Fideos con mantequilla inspirados en Papá Goriot novela de Honore de Balzac
Por Diana Peña Castañeda[1]
En la pensión Vauquer se sirve sopa, a menudo hecha de sobras; la carne está recalentada, casi siempre dura, rara vez se presenta en guiso con nabos; los repollos cocidos nunca especiados, ni siquiera una pizca de sal; el corte del pan que es del día anterior resulta parco; el queso deja de ser un placer para convertirse en porciones amargas; por vino, el vaso opaco se llena de una bebida aguada que solo sella la boca.
Día tras día, los pensionistas se sientan a la mesa a probar ese menú repetido, que no alimenta, tan solo llena el vacío de las historias miserables que cada uno habita. Rastignac y su deseo de ascender socialmente; Vautrin un criminal visionario; Mademoiselle Michonneau, sin estatus, ni familia, ni poder, dependiente de la pensión o de la policía; Poiret, un viejo burócrata jubilado, ridículo y gris; madame Vauquer, la dueña de la pensión, vulgar e interesada en el dinero; la señorita Victorine, un modelo de virtud que se consume en el ahogo. La comida es el reflejo de sus vidas descoloridas que se mueven entre la falsedad y lo descompuesto de una sociedad que alardea moralidad.
El comedor es un lugar oscuro y encerrado que Balzac describe de la siguiente forma:
“[…]Huele a encerrado, a moho, a rancio; produce frío, es húmeda, penetra los vestidos; posee el sabor de una habitación en la que se ha comido; apesta a servicio, a hospicio. Quizá podría describirse si se inventara un procedimiento para evaluar las cantidades elementales y nauseabundas que en ella arrojan las atmósferas catarrales y sui generis de cada huésped, joven o anciano[…]”
En una de las paredes del salón se observa un cuadro que corresponde al banquete dado al hijo de Ulises por Calipso. Un contraste irónico del esplendor de ese convite que evoca abundancia, placer y belleza frente a los platos desabridos que consumen los huéspedes en ese espacio asfixiante. Ellos se burlan a carcajadas del fresco, no por superioridad, aunque así lo crean, dice Balzac, en realidad lo hacen para acallar lo que no tienen. Por eso, más que risa lo que refleja sus rostros es una ironía trágica.
También se burlan de la vida de papá Goriot a la que describen como decadente y sospechosa, así lo muestra Balzac:
“Papá Goriot era un socarrón, un taciturno.[…] Aquel negociante tan distinguido convirtiose, pues, en un bribón.[…] Hacían de él un espía, un jugador, un avaro, un hombre que prestaba dinero. Se hacía de él todo cuanto de más misterioso engendran el vicio, la vergüenza y la impotencia.“
Su dieta tampoco pasa desapercibida. Esta se va reduciendo en tanto él se va empobreciendo. Si al comienzo comía fuera de la pensión, terminó comiendo sopa y hervido en ese frívolo comedor. Luego, su alimentación es simple, quizás asociada a su antigua profesión, quizás como una forma simbólica de retener el recuerdo: fideos con mantequilla. Sin queso ni sal extra. No hay especias, ni pimienta, ni perejil, ni guarniciones, ni salsas, ni nada que realce lo rústico de la preparación. Solo fideos al dente aderezados con mantequilla que se deshacen con lentitud entre el cubierto y la melancolía.
Nos cuenta Balzac:
“Papá Goriot, anciano de sesenta y nueve años, habíase retirado a la casa de la señora Vauquer en 1813, después de haber abandonado los negocios. […] Goriot llegó provisto de un guardarropa bien abastecido, el magnífico ajuar del negociante que no quiere privarse de nada al retirarse del comercio. La señora Vauquer había admirado dieciocho camisas muy finas, cuya calidad resaltaba aún más porque el antiguo fabricante de fideos llevaba en la pechera dos agujas unidas por una cadenilla, y cada una de las cuales llevaba un diamante de gran tamaño.”
Fue un exitoso comerciante de fideos, ahora sumido en la pobreza porque toda su fortuna tiene nombre: Anastasie y Delphine, sus dos hijas. Para él, más valiosas que todos los tesoros; ellas son superiores a los ángeles; más hermosas que el rayo del sol. Para los demás, encarnan a la mujer manipuladora, interesada y destructiva porque su ambición hace que desprecien el ahora humilde padre. Ambas son retratadas como símbolos de ingratitud y ambición. Una imagen que responde más a un estereotipo dañino que a una mirada justa. Pero Goriot es su padre, por eso las glorifica; hacia ellas solo le nace una admiración devota. Sin embargo, en el fondo sabe, aunque no lo diga, que su amor desbordado, sin límites ni correcciones, deformó en ellas el sentimiento.
