Por Ximena Cobos Cruz
Bajo el sistema patriarcal, no está de más repetirlo, la historia de la literatura ha sido escrita por hombres, son ellos quienes —ahora podemos denunciar gracias al pensamiento crítico de muchas mujeres—, delinearon un canon repleto de nombres masculinos, porque solo entre ellos se reconocen creadores, artistas, pensadores, capaces de problematizar los grandes temas trascendentes de la condición humana. No obstante, ese canon blanco, patriarcal y eminentemente masculino se fisuró; por aquellos intersticios se colaron otros hombres que ya no pertenecen al norte global, eurocentrado, blanco, moderno, sino que han nacido en la Latinoamérica del pensamiento mágico, sincrético, capaz de gestar géneros como el realismo mágico y lo real maravilloso; con paisajes bananeros, cañaverales y llanos retratados a manera de contexto.
Aquellos hombres territorializaron la literatura desde su horizonte más personal. Sin embargo, dichas grietas por donde se cree que entra la luz al escribir una Historia de la Literatura Latinoamericana e incorporar sus nombres al canon opera de manera similar a lo que Aura Cumes (2014, como se citó en Espinosa, 2016) junto a otras feministas comunitarias explican como el entronque patriarcal. Para Cumes, más allá de la mitología de las sociedades preconquista, donde predomina un imaginario de pares interrelacionados, deidades femeninas y masculinas, “es obvio que el paso de la deidad a los seres de carne y hueso implica una pérdida de poder para las mujeres ya que en el estado humano los hombres se convierten en la figura política y guerrera con preponderancia” (p. 158), de esta forma, señala Cumes, “se va estableciendo una dominación masculina sobre las mujeres que daría lugar a la conformación de un patriarcado” (p. 158) lo que posibilita el fortalecimiento y consolidación del patriarcado occidental al encontrarse con el patriarcado ancestral originario (Lorena Cabnal), que a lo largo de seis siglos de historia, a su vez, tiene una de sus desembocaduras en el ocultamiento y negación de la historia de las mujeres en América Latina y, por tanto, en el borrado y olvido de las escritoras que crearon obras literarias situadas desde su primer territorio cuerpo, obras configuradas desde la experiencia sexuada y su lugar de enunciación en el mundo como mujeres racializadas, mujeres situadas en sus contextos políticos y sociales, cuya mirada fue crítica tanto con sus compañeros de lucha como con las situaciones políticas de sus países.
En la Ciudad de México, dichas escritoras han sido buscadas arduamente en un proceso de excavación por múltiples mujeres que desde fuera de la academia y formadas en diferentes disciplinas articulamos la arqueología de escritoras como mecanismo de construcción de una genealogía históricamente negada por la academia y la institución literario, satisfaciendo nuestra curiosidad y necesidad tanto de referentas como de vernos representadas en los textos literarios más allá de los papeles circunscritos a la figura de la amante, que tienen lugar en la literatura escrita por hombres[1]. En ese mismo ejercicio de leer literatura escrita por mujeres, hemos recuperado los trabajos del Taller de Crítica Literaria Diana Moran (1984) y hasta los escritos de Kate Millet (1970), Mary Ellman (1968), Katerine M. Roger (1966), Toril Moi (1986), Elaine Showalter (1982), Hélène Cixous (1976), entre otras, como parte de la genealogía de la Teoría y Crítica Literaria Feminista impulsada a partir de finales de la década de los sesenta y hasta la década de los ochenta, que nos ha ayudado en el fortalecimiento de una lectura feminista de las obras de las escritoras, y nos permite reconocer no solo los temas —un primer acercamiento que mal llevado puede resultar reduccionista y constructor del universal mujer—, sino los estilos configurados por las escritoras, los géneros de los que se valen y las estructuras narrativas que construyen, así como cuestionar la periodización convencional de la Historia de la Literatura dado que las mujeres no nos ajustamos a ésta, pues como señala María Milagros Rivera “la periodización tradicional de la historia no sirve para la historia de las mujeres”.
