Por Kenia Namiliz Salas Peláez
*Este texto fue escrito para el Máster la Política de las Mujeres, Universidad de Barcelona
La casa, obra materna, conserva y expande la divinidad de las Tres Madres, origen de la genealogía femenina, origen del cuerpo en el mundo. Ana Silva precisa “Las Tres Madres —abuela, madre e hija— están trenzadas por un hilo de oro irrompible e intocable”.[1] Es así que la relación madre-hija, hija-madre, aquel hilo de oro, constituye la casa materna, que al tiempo teje y protege la obra de la madre; como apunta Luce Irigaray “[…] lo divino se encuentra en la casa, y es la mujer quien lo guarda. Y las madres lo transmiten a sus hijas”.[2] Laura Mercader, con una lucidez extraordinaria, da nombre y por ello una proposición significante —lo que sabemos no es cosa menor— a la relación de las Tres Madres: la casa natal.[3]
La casa natal es el espacio simbólico y material[4] que acontece, y lo ha hecho siempre, en la inmensidad de Amor. Tal es su infinidad que “se mueve, circula, se ondula, se cae, remonta, planea…”.[5] Infinidad que excede al orden masculino. La casa natal hace un desplazamiento preciso para la creación femenina y el cuidado de la grandeza de las mujeres. La entrañable Virginia Woolf lo supo y plasmó en su ensayo Un cuarto propio; quiero decir que pienso el cuarto de Virginia como una analogía de la casa natal, la morada simbólica y material de la libertad femenina. Virginia era plenamente consciente de las perlas que se gestan en la casa natal. Por ello, nos convoca a tener cuidado para no perderla, y con ella, perdernos a nosotras mismas. Nos susurra: cierra las puertas de la casa, revisa que no quede vestigio del orden simbólico patriarcal. Pon atención: “¿No hay ningún hombre presente? ¿Me prometéis que detrás de aquella cortina roja no se esconde un hombre? Somos todas mujeres. ¿Me lo aseguras?”[6]
Virginia incita, sin vacilar —quiero subrayar que no hay temor en su palabra—, a proteger la obra materna del dominio patriarcal, plenamente consciente de que las tradiciones patriarcales despojan a la madre, colocando al hombre en su lugar. Tal conclusión no surge de una supuesta locura, sino de su profunda sabiduría. Pues “con un olvido y un desconocimiento increíbles, las tradiciones patriarcales han borrado las huellas de las genealogías madres-hijas. Hoy en día, la mayor parte de los científicos pretende, a menudo con la mejor fe, que todo esto jamás ha existido, que no es otra cosa que imaginación femenina o feminista”.[7] Esta es la razón por la cual la lectura sobre la locura de Virginia que algunos han propuesto probablemente provenga de una tergiversación. De esta manera, las tradiciones patriarcales borran, tergiversan y omiten la grandeza de las Tres Madres, haciendo suyo aquello que lo nutre, eliminando lo que altera. De hecho, “filas de filósofos han rellenado ríos de páginas, consumido litros de tinta, en el intento de convencer y convencerse de que la energía vital, el espíritu de la Creación, es masculino, no quedando para la mujer más que un saco vacío de carne informe”.[8] La advertencia de Virginia no es una suposición arbitraria sobre el cuidado de la casa natal de la intervención del patriarca, pues es ahí “donde emergen los saberes para la vida, creaciones femeninas genuinas […]”[9]. En la casa natal el patriarcado ha muerto.
En ese sentido, mi intención en este ensayo es adentrarme a una de las perlas que guarda la casa natal, el Archivo fotográfico de la Casa Natal, el cual sé es creación divina de la libertad de las mujeres, concretamente obra de la madre. Asimismo, como hija, me pregunto ¿cómo este archivo fotográfico es intervenido por las hijas para trastocar la relación de las Tres Madres? Pienso que la expansión del archivo por parte de la hija, como aquel, trasciende y desvanece la tensión de estas relaciones, creación que no nace en tiempo lineal, sino en espiral, expandiendo el ahora, expandiendo la presencia de la casa natal. En espiral, retomando a Mary Daly al anunciar la presencia magnética de las mujeres: “las mujeres salvajes están Presentes entre sí a través del espacio y tiempo […] los caminos formados por nuestros Momentos/Movimientos constituyen Galaxias Espirales que, como las galaxias del universo, están en perpetuo movimiento giratorio”[10]. Son movimientos que logran armonizar pasado, presente y futuro.
La madre a los ojos de la hija
Luce Irigaray percibió la magnitud simbólica de la obra de las Tres Madres, especialmente en la imagen, un aspecto en el que me adentraré en este ensayo. En su texto Mitos religiosos y civiles (1992), describe tal potencia. Su relato se centra en la experiencia que tuvo al visitar la Isla de Torcello, donde, al encontrarse en el Museo del Centro de Mujeres de Venecia-Mestre, observó una estatua de María. En esta representación, a diferencia de todas las que había visto anteriormente,
[…] aquel Jesús ¡era una niña! El descubrimiento ejerció en mí un efecto perceptivo y mental tan fuerte como jubiloso. Sentí que me liberaba de la tensión producida por una verdad cultural impuesta también desde el arte: nos han obligado a creer en una mujer virgen-madre y su hijo como modelos de nuestra redención. Ante la estatua que representa a María y a su madre, Ana, me sentí serena y gozosamente instalada en mi cuerpo, en mis afectos, en mi historia de mujer. Tenía ante mí una figura ética y estética que necesito para vivir sin despreciar mi encarnación, la de mi madre y la del resto de las mujeres.[11]
Esta descripción es signo de la divinidad que tiene la imagen en que se representa la relación madre-hija, la cual da sentido y presencia a la existencia femenina, creaciones que se han extendido en nuestro tiempo-espiral. Al respecto, Laura Mercader ha indagado en las representaciones que han hecho las madres de ellas mismas y sus criaturas. Toma como hebra el autorretrato femenino, no por casualidad, pues en éste la diferencia sexual se enuncia con total esplendor más que en cualquier otro género occidental[12]. De esta manera, el autorretrato femenino es una de las expresiones artísticas que muestra otro orden simbólico, el orden simbólico de la madre[13]. El autorretrato femenino consagra la potencia creadora de las mujeres, imagen que muestra la entraña, vestigio de la casa natal. Es decir, la autorrepresentación de las mujeres coloca en el preciso lugar a la madre como creadora.
