Más allá del miedo: Una propuesta para ciudades más seguras

Por Chinantu Yunuen Aviles Desales[1]

 

Introducción

 Las violencias ejercidas hacia las mujeres no son nuevas, históricamente han sido reproducidas de manera constante tanto en el espacio público como en el privado, sin embargo, con el paso del tiempo es un tema que se ha puesto en la mesa y del cual se habla con mayor naturalidad principalmente en las nuevas generaciones, señalar a los culpables o detectar rápidamente cuando éstas ocurren es cada vez más cotidiano. 

 

Muchas de las desigualdades que se dan en la producción del espacio están relacionadas con el sistema patriarcal en el cual estamos inmersos, esto permite que prolifere y evolucione, adoptando tantas formas que le permiten sobrevivir, adaptarse y reproducirse innumerables veces. Al respecto, Jane Darke (1998, citado en Valdivia, 2011) señala que el patriarcado adopta muchas formas y cambia con el tiempo. Coexiste con la mayoría de los sistemas económicos, incluido el capitalismo, y en muchos escenarios: en la familia, en el lugar de trabajo, en el gobierno, etc. 

             

Además de esto, la división sexual del trabajo constituye también una de las formas para legitimar el control en la reproducción de la vida social e invisibilizar la participación de las mujeres así como impedir su libre acceso a todas las áreas de la esfera productiva y reproductiva; estos mecanismos de control promueven que existan acciones como el acoso o la violencia y que estos, a su vez, sean normalizados. 

 

En ese sentido, el siguiente texto presenta algunas de las razones por las que estas violencias ocurren en el espacio público. También intenta provocar una reflexión sobre las experiencias a las que las mujeres están expuestas en su día a día. Además, sugiere desde la opinión y propuestas de varias autoras la oportunidad de mejorar la calidad de vida de las mujeres y hacer de las ciudades un lugar más adecuado para ellas según sus propias necesidades. 

 

 

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¿Qué sucede en nuestro trayecto diario, sentir inseguridad es algo habitual? ¿Por qué no podemos caminar por la calle sin ser agredidas? Hay muchas preguntas que me afectan de manera continua y que en conversaciones con otras mujeres de diferentes edades a lo largo de los años han surgido como una inquietud permanente; aunque no se busca dar respuestas inmediatas y absolutas a estas interrogantes, sí podemos señalar algunas razones por las que existe una forma desigual de vivir en las ciudades. 

 

En principio, es necesario hacer hincapié en que si bien ésta es una problemática que se presenta en todo México, también es una experiencia común en muchas partes del mundo. Sin embargo, México se ha convertido en uno de los principales ejemplos de varias violencias, algunas de ellas especialmente dirigidas a las mujeres. En relación con esto, el periódico El País publica cifras que son alarmantes, el título de un artículo en su versión digital señala: “Una de cada dos mujeres en México dice haber sufrido acoso o agresión sexual” (Zerega, G 2004). Las cifras no son para nada alentadoras, ya que el análisis realizado a mujeres de diferentes generaciones, desde Centennials hasta Boomers y Silent, muestra que las más jóvenes son quienes en su mayoría afirman haber sido víctimas de acoso o agresión sexual a lo largo de su vida[2]

 

Este estudio subraya que la calle es uno de los lugares más peligrosos, y no es que el espacio privado sea completamente seguro y habitable para las mujeres; sino que se observa que el espacio público es donde se percibe una mayor inseguridad (Zerega, G, 2004).

 

En este sentido, autoras como Montoya (2012) explican que hay investigaciones que conectan la arquitectura y el género como uno de los factores que generan diferencias, estos estudios examinan la visión androcéntrica de la concepción de las ciudades, cuya identificación ayudar a entender las grandes diferencias ye desigualdades que existen entre géneros en relación con los espacios urbanos. 

 

De igual forma, Montoya (2012) recupera a varias autoras, como Levy (2003), que han contribuido en temas que abordan la dicotomía entre género y ciudad, los cuales se destacan porque enfatizan la participación de las mujeres en la sociedad y explican cómo las ciudades se convierten en espacios de lucha por la defensa de los derechos, además de señalar que sus problemáticas son distintas de las que enfrentan los hombres. 

 

En este sentido, la autora plantea dos líneas de análisis para profundizar al respecto, la primera muestra la participación de las mujeres en las luchas sociales y el escaso reconocimiento que reciben en la política y en la planificación de las ciudades; la segunda vincula las relaciones de género y las dificultades con los servicios que las ciudades ofrecen, esto enfocado a que históricamente se les han atribuido a las mujeres las actividades de cuidado y en una esfera privada (Levy, 2003, citado en Montoya, 2012). Con relación a esto, Massolo (1992) explica que

Los hombres y las mujeres perciben, acceden, usan la ciudad de manera diferente, y la vida cotidiana y las experiencias cotidianas de las mujeres son cualitativamente distintas a las de los hombres aunque pertenezcan a la misma clase social, raza, etnia, zona habitacional o barrio (Massolo, 1992, citado en Montoya, 2012, p. 112). 

