Por Mikel Armenta López
No hace mucho, el feminismo pasó de ser un fenómeno poco entendido por los hombres a convertirse en el enemigo público número uno, bajo la premisa de que hoy vivimos en una dictadura: una dictadura que mezcla lo feminista, lo woke y un régimen que, según algunos, ya no permite a los hombres “ligar” como antes ni expresarse libremente —aunque se trate de discursos de odio—. Pero la creación de un enemigo no ocurre de la noche a la mañana: se construye desde diversos frentes, principalmente desde páginas o grupos de la manósfera, cuya fórmula del antifeminismo parece infalible.
Por ejemplo, el youtuber Jota Red Pill asegura que el feminismo debe combatirse a toda costa, pues —según él— promueve la “extinción” de la familia como institución social y nacional, dejando de lado modelos no tradicionales de familia: familias homoparentales, familias elegidas, familias sin padres (en muchos casos) o sin madres, e incluso familias con otros miembros no humanos como compañeros, entre otras.
¿Qué es el antifeminismo? Son ideas y narrativas que cuestionan el feminismo desde el negacionismo y la victimización masculina. La filósofa Renata Salecl, en su libro Pasión por la ignorancia, se pregunta: ¿qué elegimos saber y por qué? Si bien durante mucho tiempo hemos centrado la atención en el binomio saber/poder, hoy la relación ignorancia/poder merecer la misma atención.
Es cierto que los hombres nos vemos expuestos: el feminismo ha interpelado de manera contundente los pilares de una sociedad patriarcal diseñada desde la masculinidad. Esta sacudida pone en jaque la identidad masculina de muchos hombres y, al mismo tiempo, revela el poder contenido en los roles de género, la división sexual del trabajo, los privilegios y la masculinidad entendida como expectativa, mandato y obediencia. Todo esto resulta abrumador: lo que antes considerábamos un “ligue normal”, hoy lo reconocemos como acoso. Antes, insistir con una chica se veía como “perseverancia”, un valor positivo; hoy resulta cuestionable insistir después del primer “no”.
Esa interpelación es tan aguda —y por momentos tan punitiva— que la negación se vuelve un mecanismo de defensa. Es preferible negar las estructuras de poder que nos atraviesan antes que enfrentarlas; es más fácil sostener un sistema que confrontarlo, porque hacerlo exige compromiso, autocrítica y atravesar el dolor, la vergüenza y la vulnerabilidad.
Conviene, entonces, detenernos en una distinción ética entre ignorar y estar en un estado de ignorancia. Para Salecl, ignorar algo significa negar su importancia —como ocurre con el movimiento feminista, sus marchas, el derecho al aborto, el consentimiento y todos los logros conquistados por las distintas olas feministas—. Generalmente, se minimiza o desprecia su relevancia en nombre de un “pasado mejor”: “las feministas de antes sí eran feministas”.
Por otro lado, el estado de ignorancia implica no ser conscientes de algo. Por ejemplo: ignoraba por completo que, dependiendo de cómo cortes el ajo, su sabor cambia; no es lo mismo rebanarlo, machacarlo o cocinarlo entero. Una vez que tomamos consciencia de ello, ya es nuestra responsabilidad decidir si lo ignoramos o no. En otras palabras: en ignorar hay responsabilidad; en el estado de ignorancia, hay inocencia.
La manósfera no sólo es responsable de lo que decide negar o ignorar, sino que además utiliza todos los medios posibles —incluso los seudocientíficos— para perpetuar relaciones de poder y sistemas de opresión que jerarquizan lo blanco, lo heterosexual y lo masculino por encima de todo lo demás.
El antifeminismo parte de negar que existan jerarquías y, por lo tanto, violencias. Busca biologizar el poder y el privilegio, y cuestiona al feminismo sin conocerlo. Sus referentes son autores cuya relevancia cultural se basa en el engaño, la mentira y la desinformación: Agustín Laje, Nicolás Márquez, Roma Gallardo, Eduardo Verástegui, Emmanuel Dannan, entre otros. Se presentan como autoridades intelectuales o morales desde las cuales intentan desarticular un movimiento y una resistencia que, a todas luces, los ha interpelado profundamente.
¿Qué hacer frente al negacionismo?
Como señala Salecl, hacernos responsables de lo que históricamente hemos negado es un primer paso para reconocer las estructuras que nos rigen. Pero —como se mencionó más arriba— reconocerlas implica emprender un camino infinito: no hay un punto de llegada. Se trata más bien de subirse a las olas de un proceso doloroso, contradictorio, ondulante, no lineal, plagado de errores, desaciertos y, muchas veces, desesperanza. Tal vez ese camino sea inevitable; lo que no es inevitable es recorrerlo en soledad.
De ahí la urgencia de crear, configurar y sostener comunidades que, lejos de castigar las conductas aprendidas y reproducidas dentro del sistema, propongan alternativas donde podamos afectarnos e incomodarnos de forma segura. Espacios que se construyan desde la comunidad, el cuidado colectivo y la interdependencia para, entonces sí, buscar tensiones, confrontaciones y disidencias con los sistemas que nos habitan, sin dejar de lado la prevención como herramienta catalizadora de la movilización social.
Porque una de las grandes premisas del antifeminismo —y de toda la manósfera— es el desprecio sistemático hacia toda forma de cuidado (que no es lo mismo que protección) y, por lo tanto, hacia toda forma de vida. Esa socialización convierte a la masculinidad en un dispositivo de riesgo para quienes deciden ser reclutados.
