Aciertos y desventuras de una Ópera Prima

Sobre Polirritmia Primera rapsodia: Como Aquiles y Patroclo

 

Por Diego Medina

La distancia entre el primer paso y la cumbre no siempre es la misma, a veces está condicionado por nuestra determinación, por la horma de nuestros zapatos, por lo sinuoso del camino o por el talento, ya sea que abunde o que escasee. Hay escritores que acometen la hoja en blanco con un ímpetu similar al del montañista que está frente al pico más alto del Himalaya, que repasan sus borradores, memorizan los versos que no convencen su imaginación para encontrar una solución a los acertijos de la esfinge que a veces se traviste de musa. Hay poetas que experimentan, que juegan a los siglos de oro, a las lánguidas voces de los grecolatinos (ecos apenas distinguibles en los altavoces de la hiper modernidad), a las aguas del Guadalquivir donde García Lorca jugaba a los pastorcitos y la Guerra Civil, hay poetas que dan la pisada en falso y caen, desde la altura de las cumbres que pretendieron conquistar.

Nos pasa a todos. Sobre todo en nuestros primeros poemarios. Me pasó a mí con El llanto es un perro inmenso, que dejó fuera mucho de lo mejor e incluyó mucho de lo que creí más “adecuado”, le pasó a Ricardo Rosales de Paula con Polirritmia Primera rapsodia: Como Aquiles y Patroclo. Pero uno tiene que seguir escribiendo, peleándose con las palabras, cumpliendo con la cita en el cuadrilátero de las metáforas y la disciplina. Ricardo tiene con qué.

Este libro es un aviario de moscas y águilas. Hay poemas que me parecen bien logrados, mejor que eso, poemas de concurso, como “Al cúmulo incompresible de hombres, con estrambote”, versos proverbiales como “pues no hay cómo trazar la diferencia / de un hombre tras otro hombre tras otro hombre:/ igual es la abundancia que la ausencia”, poemas como “En el litoral” que esperan a ser una canción pop de las que ya no se hacen y que me gustaría bailar en el antro o romperme la garganta en el karaoke cantándola, hay poemas buenos como “mamihlapinatapai”, “Jardín de orquídeas” o “Anti-paraclausíthyron”.

Pero hay cosas que no cuajan. La formación filológica de nuestro autor se nota en sus referencias, sustratos lingüísticos, relaciones intertextuales, experimentación de ritmos (que lo llevó a producir su propia estructura rítmica: la rosalina), pero un exceso de la edición es el uso de notas al pie de página en las que se explican epígrafes, estructuras rítmicas, referencias mitológicas y figuras retóricas como si estuviéramos leyendo un ensayo académico. Me parece un exceso porque las notas al pie parecen propias de un aparato crítico, más que intervenciones para aclarar posibles oscuros del texto.

Hablé de moscas también, no se malinterprete, no quiero sugerir en ningún momento que este poemario tenga su lugar en el cubo de basura, en vez del librero. Sino que hay poemas que estorban a los buenos, que quizá no debieron colarse en la selección final, poemas como “Pulsante”, “Obelisco” o “Al vikingo” (este último creo que merece una reescritura), sin embargo, no opacan el brillo de las “águilas” de la obra. Creo que el problema con este libro de Ricardo es que es su primer poemario, pues sé que una segunda parte ya fue publicada y, según he oído, supera por mucho a esta primera parte. Los problemas de esta primera parte son comunes a muchas óperas primas, la selección, la edición, los riesgos que nuestro autor tomó y los saltos de fe mal calculados (sic.).

Pero justamente es este ímpetu, esta vorágine de experimentación, escritura y reescritura de ritmos y estructuras, lo que hace que los buenos poemas de Ricardo sean buenos. Yo creo que Ricardo tiene madera de poeta, estaré al pendiente de sus obras, ávido de atestiguar el crecimiento de su pluma. Espero que la presente crítica no la tome a mal, sino como un comentario bien intencionado sobre las flaquezas y virtudes de su primer poemario, ya que es duro ser franco cuando se tienen palabras difíciles, pero es necesario entre los buenos amigos.

Finalmente, una cosa en la que la edición se saca un diez es en las ilustraciones de Dévrig Bossard, 9 láminas alternadas con la poesía de Rosales que hacen que la lectura sea placentera visualmente, algo en lo que muchos fallamos al momento de la edición. Bajo el sello de Nocturlabio Ediciones, los materiales del libro constituyen otro aspecto positivo, pasta resistente y páginas de buen gramaje. Si a usted le interesa (lo recomiendo), escríbales por redes sociales, ya que Rosales se encuentra presentando su ópera prima en diferentes espacios de la ciudad y el país y se pueden acabar pronto, pues sólo cuenta con un tiraje de 300 ejemplares. Mi calificación para este poemario de Rosales es de 3/5. Pronto estaré leyendo la segunda parte y dándoles mis impresiones.

 

 

 

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