Suplicio de amor en una tartaleta de zarzamoras

Por Diana Peña Castañeda[1]

 

Las zarzamoras no ofrecen su dulzura de inmediato. Al primer contacto con el paladar, una leve acidez se extiende y permanece casi intacta. Es la misma sensación que dejan ciertos recuerdos.

 

Olvidar a Catherine sería renunciar a sí mismo para siempre. Por eso tras la muerte de ella, Heathcliff le reclama “¡Persígueme! ¡Enloquéceme! Pero no me abandones en este abismo donde no puedo encontrarte…”

 

Ese suplicio que se niega al olvido es el que atraviesa toda Cumbres borrascosas. Un lugar indómito, azotado por las lluvias repentinas que se desgarran desde las colinas; donde el viento guarda sus secretos y las espinas del páramo parecen crecer también en quienes lo habitan.

 

Heathcliff y Catherine pertenecen a ese paisaje. Él, silencioso, inteligente, calculador convierte su amor en obsesión. Ella, impulsiva y orgullosa no le dice: “Te amo”, afirma que él y ella son una misma identidad indisoluble. Juntos encarnan una pasión tan intensa que sobrevive incluso a la muerte, pero incapaz de ofrecerles paz.

 

Su corazón padece un hambre que ningún alimento consigue saciar.

 

Por eso, si esta novela pudiera convertirse en alimento, sería una tartaleta de zarzamoras.

 

Las zarzamoras crecen lejos de los jardines, aferradas a las espinas y expuestas al viento del páramo. Son oscuras, intensas y conservan una acidez intacta en el tiempo. Igual que el amor entre Catherine y Heathcliff: imposible de domesticar, hermoso y doloroso a la vez.

 

En la novela, la comida apenas ocupa un lugar en la cotidianidad. Un plato de gachas, una taza de té, un trozo de pan. Ninguno consigue reunir a la familia, avivar el diálogo. La mesa, como el paisaje, permanece rodeado de rencor y silencio.

 

Una tartaleta de zarzamoras tampoco reproduce una escena de Cumbres borrascosas; pero sí captura su esencia. Sabe a viento, a tierra húmeda por la neblina inclemente. La masa delicada de harina y mantequilla conserva intacto el carácter indómito del fruto silvestre que parece desbordarse como el anhelo de Catherine y Heathcliff por estar juntos.

 

Receta:

(Para dos personas)

 

Ingredientes:

 

Para la masa quebrada. En 150 g de harina de trigo, incorpore 75 g de mantequilla muy fría, 30 g de azúcar pulverizada, 1 pizca de sal, 1 yema de huevo, 1 cucharada de agua helada (si es necesario).

 

Para el relleno. Disponga 250 g de zarzamoras frescas, agregue 40 g de azúcar, 1 cucharadita de maicena, la ralladura de medio limón, unas gotas de jugo de limón, ½ cucharadita de vainilla.

 

Preparación:

 

Para la masa. Mezcle la harina, el azúcar y la sal. Incorpore la mantequilla fría cortada en cubos hasta obtener una textura arenosa. Agregue la yema. Si hace falta, añada una cucharada de agua helada. No amase demasiado. Forme un disco. Refrigere una hora. Extienda la masa sobre un molde pequeño de aproximadamente 18 cm. Luego hornee a 180 °C por 35 minutos. Puede colocar algunos granos de garbanzo para que la masa mantenga su forma.

 

Para el relleno. Mezcle cuidadosamente las zarzamoras con el azúcar, la maicena, la ralladura de limón y la vainilla. Deje reposar diez minutos.

 

Para armar la tartaleta. Sobre la masa ya horneada, vierta el relleno. Si desea puede colocar algunas tiras de masa formando un entramado irregular. Pincele con mantequilla derretida. Hornear a 180 °C durante 20 minutos, hasta que el relleno burbujee y la masa adquiera un tono dorado. Deje reposar quince minutos. Espolvoree azúcar glass.

 

Sirva tibia con un poco de crema ligeramente batida. Decore con un poco de aquello que el tiempo no logró domesticar en las profundidades de su corazón

 

 

 


[1] Comunicadora Social, especialista en Comunicación Organizacional, Magister en Ciencia Política. Interés en escribir sobre la comida como elemento narrativo en la literatura y como arte simbólico de la memoria social.

 

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