Por Victoria Marín
A menudo, del acercamiento a los libros durante la infancia deviene el encuentro con la palabra como mera sustancia y alimento, esto si se tiene la libertad de elegir tan solo por deseo, divertimento o necesidad, aunque normalmente se elijan obras de aquel conjunto que ya ha pasado por la aceptación letrada o la legitimación de una tradición.
En ese entonces, solíamos prescindir de muchas cosas que ahora nos estorban, entre ellas, cualquier escenario ajeno a la revelación de las historias, cuando estas no llegaban a desarrollarse en el terreno de la memoria y la historia familiar. La conciencia lectora de la infancia, todavía indómita, concentraba la mirada que devolvía el espejo último, aquel que siempre, cuando resultaba verdaderamente grato y provechoso, aparecía despojado de los rasgos de la máscara del escritor en sociedad, presto a mimetizar.
Debo suponer que, a muchos, como a mí, no nos interesaba saber quién había escrito qué, ni qué se había dicho sobre ello. En mi caso, era más sencillo recordar las peculiaridades de un cuento o una novela que el nombre de la persona que lo había engendrado, quien muchas veces no pasaba de ser un extraño que se interponía entre la niña que era y la que se convertía en historia cada vez que leía.
Incluso ahora, en ocasiones, me veo arrastrada por ese desplazamiento de la atención, que relega a un segundo plano cosas tan importantes para las instituciones literarias como la figura autoral. No solo porque, quizá, haya quedado un remanente de aquella resistencia infantil hacia la domesticación, o porque crea que la persona detrás de la obra carece de importancia; más bien, creo que ocurre lo contrario. Simplemente a veces me dejo llevar por el impuso, otras, pienso que sería maravilloso que, alguna vez, cada uno de nosotros tuviera la oportunidad de ser leído y procurado de ese modo, sin tomar en cuenta etiquetas de nombre, raza, posición social, geografía o género, tan solo por la virtud del texto, concibiendo la figura de quien escribe como ese autor que trasciende diferencias como las establecidas entre hombre y mujer, término que María Zambrano empleaba para pensarse en un género neutro (Laurenzi, 1995, p.17), quizá a falta, en aquella época, de las posibilidades que hoy brindan recursos como el lenguaje inclusivo.
Más, no vivimos en un mundo carente ni de identidad ni de estructuras, aunque muchas se alejen de lo real. Como menciona Elena Laurenzi, “María Zambrano era profundamente consciente de ser una mujer que escribía, y quería escribir como una mujer, trastocar el discurso masculino dominante, obligarlo a enfrentarse a una otredad radical” (1995, p.17), que reconoce y ejerce una escritura distinta de los modelos entronizados en el canon occidental (ese conjunto de obras que ha resultado reductivo y excluyente), una otredad que ha tenido que hacerle frente a la disminución de su valor al ser calificada meramente como subjetiva, en contraste con una supuesta universalidad, tradicionalmente asociada a lo masculino; que se ha leído como emocional o delirante, íntima o imaginativa en un sentido menor, y por ello ha sido relegada al ámbito de los afectos, lo infantil, lo doméstico o lo catártico, como si careciera de mérito y densidad reflexiva. En resumidas cuentas, en muchos casos, presa de la violencia simbólica, definida como “el sometimiento de unos sujetos respecto de otros a través de procesos de socialización que naturalizan relaciones de poder…” (Reyes-Reinoso et al., 2024, p.1) bastante cuestionables, incluso, de violencia epistémica al invalidar voces, saberes y experiencias.
Y en ese gesto —en la valentía de asumirse mujer y de apropiarse de la palabra siendo femenina, como ella misma reivindica—, Zambrano se enfrenta al recelo y a la aridez de un sistema que ha despojado al pensamiento de su carne y su vínculo con la vida. Como sujeto femenino, transforma una desventaja histórica en potencia creadora. Aquella a quien se relegó al ámbito del cuerpo —subordinado a la razón, identificada con lo masculino— y de las pasiones —consideradas lastres del genio—, busca ahora escuchar a las entrañas, restituir el cuerpo al pensamiento, en un acto de reconciliación con el mundo y con los otros.
