Hablemos de Mi nombre no es Ícaro de Eriko Stark
Por Diego Medina
Cada día me convenzo más de que la vanguardia de la poesía mexicana está en la poesía arropada bajo las seis franjas del arcoíris. Y en la poesía de Balam Rodrigo. Hace un año se publicaba El hombre que no se parecía a un caballo de Eriko Stark, un poemario que sorprendió a muchos, ya que su Divino poemario (2019) no había nacido bajo una buena estrella. Muchos pensamos entonces que Eriko había encontrado su forma de decir las cosas, el color de su voz y no estábamos equivocados.
Hoy nos convoca el nuevo libro de Stark Mi nombre no es Ícaro, publicado por la editorial Amatliöque. Nos encontramos ante una poética consolidada, elementos que funcionan como la huella digital de su literatura, altas y bajas propias de esa determinada manera de escribir y estrategias escriturales ya conocidas por sus lectores. Sin embargo, los temas abordados por Eriko gozan de buena salud, pues si bien la experiencia homosexual empapa las páginas de este nuevo engendro poético, encontramos también reflexiones concienzudas sobre la naturaleza de nuestra ciudad y nuestro pueblo. Desde una perspectiva queer, claro está.
Antes de hablar de las virtudes literarias de esta nueva entrega, me gustaría señalar algo que me pareció chocante. Primero, una de las secciones titulada “Tepito tenía el corazón” me parece más bien un ensayo dividido en versos. Pudo haber funcionado mejor como un poema en prosa. No entiendo por qué nuestro autor dividió este texto que claramente funciona si se lee a renglón seguido. Incluso me habría parecido más interesante leerlo así, como un ensayo/poema en prosa. Eso sí, el contenido es interesante y revela la complejidad intelectual de nuestro autor. Me recordó lo que hizo con las secciones sobre Ana Mairena en su libro anterior, pero de una calidad reducida en este nuevo poemario.
El libro se divide en 5 secciones, en ellas seguimos al susodicho yo lírico en un viaje en caída libre hacia el mundo de los mortales, un ángel —que no Ícaro— que cae y se ve rodeado de hombres que ansían corromperlo. Son recurrentes las alusiones mitológicas, ya desde el título y en poemas como “En esta noche de las penas” donde encontramos versos como: “Parece que se llevará a cabo / el santo bacanal […] las mujeres son las primeras en arrojarse / a los genitales […] Hay gritos y orgasmos / mucha muerte y pervertidos”.
Hay también intertextualidad, por ejemplo, en “Como aquella pintura del ángel caído”, que establece un puente con la pintura mainstream del ángel caído. Debo decir, sin embargo, que la referencia peca de explícita, incluso menciona a Alexandre Cabanel, el pintor de ese cuadro que pulula en imágenes de Pinterest, tatuajes de fifes y comparativas con escenas de cine como la caída de Anakyn Skywalker. Creo que este poema de Eriko podría brillar mejor si omitiera el nombre del pintor y lo dejara implícito, por ejemplo, “me convertí en la pintura de un ángel caído”. No obstante, léase esto como una observación de poeta a poeta. Nuestros lectores pueden estar seguros de que en estos versos nuestro autor logra a la máxima latina de docere et delectare.
El poemario merece, al menos, un par de lecturas minuciosas, los recursos que Eriko utiliza apuntan a una complejidad caleidoscópica. El, digámosle por el momento, ángel lírico que cae y transita por los devenires humanos del deseo, del dolor, la despedida, el insomnio y la resucitación alada, tienen ecos en la tradición hispánica mejor lograda. Tenemos por un lado la caída, pero también la ascensión. Un ángel que tras recuperar altitud se vuelve fuerte y —como el fénix— se eleva cerca del fuego para que sus alas brillen más: “Tal vez, más allá del cielo, pueda ser amado […] Por ese motivo no volveré […] Me despido. / Es tiempo de volar. / No sé si ustedes lo sepan, / pero mi nombre no es Ícaro”. En cierta manera, los poemas de Mi nombre no es Ícaro son unidades que funcionan de manera independiente sin mayor complicación, pero también forman parte de una estructura mucho más grande que construye un poema de largo aliento que funciona como una alegoría del duelo de amor.
Otro aspecto importante es que Eriko roza con los dedos una estética mexicanista o cuando menos chilanguista en su poesía, algo que pudimos ver ya en El hombre que no se parecía a un caballo y los temas que ahí trató. En Mi nombre no es Ícaro resulta interesante leer sobre migrantes en un poema titulado “Bandera de México”, así como una reivindicación de la prietud en “Morenos, prietos, negritos, color de frijol… a mis amados hombres de color cartón” o la declaración de amor/odio a los chichifos/mayates en “Hay hombres que solo nacen para hacer el amor”. Temas todos que son ya parte de la vida cultural de esta ciudad que cambia su fisonomía día con día y, sin embargo, adolece de lo mismo que ayer.
Este libro de Eriko se suma a una poética que encontró su piso en El hombre que se parecía a un caballo y que todavía no encuentra su techo, sino que ensancha su horizonte. Las observaciones que aquí se comparten son aquellas que se pueden hacer a un estilo y, en ese sentido, son sólo comentarios sobre el clima, es decir, baladíes, ¿qué se le puede objetar a una forma de decir el mundo? La única enfermedad de la literatura es ser aburrida y este poemario goza de buena salud.
Finalmente, no queda más que hacer la invitación a la presentación de esta novedad el viernes 19 de septiembre de 17:00-19:00 h en el Auditorio Ema Pulido en la Casa de Cultura Jesús Romero Flores, Culiacán #103, Col. Condesa, en esta muy noble y muy leal Ciudad de México, así que aprovechen para llevar su ejemplar firmado por el autor. Nuestra calificación es de 3.8/5.

Muy sana la crítica a los pasos dados por el escritor Eriko Stark o Erik Meneses; dudo que exista algo como ensayo/prosa poética, quizá funciona para darle sentido a algo que no termina de entenderse en el hacer poético; ya en su primer poemario se mira que más bien parece crónica periodística y no tanto poesía, pero hay que leerlo para entenderlo. Letras queer, sí, peor no por ser queer sería poesía. Admiro a Eriko por su tenacidad de querer encontrar su expresión poética. Gracias, Diego.