entre los cuentos de los hermanos Grimm
Por Diana Peña Castañeda[1]
Si hay algo que ha perdurado en la memoria de la humanidad con una extraordinaria extensión en tiempo, geografía y cultura, son los cuentos de los hermanos Grimm. En ellos habitan doncellas durmientes, madrastras envenenadoras, sapos que esconden reyes, brujas que devoran niños, hadas que auxilian y animales que hablan, informan o presagian. Cada historia, desde su dimensión fantástica metaforiza las realidades y conflictos de la vida.
Para los hermanos Grimm, estas narraciones que describieron como “pequeños trozos de una joya rota esparcidos por el suelo, cubiertos de hierba y flores”, eran fragmentos de las recordaciones populares que debían rescatarse antes de que fuesen relegadas al olvido. Sin embargo, su intención estaba lejos de entretener a niños. En una época de guerras napoleónicas, tensiones sociales, hambrunas y miserias, sus versiones originales reflejaban castigos brutales, finales aterradores y advertencias severas a no transgredir la obediencia, considerada la primera virtud de toda moral.
Y aunque más tarde la industria editorial y cinematográfica sustituyó el terror por finales mágicos para hacerlas más aceptables, la esencia inquietante de estas historias no pudo ser borrada. Quizás, porque la mente es intuitiva ante lo oculto y en los silencios de cada relato, reconoce el opus natural de la perversión humana que se pavonea por los bailes de palacio, disfrazada con vestidos de gala, prometiendo un “felices para siempre” entre perdices y el brillo jugoso de manzanas silvestres.
En los cuentos, cada escenario engaña. El bosque no es el santuario de árboles que filtran los rayos del sol; es la alegoría del miedo, porque allí los niños se pierden o son abandonados. Los castillos no son siluetas majestuosas cuyas torres rozan las nubes; son cárceles grises, donde el tiempo se enreda en el musgo de espinas que cubre los muros. Las casas no son el refugio acogedor perfumado con el aroma de la leña; son vacíos inhóspitos donde las sombras se alargan entre las grietas para insinuar lo siniestro. Los espejos revelan el trasfondo del alma, las cintas asfixian, las ruecas infectan y las vajillas maldicen mientras las velas se mueven solas.

También, cada personaje cumple un propósito. Los animales son augurio de tragedias o encarnan la depredación. El hombre, es redención, poder y autoridad; algunas veces, el héroe que retorna el orden después del caos, otras, el viajero que conquista su lugar en el mundo. Los niños, como el estado más puro del ser humano, son víctimas de la crueldad adulta; por eso son perseguidos, devorados o desamparados. Y la mujer, como resultaría obvio para la época, tiene dos matices: la que envenena por envidia, la bruja que mata. O, la hija seductora, la doncella ingenua, la esposa codiciosa, la madre que se ausenta. En cualquier caso, por ella, se entiende la amenaza, lo incorrecto o la partida.
Por supuesto, la comida también tiene una funcionalidad decisiva en cada historia. En Hansel y Gretel, el hambre lleva a que los padres abandonen a sus hijos en un bosque. Los niños cargan un trozo de pan con el que tienen dos opciones: saciar su necesidad o marcar el camino a casa. “El mal tampoco es algo pequeño o cercano…” al decir esto, los hermanos Grimm no se refieren precisamente, a las intenciones de la bruja de devorarlos engañándolos con una casa hecha de pasteles, sino al hecho de convertir en natural algo tan atroz como el desamparo de papá y mamá.
Entre tanto, Caperucita roja lleva una cesta de pan, mantequilla, frutas y otros víveres para su abuela enferma. En la historia, la comida representa el cuidado y el amor a la familia; pero también el peligro por desobedecer a su madre quien le ha advertido que no se aleje del camino ni hable con extraños. “¿Y qué llevas ahí, pequeña? Huele delicioso… ¿acaso es para mí?” le pregunta el lobo escondido tras el tronco de un árbol. La respuesta de Caperucita más que un diálogo cordial, significa el quiebre de su inocencia; incumplir la confianza de la madre implica conocer el mundo y sus amenazas.