 

Estas experiencias pueden ser tan intensas como dolorosas y hacen que la participación en de las mujeres en los espacios públicos se restrinja por considerarse arriesgada. Lo anterior limita la libertad de moverse, el desarrollo de las actividades a las que se puede acceder e incluso crea un sentimiento de inseguridad constante, percepción que las lleva a cambiar sus comportamientos que añaden a sus rutinas diarias, para evitar ser acosadas, agredidas sexualmente o víctimas de micromachismos. Así, girar constantemente, intentar caminar por calles iluminadas, estar alerta todo el tiempo de quiénes les rodean, cuidar las interacciones con otros, no usar audífonos, compartir su ubicación o estar al tanto durante el trayecto son solo algunas de estas acciones. Con ello podemos señalar que, en la actualidad, los niveles de desigualdad en la calidad de vida en la ciudad son inquietantes.

 

Por otra parte, Pérez y Gregorio (2020) consideran que existen factores que deben tomarse en cuenta para entender las desigualdades entre género y sexualidad que se dan en el espacio público, pero atendidas desde las resistencias, vinculadas también desde las emociones y abordadas desde la etnografía feminista. Incluso plantean pertinente hacer uso del concepto de Henri Lefebvre sobre el derecho a la ciudad, aunque explican que la idea de derecho es aceptada, pero en esta noción que es constantemente citada, la prioridad se enfoca en la esfera de clase y las relaciones de poder, sin contemplar otros contextos.

 

Por lo tanto, es importante para las etnógrafas y feministas abordar el tema incluyendo otras visiones que también tienen validez: 

[…] como etnógrafas, tratamos de abrir nuevas vías metodológicas que nos permitan legitimar saberes, luchas cotidianas y maneras de ejercer el derecho a la ciudad, a menudo contextualizadas e invisibilizadas. Nos proponemos, por tanto, mostrar el valor que toman las emociones en nuestro quehacer etnográfico con relación a la problemática de las desigualdades que refleja y produce la ciudad, así como las formas de contestación y resistencia a las mismas. (Pérez y Gregorio, 2020, p. 6)

 

En consecuencia, estas autoras mencionan que los estudios que se han abordado desde el urbanismo o la arquitectura tienen un claro sesgo androcéntrico que promueve una lejanía con las experiencias que se viven en los territorios que se habitan.

[…] “Nos inquieta cómo ese objetivismo podría llevarnos a obviar el hecho de que la ciudad se construye también a través de experiencias, procesos y prácticas animadas por personas de carne y hueso, con vivencias concretas y envueltas en relaciones de poder”. (Pérez y Gregorio, 2020, p. 7) 

 

Entonces podríamos considerar que en ocasiones, al realizar la planeación de las ciudades, se omite que son las personas todas y todos los que las van a transitar, es decir, que no se toman como válidas sus propias experiencias que pueden contribuir en gran medida a la mejora de dichas planeaciones. 

 

Además, estas autoras proponen que las relaciones que se producen en la ciudad están también vinculadas con las emociones relacionadas a su vez con las desigualdades a razón de clase, género, sexualidad. Estos son conocimientos que van construyendo un sentido de pertenencia, se encarnan y producen en las escalas de la vida cotidiana (Pérez y Gregorio, 2020).

 

Las múltiples situaciones de las que las mujeres pueden dar cuenta a través de relatos constantes de las violencias que viven incluso realizando las tareas más comunes permite, como se plantea desde un inicio, mostrar que estos cuestionamientos son válidos y que al compartirse en colectivo exponen que la percepción constante de inseguridad es un tema que nos atañe a todas. 

 

Un ejemplo de lo anterior es lo siguiente:

La intuición no es gratis, el acelerado latido del corazón, mientras la sudoración en las manos fluye como un río, el paso que se apresura mientras el pecho se inflama tratando de respirar porque se siente que el aire se acaba, huir a donde sea, pero huir para no ser alcanzada, sentir que un paso viene detrás de ti, que cruza la calle poco después de que tú lo hicieras te pone no solo en alerta, también parece el inicio de algo grande, los pensamientos negativos y catastróficos invaden la mente al mismo tiempo que llegas a la esquina y corres lo más rápido que puedes para escapar esperando que la persona que viene tras de ti no te alcance, buscas la primera puerta abierta para pedir ayuda, pero es otro México, uno menos “sensible” a estas situaciones y agradeces la protección que con muy mala cara has recibido, pero que se siente como un tanque de oxígeno, ves con el rabillo del ojo cómo una sombra pasa y aun con todo te sientes a salvo, ese sentimiento de adolescencia no se borra de la memoria aunque pasen los años, ser mujer en este país es estar en una alerta constante.