Con todo este ejercicio de interés en las madres simbólicas (Marcela Lagarde), varias nos hemos decantado por reivindicar también nuestra existencia como escritoras y trazar un camino para que muchas más mujeres se atrevan a hacer literatura a través no solo de intencionar diálogos mediante la lectura crítica y con perspectiva feminista de más autoras, sino de construir talleres dedicados a la escritura como una práctica en colectiva, sitios en los cuales hablar desde el estar situadas. En ese camino nos fuimos dando cuenta que no era lo mismo leer a Guadalupe Nettel que a Andrea Abreu, a Brenda Lozano que a Arelis Uribe, a Elena Poniatowska que a Gloria Anzaldúa. De esta forma, situarnos trascendió la experiencia sexuada y atravesó el territorio geopolítico y socioterritorial, es decir, la cuerpa marcada por la experiencia de clase y la racialización.
En “De por qué es necesario un feminismo decolonial…”, Yuderkys Espinoza Miñoso explica la manera en que las mujeres del sur global dimos autoridad teórica y reconocimiento al feminismo como un fenómeno nacido de la modernidad (Espinoza, 2016), ignorando las luchas de las mujeres no blancas occidentales que existen en estas latitudes, incluso desde antes de la llegada de los colonizadores. A partir de esto, la autora va a desentrañar, de la mano de otras feministas decoloniales, cuál es la raíz de opresión de las mujeres de Abya Yala, comenzando por echar por tierra la idea de un universal “mujer”, crítica que ya feministas postcoloniales habían delineado.
En ese sentido, cabe la pregunta ¿Realmente nos leíamos representadas en todas las obras escritas por mujeres que estábamos leyendo? Puedo aventurarme a señalar que esa misma aceptación del origen ilustrado del feminismo, es decir, el reconocimiento de occidente como el sitio en que nacen las ideas, los movimientos sociales, la ilustración y el progreso, y que acuna a las mujeres que darán a luz la lucha feminista, nos ocurrió al aceptar simplistamente, en una primera satisfacción de la sed de referentas, que al fin estábamos hablando y existiendo de otras formas simbólicas en la literatura más allá de los lugares comunes construidos por los hombres, sin realmente preguntarnos si las protagonistas eran mujeres como nosotras, o si sólo nos identificábamos con ellas por el sexo compartido, haciendo eco de ese universal mujer que le permitiera a las feministas occidentales sostener que la raíz de la opresión de las mujeres es sólo la condición de género.
Atendiendo al planteamiento de que el origen de la opresión de las mujeres es la matriz colonial que nos explica Yuderkys, donde raza, género, sexualidad y colonialismo se hallan superpuestos y operando en simultaneo, entretejiendo prácticas violentas; la literatura escrita por mujeres, así como quienes la leemos y la estudiamos, necesitamos reconocer que aquel supuesto universal mujer, que según las feministas occidentales constituye el sujeto político del feminismo, trae como consecuencia un hacer simbólico que sostiene la opresión de las mujeres de color (Anzaldúa), a través de la representación de éstas dentro de ese imaginario de “la mujer del tercer mundo, como un sujeto monolítico, en singular” (Mohanty, 2008, p.69), constreñida sexualmente, pobre, ignorante, inculta, atada a la tradición, doméstica, centrada en la familia y, sobre todo, victimizada, sobre el que llama la atención Chandra Mohanty (p. 75); o en su defecto, permite la invisibilización de la existencia de las mujeres de color en lo simbólico, tras no existir representadas, narradas. Pues como señala la misma Mohanty, “las prácticas académicas feministas están inscritas en relaciones de poder” (2008, p. 71), y la literatura, al ser el objeto de estudio de una disciplina, es ya una práctica académica. De manera tal que es posible observar que la creación de ese universal mujer tiene consecuencias simbólicas y materiales sobre la existencia de las mujeres de color, alcanza los lugares de la representación construida desde los lenguajes artístico, además de que permite fisurar el canon masculino, patriarcal y colonial en un inicio solo por mujeres blancas occidentales o por mujeres blancas nacidas ya en América Latina, como la peruana Clorinda Matto de Turner, precursora del indigenismo con Aves sin nido (1889). Son ellas las primeras que pueden acceder a ser leídas, a plasmar su mirada sobre el mundo que las rodeaba o verse representadas[2].