Hecha esta salvedad, Laura Mercader muestra la casa natal en las paredes materiales y simbólicas de la relación de las Tres Madres al interior de la obra de Mary Beale, artista inglesa del siglo XVII, quien, apunta Mercader, se sabía —y lo mostró— madre de pinturas y criaturas. Mary Beale “conoce bien el proceso de concepción, gestación, parto, posparto y cuidado de sus pinturas y de todas sus andaduras”[14]. Ella plasma su don: origen de la vida y “trae al mundo una reflexión compleja sobre la autoría femenina de la generación de cuadros y cuerpos”.[15] Sus pinturas muestran cómo las mujeres crean un altar a la divinidad materna de la casa natal, pues coloca la grandeza de la genealogía femenina en sus autorretratos maternos: Autorretrato con su marido e hijo (1659-60), Autorretrato con sus dos hijos (1666) y Autorretrato de la artista como pastora con su hijo Carlos (1660-1714). Tal vez esa fue la forma en la que las mujeres pintoras en la antigüedad mostraron en las paredes de sus habitaciones, salas, comedores, o incluso en algunas exposiciones públicas, la verdad: las mujeres somos “creadoras de vida y de cuadros”[16]. Y puede que esas imágenes hayan despertado orígenes en cada casa natal propia.
Sin embargo, con la llegada de la fotografía en el siglo XIX, las mujeres, no sólo las que podían aprender las habilidades de la pintura y ejercerla, con todos los retos que significó en ese momento para ellas,[17] comenzaron a realizar autorretratos; retratos de ellas mismas, ellas con sus criaturas, y también solamente de sus criaturas, altares que aún se resguardan en la casa natal. Mi madre, por ejemplo, fue quien desde mi llegada a este mundo procuró mi imagen, capturó mi infancia de forma consistente y atesoraba mi retrato. De niña, la recuerdo revelando rollos fotográficos y acomodando imágenes en los álbumes que había designado para mí y mi hermana. Álbumes que preparó fielmente para la posteridad, esa que fue ayer, hoy, mañana… en tiempo-espiral. En mi álbum encuentro fotos de ella embarazada de mí, las primeras imágenes de mi existencia, desnudos de mi infancia, celebraciones de cumpleaños, autorretratos de ambas, retratos con mi abuela. Mi madre celebró por medio del registro de fotografías su creación materna.
Por ello, me interesa observar cómo las hijas continuamos tejiendo con ese hilo de oro. Cómo, a través de la creación de pinturas o fotografías, mantenemos encendida la vela del altar de la casa natal: el fuego de la vida, que al mismo tiempo nos convierte en madres. Es decir, cómo la concepción de imágenes desde la mirada de la hija transforma a las Tres Madres, otorgando nuevo sentido y presencia a la casa natal desde otro emplazamiento. Para ello traigo la obra de Ana Casas Broda, artista que me ha situado, al igual que a Luce Irigaray al relatar su encuentro con la estatua de Ana y María, me ha situado gozosamente en mi cuerpo. Su obra ha revelado en mí un placer profundo, abriendo un lugar sagrado desde el cual existir. Las fotografías de Ana Casas Broda las descubrí cuando decidí participar por primera vez en la Bienal de fotografía en México, tenía 23 años. En ese primer intento de mostrar mi trabajo, habitaba un espacio simbólico desde el desasosiego masculino; de esta manera, mi propuesta se centró en fotografías de manifestaciones sociales y la violencia policial hacia los colectivos. Eran imágenes encuadrando la miseria de los hombres con la gramática consagrada masculina del fotoperiodismo o fotografía documental, imágenes vinculadas con el dolor, la guerra, los efectos ambientales del capitalismo… retratos acordes a la cultura fálica.
Mis fotografías no ganaron, pero, desde otra mirada, muy lejana a la mía, encontré dentro de los concursantes premiados la obra de Ana Casas Broda, quien recupera las fotografías de su abuela materna para elaborar una serie de autorretratos. He de confesar que en un primer momento pensé que era un trabajo artístico sin importancia, estaba parada desde “el saber distorsionado del falo”.[18] Pero con el tiempo, uno que en realidad expandió mi sentido, algo tocó en mí, incluso con una cualidad silenciosa, gestado en paciencia. Porque el tiempo de las mujeres tiene su propio ritmo, un andar significativo que no es lineal ni apresurado. En ese compás, fui tejiendo un lugar sagrado para mi genealogía, hasta el punto de no haber olvidado jamás sus fotografías. Este trabajo en concreto azuzó una creatividad fotográfica que había perdido hacía algunos años, después de mis incursiones desde un espacio simbólico que no era el de mi propia genealogía y que, por ende, terminó secando mi bosque, sus flores, sus ríos, su más. Conocer los autorretratos de Ana Casas Broda me ha mostrado mi propia casa natal, la autoría de la madre y su creación, incluso este texto deviene de esa potencia.

