De la prehistoria al espacio

El viaje literario de El corazón habitante

 Por Diego Díaz

Hay libros que se leen con la mente y otros que se sienten en el cuerpo. Daniela Tarazona tiene la capacidad de hacer las dos cosas al mismo tiempo. Quienes la conocen por obras como Isla partida (Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2022) saben que no es una escritora convencional: a ella le gusta explorar los límites de nuestra identidad y de lo que nos hace humanos.

 

En su novela El corazón habitante (2025), vuelve a demostrar una habilidad poco común: tomar preguntas de la ciencia y la filosofía, esas que a veces se sienten frías, y las convierte en una experiencia literaria que late, que duele y que emociona A través de una prosa precisa y profundamente poética, la autora nos recuerda que pensar no está peleado con sentir.

 

La novela es un viaje fascinante que entrelaza tres vidas que, a simple vista, no tienen nada que ver, pero que comparten una misma obsesión: ¿qué significa estar vivos?

 

El primer asombro que encontramos es el viaje a la prehistoria para mirar el mundo a través de los ojos de una mujer que descubre el lenguaje, el miedo, la naturaleza y el impulso de dejar su huella pintada en una cueva. La autora nos devuelve a ese momento en que todo en la Tierra era un misterio absoluto.

 

La novela da entonces un salto al siglo XVII para seguir los pasos de William Harvey, el médico que revolucionó la ciencia al descubrir la circulación de la sangre. Lo vemos observar, diseccionar y obsesionarse con el corazón, no solo como científico, sino como alguien empeñado en comprender aquello que sostiene la vida.

 

Una de las partes más importantes es la nostalgia del vacío, es quizá el punto más conmovedor que nos habla de un cosmonauta atrapado en la órbita terrestre. Desde el espacio, ve a la Tierra como un pequeño ser vivo, sin fronteras ni guerras; no obstante, esa distancia brutal le pasa factura: extraña lo cotidiano, sufre una soledad aplastante y llega a plantearse el suicidio. Su experiencia nos recuerda que a veces es necesario alejarnos para comprender la vida, aunque el precio sea el extrañamiento.

 

Lo hermoso de esta novela es cómo dialogan estas tres almas. El corazón es el puente invisible entre ellas, es lo que mantiene viva a la mujer prehistórica, el enigma que Harvey quiere descifrar y el eco de fragilidad que el astronauta escucha en el silencio del espacio.

 

En un mundo hiperconectado donde todo va demasiado rápido y parece que ya nada nos sorprende, El corazón habitante nos invita a detenernos, a respirar y a escuchar el latido de nuestro propio corazón.

 

No es un libro para leer a las carreras; es una obra breve y profunda para saborear despacio. Una invitación a conmovernos con lo que, de tan cotidiano, hemos dejado de ver: el milagro y el misterio de estar aquí.

 

 

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