Verdad servida en gotas de pomelo

Por Diana Peña Castañeda[1]

 

La mesa del comedor es por naturaleza, el lugar de la re-unión. Allí, el cuerpo se recompone, la palabra circula y la distancia parece, por un instante, acortarse. Esto sucede porque hay algo particularmente extraordinario cuando se come en comunión, el hambre se reconoce en la necesidad del otro.

 

Y ese gesto tan sencillo exige un ritual. Lavarse las manos, correr la silla sin rastrillar el piso, esperar a los otros, servirse con mesura, masticar lento y con la boca cerrada, mirar a los concurrentes, propiciar la palabra mientras el paladar se prepara para el siguiente bocado. Respirar. Dar las gracias.  

 

Ese ritual por demás, no se refiere a los buenos modales. Es la manera en que el alimento se convierte en memoria. Cada bocado guarda algo de quienes estuvieron allí, sus silencios, sus gozos y sus amarguras. Algo de todo ello permanece, incluso, mucho después de que el servicio se ha recogido. Y eso, nadie lo puede negar.

 

Para Leónidas ese momento de aparente normalidad doméstica será también el espacio donde la verdad irrumpirá sin haber sido invitada. Una mañana cualquiera entre la vajilla de porcelana reluciente y la máscara de pestañas en la mirada distraída de su esposa, una carta lo arrastra hacia el pasado.

 

La primera escena de la novela Una letra femenina en azul pálido sucede alrededor de la mesa del desayuno. “una gran mesa con doce sillas de respaldo alto…”, nos cuenta Werfel Franz. Doce sillas, doce, ¿Para dos personas? nos preguntamos nosotros.

Sobre la mesa descansa una respetable pila de once cartas, algunas son felicitaciones por su reciente celebración de cumpleaños. Diez de ellas escritas a máquina. Leónidas las revisa sin mayor asombro, con algo de aburrimiento.

Amelie, su esbelta esposa, frente a él, hojea el periódico mientras vacía suavemente con una cucharilla un pomelo, su único alimento que ha dejado reposar previamente sobre el mantel. Su rigurosa disciplina de movimiento para despulpar la fruta es casi milimétrica.

Ninguno habla, ninguno se mira.

Leónidas pasa una a una las cartas. De pronto, la última, escrita con letra azul pálido, de rasgos que se levantan, firmes y directos. Franz nos describe ese momento como el terror que pudiera generar una noticia catastrófica estatal. Él palidece, las manos se le hielan. Es posible imaginar algo de taquicardia y una leve gotita de sudor frío bajando por su espalda. Leónidas retrae el cuerpo un poco hacia delante, la carta sigue en sus manos. Amélie continúa raspando la pulpa del pomelo, sin afán, tranquilamente.  

Muchos años atrás, a la una en punto de la tarde, Leónidas, entonces un joven estudiante sin futuro y bastante inseguro está sentado a la mesa de los Wormser, la familia para los que trabaja. Es tutor particular del hijo adolescente. Lo prepara para un examen académico. Leónidas hace bien su trabajo, de ahí que se haya ganado el derecho a sentarse a la mesa con ellos. Está sentado allí, aparentando rigidez.

 

Vera, la hija menor de los Wormser casi siempre llega tarde. Y él espera.

 

Vera siempre se sienta frente él. Él la mira.

 

Vera siempre le sonríe. A él, una copa se le rompe, el vino se riega, algo del postre cae.

 

Vera come tranquilamente. Leónidas está enamorado y su cuerpo lo delata.

 

Años después, la historia nos ubica en otra comida. Vera y Leónidas mantienen una discusión intelectual. Vera lo contradice. Ahora ella se ha independizado de los padres. Está comprometida profesionalmente con la ayuda humanitaria. Él es un funcionario estatal. Ha aprendido a dominar el lenguaje, la autoridad y las convenciones sociales. También, las evidencias que lo puedan comprometerlo con un matrimonio.