Imagen 1. Rolinda Sharples, Self-potrait with her mother, 1820
Descubro así que los retratos y autorretratos realizados por hijas para honrar la obra de la madre tienen una habitación propia dentro de la casa natal. Son el continuum del hilo de oro que sostiene la relación de las Tres Madres, un hilo que se ha manifestado a través de diversos géneros artísticos en nuestro tiempo-espiral. Me imagino a las hijas de la prehistoria creando imágenes donde colocaban a la madre como la creadora de la vida, trazando a su madre concreta en un espacio-tiempo infinito, pues “las imágenes, como las palabras, se arraigan a su presente —aunque hablen a otros presentes—, son sus fórmulas, sus interrogantes, sus respuestas, sus dudas, proyecciones o fantasías”.[19] Mi intención no es indagar en estas representaciones, me concentraré en aquellas que se han manifestado a través de la pintura y posteriormente en la fotografía, aunque sería, por supuesto, una tarea que en algún momento tendríamos que explorar.
Dentro del género pictórico, por ejemplo, me encuentro con la obra de Rolinda Sharples (Imagen 1), quien retrató a su madre en diversas ocasiones. Ellen Sharples, madre de Rolinda, fue pintora y miniaturista, autora de cuadros y de vida. Rolinda, como hija, reconoció esa autoría y la plasmó principalmente en su Autorretrato con su madre (1820).
En la obra de Rolinda es evidente la mediación simbólica de las Tres Madres, pues sitúa a su madre en el lugar de autoridad que le corresponde: Ellen aparece de pie, mientras que Rolinda está sentada, lo que coloca a la madre en una posición más elevada que la de la hija; podría decirse que anterior: origen. Me gustaría precisar lo que quiero describir cuando me refiero a autoridad, precisión que ya han hecho las Mujeres de la Librería de Mujeres de Milán, al distinguir autoridad de poder. La autoridad femenina no es una forma de dominación, en contraste, la autoridad femenina es aquella que “[…] abre espacios de libertad, me da libertad”.[20] Lía Cigarini ve dos formas en las que la autoridad femenina se orienta, a través de la madre concreta y a través de la madre simbólica. La madre simbólica se manifiesta en la “mediación viva, capacidad de contratación, figura del intercambio, medida de sí en relación con el mundo”.[21] Y en cuanto a la madre concreta, se vincula con la “autoridad en carne y hueso a mi madre, que me ha traído al mundo; del principio que ella me ha dado, que me ha hecho nacer semejante a ella, me reapropio en los momentos en que siento armonía en mis deseos y riqueza de saber”.[22] Ambas —la madre concreta y la madre simbólica— habitan en díada, vivas, en una relación que configura la experiencia femenina del mundo y su mediación.
De esta forma, Rolinda Sharpes en su autorretrato, en un lenguaje sutil, retrata la guía de su madre, su autoridad. En este cuadro, Ellen Sharples es pintada observando y mediando el trabajo de su hija, la pintura que Rolinda está realizando dentro del autorretrato; la madre indica, ya que ella misma es pintora, enseña a su hija al tiempo que aprecia amorosamente su grandeza[23]. De ahí que por medio de estas obras puede apreciarse cómo las hijas reconocemos la autoridad femenina, al tiempo que las mismas dan sentido simbólico, mediación, a las mujeres en este mundo, es decir, “función mediadora [que] hace posible la relación libre entre mí y mí y entre mí y las demás mujeres, porque abre posibilidades nuevas de actuación y de vida que no existían en el régimen de mediación neutro-masculina”.[24] Son autorretratos que no sólo vislumbran el placer de ser madres sino también el placer de ser hijas, lo que a un mismo tiempo convierte a la hija en madre.
Ahora bien, mi interés no es hacer una línea del tiempo de los autorretratos o retratos que han hecho las hijas sobre sus madres, en esencia porque las mujeres apreciamos las temporalidades desde otro lugar. Esta acción sería, siento, un insulto a nuestra ciclicidad, a nuestro tiempo-espiral. Pero sí me interesa mostrar cómo esta potencia transformadora ha habitado, expandiendo nuestra genealogía, la casa natal. Avanzando en este sentir, visito ahora la obra de la artista Anna María Maiolino, concretamente el retrato By a Thread (Por un hilo) de 1978 (Imagen 2).