En España, sueño y verdad, la autora plantea como antídoto de la violencia que despoja, aniquila y exige para sí el tributo de la mirada, como antídoto del deseo (origen de toda reducción o tiranía), la ternura, “la antigua ternura, más vieja que el amor; la fidelidad de las entrañas aquietadas…” (Zambrano, 1994, p.192). En el arte, se refiere no a la falsa luz rectora, calcinante, egoísta y cegadora, de pretensiones soteriológicas, androcéntrica y misógina, tan afín a la ideología patriarcal que busca desesperadamente el reconocimiento y la inmortalidad de los nombres, sino a la luz que se convierte en presencia a través de la ausencia, de ese gesto de apertura hacia lo humano que nada tiene que ver con “el afán de subordinar lo originario a lo individual, impidiendo la trascendencia, condición de posibilidad del cumplimiento de la obra (Micheron, 2003, p.236).” Luz unificadora que, paradójicamente, permite el reconocimiento de una multiplicidad inasible e irreductible, y que no combate pero que tampoco huye, que resuelve la confrontación, muchas veces artificial, entre lo bello y lo monstruoso, el alma y el cuerpo, lo femenino y lo masculino en una suerte de amistad representada en la imagen del fauno dormido y la mujer en vela, a la que alude cuando habla del arte de Picasso.
Ahora bien, para la autora, este género de ternura no parece ser incompatible con la idea de un canon, puesto que llega a mencionar que este tipo de luminosidad presente en la “personalidad creadora [que] en su grado máximo linda con el no ser” (Zambrano, 1994, p.186) es la que gesta los santos, los héroes y los clásicos, quienes han alcanzado la perennidad. Lo que cambia es el enfoque, la anulación del infierno de los otros, posible gracias al abandono de toda pretensión objetivante, que podría desembocar en la anulación del otro (ese devorar) o en la indiferencia.
Sin embargo, da la impresión de que Zambrano no elude el tema de la violencia concebida como algo que se ha seguido necesariamente de la naturaleza de las cosas, en el mejor de los casos, como un estadío previo a la toma de conciencia, pues identifica como desenlace del cuadro mitológico “La dulzura de la mujer que no volverá a ser violada” (1994, p.190) y termina su ensayo “El amor y la muerte en los dibujos de Picasso” con la frase “La paloma que se desangraba en su vuelo ha encontrado la libertad” (1994, p.192).”
Estas palabras podrían resultar incómodas, si se toma por dulzura una cualidad ligada al sometimiento, a lo femenino y a lo infantil vistos como estados imperfectos de la persona, cuando lo opuesto a la dulzura son “todas las formas de acomodamientos, de suavidad adulterada, de papilla sentimental.” (Dufourmantelle, 2022, p.54). Es por eso que es necesario precisar el concepto y cómo puede asociarse con la libertad y la amplitud.
La filósofa francesa Anne Dufourmantelle la define como una fuerza simbólica con grados de intensidad y capacidad de transformación sobre las cosas, como una potencia. Como algo capaz de domesticar, pero que nunca será domesticado, pues se resiste a la perversión.
En muchos aspectos, tiene la nobleza feroz de un animal salvaje. Al parecer, sucede lo mismo con algunas otras especies escasas. La inocencia, el coraje, el deslumbramiento, la vulnerabilidad, al margen de los conceptos examinados por la gran historia del pensamiento… (Dufourmantelle, 2021, p.10).
En principio, es necesario entender que, aunque la dulzura puede ser, por ejemplo, fundamento de una ética para la autora, no es una cualidad exclusivamente humana. Es lo que en las cosas produce el cambio y la realización de los cuerpos y las ideas, una de las fuerzas que mueve los engranajes del mundo y permite su desarrollo. Tiene que ver con la calma, con hacer ver, con la tranquilidad, la persistencia, y la lentitud, consiste en un “instinto lo más cerca posible del ser, que no estaría solamente afectado a la conservación de sí, sino también a la relación.” (2022, p.18). A su vez, no siempre está relacionada con la norma social, que puede llegar a exigir el sacrificio de sí, incluso del ejercicio de la propia voz, pues es también la responsabilidad para consigo mismo, las ideas y todo lo que existe.
