**La portada de este artículo forma parte de las ilustraciones realizadas por Elizabeth Torres para Diario de la noche
Por Ximena Cobos
Diario de la noche (Red Press, 2024) es una obra de la poeta infrarrealista Pita Ochoa publicada en Dinamarca, cuyo trabajo de traducción al danés y al inglés supone un acontecer de entendimientos entre mujeres: Malene Thorborg y Elizabeth Torres, respectivamente. Este es el primer detalle importantísimo que rodea la publicación de dicho libro, pues desde México, con la curiosidad puesta en los ojos, como lectora, mediadora, investigadora y espeleóloga de la poesía escrita en femenino libre, reconozco el problema de la traducción al que constantemente nos enfrentamos a la hora de buscar acercarnos a la poesía tan solo de escritoras de América Latina y el Caribe cuya lengua materna no es el español. Por ello, pensar que desde los países angloparlantes o desde Dinamarca las lectoras y escritoras puedan llegar a la obra de una de las poetas infras no es un acto simple, sino un acto de justicia por todas las escritoras cuyas obras habitan el polvoso olvido de las no reediciones.
El libro nos acontece en un contexto donde el espacio de la literatura ha sido tomado por el hacer entre mujeres, aunque esto no sea nuevo en su intención, pues toca recordar que no venimos solas, que esa soledad es un supuesto que nos quieren hacer creer para no reconocer el continuum de la existencia y resistencia de las mujeres. Sin embargo, quepa aquí señalar que, desde mi perspectiva, este movimiento, esta búsqueda, está cayendo en cierta laxitud, pues estamos creando involuntariamente un nuevo canon —quizá porque son las formas que conocemos y no apuntamos a construir algo nuevo, pues carecemos de tiempo entre todas las cosas que hay que hacer para sobrevivir el día a día—. No obstante, ese nuevo canon está una vez más cerrado y, peor aún, reducido. Es redundante y nos tiene dando vueltas en un círculo bastante pequeño, mordiendo la cola de esta serpiente a cada nuevo círculo de lectura o cada lista de algún reto lector nacido en las redes sociales. Es por ello que resulta relevante y necesario el hincapié en la traducción y el alcance que esto significa; el viaje fuera de la lengua materna sin soltarla, una traducción que no abandona el original, que deja aparecer la voz de la poeta como origen, y que permite en un futuro quizá un hallazgo inesperado.
Al respecto, en el prólogo de Diario de la noche se menciona que para Pita la existencia en la sombra es hasta cierto punto autoelegida, sin embargo, me parece que esto tendría que significar no saber que su obra existe, no haber escuchado alguna vez su nombre. Antes bien, creo que es una invitación a habitar la sombra con ella, porque allí es el sitio en el que se hallan muchas escritoras como Pita, si no nos asomamos a la sombra no estamos realmente atravesando los umbrales de la comodidad, de la autoridad que nos está diciendo a quiénes leer y aflojando ese deseo intenso y fiera con el que nos plantamos hace ya casi una década deseosas de descubrir a las mujeres que escriben.
En esa misma línea, me dejo lanzar una sospecha a partir de una observación: este poemario tiene la particularidad de ser una de las obras en que Pita Ochoa (México, 1957) se hermana con poetas como Martha Kornblith (Perú, 1959), que saben que un espacio reducido es suficiente para comunicar la sustancialidad y potencia de lo que tienen que decir; Martha Kornblit (Oraciones a un dios ausente, 1995) sobre la muerte y el vacío, Pita Ochoa sobre la vida en múltiples dimensiones de la palabra: crear, contener, hacer nacer, cuidar. Me atrevo a preguntarme, a suponer, pensando en que Pita y Martha son dos poetas nacidas en la misma década, si no estamos ante el encuentro de esa forma del poema mínimo como una de las muestras de la transformación y cambio de la poesía vista como un cuerpo con historia en cuanto a la experimentación sonora y rítmica que implica, y que confluye en las generaciones.