Imagen 2. Anna María Maiolino, Per un fil (Por un hilo), 1978
Anna María Maiolino es una artista nacida en Italia en 1942, desde los 18 años radica en Brasil, país en el que ha habitado gran parte de su vida. En su obra Per un fil —la cual no es un autorretrato, pues se trata de una fotografía tomada por la artista Regina Vater que, no obstante, nace del sentido de Anna, por eso lleva su autoría—, se observa de forma tan preciosa —tengo que decir lo conmovedora que me resulta esta imagen— a Anna en medio, su madre de un lado y su hija del otro, las tres unidas por un hilo. Este retrato simboliza el hilo de oro que une a las Tres Madres[25], el hilo que es la relación y que al tiempo en su totalidad muestra la casa natal. Anna María Maiolino en una entrevista nos dice sobre esta imagen “Cada cuerpo en la fotografía es parte del legado de los cuerpos que vinieron antes”.[26] De esta forma, reconoce que la vida es un regalo que sólo puede otorgar el cuerpo de madre, don que, a su vez, únicamente puede continuar por medio del cuerpo de la hija; la cual, sin igualarse a ella, se transforma en madre. Anna María Maiolino reconoce la autoría femenina y propia autoría, un sentido doble que otorga un lugar en la cultura para nuestra propia existencia, como hijas de una madre, madres de hijas, por lo que vemos y sentimos en esta imagen lo que manifiesta Barbara Verzini: “El mezclarse del uno y el dos en la genealogía femenina y materna que no se interrumpe nunca: la madre que da luz a la hija que da luz a la madre eternamente, el ciclo continuo de la creación de vida marcado por la diferencia sexual”.[27]

Imagen 3. Lebohang Kganye, Ke dutse pela dipalesa II (Estoy sentada junto a las flores II), 2013
Otra artista que plasma esta autoría y origen es Lebohang Kganye, artista sudafricana, la cual crea una serie de autorretratos superpuestos sobre retratos de la madre en su obra Ke Lefa Laka: Her Story (2013); retratos que rescató de su archivo familiar. Lebohang inició su trabajo al sentir que su madre, quien había muerto, se escapaba de su memoria: “Me di cuenta de que tenía miedo de empezar a olvidar cómo era mi madre, cómo sonaba y sus gestos definitorios. Los fotomontajes se convirtieron en un sustituto de la escasez de memoria, una identificación forjada y una conversación imaginada”. En estos autorretratos ella también utiliza la ropa que conservó de su madre (Imagen 3), gesto que comúnmente realizamos las mujeres para situarnos “en el mundo con el apoyo materno, de ese cuerpo materno ausente que el vestido materializa, al menos en el recuerdo táctil”.[28] Por otro lado, también recupero la obra de Nancy Wilson Kitchel, My Grandmother’s Gestures, 1972-1973, artista estadounidense, que por medio del gesto emula el cuerpo de su abuela (Imagen 4).

Imagen 4. Nancy Wilson Kitchel, My Grandmother’s Gestures, 1972-1973
Es así como, en nuestro tiempo-espiral, aquel que vincula cíclicamente nuestra existencia, apreciamos la grandeza simbólica de una cultura que no es la fálica, sino la que no pone al hombre como origen; el orden simbólico de la madre las hijas lo sabemos y lo hemos plasmado, incluso cuando nuestras relaciones con la madre concreta a veces duelen o no son las mejores, pero excedemos el odio propiciado por el orden del padre para romper nuestro hilo de oro, dándole la autoridad plausible a la madre.
Las perlas invisibles del archivo de la casa natal
Hace poco, en el seminario “Filosofía en acto y práctica”, coordinado por Chiara Zamboni, aterricé un sentir curioso que venía descubriendo en mi propio hogar ¿qué perlas se gestan en mi casa y las casas de mis abuelas?, ¿qué maravillas se esconden en los muros de nuestros dormitorios? ¿qué magia invisible vive en la casa natal?

Imagen 5. Archivo fotográfico propio, Abuela paterna, fecha aproximada 1960.
Empezaré hablando de mi propia singularidad. Como fotógrafa, siempre pongo atención a las imágenes y sus significados, la casa de mi abuela paterna ilustra ese sentido curioso. Cuando era niña, en la casa de mi abuela veía los tesoros que acompañaron parte de mi infancia, por ejemplo, justo en la cabecera de su cama tenía la imagen de la virgen María; no era una imagen aleatoria, contenía un sentido simbólico nítido, pues mi abuela tenía claro que la vida es obra de la madre, no del hijo. Por otro lado, dentro de su closet de ropa conservaba una caja con fotografías antiguas de ella, de su madre, de sus hermanas y de sus crías. Era una caja que no tenía una clasificación, pero sí su propia armonía; tampoco se encontraba dentro de un archivero, es decir, un mueble especial para guardar documentos o papeles clasificados en tiempo y espacio. Muchas veces recuerdo pedirle que me mostrara las imágenes de su caja y me contara las historias tras de esas fotografías. Mi abuela cuidadosamente sacaba una a una las fotografías que conservaba con Amor, de su propia genealogía y de la mía, “ésta era mi madre, ésta es mi hermana, aquél es tu papá de niño”. Era un viaje por el tiempo que me regalaba risas y me hacía imaginar a mi abuela como una mujer joven y bella que, a su vez, tuvo una madre que cuidó de ella. Cuando murió mi abuela paterna, mis tíos, de los que nunca fui cercana, incluso mi padre, se apropiaron de esa caja; yo no pude acceder a ninguna de esas fotografías, lo cual me dolió mucho.
No obstante, tiempo después de su muerte, encontré una caja de libros viejos, de cuando mi papá estudió en la universidad. Ahí hallé un regalo de mi abuela, creo que fue obra del misterio y la magia de nuestra potencia, era una foto de ella joven, radiante y hermosa (Imagen 5). Es una fotografía antigua que me muestra la ciudad que fue, en la que mi abuela mira a la cámara al tiempo que me mira ahora, todos los días, en nuestro tiempo-espiral. Cuando descubrí la foto sentí que era una suerte de milagro, mi abuela volvió, pensé. Creo con todo mi corazón que mi abuela quiso que esa foto fuera mía y mirarme desde su pasado y ahora mi presente, desde la ausencia-presencia de su sentir profundo.
En consonancia, mi abuela materna de 94 años, hace poco, mientras la cuidaba en su casa, me enseñó por primera vez sus álbumes fotográficos. Al igual que mi abuela paterna, ella conserva y cuida imágenes de su juventud, de sus hijas e hijos, de sus hermanas, de su familia… Yo nunca había visto esos álbumes, incluso pensé que, a diferencia de mi abuela paterna, no mantenía esa devoción. De esta manera, mis abuelas me dieron un signo sobre la obra de la madre en la imagen: preservar fotografías es vestigio de la casa natal. Lo que posteriormente dio sentido a mi mirada acerca de la obra de Ana Casas Broda, la cual trabaja con fotografías que pertenecen a lo que nombro Archivo de la Casa Natal.

