ESTAMOS FRACTURADOS

Foto de Marisol Ruiz https://solsolr.wixsite.com/solsol 

ESTAMOS FRACTURADOS

Por Alonso Mancilla

 

Por mucho tiempo, al estar revisando las redes sociales y los diferentes medios de comunicación, entre diario y diario, noté que la mayoría de los asesinatos son de mujeres y son sistemáticos, mueren por el odio de los hombres hacia ellas, por lo que me puse a investigar si había algún mecanismo a corto plazo que pudiera contrarrestar dicha situación, pues sabemos que la educación es la manera de darle la vuelta, pero es un proceso largo y pasivo. Así pues, me puse a estudiar e investigar sobre feminismo, afortunadamente me encontré con mi pareja que es feminista y a lo largo de discusiones abruptas y radicales, pero ideológicas con ella, hallé la manera de entrarle al tema del feminismo como hombre, y no es de otra que responsabilizarme como el macho que soy para comenzar a transformarme con el mundo; así como el alcohólico enfrenta su enfermedad para abatirla, así, de esa manera, uno le entra al tema.

No hay mejor forma que responsabilizarse uno mismo de su enfermedad y actuar, para entrar en buena salud; por ello, después de leer sobre feminismo y nuevas masculinidades, como si fuese la medicina que uno prueba para curarse y al final muere o sana, me topé con un texto llamado “Responsabilizándonos: rompiendo el bloqueo a tratar las agresiones sexuales y el maltrato en los entornos anarquistas”, a partir del cual nace la reflexión aquí vertida.   

Somos una sociedad en guerra permanente, no existe el gris, todo es blanco o negro, estamos fracturados y la culpa es del capitalismo, del patriarcado, del macho. El peor error del hombre es decir “yo también sufro”, «a nosotros también nos matan», «a nosotros nos violan también», «nosotros ayudamos en el hogar», basta de la victimización, hoy, por todos los hombres que han hecho daño a las mujeres, hoy que todos somos machos, es el momento perfecto de responsabilizarnos de ellos, de ustedes, de todos nosotros.

No, no hemos arruinado nuestra relación con nuestra pareja, hemos arruinado su vida, sí, su vida y con ella, la de sus familias; no sólo han caído en depresión, sino las hemos matado ¿por qué? Tan sólo porque ya no nos quisieron más, porque dejaron de creer en nosotros, porque no querían a un borracho, porque no querían quedarse en casa, porque no querían vestirse como nosotros queremos, porque las queríamos mantener.

Nos hemos impuesto, sí, impuesto nuestra dominación física sobre ellas, impuesto psicológimente sobre ellas; se quedan con nosotros, se quedan en casa, se visten como queremos porque tienen miedo. No creamos que están con nosotros, los machos, porque nos quieren o nos respetan, nos temen y eso es indignante.

En colectivos, en organizaciones, en la revolución, entre amigos, en la oficina las seguimos viendo como mera herramienta u objeto, por no decir juguete, sexual. Pero así queremos hacer la revolución ¿no?, para que los proletarios, sí, proletarios hombres, nos quedemos en los puestos de dominio; y si tienen suerte, las mujeres podrían ser las primeras damas. Entonces seguir reproduciendo la opresión, ya no la del proletariado, sino la de las mujeres ―por los siglos de los siglos―. Ellas saben esta verdad, este hecho, la realidad irrefutable; nosotros la omitimos, la invisibilizamos, la escondemos.

Una revolución no es revolución si no se cambia la cabeza, si no destruimos lo que pensamos, lo que nos han impuesto nuestros padres y madres, la escuela, el Estado. No hay revolución si no cambiamos la forma de socialización cotidiana, la del día a día, a la hora de dormir y en el momento de levantarnos. No hay manera de que haya una revolución si no vemos a la mujer como nuestra pareja, sí, como nuestro par, con los mismos derechos y obligaciones, como una forma de pensamiento, como una forma de actuar, como una persona que decide y crea.

Al parecer nadie se va responsabilizar por nuestros actos, es momento de que seamos autocríticos y lo hagamos nosotros. Estaba pensando cómo nos construimos como niño y niña; de pequeños nos dicen que los carros, los luchadores, el fútbol, la política, las decisiones son de los hombres. Casi todo es de los hombres y a las mujeres se les enseña a jugar con muñecas, lo que conlleva todo el cuidado del hogar, pues ahí se cría a los y las hijas. Y ya, es todo, simplemente tú eres de género masculino y tú, la subordinada, eres de género femenino.

Al responsabilizarnos, no hablamos del acto en sí, del acoso, de la agresión sexual, del feminicidio en particular, sino hablamos de cuestionarnos qué estamos haciendo para que ya no pase, tenemos que responsabilizarnos en modificar o eliminar esos patrones sociales y las estructuras de poder que las generan y mantienen en la realidad concreta. Es real que la mejor forma de enfrentar el problema de la violencia no es brindando ayuda a las mujeres, sino buscar generar un cambio en nuestros espacios, entre hombres. Pero está bien, ¿queremos ayudar? seamos la amiga, no en términos de hacer de mujer, sino concretamente de ayudar a aquella que fue dañada sin esperar y pedir nada a cambio, es decir, no dar ayuda (de cualquier tipo) para recibir sexo u otros “favores”; seamos ese amigue que denuncia públicamente el acto fechórico, hasta restaurar la seguridad y la confianza de ella, previniendo que el daño se vuelva a repetir hacia ella u otras compañeras. Seamos el amigo que le dice al hombre y a todos los hombres que han hecho daño que debe reconocer, asumir y responsabilizarse de sus acciones y reparar el mal que han hecho. Esto quiere decir que no debemos apapachar al hombre sólo porque yo soy hombre, sino ser responsable de denunciar la acción de agresión para que no se vuelva a cometer.

La agresión contra la mujer no sólo queda entre “las familias o la delincuencia”, existe latentemente en los grupos asociativos de trabajo de izquierda; los integrantes hombres, “los compañeros”, agreden y violentan a la mujer, las supervivientes que intentan hacerse escuchar y visibilizar la situación, son apartadas, desacreditas, ignoradas y se les llama “putas”, pero principalmente se les acusa de divisionistas, de querer desintegrar el grupo. Y al final el grupo las deja solas.

Como resultado de lo antes descrito, las mujeres o gran cantidad de ellas, pero menos de las que deberían, se han organizado para levantar la voz, para autodefenderse, para entrar en guerra con el macho, sí, con el macho, no con el hombre; sí, en guerra, en guerra ideológica, en visibilizar la agresión contra ellas, pues yo no he sabido que una mujer haya cometido “machocidio”.

Ante esto, la propuesta es que se concientice que el primer acto real para cambiar esta cultura de la agresión y opresión contra la mujer es a partir del consentimiento sexual, es decir, que se puede tener sexo, solo y solo sí, la mujer accede, en términos correlativos. Hay que empezar a responsabilizarnos cuando nos dice que no la compañera, no debemos de enojarnos, no debemos de decirle puta porque no nos quiere, no debemos de acosarla, no debemos de matarla, dejemos de objetivarla, de tomar su cuerpo como si nos perteneciera o de creerlo a la mano, disponible.

En suma, sin duda, la cura a esta enfermedad epidemiológica es el feminismo, pero los hombres debemos combatirla responsabilizándonos, no justificándonos, ignorando, y mucho menos queriendo entrar en los espacios que las mujeres han construido en su lucha.

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