Ahora bien, ya entrando en los poemas, otro de los detalles que me parece necesario traer es la lucides con que el libro abre plantada con firmeza en una declaración: “Esta soy”, pero esa enunciación no es ni una definición ni un absoluto, es un reconocimiento constante de una misma, del estado en que la yo poética se encuentra en un ahora, un ahora que se desplaza en el tiempo y en cada uno de los poemas. Para María Zambrano, las mujeres no habitamos la autoafirmación, el conocimiento de una misma a través de la creación de un personaje:
la mirada con que una mujer se mira a sí misma es diferente de la mirada del hombre. Para la vida humana es necesario saber algo de sí, pero el hombre adquiere casi siempre este saber en forma de idea o definición (la definición es la forma típicamente masculina del conocimiento). La mujer suele verse vivir desde dentro, sin definición de una forma directa, prescindiendo del personaje que el hombre necesita crear para verse vivir a partir de una idea o un personaje.
Entonces, a lo largo de los poemas de Diario de la noche no hay una imagen fija, una única mujer estática, que se repite. Por el contrario, todo lo que la constituye está en movimiento, es contingente: alas, viento, aguas de mar, de río y de lagos, animalas de la selva que trepan árboles conforman la experiencia de ser cuerpa, mujer, vida. Por eso avanza, por eso a partir de enunciar esta soy: reina de corazones / súbdita de mí / se abre un recorrido: vuelo nocturna / en la nieblaluna / emprendo el viaje al centro de esta tierra. Con estos versos, la yo poética se sitúa para caminar con firmeza: cuando yo me muevo / desato huracanes. Así, los poemas que conforman el libro van dando respuesta a las preguntas: de dónde vengo, a dónde llego, qué traigo conmigo, qué me recibe. Y en cada respuesta habita una forma más de ser: soy tierra / lava brotante.
Además, esa contingencia, ese fluir —del agua, de la lava— es la razón de que en el poemario aparezcan momentos de aparente detenimiento; una especie de dualidad y complementariedad de los estados, pues en la naturaleza cuando algo está en calma, algo dentro, en lo profundo, en lo no aparente, se mueve. Por ello, en esa calma se desata una especie de rituales de vida, donde ésta se hace presente como una cuerpa que se revela capaz. De allí también brota la conexión que se percibe con el mundo que excede todo el tiempo a lo humano.
Al mismo tiempo, la cuerpa capaz, fuerte, fiera, amazonas, tiene su razón de ser en uno de los versos del poema V: infrasoles hermafroditas. La presencia de lo hermafrodita, esa cinta de Moebius de Amanda Berenguer (Materia Prima, 1966), pájaro por fuera, ostra por dentro, dice Amanda, hoja ambigua, implica la posibilidad de aquella que es una y pueden ser dos. Esa ambigüedad es estar habitada, como lo dice en el poema IX o en el poema V: una mujer con un niño sembrado de estrellas. Entonces aparece la cuerpa que sangra como final de un ciclo, pero esa sangre no es desperdicio, también alimenta, hace nacer mandrágora silvestre del poema III.
De esta forma se nos revela la trayectoria compleja del reconocimiento de la yo poética como potencia: hija y madre, cuerpa que nace a la propia mirada y hace nacer. Diario de la noche entabla así una relación con la tierra, con el universo, con la tradición de la diosa creadora del mundo o la Malinalxóchitl, fundadora de ciudades, madre de un hijo. Muestra de todo esto son diversos versos, flores que crecen en el campo de la significación, uno de ellos es el verso del poema V: me pertenezco con el universo, allí se teje la relación paralela de la mujer que contiene al universo en su vientre, el big bang nucleosíntesis, el estallido eléctrico de la ovulación, la fecundación y la división celular que da origen a otro cuerpo incandescente — alimento fuego, dice Pita— como el que Renée Ferrer acompaña en “Nace el planeta” (El acantilado y el mar, 1944).
Para cerrar, algo que no quiero dejar pasar, por ningún motivo, es la sonoridad, el goce con el aparato fonador completo con implicación de los oídos, a través de lugares de salto y juego sonoro hallables cuando una entra a la obra de Pita Ochoa. Para mí, esa experiencia sonora, rítmica, cadenciosa es una de las razones más grandes para leer a otras, pues son maestras de la respiración; mediante las estructuras de las que han dotado a sus versos nos recuerdan que la poesía se compone de unidades sonoras mínimas que no ocurren en aislamiento. Nos acompañan además en entender que la palabra tiene textura, que la palabra es materialidad en la boca. Y para eso el poema VI:
La noche se tiende
la claridad me tiembla
vuelo en la niebla fría
vibrantes vitrales en la brisa
campanas susurrantes
carámbanos del lóbulo
Tierra agolpada en la garganta.
El silencio seco de la garganta
amortaja mis ríos profundos.