Imagen 6. Archivo propio, Abuela Canaria, 2020
Volviendo a mi descubrimiento del archivo de mi abuela materna, mientras ella me enseñaba su colección fotográfica, pudo hacer lo que mi abuela paterna no —tal vez porque enfermó súbitamente—, disponer de sus reliquias para quien ella lo deseara. Mi abuela materna me permitió tomar algunas fotografías; tomé dos, una de ella con mi madre, cuando mi mamá era adolescente, y otra de ella besando a su hermana mayor, una fotografía preciosa que retrata la relación entre hermanas. A su vez, he tenido la oportunidad de retratarla en varias ocasiones (Imagen 6 y 7) —algo que no pude hacer con mi abuela paterna, quien falleció antes—, fotografías que constituyen mi propio archivo.
Quiero diferenciar el Archivo de la Casa Natal de la noción simbólica masculina de Archivo, la cual “primero se refiere a un edificio, un símbolo de una institución pública, uno de los órganos de un Estado constituido. Sin embargo, “archivos” también es entendido como una colección de documentos —normalmente escritos— guardados en este edificio. No puede por lo tanto haber una definición de “archivos” que no incluya tanto el edificio en sí como los documentos que almacena”.[29]
De esta manera, el Estado hace una selección de documentos con base en criterios que “están relacionados con el trabajo general del Estado. Una vez que son recibidos, deben ser codificados y clasificados. Luego, son distribuidos de acuerdo con criterios cronológicos, temáticos o geográficos”[30] para construir un relato nacional. De hecho, cada país dispone de un archivo nacional. Estos documentos clasificados son, en la mayoría de los casos, los registros con los cuales se escribe la historia fálica, es decir, aquella que se centra en el relato de la supremacía masculina: heroísmo, guerra, colonización, patriotismo, además de que la historia está escrita desde el punto de vista masculino.

Imagen 7. Archivo propio, Mamá bañando a abuela, 2023
Por su parte, el Archivo de la Casa Natal está formado por documentos, fotografías, ropa, todo tipo de objetos o reliquias que simbolizan la obra de las Tres Madres y que se encuentran dentro del hogar. Su recinto no dispone de un edificio institucional, no lo necesita; tampoco posee una clasificación orientada a un público masivo, antes bien, su estructura cobra sentido en la relación, por lo que permite mirar una historia que otorga significados propios y concibe la vida de las mujeres más allá de los parámetros e instituciones patriarcales.[31] De esta forma, el Archivo de la Casa Natal es una creación de significados que no busca ser un relato paralelo o compensatorio de la visión masculina[32] de la historia patriarcal. Por ello, al indagar en el Archivo de la Casa Natal no se pretende completar la historia escrita y por escribirse desde esa visión, no es la otra cara de una misma moneda, al contrario, como lo explica la historiadora María Milagros Rivera, la historia de las mujeres es “obra de creación de significado, de reconocimiento del sentido del mundo en que vivimos […] hacer orden simbólico”,[33] dar cuenta de la genealogía de las Tres Madres.
Descubro el Archivo de la Casa Natal, después de asistir al seminario “Filosofía en acto y práctica” y escuchar a Antonietta Potente, invisible. Ésta puede ser una palabra que asuste a aquellas que continuamente luchan por la visibilidad de las mujeres dentro de diferentes instituciones, yo misma dudé de ella, pero tras una travesía íntima, al ver las flores de mis entrañas, percibí una densidad sensible que me invitaba a renunciar a la confrontación. De esta manera, el Archivo de la Casa Natal no es vindicativo, no desea la dialéctica en tanto invisible. Antonietta Potente me enseñó que la palabra in-visible devela sentidos que acontecen en el interior, dentro de, en la casa natal, de mí en mi relación; por lo que es visible y sólo cobra sentido en lo profundo: “texturas hechas por manos invisibles; historias que guardan secretos transformadores: hilos que se cruzan y entrelazan entre sí como los hilos de la elegante oruga que se transforma mágicamente en mariposa, dejando solo una cristalina crisálida”.[34] Lo invisible mantiene una magia interna secreta para cada una de nosotras, por eso lo invisible es ontológicamente silencioso, pero no inexistente, como diría la poeta y escritora lesbiana Adrienne Rich[35] en su obra Cartografías del silencio:
El silencio puede ser un plan
rigurosamente ejecutado
el plan de acción para una vida
Es una presencia
tiene una historia una forma
No debe ser confundido
con ninguna clase de ausencia
La hija creadora: Ana Casas Broda
En este ensayo he trazado cómo la madre, aunque se le ha querido desplazar por el orden del padre como origen, es creadora de cuerpos, aunque no solo eso, pues excede esta dimensión real. Tal reflexión la expresó en sus cuadros Mary Beale, “sobre el sentido de la generación femenina de arte y de vida”,[36] como ya mencioné. En este sentido, María Milagros Rivera, al concebir el placer clitórico como fuente de la creación de las mujeres, es decir, “el placer de aprender, de entender, de crear, de escribir, de inventar, de interpretar y recrear libremente, como mujer, lo real”,[37] posibilita aproximarnos a la idea de que la madre crea no sólo cuerpos sino también conceptos, textos, imágenes… vida. Es por esto que la hija, al igual que la madre, crea cuerpos y más “toda mujer es mamá porque tiene acceso libre a la creación dentro de sí, portadora y guardiana del signo creador en la carne de su diferencia sexual; en qué modo cada mujer atraviesa esta puerta de lo infinito y de la vida, cómo decida nadar en sus aguas saladas, forma parte del sentido libre de la diferencia sexual”.[38]