Siguiendo todavía a Mohanty, si bien se supone que la práctica académica feminista, incluyendo a todas las críticas y teóricas literarias feministas nombradas párrafos arriba, intenta abordar la relación entre la mujer, “otro cultural e ideológico construido a través de discursos figurativos” como los literarios, y las mujeres, sujetas materiales (p. 71), aún son pocas las mujeres que al practicar una escritura encarnada, que nos permite narrarnos desde nuestros espacios territoriales periféricos y nuestras cuerpas racializadas, logran ser tomadas en cuenta en el espacio formal institucional de la literatura, que es internacional y conformado por una élite colonialistas y burguesa, si se me permite el símil con lo planteado por Ranajit Guha (1982, como se cita en Spivak, 2003)[3], por lo que las mujeres de las periferias urbanas, que habitamos barrios precarizados con estéticas arquitectónicas muy particulares que atraviesan nuestras miradas y constituyen nuestros imaginarios espaciotemporales, que nos sabemos prietas, ocupamos en el espacio literario intelectual el sitio de las subalternas. Esto no solo nos pasa a nosotras, escritoras contemporáneas, sino a otras autoras cuyas obras han ido perdiendo atención al punto de quedar ocultas en la historia de la literatura y no ser reeditadas ni releídas.
Así, atendiendo a lo que señala Spivak, estas mujeres somos parte de los grupos oprimidos y sin voz (2003, p. 299), sin voz porque no hay realmente una escucha atenta, silenciosa, sino un ejercicio de hablar en nombre de las subalternas, como lo hiciera la literatura indigenistas. En ese sentido, podemos enunciar como parte de los ejercicios de violencia epistémica la falta no ya de representación sino de autorrepresentación de las sujetas subaltern(izad)as a través de negar la posibilidad de la publicación y circulación de nuestras obras dentro del circuito que construye la institución literaria, porque no es que no escribamos. Por lo que podríamos preguntarnos incluso qué tanto la recuperación de las obras de escritoras de otras generaciones puede ser, lastimosamente, un giro de tuerca que finge escuchar a la mujeres, mientras continúan con el silenciamiento a través de la no escucha de las mujeres subaltern(izad)as vivas y hasta las mujeres subaltern(izad)as de otros tiempos, situadas socioterritorialmente, pues ya Spivak hacía hincapié en que “la relación entre mujer y silencio puede ser tramada por las mujeres mismas; [y que] las diferencias de raza y clase son incorporadas en tal cargo” (p. 327). En ese sentido, el problema de la no representación, de la representación en una primera o segunda voz suplantada, o de la no escucha de la autorrepresentación en primera persona supone un riesgo para las mujeres subaltern(izad)as, lo que Audre Lorde señala como un axioma, “si no nos definimos a nosotr(a)s mism(a)s, otros nos definirán en beneficio suyo y detrimento nuestro” (Lorde, 2003, p. 25).
No obstante, las sujetas subaltern(izad)as podemos hablar, hablamos fuerte, claro y en relación con nosotras mismas como grupo, tomamos, como dice Lorde, “la decisión de definirnos, de nombrarnos y de hablar en nombre propio en lugar de permitir que otros nos definan y hablen en nuestro nombre” (Lorde, 2003, p. 22-23). Hemos, pues, interrumpido el silencio y la falta de escucha a través de escucharnos entre nosotras, de existir dialógicamente con las demás mujeres periféricas, límite, subaltern(izad)as. Las subaltern(izad)as nos narramos y leemos entre nosotras, es la forma en que recuperamos la voz, en que nos volvemos sujetas de un diálogo que las élites literarias fingen establecer. Además leemos a las otras nosotras, recuperamos autoras en medio de un sistema que a través de redes sociales va moldeando el gusto literario, buscamos en lo profundo y construimos nuestra propia historia de la literatura escrita por mujeres en América Latina y el Caribe.
En ese sentido, la lectura de las nosotras es una estrategia de resistencia que las sujetas subaltern(izada)as hallamos para que se reconozca nuestra existencia, empezando por reconocernos en las obras de cada una de nosotras, por reconocer los paisajes o sus similitudes, por resonar con la lengua particular que se teje situadas en estas territorialidades, un habla que no es el español hegemónico. Libramos el problema de la representación y evadimos ser narradas por otros y otras al narrarnos nosotras mismas, desde nuestra propia experiencia y constituyendo una escritura encarnada, autorizando nuestra mirada que abarca las territorialidades que nos constituyen y hasta las miradas que nos hacen saber que somos las otras.