Papá Goriot las educó con todos los esplendores para un mundo de aristocracia, de salones aterciopelados, de fiestas y comidas finas, Balzac apunta: “Rico de más de sesenta mil libras de renta, y no gastando ni mil doscientos francos para él, el señor Goriot cifraba su dicha en satisfacer los caprichos de sus hijas: los más excelentes maestros recibieron el encargo de instruirlas cabalmente;[…] vivían como habrían vivido las amantes de un rico señor anciano; les bastaba con expresar los más caros deseos para ver a su padre desvivirse por realizárselos.” Pero no les enseñó lo humano, eso tan sencillo y natural que suele ser dar las gracias.
Sus hijas están casadas con hombres poderosos, una es una condesa, la otra, esposa de un banquero. Ellas buscan seguir escalando socialmente y la imagen de su padre no genera éxito. Solo lo visitan en la pensión para pedirle dinero. Pero el amor de papá Goriot es paterno y sacrificado. Deja de gastar en sí mismo para proveerlas sin el menor reparo. Entonces, lentamente vemos cómo se va despojando de todo ese ajuar magnífico hasta quedar reducido a una silueta cansada que huele a harina y a silencio.
Papá Goriot se ha resignado a ese estatus y a las visitas esporádicas, secretas y ambiciosas de sus hijas. Su historia como la de los demás pensionitas, también es trágica y profundamente humana. En los demás huéspedes, la comida simboliza corrupción a la vez que hipocresía. En él, los fideos con mantequilla son un acto cotidiano que lo sustenta. Él está vivo porque los fideos lo mantienen vivo para dar a sus hijas. Los fideos simbolizan el lazo familiar, el cuidado. También la fragilidad, son la memoria de un pasado dorado, ahora, la muestra más sincera de un amor despojado.
Por eso su cena parece una plegaria. Papá Goriot come solo, con la mirada perdida, mastica lento. Cada fideo es como un hilo que lo ata al pasado de una vida ostentosa en compañía de unas hijas que una vez lo llamaron: papá.
Receta de fideos con mantequilla
Ingredientes:
100 grs. de fideos largos.
25 grs. de mantequilla.
Sal al gusto.
Preparación:
Hervir agua suficiente, salarla.
Una vez hierva el agua, agregar los fideos hasta que estén justo antes del dente.
Aparte, sofreír mantequilla.
Aderezar con sal.
Incorporar los fideos y dejar que sazonen por unos segundos.
Servir caliente.
Al anochecer, cuando en las calles de Neuve-Sainte-Geneviève el silencio es el ladrido ahogado del perro y en la pensión Vauquer se apagan las luces, papá Goriot, algo encorvado, se sienta frente a su plato, mira lo que está servido con ternura. Sus dedos se alargan para enrollar en el tenedor pequeños bocados que lentamente lleva a la boca, mientras su recuerdo mira hacia la larga espera.
Cada fideo es el eco que revive la calidez de la intimidad familiar. Sus hijas son su amor puro, también su tragedia más honda. Su esperanza, antes de que la muerte lo encuentre pobre, solo y desilusionado, es que alguna vez ellas se sienten a su lado a compartir la mesa. Ojalá estuviese llena de viandas: frutas, lechugas frescas especiadas, el mejor vino, pan crujiente, filetes de cordero asados, rebanadas de pavo doradas… Y en el centro, un plato humeante de fideos con mantequilla, fragantes de ajo, tocados por la finura de la pimienta para que el queso caiga con generosidad, como la lluvia sin culpa ni dolor.
Y mirándolo a los ojos, Anastasie y Delphine le digan algo tan simple, pero fraterno como:
“Tomad, papá; comed de esto, está muy rico.”
(Papá Goriot de Honore de Balzac)
[1] Comunicadora Social, especialista en Comunicación Organizacional, Magister en Ciencia Política. Interés en escribir sobre la comida como elemento narrativo en la literatura y como arte simbólico de la memoria social.
