e insuperables.

Además, plantea que, dentro de la estructura edípica freudiana, en la experiencia desde una homosexualidad y una neosexualidad heterosexual, muchos hombres y mujeres manifiestan haber tenido una relación “excesivamente intensa” con su madre, quien fue portadora de una matriz incestuosa; en cuando al padre, éste se vive como un objeto desintegrado y excluido de su rol simbólico en la elaboración edípica. En otros casos, describen una historia de seducción por parte del padre y/o madre, en donde la madre y/o padre es cómplice o, por el contrario, existió un desinvestimiento del niño o niña.

Algo que me parece de suma relevancia para complementar esta postura, específicamente con referencia a los homosexuales en su atravesamiento por el complejo de Edipo, es lo referente a lo que postula Reitter (2018). Cuando aborda el amor edípico, refiere que éste no tiene ningún vinculo con respecto a la elección sexual o la identidad sexual, puesto que esta dimensión es completamente independiente de cuál sea la forma de desear o amar de cada individuo. Y que más allá de eliminar este concepto, considera que las personas “gay” son tan edípicas como cualquiera. Establece que ser gay, lesbiana, queer o trans, no implica estar fuera de lo edípico, porque nunca nadie se ha podido constituir por fuera del campo del deseo de otro. Y que en los procesos constitucionales dejan marcas indelebles, que tienen una fuerza que no pueden sustituirse por ninguna otra. Manifiesta del mismo modo que hay un origen de la sexualidad más allá, es decir, que no solo se trata del bebé y el pecho, sino que estaríamos acercándonos a un “entrelazamiento de deseos” de acuerdo con lo que plantea Freud (1983, 1905, pp. 203), que cita este mismo autor. Por tanto, siguiendo esa línea, no se trata solamente del deseo y de la excitación del bebé, sino también del deseo y goce de quien lo cuida, ya que al ejercer el maternaje esta persona lo libidiniza. Por tanto, para este autor, ese “entrelazamiento de deseos” es el origen de lo que llama Edipo y que no precisamente es un dispositivo para formar cuerpos erógenos.

Siguiendo con McDougall (2005), independientemente de cuál haya sido la historia infantil, considera que en las neosexualidades existe una obligación de reinventar el acto sexual, el cual generalmente está ligado a signos y comunicaciones engañosas que atañen a la identidad sexual, la sexualidad adulta y a las características referentes a lo femenino o masculino, en ocasiones también sucede que se vinculan a acontecimientos traumáticos que se vivieron en la niñez, como sería el caso de un abuso sexual.

De manera general, esta autora apunta a que el uso del término “perversión” en nuestros tiempos tendría que ver con el hecho de que las relaciones impuestas por un individuo a otro que no tenga la capacidad de consentir o no pueda hacerse responsable de sí mismo daría lugar a una relación asimétrica, por tanto, abusiva o explotadora (cosificadora). Entrarían entonces factores políticos: de poder. Por ello establece que las actividades sexuales de los adultos son consensuadas, aun cuando estas puedan desviarse de la norma, así pues, no estarían infringiendo la ley.

Ahora bien, también establece que el carácter adaptativo o desadaptativo de las elecciones objetales y de las prácticas sexuales muestra que estamos en un sistema poderoso de identificaciones y contraidentificaciones con objetos introyectados sumamente complejo, donde las representaciones internas de estos objetos y sus constelaciones internalizadas generan singularidades elementales en las relaciones sexuales y amorosas de estos sujetos neosexuales.

Lo que para algunos son elecciones sexuales, para esta autora representan la mejor solución que el niño pequeño pudo obtener ante la transmisión de los padres en cuestión a la identidad sexo-genérica y su papel sociosexual futuro. Por esta razón, manifiesta que existe una impresión de “elegir” que realmente no existe, independientemente de que nos identifiquemos como homosexuales, heterosexuales o neosexuales.

Desde el aspecto históricosocial existe también una postura al respecto, donde podemos observar la influencia de las instituciones, del Estado y desde lo económico; donde se van entramando las subjetividades de los individuos que forman parte de la cultura.

Freud mencionaba, de manera general, que uno de los papeles sociales es el proceso civilizatorio, del cual se hace cargo al ser una de sus tareas mas importantes desde el punto de vista pedagógico. Para ello es indispensable educar a los niños en cuanto a la regulación de sus pulsiones sexuales, esto con el fin de que las niñas y niños al crecer tengan los recursos psíquicos y físicos para experimentar su sexualidad. Por esta razón se prohibió y se desalentó en el niño y niña cualquier tipo de práctica sexual y se les dio una calidad de asexualidad.

Foucault (1998), desde su perspectiva, nos da una postura al respecto y expresa que la sexualidad ha sido cuidadosamente encerrada. Se muda, y la familia conyugal es quien la retiene, la absorbe a la calidad de reproductora. Donde la ley es exclusiva de la pareja legítima y procreadora. Se impone como modelo y se hace valer esa norma, retiene el derecho a tomar la palabra y hablar. La sexualidad se reduce a la habitación de los padres. Entonces ocurre que aquella diferencia que no coincide con lo anterior, el estéril, el homosexual, todo aquello desviado, si insiste o si se muestra demasiado deberá pagar las correspondientes sanciones (sociales).