Imagen 8. Ana Casas Broda e Hilda Broda, Álbum, 2000
Al respecto, las obras de las hijas que reconocen el origen materno al mismo tiempo son sabedoras de que tal don les fue heredado por la genealogía de las Tres Madres, hilo de vida que se observa en sus imágenes. Ahora me sumerjo concretamente en este hacer creador del trabajo fotográfico de Ana Casas Broda, la cual es una artista española que radica en México desde los ocho años de edad. En su obra Álbum (2000) integra la autoría de la madre, la genealogía femenina, el papel de la casa y su propia maternidad. Ella trabajó con el Archivo de su Casa Natal durante catorce años, este archivo contiene fotografías, textos de los diarios tanto de su abuela como de ella, audios y videos. Yo exploro algunas de las fotografías que presenta en Álbum, algunas de autoría suya y otras de su abuela materna Hilda Broda. Su impulso creativo nace de la relación con su abuela:
La venta de la casa de mi abuela y su paulatina pérdida de memoria me llevaron finalmente a reestructurar la historia en un libro. Para desarrollar la narrativa me sumergí en los álbumes, en las fotos de mi abuela, de mis antepasados y de mí, en mis diarios, en los suyos, y descubrí una vez más que ambas teníamos una profunda necesidad de capturar el tiempo en palabras, fotografías, grabaciones, películas y videos. Estos objetos nos permiten ver el ciclo de nuestras vidas. Mi abuela me tomó fotografías de niña, así como yo la fotografié a ella en sus últimos años; asimismo, fotografió a su madre antes de morir. La necesidad de mi abuela de autorretratos frente al espejo, año tras año, es la misma necesidad que me llevó a mí a fotografiarme a mí misma.[39]
Ana Casas Broda toma como inicio la casa de su abuela materna en Viena, el acontecimiento de su venta abrió su interior para mostrar tesoros susurrantes dentro de sus muros altos y su florido jardín. En la Imagen 8 se aprecia la importancia de la casa para su obra; de lado izquierdo, foto de Ana, vemos una casa añosa, la casa que fue de su abuela. En ella retrata el paso del tiempo: plantas se impregnan como entes vivientes en su fachada, aparenta que abrazan con sus tallos la piel de sus paredes. Además, se observan cicatrices profundas en el vacío que parece ser una ventana sin vidrio en el primer piso, incluso el jardín se expande sin respetar caminos. Del lado derecho se encuentra una foto de Hilda Broda, quien retrata a Ana de niña en un primer plano; una puede ver una luz que sugiere, por el encuadre, nacer del cuerpo de su nieta, luz serena que ilumina las paredes jóvenes de la casa y la lozanía de la niña, luz que disipa el dolor y temor de la relación de las Tres Madres, luz que me recuerda al poema de Emily Dickinson Tengo un pájaro en primavera
En una Claridad más serena,
En una luz más dorada
Yo veo
Cada pequeña duda y temor,
Cada pequeña discordia aquí
Disipada.
Puede que la abuela de Ana haya hecho un conjuro para el futuro de su nieta, una que vislumbra placer “disipó la miseria”. Además, es una foto a color, lo que otorga cierta vivacidad, la cual se muestra sobre todo por medio de las flores rojas a los costados del cuerpo de Ana y al mismo tiempo el cuerpo de la casa.
De esta forma, la casa en esta serie fotográfica resulta un personaje principal, uno que contiene y expande el tiempo, que consagra el recuerdo materno, que además da armonía y placer; es un espacio, recinto sagrado, para el placer de ser mujer, que acontece entre los jardines más extensos, el calor de la caricia, suspendida pero no inmóvil, aunque se muestre así en la fotografía. Se trata, como ya lo dijo Mary Daly, de expandir el presente, de ser-siendo. Por eso, no es aleatoria la importancia de la casa natal en las fotografías de Ana, da origen a la creación. Sería bueno introducir una acotación, ya que no quiero que la palabra crear pierda aquí su potencia, pues normalmente ha sido arrebatada por el cuerpo masculino, el que da forma al pensamiento occidental y la modernidad, y que define al hombre como creador de cuerpos, ideas, objetos, obras. Sin embargo, “la creación y el cuidado, el crear y el abrigo han estado siempre unidas en el espacio de la vida real, de la vida cotidiana, que renueva día a día nuestro compromiso con la misma.[40] La casa natal, la casa concreta, la relación, son el abrigo de la creación.
Por otro lado, quiero comentar que el orden en que se presentan las fotografías, creado por Ana, rechaza el tiempo lineal; como la espada corta,[41] la casa danza con el tiempo, nuestro tiempo-espiral, donde el recuerdo tiene cuerpo. Es en esta casa en donde Ana encuentra, al igual que yo en las casas de mis abuelas, el vestigio de la creación de su genealogía: “Las fotos de mi abuela ejercían una enorme atracción sobre mí y cada vez que iba a Viena me sumergía en sus álbumes, como si escondieran la clave de un misterio”.[42] Ana descubre el Archivo de la Casa Natal en el hogar de su abuela materna en cúmulo de imágenes, videos, objetos que abren el tiempo y descubren el sentido del mundo en el cuerpo de mujer. El misterio del que habla Ana puede develar un tiempo en espiral que solo puede leerse en lengua materna y encontrar su vestigio en el Archivo de la Casa Natal, este tiempo se plasma en la fotografía de la Imagen 9.