 […] “Estas resistencias cotidianas están protagonizadas por personas que, privadas del derecho a la ciudad, “normalizan” la violencia como parte de su relato de vida y perciben la urbe como inhóspita y hostil. Tales experiencias, cargadas de emociones y memorias encarnadas, se van condensando al habitar la ciudad”. (Pérez y Gregorio, 2020, p. 16)

 

A partir de esto podemos decir que no se trata de relatos aislados, por el contrario, pueden escucharse regularmente y se convierten en una preocupación constante entre congéneres. Si le damos validez a las situaciones que ocurren reiteradamente en el espacio público podemos dimensionar las tensiones entre quienes habitan las ciudades, y considerarles para la creación de espacios donde se considere que se puede transitar con seguridad, lo que se presume que se posibilite modificar también las relaciones y entre ellas minimizar las violencias y el sentimiento de miedo constante. 

 

En este sentido, Blanca Valdivia (2018) explica que una de las situaciones por las que a las mujeres se les excluye de los espacios y que las necesidades estén enfocadas más en las necesidades de los hombres tiene relación directa con la división sexual del trabajo, es decir, que a partir de la Revolución Industrial se identificó como el punto de partida para relacionar a las mujeres en el espacio doméstico y al espacio público como inapropiado para ellas. 

 

En esta misma línea Valdivia (2018) cita a Sandercorck y Forsyth (1992) quienes reconocen que es necesario romper con esta idea que permanece en la actualidad, ya que estas exclusiones perpetúa las desigualdades, además de limitar la participación de las mujeres en diversos ámbitos como el político y cultural por mencionar algunos. 

[…] es importante romper con este enfoque dualista de los espacios privados y públicos, ya que, por una parte, sitúa determinadas experiencias y actividades en un espacio mientras que las excluye del otro y, por otra parte, perpetúa la idea de que las cosas públicas son de responsabilidad común, pública, comunitaria, mientras que las cosas que pasan en el ámbito doméstico se quedan en el ámbito de lo privado y, por lo tanto, se siguen reproduciendo jerarquías y desigualdades basadas en el género. (Sandercorck y Forsyth (1992) citado en Valdivia, 2018, p. 68)

 

Asimismo, dicha división puede ser considerada como dañina, ya que la configuración de las ciudades está conformada a partir de esta diferencia y con ello se sigue reproduciendo tanto en el discurso, como en la planeación, la distribución y la concepción que se tiene acerca de las atribuciones que se le han asignado a las mujeres y que también permiten que las violencias se ejerzan en el espacio público. 

El discurso social delimita los distintos usos de los espacios y la distribución de los lugares, y asigna protagonismos, dependiendo del género de sus habitantes. El espacio público será gestionado mayoritariamente por hombres, mientras que el espacio doméstico tendrá a las mujeres como máximas responsables. (Murillo, 1996, citado en Valdivia, 2018, Pp. 69-70)

 

A partir de esto es que podríamos cuestionar la idea constante de que las mujeres deben mantenerse en espacios privados o que son culpables de las situaciones de violencia o agresiones a las que constantemente se ven expuestas, porque éstas tampoco se relacionan con sus comportamientos o con la falta de previsión de las mismas, por el contrario, entender que los espacios no se encuentran ni planificados, ni creados para facilitar el desarrollo pleno de sus capacidades e incluso no están diseñados para garantizar su seguridad e integridad y que además no contemplan sus necesidades específicas, podría suponer entonces que en conjunto se trata de un ejercicio de desigualdad per se. Según Alejandra Massolo (2005)

la perspectiva de género no representa una visión apocalíptica de la ciudad, ni sostiene una concepción “victimista” de las mujeres en la vida urbana, pero sí es una mirada que por su mismo origen en las luchas y los derechos de las mujeres, señala las injustas situaciones existentes, cuestiona que la ciudad sea pensada y organizada a la medida del hombre y pretende cambios que permitan una buena vida de las mujeres, en una ciudad y sociedad más justa y equitativa. (Massolo, 2005, citado en Valdivia, 2018 p)

 

Aunado a ello, Valdivia explica, en este sentido, que hay la posibilidad de abrir un nuevo paradigma, el de la ciudad cuidadora. Si bien hace una crítica y tiene una posición clara frente al androcentrismo imperante en las ciudades y en la construcción de éstas, también existe una propuesta para mejorar las condiciones de las mujeres a partir de la inserción de una mirada feminista en el urbanismo, focaliza que reconocer la importancia de las mujeres como sujetas no solo de derecho sino también con capacidad de agencia y de saberes situados es fundamental para el diseño de nuevas ciudades cuidadoras que permitan su transitar en libertad. Su propuesta plantea que es hora de hacer cambios radicales y concebir este nuevo paradigma como una posibilidad. 