Esto debido a la incorporación de un sistema reproductor que va más allá de la sexualidad, de lo social, de lo subjetivo, de la diferencia o diversidad. Este sistema se instala y todo aquello que no apunta a la generación o está transfigurado por ella ya no tiene lugar ni ley, permanece sin verbo, expulsado, negado o reducido simplemente al silencio. Para esta diferencia se instalan lugares específicos como el burdel o el manicomio, donde solo ahí puede ser tolerada. Allí puede darse lugar el sexo salvaje; en el resto de lugares, va a proliferar un puritanismo moderno, que será quien ejecute la prohibición, la inexistencia y el mutismo, será el aparato represor o parte de él. Por tanto, este autor apunta a que en esta represión ha sido fundamental la relación entre poder, saber y la sexualidad.

En ese sentido, Freud ha sido criticado porque en su teoría hay elementos que conllevan un apuntalamiento del psicoanálisis hacia la normalización desde el discurso de la ciencia, planteando una heteronormatividad y desdeñando las otras formas de expresión de la sexualidad, patologizándolas.

No obstante, el discurso entorno a la sexualidad normal o heteronormativa también tiene una raíz histórica y política debido al desarrollo del capitalismo, el cual, según Foucault, formaría parte del orden burgués. Donde la crónica sobre el sexo y sus perversiones va en contra de los modos de producción. En todo caso, si el sexo es reprimido, entonces los individuos tendrán más dedicación al trabajo en general, sobre todo en la época en donde existía una explotación sistemática de la fuerza de trabajo.

Ante esta postura, se trata de comprender desde dónde los discursos del poder tocan las conductas mas tenues e individuales, qué senderos les permiten alcanzar los aspectos apenas perceptibles del deseo, cómo se infiltra y controla el placer cotidiano. A este aspecto Foucault lo nombra “técnicas polimorfas del poder”.

En suman, se han conformado a lo largo de la historia diversos discursos del sexo, como el religioso, reproductor, científico, médico y más, que, en general, han contribuido a la institucionalización de un artefacto productor de discursos en cuanto al sexo, que incluso ha sido susceptible de funcionar e incidir en su economía misma. Por tanto, es un mecanismo de poder en la construcción de discursos sobre el sexo; a tal punto que, en el siglo XVIII, el sexo llegó a ser asunto de la policía, con el fin de controlarlo por parte del Estado y ponerlo al servicio de la felicidad pública, es decir, ya no requerir prohibirlo, sino regularlo con discursos útiles y públicos.

Con base en lo anterior, entonces el cuestionamiento está dirigido hacia la condena de la perversión o las neosexualidades, cuya raíz tiene lugar en que no suplen las necesidades sociales reproductivas de las fuerzas de trabajo, ni de la población para el mantenimiento de las formas de relaciones sociales para conservar una sexualidad y sociedad económicamente útil y conservadora.

Foucault (2018) también plantea que la sociedad burguesa del sigo XIX es sin duda la más perversa, pero no necesariamente hipócrita, porque considera que nada ha sido más manifiesto o prolijo, que incluso lo han retomado las instituciones y los discursos. Entonces tiene mucho que ver con el tipo de poder que ha hecho funcionar sobre el cuerpo y el sexo, este poder no tiene ni forma de ley ni se enfoca en los efectos de la prohibición.

Además, enuncia que esta sociedad moderna es perversa de una manera directa y real, y toda la diversidad de esta perversión forma el correlato de los procedimientos específicos del poder. Es el producto real de la influencia de un tipo de poder sobre el cuerpo y sus placeres. Este sistema de poder de occidente estableció e institucionalizó nuevas reglas al juego de los poderes y placeres, ahí se instaló el rostro fijo de las perversiones. Este encadenamiento, sobre todo a partir del siglo XIX está garantizado y revelado por las ganancias económicas que, gracias al involucramiento de la medicina, la psiquiatría, de la prostitución y de la pornografía, se han relacionado al mismo tiempo sobre el placer y el aumento de poder que lo controla.

En conclusión, me parece importante señalar que aún en la posmodernidad existe un uso incorrecto del término “perversión”, por lo cual me resulta relevante poder distinguirlo de la perversidad, puesto que como ya anteriormente se desarrolló, no es lo mismo. Y continuar usándolo de manera incorrecta puede seguir generando una serie de injusticias. Por esa razón este ensayo pretende diferenciarlo, para no caer en la idea de que asustarnos de la perversión nos hace conservadores o acercarnos a ella bastante trasgresores. Considero que cualquier persona tiene el derecho, ahora más que nunca, de ejercer su vida sexual como más lo disfrute (en lo público y privado), no obstante, eso no tendría que implicar hacerle daño a otro (directa o indirectamente), sobre todo si ese otro no tiene posibilidad de defenderse física o mentalmente, lo cual implicaría ya no un ejercicio de la sexualidad libre, sino de una agresión o abuso sexual; sería entonces violencia.

 

 

 

Referencias.

Foucault. Historia de la sexualidad I. La voluntad de saber. España: Siglo veintiuno editores, S. A. de C. V. 2018.

Freud, S. Conferencias de introducción al psicoanálisis. Obras Completas. Completas. Vol. XVI Conferencia 20 La vida sexual de los seres humanos. Págs. 277-291.

McDougall. Las mil y una caras de eros. La sexualidad humana en busca de soluciones. Buenos Aires: Paidós. 2005. Págs. 229 a 239

Reitter. Edipo Gay. Heteronormatividad y psicoanálisis: Buenos Aires: Letra viva. 2018.

 

 

 

 

 

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