 

Después vendrán seis semanas de un amor apasionado…

 

Estamos ahora en otro almuerzo. Franz nos ha regresado a la gran mesa de doce sillas de espaldar alto. Esta vez vacía. Leónidas y Amelie se sientan en una mesa muy pequeña, redonda, junto a la ventana. A Amelie le sirven lechugas, limón sin vinagreta, tampoco aderezos para la pequeña chuleta. Los entrantes: apio crudo.

 

Ella se siente complaciente. Su casa es su mundo. Una vida construida sobre la disciplina, el cuidado de sí, las formas. Su cuerpo, su alimentación, sus movimientos y hasta la manera de ocupar la mesa forman parte de ese orden que conoce y protege. Una prueba de ello es cuando Leónidas creyéndola infiel, desordena su tocador, pero solo encuentra registros que Amelie ha hecho sobre los encuentros de los dos y los cambios de humor y preocupaciones de él. Sus notas son la determinación de que debe estar alerta, pero que confía ciegamente en él.

 

Sobre ese almuerzo, no sabemos qué come Leónidas. La carta sigue en su mente. Particularmente, unas líneas ocupan su espacio y su presente. Emmanuel le necesita. Entre lo perplejo del asunto, Leónidas quiere saber cómo es, qué hace, qué edad tiene. Incluso imagina cómo habría sido la mesa de doce sillas con él.

 

Mil pensamientos le caen como piedras. Las preguntas se agolpan y le abren el pecho. ¿Cómo le dirá a Amelie?, ¿qué dirá su entorno?, ¿habrá consecuencias?, ¿qué ocurrirá con la vida que ha construido?

 

Lo paradójico no es la carta. Es que, siendo Leónidas uno de esos funcionarios que representa esa pequeña y selecta élite del gobierno estatal; dueño de un despacho que parece su verdadero reino, con su escritorio, sillones de cuero, archivadores, sus altas ventanas y los retratos de antiguos ministros, es la mesa doméstica la que termina convirtiéndose en una especie de confesionario.

 

Volvamos a la primera escena. El amplio comedor, el desayuno disciplinado de Amelie, las doce sillas de espaldar alto. Leónidas toma la carta. Vera está fuera de la mesa, pero se ha sentado allí. Emmanuel completamente lejos, pero ocupa todo el espacio. El pomelo gotea sobre el plato con la musicalidad lenta y precisa de las manecillas del reloj. Leónidas esconde la carta. Se levanta. Amelie no mira. A él, el pasado le pesa, por eso termina leyéndola a escondidas, lejos, en la soledad del baño.

Leónidas ahora tiene dinero, posición, prestigio, una casa, reconocimiento social. Una esposa muy acomodada socialmente. Es todo lo que una vez parecía inalcanzable. Pero le falta algo elemental. No tiene con quien compartir ese espacio del comedor, disfrutar un plato de alimento, mientras hablan de esas banalidades, a veces tan absurdas, a veces entrañables de la cotidianidad.

En Una letra femenina en azul pálido, la mesa es el lugar donde Leónidas debería ser simplemente marido, pero allí irrumpe su secreto. Detrás, un mundo imaginario de una vida que nunca tuvo.

 

Y el desayuno de Amelie ligero, fresco, sin excesos ni acompañamientos nos muestra algo más que su disciplina corporal. Ese pomelo que cae gota a gota parece reproducir las reglas, no al compromiso, sino a la lealtad. Las mismas a las que Leónidas faltó. Ese pomelo nos dice que el matrimonio, ante todo, debería ser suave y ligero de atender.

Por eso la pregunta que queda suspendida sobre la mesa no es ¿Qué comen? ¿por qué comen solo eso?, tal vez ¿con quién habría querido Leónidas compartir ese espacio? y ¿qué sucedió durante esas seis semanas en las que estuvo con Vera que provocó ese cambio en su sentir?

 

 


[1] Comunicadora Social, especialista en Comunicación Organizacional, Magister en Ciencia Política. Interés en escribir sobre la comida como elemento narrativo en la literatura y como arte simbólico de la memoria social.

 

 

 

 

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