Territorio, género y control: una aproximación decolonial al urbanismo contemporáneo

Por Viviana Padilla Márquez[1]

 

Desde la modernidad, la ciudad ha sido imaginada como el emblema de la promesa civilizatoria, vista como un espacio de encuentro, libertad y realización personal; sin embargo, esa promesa no es universal, lo urbano, lejos de ser un territorio neutro, se erige como un dispositivo de selección social, sexual, racial y económica. Las calles, las plazas, el transporte, incluso el mobiliario público, configuran una gramática que dice quién puede habitar y bajo qué condiciones. En esa gramática, la cuerpa —ese cuerpo sexuado, racializado, empobrecido, deseante y situado— es constantemente relegada, corregida, vigilada; la ciudad, entonces, no se habita en igualdad, para muchas mujeres y disidencias, habitar es una negociación constante entre el deseo de estar y el mandato de desaparecer.

La filosofa Judith Butler (2006) afirmó que el cuerpo no existe al margen de las relaciones de poder que lo producen y lo exponen, esa afirmación, cuando se piensa en clave urbana, revela el trasfondo disciplinario de las ciudades contemporáneas: bancas divididas para impedir el descanso, alumbrado público deficiente en zonas periféricas, vigilancia que controla pero no protege, cada una de estas infraestructuras es un mensaje sobre quién debe sentirse incómodo, no se trata solo de exclusión económica o de clase, sino de una pedagogía del miedo que obliga a las cuerpas a limitar sus horarios, modificar su vestimenta y ajustar su presencia para no desentonar con la racionalidad dominante, como advierte Butler (2004), “la violencia no es solamente física, sino también simbólica y normativa; produce formas de existencia legítimas y otras que deben ser eliminadas” (p. 43).

Aun así, no basta con nombrar las violencias; urge comprender el entramado epistemológico y político que las sostiene, por ello Ochy Curiel (2013), desde el feminismo decolonial, insiste en que la lucha no debe quedarse en demandas de inclusión, se trata de transformar radicalmente los supuestos que organizan el espacio porque si el urbanismo está diseñado desde una matriz masculina, blanca y productiva, cualquier intento de esa débil inclusión que no se atreve a cuestionar esa matriz está destinado a reproducir la desigualdad, es lo que Curiel manifiesta cuando habla de esa ciudad que no puede ser repensada desde la neutralidad, porque es un campo de disputa donde se configuran y desconfiguran los cuerpos, esta idea también abordad por Michel Foucault señala que el poder no se ejerce solamente desde el centro, sino que se distribuye en dispositivos mínimos que moldean la vida cotidiana. La ciudad está llena de esos dispositivos entre los cuales podemos ver cámaras de seguridad, semáforos inteligentes, barreras arquitectónicas, todos ellos configurando lo que se considera “normal” y lo que se aparta de la norma; la cuerpa, por su condición política y afectiva, aparece en muchos contextos como una anomalía molesta, incomoda, que desestabiliza la limpieza simbólica del espacio público, Foucault llama a esto biopolítica del espacio: la forma en que los cuerpos son gobernados a través de la organización del territorio (Foucault, 1975, p. 136).

Por ejemplo, en muchas estaciones de transporte masivo se instalan torniquetes que no permiten el paso de personas con cuerpos fuera de lo normativo: personas en silla de ruedas, con sobrepeso extremo o cargando carritos de reciclaje, obligándolas a rodear o a solicitar ayuda, de manera similar, las cámaras de seguridad funcionan con algoritmos que tienden a asociar ciertos rasgos fenotípicos —piel oscura, vestimenta informal, movimientos considerados “sospechosos”— con posibles amenazas, criminalizando a ciertos cuerpos incluso antes de que hagan algo.

Estas configuraciones urbanas, que parecen técnicas o funcionales, son en realidad manifestaciones de una biopolítica del espacio, en los términos de Michel Foucault (1975, p. 136), es decir, formas mediante las cuales se gobierna a la población no solo a través de leyes, sino mediante la organización misma del territorio. La ciudad se convierte así en un dispositivo disciplinario que define a quién se ve, a quién se oculta, a quién se expulsa y a quién se integra.

La cuerpa —entendida aquí como el cuerpo encarnado en su dimensión política, deseante, afectiva y no-normativa— aparece en muchos contextos como una anomalía molesta, incómoda, que perturba esa limpieza simbólica del espacio público; el ejemplo claro de las trabajadoras sexuales caminando por calles gentrificadas, o de las personas trans usando baños públicos, pone en evidencia la tensión entre los cuerpos vivientes y el orden urbanístico que los excluye o los reprime, las cuerpas no entran fácilmente en los moldes del diseño urbano ni en los imaginarios de ciudad limpia, ordenada, segura, su sola presencia pone en jaque esa arquitectura del control.