Imagen 9. Ana Casas Broda e Hilda Broda, Albúm, 2000
En esta fotografía vemos simultáneamente cuatro momentos: la hermana de Ana con su madre, la hermana de Ana con su abuela, la hermana de Ana sola, Ana tomando la foto. En el tiempo en espiral el presente se expande, vive, por ello no olvida; el Archivo de la Casa Natal mantiene la llama encendida de la genealogía femenina, que trae a mi mente un Verso de Safo:
Tú puedes olvidar pero
Déjame decirte
Esto: alguien en
Algún tiempo futuro
Pensará en nosotras

Imagen 10. Ana Casas Broda e Hilda Broda, Albúm, 2000
Quien recuerda y recupera el Archivo de la Casa Natal es la hija, nosotras somos aquellas que recuerdan, que cobijan, que resguardan y que trascienden el dolor y el temor de la relación de las Tres Madres. Por ejemplo, su abuela, Hilda, como hija, vivió esta trascendencia del mal que puede romper la relación de las Tres Madres, aquella que es simbólica y concreta y que nos sitúa fuera de la casa y sus perlas:
[…] Pero yo no viví eso, y mi madre ya no lo sabe o no me lo quiere decir porque probablemente sigue creyendo que de esas cosas no se debe hablar, sobre todo con los propios hijos. Quizá sea injusta, quizá sí quiera hablar de ello. Pero, aunque así fuera, ya no puede ver las cosas como antes, ordenar todo como sucedió. En tres días cumplirá ochenta años. Por eso quiero empezar a escribir ahora, antes de que sea demasiado tarde, porque dentro de unos años, cuando lea estas páginas, pensaré de otra manera y quizá haya olvidado cosas. Seguramente, incluso ahora, muchas cosas se han borrado de mi memoria. Sin embargo, algunos acontecimientos reaparecen exactamente como fueron.[43]
La casa natal expande el ahora, por eso trasciende las fisuras de la relación, da un sentido infinito, porque siempre se mantiene viva, da cuerpo a la relación. Por ello, es una forma de traspasar aquello que ha posicionado al hombre en el lugar de la madre —aunque esta acción llevada a cabo por las hijas sea invisible y silenciosa—, me atrevo a decir, la presencia más inmensa en la vida de toda mujer.
Lo que demuestra aún más la fidelidad de Ana Casas Broda a las Tres Madres es incluso retratar las perlas invisibles de la casa natal, aquello que habita el hogar. Esta artista no sólo busca la fachada de la casa, sin miedo se adentra, busca entre sus habitaciones, pasillos, recámaras, muebles, la libertad de las mujeres. Por eso encontramos fotografías que dan sentido al hogar, sentidos que acontecen en el interior de las paredes, que se esconden a los ojos del Estado y que por eso no pueden archivarse dentro de sus instituciones, un ejemplo son las Imágenes 10 y 11.
De esta manera, la casa guarda, pero esto no tiene que ver con la invisibilización, tampoco con el borramiento —creo que toma un sentido diferente porque se muestra, lo vemos en los trabajos que han realizado las hijas sobre la autoridad materna—, más bien habla de un sentido profundo que se relaciona en mí y se expande en un tiempo-espiral. No es que sea censurado, nadie tiene el poder de tal acción, aunque algunos hombres crean en tal osadía, lo cierto es que el Archivo de la Casa Natal es vestigio vivo de la relación de las Tres Madres. Es así que cuando las hijas descubrimos el Archivo de la Casa Natal y creamos al tiempo, nos convertimos en madres, nuestro cuerpo concibe imágenes, como lo presenta hermosamente Ana, hija-madre, pues la casa natal siempre es espacio de vida.

[1] Silva Cuesta, Ana. “Para que no te pierdas en el bosque: verdad, belleza y justicia”, lección de la asignatura “Ella tiene su reino: la Justicia de las Tres Madres” del Máster en Estudios de la Diferencia Sexual del Centro de Investigación Duoda (Universidad de Barcelona), 2014, p. 2.
[2] Irigaray, Luce. Yo, tú, nosotras, Madrid: Cátedra, 1992, p. 16.
[3] Mercader, Laura. “La casa natal”, lección de la asignatura “” del Máster en Estudios de la Diferencia Sexual del Centro de Investigación Duoda (Universidad de Barcelona), 2017.
[4] Ibid.
[5] Rivera Garretas, María-Milagros, “El acontecimiento de la libertad femenina”. Conferencia dada en la Universidad de Xochicalco (Tijuana, México), Facultad de Derecho, 2023 https://dhuoda.es/el-acontecimiento-de-la-libertad-femenina/
[6] Woolf, Virginia. Un cuarto propio (M. M. Rivera, Trad.). Horas y Horas. (Trabajo original publicado en 1929), 2003, p. 116.
[7] Irigaray, Luce. Yo, tú, nosotras, Madrid: Cátedra, 1992, p. 15.
[8] Verzini, Barbara, La madre en la mar. El enigma de Tiamat. Madrid y Verona: edición independiente, colección «A mano», 2021, p. 38.
[9] Silva Cuesta, op. cit., p. 2.
[10] Daly, Mary, Quintessence…Realizing the Archaic Future: A Radical Elemental Feminist Manifesto, Beacon Press, 1998, p.72.
[11] Irigaray, Luce, op. cit., p. 23.
[12] Mercader Amigó, Laura. “Ofrecerse a la vista no es dejarse ver. Libertad femenina en el autorretrato de mujeres” lección de la asignatura “Política visual / política sexual” del Máster en Estudios de la Diferencia Sexual del Centro de Investigación Duoda (Universidad de Barcelona), 2024b.
[13] Cfr. Muraro, Luisa, El orden simbólico de la madre. Madrid, horas y Horas, 1994a.