Dufourmantelle propone que sea entendida como el tiempo y, yendo más allá de las imágenes mentales, como movimiento en el acto y la contención. Puede ser, además, siguiendo a la autora, una fuerza de resistencia que suscita la violencia, puesto que no se presta para el poder ni para el sistema capitalista, a menos de que se hable de una noción edulcorada y pervertida de la dulzura, esa que vende libros y filosofías light, que privilegia el buenismo ante la defensa de la vida y la completitud de las formas. La dulzura puede abarcar la rebeldía, la desobediencia y el desencanto, incluso motivar el cuestionamiento y la crítica.
En relación con el canon, el ejercicio de la dulzura permitiría generar una apertura, romper con esa visión sesgada o simplemente muy conveniente para los intereses de quienes seleccionan o para el mercado objetivante, amparándose en la noción de superioridad estética y falsa naturalidad.
En primera instancia, la dulzura llama a conocer y comprender de manera profunda. Propiciaría, por ejemplo, la redefinición (incluso la autodefinición) y la comprensión de las letras de las periferias más allá de las etiquetas que los centros comenzaron a utilizar para descalificarlas, pues el término periférica en arte no remite únicamente a un lugar de procedencia, sino también a una supuesta menor sofisticación y valor estético (Giunta, 2020). Esto implicaría desentrañar los mecanismos de poder y cuestionar los discursos dominantes; es decir, atender a aquellas producciones que las instituciones literarias —ya sean la academia, los premios, las editoriales, la crítica especializada o incluso los espacios de divulgación— suelen dejar fuera. Tratar de reconocerlas por lo que son y no simplemente como expresiones concebidas para ocupar un lugar subordinado o menor, sino como obras cuya marginalidad ha sido impuesta por determinadas relaciones de poder.
La dulzura supondría, entonces, hacer frente a esa injusticia, aun cuando ello implique el apartamiento. Significaría visibilizar y poner sobre la mesa —a través de diálogos, debates, congresos y espacios de intercambio— aquello que muchas veces no se quiere ver, como la diversidad, las experiencias desplazadas y las voces silenciadas. Pero también podría implicar ignorar las reglas del juego institucional, en la medida de lo posible, y actuar con cierta independencia. Crear medios de difusión, como revistas o proyectos audiovisuales; promover espacios de encuentro no necesariamente dirigidos a un público especializado; traducir, divulgar y dar a conocer obras que trasciendan la figura de la persona autora, como diría Zambrano, sin desprenderse de su experiencia vital ni de la realidad que las gestó, marcada por una marginalidad o invisibilidad impuestas.
Implica también no ubicarse del lado de la disidencia solo de nombre, trabajando con fondos y estándares de las instituciones que rigen el canon.
De esta manera, incluso sin pretenderlo, se estaría generando una presión capaz de romper la burbuja y subvertir la dicotomía del poder.
Por otro lado, trabajar con dulzura en beneficio de la cultura y del arte, no solo sería dar cabida a cuanto tema y discurso que haya sido relegado se pueda, sino tomar conciencia de las virtudes de las obras, del trabajo y la dedicación que conlleva escribir, evitar la rapidez, las ansias por ser reconocido y producir aceleradamente, que solo pueden desembocar en ruido o imitación. De esta manera, los que defienden el hermetismo del canon no podrían decir que se procura su apertura, como han dicho de los esfuerzos del feminismo, por resentimiento simple y llano. Sin mérito. Así pues, actuar con dulzura consiste no sólo en dar lugar a la incorporación de nuevas voces o temas en el ámbito cultural, aceptar y procurar su transformación y actualización, sino también procurar la maduración y el trabajo reflexivo.
En este sentido dulce podría ser, por ejemplo, y en el contexto costarricense, el libro Revenar de Max Jiménez. Yolanda Oreamuno lo describe como
…aquello de estar enhebrado; sentirse untado de una costra de buenos modales y ver sobre una mesa bordada de cosas incomibles y elegantes, un pedazo de pan blanco y un vaso de agua clara, para la sed de cosas buenas, y para el hambre de cosas francas.