Es de suma importancia hacer hincapié en cómo creamos literatura, poemas, cuentos, situadas y a partir de nuestras propias experiencias de vida y nuestras propias formas de experimentar el mundo, pues “la experiencia fue una invención epistémica que tuvo como objetivo dar cuenta de aquello que resulta excedente, subsidiario o invisible a la ciencia legítima como tal” (Trebisacce, 2016, p. 285). Sin embargo, como bien subraya la misma Trebisacce, “la experiencia, vuelta un valor en sí misma, es recortada de sus relaciones estructurantes y se torna singularísima.”, por lo que necesitamos defender que la escritura situada que realizamos en estas espacias comprende una experiencia atravesada por la raza, la clase social y la experiencia sexuada de una colectividad, por eso el acento tan fuerte que pongo en la territorialidad en que nuestras cuerpas habitan, son leídas, así como su relación con el habitar una lengua.
Como ejemplo, primero quisiera hablar de Arelis Uribe (Quiltras, Chile, 2016), Andrea Abreu (Panza de burro, Canarias, 2020) y Dolores Reyes (Come tierra, Argentina, 2019), quienes realizan un registro simbólico de su imaginario adquirido a través de su mirada situada. Las tres novelas están territorialmente situadas en periferias urbanas de Santiago de Chile, Tenerife y Buenos Aires, respectivamente; además de ser una representación de la oralidad resonante en aquellos barrios; las narrativas que constituyen la ficción guardan una similitud con la vida de las autoras, Andrea Abreu ha llegado a hablar del interés y la importancia incluso política que conlleva la escritura de su novela con una narradora protagonista en primera persona que habla el español de Tenerife que es mal visto y corregido por el centro hegemónico español de Madrid, por ejemplo.
Fuera de estos límites del medio formal e institucional de la literatura, Resonar por los Bordes (2020), intencionado por Nicte-Há Ziüg y Mitzy Olta an; y la primera generación de la Escuela Feminista Comunitaria de Ingrávida (2021), imaginada por Ximena Cobos y Angélica Mancilla; dos proyectos —entre muchos otros, como Especulativas— de acompañamiento escritural que se tejieron con mujeres que se habitan desde la periferia oriente de la Ciudad de México (Iztapalapa) así como con compañeras de la zona metropolitana, fueron una muestra viva del encuentro y la creación de espacias de escucha atenta y escritura colectiva en la que se dio pie al reconocimiento del territorio que habitamos, saber que ese es un espacio (visual y sonoro también) común que nos permitía espejearnos en las experiencias de existir en él y cómo éstas impactan en nuestras cuerpas, en su andar, en su respiración concretada en una lengua que se teje y se incorpora particularmente en este territorio de enunciación. En “Terrorismo lingüístico”, Gloria Anzaldúa habla del reconocimiento y recuperación de un español chicano, una lengua maltratada, señalada como habitada por el error. De esta manera, Anzaldúa logra reconocer y enunciar que “la identidad étnica es una piel gemela de la identidad lingüística: yo soy mi lengua” (Anzaldúa, 2017, pp. 10-11). De igual forma, cuando las mujeres que nos vivimos desde los márgenes, las subaltern(izad)as, creamos espacios de escucha y existencia, defendemos una voz y una lengua racializada de la que también nos han negado su posibilidad de existencia, de la que nos han hecho sentir vergüenza, como Anzaldúa cuenta, incluso abrazamos todas las formas de ésta, pues al reunirnos en línea con compañeras del sur global y de otros puntos de México, reconocemos los acentos, el voceo, los modismos y tejemos escritura con ese español que no es neutro, como los ejercicios de escritura colectiva que se realizan a través de los círculos literarios y talleres de poesía intencionados desde Enpoli y que tienen su fin en poemas y manifiestas escritas y tejidas a múltiples manos.
Así, las mujeres que en esas espacias nos reunimos caminamos hacia poder sentirnos orgullosas de nuestras lenguas, por tanto, a sentirnos orgullosas de nosotras misma y así superar la tradición del silencio (Anzaldúa, p. 11), la imposibilidad de hablar a falta de escucha verdadera, de la que habla Spivak. En estas espacias pudimos defender esa lengua que reconocimos nuestra y la dejamos correr libremente en nuestra escritura y estar presente en cada diálogo.
