Existencia: movimiento perpetuo entre la pregunta y la nada

 Una lectura de Los péndulos de la nada y El séptimo sello

Por Marta Rojas Porras

(Universidad de Costa Rica)

 

El libro Los péndulos de la nada (2026), de Jorge S. Massey, publicado por la editorial Poiesis, propone una reflexión radical sobre la existencia, el lenguaje y el vacío. El título, que funciona como primera clave interpretativa, convoca dos nociones fundamentales: el péndulo y la nada.

En su acepción básica, un péndulo es un cuerpo suspendido que oscila entre dos extremos; sin embargo, su dimensión simbólica remite al tiempo, la duda, el vaivén emocional y la búsqueda de equilibrio (Real Academia Española, 2026). La nada, por su parte, se define como “no ser o carencia absoluta de ser” (Real Academia Española & Asociación de Academias de la Lengua Española, 2024), es decir, el vacío ontológico. Si el péndulo se desplaza entre “la nada”, su movimiento sugiere un vaivén existencial sin dirección ni fundamento, un tránsito perpetuo hacia el vacío. Como señala Castillo (2025), cuando el punto fijo del péndulo es la nada, desaparece todo sostén: no hay origen, no hay fundamento, solo fragilidad e incertidumbre.

Esta intuición inicial se confirma al ingresar al texto. En el “Antiprólogo”, Massey advierte que su obra es “para quien disfruta de esas puertas que solo llevan a otras puertas, a un laberinto interminable e infinito”. La promesa no es la respuesta, sino el silencio. Desde esta premisa, el poemario articula una paradoja fundante: “La nada es la única herramienta de Dios”, mientras que el lenguaje es la herramienta humana para “encontrar un orden en el vacío”. La tensión entre un universo originado en la nada y un sujeto que intenta otorgarle sentido mediante la palabra constituye el eje estructural del libro.

El hablante poético se reconoce como un ser desplazado: existe en el exilio, en la soledad, inventando. La soledad no es accidente, sino condición ontológica. Por ello, los seres solitarios son “una compañía inclaudicable” y “la soledad es… el atributo favorito de Dios”. En este espacio liminar, la nada se vuelve interlocutora: “la nada nos nombra”. El lenguaje, aunque frágil, es imprescindible. Si “nuestro origen es un infinito incompleto”, la palabra solo puede ser tentativa, aproximación, intento de salvar algo del derrumbe. De ahí la esperanza mínima de que “quizás el universo se salve en las bibliotecas”: el libro como último refugio ante la disolución.

La casa —símbolo de identidad y pertenencia— aparece también transformada en un espacio liminar: “Mi casa es una tumba amable donde me tocan las cosas muertas que amo”. El hogar es tumba y resguardo, muerte y memoria. La obra entera se mueve en esta ambivalencia: “todo es efímero y a la vez eterno”.

La existencia oscila entre extremos, como un péndulo que nunca se detiene. En “El epitafio final”, esta visión se condensa: “Desaparecimos / fuimos un lento / gemido / en medio del tiempo. // La nada / fue inmediata.” La vida humana es apenas un sonido tenue en la vastedad temporal; la nada, en cambio, es absoluta e inevitable.

La muerte aparece como única certeza: “Yo le temo a todo / excepto a morir”. Incluso Dios se vuelve interrogación: “Dios quiere revelarme su no existencia”. Lo perturbador no es la ausencia de Dios, sino su exceso: “No hay nada más angustiante para un ser humano que lo nombren Dios”. Ser nombrado Dios implica cargar con un sentido imposible de sostener.  

La identidad, por su parte, se vuelve inestable: “Soy otro y los otros caben en mí. No tengo identidad. He vuelto a escribir.” La escritura emerge como el único acto capaz de recomponer —aunque sea momentáneamente— ese yo fragmentado.

La vida cotidiana tampoco ofrece salida: “Vivimos en esta casa intentando ser libres… Una paradoja infinita.” La libertad se persigue dentro de estructuras que la niegan. Por eso, en este universo, “El / silencio / es / la / única / religión”: origen, destino y verdad última.

