Por Gabriela Ponce Guevara
¿Qué hago ahora contigo? Esa fue la primera pregunta que le hice al libro —mientras el estribillo y el resto de la canción, de Silvio Rodríguez, resonaban en mi cabeza— cuando Liyanis me entregó este hermoso ejemplar que reúne su historia de vida poética y me propuso escribir un análisis sobre Tocar lo ausente (El Ángel Editor, Quito, 2025).

¿Qué hace una cuando se enfrenta a una antología que condensa veinte años de escritura y lo hace no solo como lectora, sino como mujer que se reconoce en una conciencia crítica de palabras que son, a la vez, territorio y vida?
No me acerco a este libro solo desde la admiración, sino desde una lectura que percibe una escritura compleja, que exige tiempo, atención y escucha; una obra, en suma, que no admite la prisa.
Desde la primera vez que escuché la poesía de Liyanis —esa sobriedad delicada, ese tono tan suyo de pensamiento encarnado— comprendí que su voz trascendía el lugar de origen sin desprenderse de él, y que en ese gesto se afirmaba con un arraigo profundo: una palabra situada, anclada en un territorio que no es solo geográfico, sino también corporal y de memoria.
Encuentro que Tocar lo ausente contiene una voz que, desde el inicio, se reconoce en su tiempo: ya en los primeros poemas hay madurez de imagen, de ritmo, de conciencia del cuerpo y de la historia. Lo que cambia no es el núcleo, sino las capas: se complejiza la mirada, se depura el lenguaje, se afina la lucidez. No asistimos aquí al crecimiento paulatino de una poeta, sino a la persistencia de una poética que se reafirma, que se precisa, que gana consistencia y fuerza, que se instala.
Desde los primeros libros aparece una voz madura, una arquitectura del decir que no titubea. Lo que hace el tiempo no es corregirla: la afina, la vuelve más rigurosa, más precisa, más esencial. No hay un “antes inmaduro” y un “después logrado”. Hay una misma ética poética que se profundiza.
Y entonces surge otra pregunta: ¿existe aquí un poema mayor?
Yo diría que no en el sentido jerárquico. Porque cada libro contiene sus propios poemas cúspide, sus momentos de plenitud absoluta, inscritos en su tiempo histórico y vital. Pero sobre todo porque lo que se impone no es un poema mayor, sino una voz mayor. Una voz que se reconoce cuerpo, isla, ciudad, memoria, nación, lenguaje, herida y esperanza.
En Piedras y adivinaciones y Cofre de alquimias el cuerpo se vuelve territorio. Allí la voz se nombra a sí misma como “mi isla impenetrable”, y deja que el mundo la nombre cuando dice: “el mar me nombra detrás de la marea”. El yo no se desplaza: se vuelve geografía.
En Cambios de nombre, la historia entra sin consigna, como peso existencial. La poeta afirma: “ser cubano es llevar a cuestas una isla”. La nación no es bandera: es hueso.
En Papeles nocturnos, el yo se coloca en el borde del sentido. La voz dice, con una desnudez radical: “yo busco. Pregunto”. Y esa pregunta no es carencia, es ética.
En el poema “En nombre de un poeta”, el lenguaje se asume como animal nocturno, como fuerza que sobrevive, como criatura que atraviesa la noche con los ojos abiertos.
En Bajo la dulce agonía de la piedra, la migración ya no es territorial, es ontológica. Allí aparece esta confesión: “me confundo en este ciclo de no saberme”.
En Lo que fue ciudad, la memoria colectiva se vuelve herida urbana, y la imagen irrumpe sin rodeos: “una ciudad de horror se levantaba”.
En Fluctuaciones de la luz, la palabra asume su función de testigo. La poeta afirma: “nada podrá invisibilizar este momento”.
Y en el poema “Ausencia”, la poesía llega a su grado máximo de refinación. Ya no se explica, apenas roza, cuando escribe: “dibujar el aire ligerísimo que dejas”. Nombrar para soltar. Nombrar para que el viento cargue con lo que duele.
Leída desde una conciencia crítica de la experiencia de las mujeres, esta poesía adquiere una dimensión particular: no hay aquí la épica del yo, no hay grandilocuencia, no hay conquista. Hay cuidado del lenguaje, atención a lo mínimo, ética de la memoria, una forma de resistencia sin estridencia. Una manera de estar en el mundo que no se impone: sostiene.
Una voz que no coloniza el sentido: lo habita. Por eso el título de la antología no funciona como simple metáfora, sino como una poética. Tocar lo ausente es rozar la historia sin apropiársela, acercarse al dolor sin explotarlo, nombrar la ciudad, la patria, el cuerpo, el amor, la muerte, desde la conciencia de que nada de eso se posee, pero todo reclama una forma justa de ser dicho.
Y entonces vuelvo a la pregunta inicial: ¿Qué hago ahora contigo?
Leo. Acompaño. Escucho. No ordeno desde jerarquías apresuradas. No simplifico.
Reconozco que estoy ante una obra que no se ofrece como búsqueda, sino como confirmación; que no se desplaza, sino que habita; que no se diluye con el tiempo, sino que se afirma en él. Quizá, después de tanta ciudad, tanta herida, tanta ausencia, solo queda seguir el canto que insiste, la luz que persiste, la esperanza que, cito un verso del último poema del libro: “como una madre busca hasta el infinito”.
Solo me queda agradecerle a Liyanis por su poesía.
Enhorabuena por la poesía de las mujeres del Caribe, de los Andes y Latinoamérica.
Librería Rayuela
Quito, 29 de enero del 2026
Gabriela Ponce Guevara es poeta, gestora de proyectos y tallerista ecuatoriana. Su participación abarca proyectos de desarrollo ambiental y cultural con diversos colectivos, incluyendo Página Cero (2001-2005, Ibarra), Ideando Colectivo de Arte (2009-2012, Ibarra), Palabras Nómadas (2011-2013), y su contribución como investigadora en el Festival Mujeres en Escena. Ha publicado los libros de poesía Clave de sol (2007), Poemas en azul (2009) y Para exorcizar el invierno (2021). Su participación literaria incluye los festivales internacionales de poesía “Paralelo Cero” en Ecuador y “Primavera Poética” en Perú, y eventos escénicos con la dirección de talleres y la puesta en escena “ABRE LOS OJOS” del Colectivo IDEANDO en 2010 (Ibarra), 2011 (Quito) y 2018 (Ibarra). Obtuvo el Premio Testimonio Escrito “Última Parada” en Mujer, Imagen y Testimonio, Cuenca 2022. Su obra ha sido incluida en antologías dentro y fuera del país.