Otra estrategia que las escritoras subaltern(izad)as, periféricas, ocupamos es la autopublicación, un esfuerzo que complementa y sostiene la autoescucha colectiva que reafirma nuestra existencia. Las mismas Andrea Abreu y Arelis Uribe ocupan formatos como el Fanzine y las publicaciones artesanales antes y después de la publicación de sus obras con editoriales con mayor proyección. Las publicaciones que nacieron de Resonar por los bordes y de la EFCCL son parte de un muestrario amplio que reúnen las voces de las escritoras subalternas; por su menor costo y su formación artesanal, son la manera en que las escritoras subalternas logran ser leídas, de mano en mano y con reimpresiones a bajo costo; son también una manera de participar en la formación y diseño de las obras que pone de manifiesto una creatividad tanto colectiva como situada, al permitir la intervención en todos los procesos de publicación que conlleva parir una obra. Igual que los libros que han publicado Especulativas, Histórikas, Periódico Poético y otros proyectos como Página Salmón, que saltan de ser espacios digitales, revistas electrónicas que albergan una diversidad de autoras, a formar antologías o libros de autora, como el caso del más reciente libro de Olivia Carmona, mujer cuya raíz está en la periferia oriente de la Ciudad de México.
En suma, aun cuando la colonialidad del género permee los espacios culturales y literarios, provocando que se nos constituya sujetas subalternas, hemos logrado hallar la manera de hacernos presentes, de manifestar nuestra existencia y enunciar poéticamente que habitamos los cerros y volcanes poblados de las periferias donde el agua escasea, y que nuestras pieles prietas se asolean en las azoteas de casas construidas siempre a destiempo, que nuestras cuerpas existen y la inspiración llega en el transporte colectivo, en la banqueta; y lo más importante, que no estamos solas, que “venimos juntas desde todas las orillas”.
Bibliografía.
Anzaldúa, Gloria (2017). “Terrorismo lingüístico”. En Chicanas Deslenguadas: Vivir en la frontera. Algún lugar del norte mexicano: Palapa Editorial [El Rebozo].
Lorde, Audre (2003). “Arañando la superficie: apuntes sobre las dificultades del amor entre mujeres”. En A. Lorde, La hermana, la extranjera (pp. 25-35). Ediciones Horas y Horas.
Lorde, Audre (2003). “La transformación del silencio en lenguaje y acción”. En A. Lorde, La hermana, la extranjera (pp. 19-24). Ediciones Horas y Horas.
Mohanty, Chandra Talpade (2008). “Bajo los ojos de occidente. Academia Feminista y discurso colonial”. en Mezzadra, Sandro. Estudios Postcoloniales. Ensayos Fundamentales. Madrid: Traficante de sueños. pp. 69-102.
Espinosa Miñoso, Yuderkis (2016). “De por qué es necesario un feminismo descolonial: diferenciación, dominación co-constitutiva de la modernidad occidental y el fin de la política de identidad”. Solar. Año 12, vol. 12, núm. 1, Lima, pp.141-171.
Spivak, Gayatri Chakravorty (2003). “¿Puede hablar el subalterno?”. Revista Colombiana de Antropología. vol. 39, enero-diciembre. pp.297-364.
Trebisacce, Catalina (2016). “Una historia crítica del concepto de experiencia de la epistemología feminista”. Cinta moebio núm. 57, pp. 285-295.
[1] Piénsese en Rayuela (1963) de Julio Cortázar donde se presenta dos personajas, Pola y la Maga, mujeres que solo existen en función del protagonista, ambas son sus amantes y, por supuesto, son contrapuestas una de la otra: la rica / la pobre, la elegante / la desarreglada, la culta / la ignorante, la decente / la bohemia.
[2] Pese a lograrlo en muchas ocasiones mediante la estrategia del travestismo, es decir, al firmar sus obras con un pseudónimo masculino o permitir que las firmaran sus esposos.
[3] “La historiografía del colonialismo indio ha sido dominada por largo tiempo por el elitismo –elitismo colonialista y elitismo burguésnacionalista–… compar[tiendo] el prejuicio que ha hecho de la nación india y del desarrollo de la conciencia –nacionalismo– que confirmó que este proceso era exclusiva o predominantemente logros de la elites. […] (Guha, 1982: 1).”