El título se ilumina entonces: “La existencia son los péndulos de la nada.” Oscilamos entre significados que se deshacen, entre certezas que no se sostienen, entre palabras que intentan fijar lo que inevitablemente se escapa. La existencia es ese movimiento perpetuo entre dos vacíos: el antes y el después.

La lectura de este poemario encuentra un eco significativo en El séptimo sello (Ingmar Bergman, 1957), una obra cinematográfica situada en la Europa medieval donde el caballero Antonius Block regresa de las Cruzadas a un territorio devastado por la peste. En ese contexto histórico de miedo, incertidumbre y desamparo espiritual, Bergman construye un universo donde el caballero desafía a la Muerte a una partida de ajedrez para ganar tiempo y formular preguntas que nadie puede responder. La búsqueda de sentido ante el silencio de Dios, la inevitabilidad de la muerte y la fragilidad humana estructuran el universo bergmaniano (Bradshaw, 2018).

En Massey, ese mismo silencio adquiere otra forma, pero no otra naturaleza. Cuando afirma que “La nada es la única herramienta de Dios”, nombra el mismo vacío que Antonius Block enfrenta en su partida. Y cuando sostiene que el lenguaje busca “orden en el vacío”, formula la misma aspiración del caballero: comprender lo incomprensible. En ambos casos, la existencia se vive como movimiento pendular: Bergman oscila entre fe y duda, esperanza y desesperación; Massey entre origen incompleto y disolución inevitable. La soledad es también un puente entre ambas obras: en Massey es atributo divino; en Bergman, condición espiritual.

Incluso la identidad se desestabiliza en ambos universos. Así, cuando Massey escribe: “Desaparecimos. Fuimos un lento gemido en medio del tiempo. La nada fue inmediata.”, parece describir la danza final de Bergman: figuras humanas recortadas en el horizonte, llevadas por la Muerte, convertidas en un gesto mínimo dentro de la inmensidad del tiempo. Ambas obras recuerdan que la existencia es frágil, que la búsqueda de sentido es interminable y que el silencio —ese silencio que tanto teme el ser humano— es, quizás, la única respuesta posible.

Aunque la comparación entre un poemario contemporáneo y una película de mediados del siglo XX pueda parecer osada, este diálogo revela una continuidad profunda: ambas obras interrogan cómo habitar la existencia cuando Dios calla, cuando la muerte se vuelve presencia cotidiana y cuando el ser humano oscila entre el sentido y el vacío. Lo más inquietante es que, pese a la distancia temporal, las preguntas de Bergman resuenan hoy con una vigencia inesperada. Nuestros tiempos —atravesados por crisis sanitarias, incertidumbre política, fragilidad emocional y desilusiones colectivas— se parecen más de lo que quisiéramos a aquel paisaje medieval marcado por la peste y el silencio divino. En este sentido, Los péndulos de la nada no solo dialoga con El séptimo sello: lo actualiza. Ambas obras nos devuelven a la misma vulnerabilidad humana, a la misma búsqueda de sentido en medio del caos, y a la misma pregunta que persiste desde hace siglos: cómo seguir viviendo cuando el mundo parece no responder.

Poner a dialogar Los péndulos de la nada con algunos aspectos de El séptimo sello no es coincidencia: es una invitación a mirar de frente el vacío, a escuchar el silencio y a reconocer que somos ese péndulo que oscila entre la pregunta y la nada.

 

 

 


Marta Rojas Porras es escritora y lingüista costarricense. Su obra literaria explora las intersecciones entre memoria, cuerpo, mito y subjetividad femenina, con especial atención a las reescrituras contemporáneas de figuras clásicas desde perspectivas feministas. Ha publicado poesía, ensayo literario y crítica cultural, y se desempeña como facilitadora de talleres de escritura. Su investigación reciente se centra en la presencia de Penélope en la literatura costarricense. Actualmente desarrolla proyectos que integran análisis literario, pedagogía creativa y reflexión sobre la identidad en la literatura contemporánea. En el área lingüística presentó una propuesta de escritura y lectura crítica, creativa y dinámica para la escuela costarricense y está investigando sobre los aportes de Carlos Gagini a la educación costarricense, principalmente a la enseñanza de la lengua.

 

 

 

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