Desde luego, de eso se trata la vida, de aprender, a veces con duras lecciones. En Rapunzel el amor vence el miedo y las maldiciones. Ella no solo debe enfrentarse al poder dominador de la bruja, escapar del encierro donde ha estado siempre, sino convertirse en una especie de salvadora al devolver la visión al príncipe con sus lágrimas. Pero su origen es un aviso de las consecuencias sobre el deseo impulsivo. La madre de Rapunzel, embarazada, solo anhela comer lechugas del huerto de la bruja. Su esposo, desesperado, roba un puñado de hojas frescas y crujientes. “…No hay otro precio, ni otra salida. Acéptalo, o su hambre no se calmará jamás”, dirá la bruja mientras lo deja hurtar. La esposa ha saciado su antojo, pero a cambio deberá entregar a su hija.
En Blancanieves el mal es seductor e irresistible como en el mito bíblico. La madrastra enferma de celos se ha disfrazado de humilde anciana para no ser reconocida. Frente a la niña, le brinda una manzana “Mira qué hermosa fruta, niña. Roja como la sangre, blanca como la nieve…Solo una mordida y sentirás cómo la frescura del bosque se derrite en tu boca.” Tentada por la curiosidad, Blancanieves la acerca a sus labios. En un crujido, la jugosidad dulce y ácida del bocado estalla en su boca. El placer la envuelve. La anciana sonríe. El bosque oscurece. Blancanieves ha dejado de respirar.
Ahora, que si de usar la comida como instrumento para el maltrato, la madrastra y hermanastras de Cenicienta no tienen piedad. Le imponen los trabajos más imposibles como muestra de humillación y esclavitud. Preparar sopa con una ínfima cantidad de agua, elaborar pan con un solo grano de trigo. Y si desea ir al baile del príncipe, deberá separar granos de lentejas de las cenizas de la chimenea.
Pero la esperanza está envuelta de absurdos. Mientras la ceniza representa el lugar más bajo en la jerarquía familiar y el desprecio que Cenicienta recibe, las lentejas simbolizan resistencia en tiempos de penurias. También evocan fertilidad y abundancia. Quizás, aquellas olvidaron, cegadas por la rabia, el augurio de prosperidad que hay en esa costumbre genuina de lanzar semillas a los recién casados.
En el cuento nunca se menciona que Cenicienta haya preparado las lentejas. Sin embargo, ante la carencia más que la laboriosidad, podría verse a la joven frente al fogón, sazonando en una olla de barro las legumbres con agua, sal y quizás algunas hierbas del huerto traídas por los pájaros. No hay lujo, solo un guiso sencillo y nutritivo que transforma lo poco en algo valioso.
Y así, como los cuentos de los hermanos Grimm se han matizado con el tiempo, el guiso de lentejas ha tenido también gestos sencillos. En el pasado, fue un alimento de supervivencia, marcado por la escasez; hoy, puede enriquecerse con nuevos ingredientes y servirse tanto en la calidez de la mesa de cada día, como parte de un banquete para una ocasión especial, que, al destapar la sopera, el aroma estimule el apetito en un momento esperanzador.
Escribir un cuento tiene sus secretos, eso lo sabían muy bien los hermanos Grimm; del mismo modo, que el guiso de lentejas su propia magia. Por qué no, preparado con un fondo bien suntuoso, compuesto con un picadillo de cebollas, ajos y pimientos rojos, aderezado con especias al gusto, sorprendido con una carne desmechada o lomitos en cuadros, unas rebanadas de panceta ahumada o trozos de chorizo o salchicha, ¡alemana, claro! Todo esto regado con finas hebras de cilantro o perejil, acompañado de tostadas de pan caliente. Y que sea dicha la verdad, cuando el guiso hierve, la memoria de los cuentos nos devuelve a los tiempos duros en los que el miedo y el hambre enseñaban lecciones profundas, como ahora y desde siempre.

[1] Comunicadora Social, especialista en Comunicación Organizacional, Magister en Ciencia Política. Interés en escribir sobre la comida como elemento narrativo en la literatura y como arte simbólico de la memoria social.