Así, la biopolítica del espacio no solo regula flujos o circulaciones, sino que produce sujetos aceptables y otros que deben ser corregidos, invisibilizados o removidos. En esta lógica, el espacio urbano deja de ser solo un escenario neutro y se convierte en una herramienta activa de normalización y violencia simbólica, las cuerpas que se resisten a esa lógica —que bailan, que se besan en el parque, que mendigan, que protestan, que lloran en público— hacen estallar las costuras de ese dispositivo, desbordando los márgenes de lo permitido y recuperando, aunque sea momentáneamente, el derecho a habitar la ciudad con todas sus intensidades.

En países como Colombia, Brasil, Argentina o México, donde la violencia de género y la precariedad urbana se entrecruzan, los efectos de este modelo son palpables, en Buenos Aires, por ejemplo, las mujeres que utilizan el transporte nocturno deben organizarse en grupos de acompañamiento espontáneos para minimizar riesgos; en Medellín, las comunas autogestionadas por colectivos de mujeres se convierten en espacios donde se reconfigura la relación entre seguridad y comunidad; en Ciudad de Guatemala, las mujeres han creado mapeos colaborativos para identificar zonas de riesgo, y con ellos exigir cambios en la infraestructura urbana, estas experiencias no son anecdóticas son evidencia de una ciudad que fracasa en su promesa de igualdad.

Ante esto, no es suficiente aumentar el número de luminarias o incorporar perspectiva de género en planes de movilidad, es necesario preguntarse desde dónde se diseña y para quién. Como diría Henri Lefebvre, el derecho a la ciudad es el derecho a producir el espacio, a ser visible, a habitar desde la diferencia, no puede haber justicia espacial sin epistemología situada, y en América Latina, esa epistemología se debe construir desde las cuerpas que han sobrevivido a la violencia estatal, la exclusión económica y la precariedad afectiva.

La cuerpa, en este contexto, no es solo un objeto de protección o una víctima de la violencia urbana, es un sujeto que produce conocimiento, que narra, que transforma; la cuerpa camina la ciudad, la siente, la sangra, la canta. Desde su experiencia encarnada, se hace posible imaginar otras formas de urbanismo, uno que no mida su éxito en velocidad vehicular, sino en bienestar afectivo; uno que valore el descanso, el encuentro, la lentitud; uno que reconozca que sin justicia corporal no hay justicia espacial. Como propone Marina Garcés (2017), “el cuerpo que resiste insiste en habitar incluso cuando todo alrededor lo niega” (p. 23).

Pensar la ciudad desde la cuerpa es, entonces, una apuesta filosófica y política. Es una interpelación al urbanismo tradicional, pero también una llamada a la acción colectiva, no queremos ciudades inteligentes que nos vigilen, sino ciudades sensibles que nos abracen; no queremos más dispositivos de control, sino espacios que multipliquen la presencia digna de todas las cuerpas. Porque solo cuando la ciudad deje de expulsar a quienes la viven desde la diferencia, podremos decir que estamos construyendo un verdadero proyecto común.

 

 

 

REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS

Butler, J. (2006). Deshacer el género. Barcelona: Paidós. Curiel, O. (2013). Descolonización y feminismo.

En Y. Espinosa, N. Korol y O. Curiel (Eds.), Tejiendo de otro modo: Feminismo, epistemología y apuestas decoloniales en Abya Yala (pp. 12-30). Bogotá: En la Frontera.

Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Ciudad de México: Siglo XXI Editores. Lefebvre, H. (1972). El derecho a la ciudad. Barcelona: Ediciones Península.

 

 

 


[1] Viviana Padilla Márquez es abogada, filósofa y negociadora internacional, especialista en derecho penal y maestrante en Derechos Humanos y Posconflicto. Nacida en Barranquilla, Colombia en 1992, combina su sólida formación académica con una pasión por la escritura. Como escritora emergente, ha sido reconocida en diversos certámenes literarios, destacándose en los concursos distritales de Idartes en Bogotá (2020) y Nuevas Letras (2023) en su ciudad natal. Su obra forma parte de las antologías Moiras y Tributo a los muertos con letras negras. Además, ha publicado en revistas literarias como lterVoxMedia, y Komuya.

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