Y luego sus maderas, cariñosas, que yo he visto muchas veces reventar trabajosamente de sus manos de obrero, han ido saliendo lentamente en un parto dificultoso, chorreando por la punta, unas veces aguda, otras chata de sus instrumentos de trabajo bajo el cerebro del hueco de su mano. No son plumas ni pinceles, ni cinceles de grabados de joyas, son en esas manos: un arado, una pala, un machete, que iba dejando sobre la tierra blanca de los cuadritos de madera de café, trillos para el grano, arroyitos de agua pura, charquitos de barro, caminitos que van haciendo así… así… en madera suave; lumbreritas de luna, y sobre la mesa, un montoncito que cabe en el hueco de esa mano obrera, de colochitos tiernos del diminuto aserradero. (1961, p.12)
Ahora bien, no nos engañemos pensando que, por más admirable y atrayente que pueda ser, la dulzura de Anne o la ternura de María (otra especie de dulzura) o incluso el tipo de dulzura que en la obra de Max Jiménez describe Yolanda es capaz de acabar con la mediocridad, el egoísmo, la violencia, la ignorancia, la injusticia o la brutalidad, pues, aunque en muchos casos les haga frente, suele ser rechazada en su estado más prístino y, pese a su vocación de iluminar y conectar, a menudo exige de la persona un apartamiento, que esté dispuesta a pasar por insignificante, loca, criminal o idiota. De acuerdo con Dufourmantelle, los dulces suelen ser también héroes trágicos, pues su presencia “actúa como elemento revelador y activador de los demonios del Otro”, también, en relación al genio, demanda el sacrificio de la soledad para su maduración, y no de cualquier soledad, sino de aquella que colinda con la muerte, como bien señala Yolanda Oreamuno, ella, tan dulce en su refinamiento, en sus exigencias para con su obra, en su ser indómito, a veces tan cercano y tan distante, al hablar de su vocación por la escritura y su empeño en la sublimación del genio. En su correspondencia dice:
El genio es allá donde se rompen las medidas, donde tú estás solo, absolutamente solo, y no te sirven las palabras de los otros, ni sus sonrisas, ni siquiera su amor. Es estar cohabitando con la muerte en todos los segundos. Es no poder conjugar con los demás. Es horrible ser ángel. (A lo largo del corto camino, 2014)
Por otro lado, sería ingenuo pensar que los mecanismos de poder dejarán de privilegiar a unos en detrimento de otros, a veces no de manera deliberada, sino por ignorancia o simple pragmatismo. Tampoco parece probable que nuestras sociedades dejen de entronizar la eficacia, la rapidez y la rentabilidad, valores que hoy atentan contra la dulzura.
Entonces, cualquiera podría preguntarse: ¿para qué arriesgarse a ser dulce? Pues porque, parafraseando a Dufourmantelle, la dulzura permite abrir la vida a la libertad mediante el conocimiento de uno mismo, de los otros y el cuestionamiento de nuestras propias dinámicas. Porque es una condición de subsistencia en el mundo. Porque, al sustituir la lógica del deseo por la de la necesidad (esa sed de crecer, de extenderse, de desplegarse, de aplastar a otros) surge una fuerza sin límites capaz de tocar tanto lo visible como lo invisible; y en ello hay, además de esperanza, un profundo placer.
Y, por último, como dirían Thoreau y la propia Anne Dufourmantelle, simplemente por el gusto de hacer lo que, desde los adentros, se concibe como correcto, porque la dulzura también puede ser una fuerza en defensa de lo justo, principio, pensamiento y acto poderoso que no rehúye la lucha ni es agotado por la estrechez de miras o la tiranía.
Referencias
Giunta, A. (2020). Contra el canon. Siglo XXI Editores.
Laurenzi, E. (1995). Cuadernos inacabados. María Zambrano: Nacer por una misma. Horas y Horas.
Micheron, C. (2003). Introducción al pensamiento estético de María Zambrano: Algunos lugares de la pintura. Logos. Anales del Seminario de Metafísica, 36, 215–244.
Oreamuno, Y. (2014). A lo largo del corto camino. Editorial Costa Rica.
Reyes-Reinoso, J. R., Zamora Vázquez, A. F., Useche Aguirre, M. C., Leon-Prieto, M. E., Bassó, L. S., & Ordoñez-Gavilanez, M. E. (2024). Visión general sobre la violencia simbólica: Revisión de la literatura. Revista de Gestão Social e Ambiental, 18(6). https://doi.org/10.24857/rgsa.v18n6-140
Zambrano, M. (1994). España, sueño y verdad. Siruela.
[1] El título hace referencia al versículo Beati mites: quoniam ipsi possidebunt terram [Bienaventurados los dulces, porque ellos poseerán la tierra]. (Mt 5, 5), mencionado por Anne Dufourmantelle en su libro Potencia de la dulzura.