 

En una ciudad que cuida los espacios públicos, las personas perciben seguridad de los espacios, porque están bien señalizados e iluminados; hay gente alrededor que pueda ayudarte; son visibles sin elementos que obstruyan el paso o la visión de las personas; vitales, porque permiten el uso y desarrollo de diferentes actividades y promueven el apoyo mutuo. Cada espacio está pensado desde la vivencia de las personas que lo van a utilizar y cuidando las condiciones físicas y el mantenimiento y gestión del espacio para que cualquier persona pueda caminar tranquila a cualquier hora del día sin temor a que la acosen o la agredan (Segovia y Rico, 2017, citadas en Valdivia, 2018, p. 79). En esa misma línea, Jane Jacobs apunta que el trabajo se realiza en conjunto, no se trata de incorporar a cuerpos policiacos en las calles, pues en consecuencia la violencia podría entonces recrudecerse, muy por el contrario a sentir seguridad. Menciona que debe haber una red continua.

 

Lo primero que se ha de comprender es que la paz pública de las ciudades —la paz en las calles y en las aceras— no tiene por qué garantizarse de manera esencial por la policía, por muy necesaria que ésta sea. Esta paz ha de garantizarla principalmente una densa y casi inconsciente red de controles y reflejos voluntarios y reforzada por la propia gente. En algunas áreas urbanas —conjuntos viejos de viviendas y calles con una transformación muy pronunciada de la población suelen ser ejemplos típicos— el mantenimiento de la ley y el orden en las aceras corre enteramente por cuenta de la policía y guardias especiales. Estos lugares son Junglas. No hay cantidad de policía que pueda defender la civilización allí donde se ha desmoronado la defensa normal y no reglada. (Jacobs, 2011 p 58).

 

Conclusiones

Podemos entonces concluir que la construcción de seguridad en la ciudad no depende únicamente de una sola visión; sino que ésta es multifactorial. Sin embargo, en muchas ocasiones todas estas desigualdades recaen en las mujeres, el sistema patriarcal, la visión limitada y también etnocéntrica de los urbanistas que construyen las ciudades, la división sexual del trabajo que les atribuye a las mujeres tareas específicas limitando sus capacidades, misma que les obliga a permanecer en una esfera privada y relegadas solamente al trabajo de cuidados, así como los roles de género impuestos. Estos son solo algunos de los posibles componentes que permiten que al integrarse a la esfera pública sean ellas quienes se vean vulneradas y que esta violencia se normalice considerándolas culpables solo por ser mujeres. 

 

 

 

Referencias.

Montoya, A. M. (2012), “Mujeres, derechos y ciudad: apuntes para la construcción de un estado del arte desde el pensamiento y la teoría feminista”, en Territorios 27, pp.105-143. https://www.redalyc.org/pdf/357/35725869002.pdf

Jacobs, J (2011), Muerte y vida de las grandes ciudades, Editorial Capitán Swing. https://www.ucursos.cl/fau/2015/2/AE4062/1/foro/r/MuerteyVidadeLas

GrandesCiudadesJaneJacobs.pdf  

Pérez Sanz, P., & Gregorio Gil, C.  (2020). El derecho a la ciudad desde la etnografía feminista: politizar emociones y resistencias en el espacio urbano. Revista INVI, 35(99), 1-33. https://www.scielo.cl/pdf/invi/v35n99/07188358invi35991.pdf  

Valdivia, B. (2018). Del urbanismo androcéntrico a la ciudad cuidadora. Hábitat y Sociedad, 11, pp. 65-84. https://institucional.us.es/revistas/habitat/11/Hys11mon04.pdf

Zerega. G (2024). Una de cada dos mujeres en México dice haber sufrido acoso o agresión sexual. El país. https://elpais.com/mexico/20240308/unadecadadosmujeresenmexicodicehabersufridoacoso-o-agresion

sexual.html?event=fa&event_log=fa&prod=REGCRARTMX&o=cerradomx

 

 

 

 

[1] Yunuen Aviles es fotógrafa, socióloga y estudiante de maestría en antropología. Se dedica a explorar y analizar temas relacionados con el cuidado y el autocuidado, enfocándose especialmente en las cuidadoras y el VPH. Tiene un profundo amor por la ciudad y su desorden, actuando como una observadora constante de los espacios públicos y las historias que surgen en ellos.

[2] En este estudio se demuestra cómo la calle es uno de los lugares más peligrosos para transitar. En un estudio realizado a 615 mujeres, las entrevistadas menciona haber sufrido ataques sexuales y/o acoso sexual en lugares como el transporte público, el trabajo y sus viviendas. Estos son los principales espacios donde las agresiones surgen regularmente.  

 

 

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