“Alegría”

El lenguaje del vino en Jorge Luis Borges

 

Por Diana Peña Castañeda[1]

En tanto alegría, el vino solo puede hallarse en el paraíso sensorial. Eso es lo que nos comenta Borges en su soneto al vino. En cada verso deja claro que la bebida no es una casualidad, es símbolo porque integra la comunión del rito. Desde una ceremonia hasta un gesto de hospitalidad se prolonga el significado de lo que somos como humanos.

 

También está presente cuando en solitario, el alma habla de sus más profundas intimidades para revelar verdades ocultas, entonces construir historias que después harán reír o llorar. Como consecuencia, se podría decir ciertamente que el vino tiene la virtud de la inmortalidad porque cada sorbo significa una eterna celebración de tiempo y de memoria. No es azar entonces que el poema abra con la siguiente pregunta:

 

¿En qué reino, en qué siglo, bajo qué silenciosa

conjunción de los astros, en qué secreto día

que el mármol no ha salvado, surgió la valerosa

y singular idea de inventar la alegría?

 

El otoño es una estación, época de abundancia. La uva destella sus aromas a cítricos anunciando la vendimia. El lagar se prepara para recibir una a una toda la fragilidad de la fruta, la prensa hasta que en la pulpa se vislumbra la acidez roja. Entonces en las barricas el mosto se vuelve flamante con su música invisible de burbujas. La lentitud va a su ritmo, como debe ser porque el paisaje entero se consagra a la ensoñación de un renacer.

 

Es sabido que, para madurar, el vino necesita el río del tiempo; debe mantenerse en botellas de vidrio verde o ámbar; almacenarse, ojalá en cavas oscuras y frescas atendiendo la temperatura y la humedad. La paciencia es sublime, se contrapone al arrebato, solo así se puede decir que el vino mejora con los años. Así es la existencia humana, una maduración de saberes paciente y silenciosa para transformar la adversidad. Esa es la verdadera riqueza de lo vivido que en el poema se acentúa con la imagen de oro cuya recompensa es la metáfora de música, fuego y leones.

 

Con otoños de oro la inventaron. El vino

fluye rojo a lo largo de las generaciones

como el río del tiempo y en el arduo camino

nos prodiga su música, su fuego y sus leones.

 

La vida merece ser vivida, en la alegría para intensificarla y en el dolor para no ahuyentarlo. Finalmente, lo uno y lo otro se corresponde porque ambos, aunque llegan de sorpresa nos recuerdan que estamos vivos y que algún día seremos un súbito olvido.

 

En la noche del júbilo o en la jornada adversa

exalta la alegría o mitiga el espanto

y el ditirambo nuevo que este día le canto

 

Para finalizar, Borges alude a la poesía persa y sufí que se vale del vino para mostrar la vida y lo divino, lo eterno y lo humano. En su poema Al vino, invoca a Homero como el poeta épico que le cantaba a la bebida. Como en todos ellos, esa experiencia se ha manifestado durante la historia en otros autores como Rabelais, Shakespeare, Baudelaire, Cortázar, Neruda. Pareciera entonces como si la palabra supiera desde siempre que el néctar encarna esa riqueza simbólica, prodigiosa de misterio que eleva el espíritu a un plano casi sagrado.

 

 

Por supuesto, en cuestión de vino hay un consenso tácito entre hombres y mujeres. La exquisitez de los matices que esta bebida ha ligado a la sensualidad, la memoria, la intimidad se exalta en la voz de autoras que lo han convertido en símbolo de lo femenino. Baste mencionar a Alfonsina Storni, Gabriela Mistral, Marguerite Yourcenar o Emily Dickinson. En sus versos, el vino a veces es gozo, a veces consuelo, a veces pacto; pero siempre, idea autoconsciente que, como la uva segura de ser la semilla del vino, la mujer sabe que su esencia yace de ser una misma.

 

No hay época ni literatura que no haya invocado al vino, ni banquete que declare su presencia celestial. Como memoria, el vino es una especie de dios que atraviesa el tiempo y las distancias para evocarnos que no se necesitan misterios para encontrar la alegría en esos momentos a veces tan opuestos de la vida.

 

Y como poder celestial, este néctar tiene la dicha de ocultarse entre aromas y sabores en frío o a fuego lento para seguirse transformando sin perder su particularidad. Sería un sacrilegio no sugerir en estas líneas que, si se deja caer un chorrito de vino sobre unas cebollitas previamente doradas en mantequilla y espolvoreadas con azúcar, se convierte en manjar para disfrutar, simplemente a cualquier hora.

 

Espesado con miel entre la pulpa de una fruta de temporada, esparcido sobre una rebanada de pan, con seguridad le conducirá al centro más gozoso de la tarde. No olvide ponerle el nombre de algún lugar que guarde en su memoria, por ejemplo: mermelada de vino para viajar a las estrellas.

 

También puede fundirlo con la carne de res, quedará impregnada de un resplandor oscuro y solemne. Procure no sobre cocinar las piezas y acompañar solo con papas asadas porque en este plato, lo primordial es el sabor del vino bañando esos jugosos filetes que se han de derretir en su boca. 

 

Con total certeza, en sonata al vino resuena otro asunto muy importante: una alacena sin pan, sin aceite ni vino, no solo es descuido, también aburrimiento.

 

 

 

[1] Comunicadora Social, especialista en Comunicación Organizacional, Magister en Ciencia Política. Interés en escribir sobre la comida como elemento narrativo en la literatura y como arte simbólico de la memoria social.

 

 

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