[14] Mercader Amigó, Laura, “Custodiar la soberanía de la generación. Meditaciones sobre los autorretratos maternos de Mary Beale”, en Ser madre es un placer, Madrid: Icaria, 2021, p. 71.
[15] Idem., p. 72.
[16] Idem., p. 74.
[17] Cfr. Borzello, Frances. Seeing Ourselves: Women’s Self-portraits, Thames&Hudson, 1998.
[18] Verzini, Bárbara, op. cit. p. 60.
[19] Mercader Amigó, Laura, op. cit., p. 74.
[20] Cigarini, Lía, La autoridad femenina: Encuentro con Lia Cigarini. DUODA: Revista d’estudis feministes, (7), 1994, p. 63.
[21] Muraro, Luisa, op. cit., p. 98.
[22] Cigarini, Lia, op. cit., p. 64.
[23] De hecho, Ellen Sharples hace explícita esa grandeza “Es muy agradable para mí verla siempre alegre y feliz, entregada ardientemente a diversas actividades intelectuales, en particular a la pintura, por la que tiene un gusto decidido” (como se cita en Borzello, 1998, p. 119).
[24] Editoria, Autoridad femenina / libertad femenina. DUODA: Revista d’estudis feministes, (7), 1994, p. 10.
[25] Silva Cuesta, Ana, op. Cit.
[26] Katzenstein, I., Turner, M. M., & Maiolino, A. M. (2022, 10 de febrero). Un arte a favor de la vida: una conversación con Anna Maria Maiolino. Magazine | MoMA. https://www.moma.org/magazine/articles/694
[27] Verzini, Bárbara, op. cit., p. 63.
[28] Gomyre, Monalisa, “Volviendo a casa con Virginia”, Duoda. Estudios de la diferencia sexual, núm. 64, 2023, p.17.
[29] Mbembé, Achille, “El poder del archivo y sus límites”. Orbis Tertius, vol. 25, núm. 31, 2020, p. 1.
[30] Idem.
[31] Cfr. Franulic, Andrea, La experiencia común de las mujeres. Notas sobre diferencia sexual. 2014. https://andreafranulic.cl/2014/11/06/la-experiencia-comun-de-las-mujeres-notas-sobre-diferencia-sexual/
[32] Cfr. Idem.
[33] Rivera Garretas, María-Milagros, op. cit., p. 11.
[34] Potente, Antonieta, El tejido sagrado: amistades visibles e invisibles. DUODA: Revista d’estudis feministes, (64), 2023, p. 80.
[35] Rich, Adrienne “¿Qué clase de tiempos son éstos? 1950-2012. Eva Cruz (Trad.). México: Ediciones el tucán de Virginia, 2014, p. 155.
[36] Mercader Amigó, Laura, op. cit., p. 72.
[37] Rivera Garretas, María-Milagros, El placer femenino es clitórico. Barcelona, España: Edición independiente, 2020, p. 33.
[38] Verzini, Bárbara, op. cit., p. 35.
[39] Casas Broda, Ana, Álbum. España: Mestizo, 2000, s/p.
[40] López F. Cao, Marián, Hacia un análisis feminista del arte y su educación. España: horas y HORAS, 2011, p. 143.
[41] Cfr. Verzini, Bárbara, op. cit.
[42] Casas Broda, Ana, “Album”, Exit media, 14 abril, 2023.
[43] Casas Broda, Ana, op. cit.
Bibliografía.
Borzello, Frances. Seeing ourselves: Women’s self-portraits. Londres: Thames and Hudson, 2016.
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Editorial. “Autoridad femenina / Libertad femenina”, Duoda. Estudios de la diferencia sexual, núm. 7, 1994, pp. 9-12.
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Mercader Amigó, Laura. “Custodiar la soberanía de la generación. Meditaciones sobre los autorretratos maternos de Mary Beale”, en Mercader Amigó Laura Ser madre es un placer (pp. 71-106). Editorial Icaria, 2021.
——- “La genealogía femenina de la casa natal”, lección de la asignatura “Política visual / política sexual” del Máster en Estudios de la Diferencia Sexual del Centro de Investigación Duoda (Universidad de Barcelona), 2024a.
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——- “El acontecimiento de la libertad femenina”. Conferencia dada en la Universidad de Xochicalco (Tijuana, México), Facultad de Derecho, 25 de julio de 2023. https://dhuoda.es/el-acontecimiento-de-la-libertad-femenina/
Silva Cuesta, Ana. “Para que no te pierdas en el bosque: verdad, belleza y justicia”, lección de la asignatura “Ella tiene su reino: la Justicia de las Tres Madres” del Máster en Estudios de la Diferencia Sexual del Centro de Investigación Duoda (Universidad de Barcelona), 2014.
Stella, Rosetta. “Autoritat femenina/llibertat femenina: LA AUTORIDAD FEMENINA. Encuentro con Lia Cigarini”, Duoda. Estudios de la diferencia sexual, núm.7, 1994, pp. 55-82.
Potente, Antonieta, El tejido sagrado: amistades visibles e invisibles. DUODA: Revista d’estudis feministes, (64), 2023, pp. 76–88.
Verzini, Barbara. La madre en la mar. El enigma de Tiamat. Madrid y Verona: edición independiente, colección «A mano», 2021.
Woolf, Virginia. Un cuarto propio (M. M. Rivera, Trad.). Horas y Horas. (Trabajo original publicado en 1929), 2003.

Que ensayo más interesante, me quedo con la frase:
“Porque el tiempo de las mujeres tiene su propio ritmo, un andar significativo que no es lineal ni apresurado”.
Muy de acuerdo 🤍.