Por Diego Medina
Hace unos días se viralizó un video en el que una residente de Sao Paulo le pedía al alcalde llevar más divas pop a Copacabana, “no hombres, divas pop” repitió efusivamente la mujer. La petición, junto a los números que lograron Lady Gaga, Shakira y Madonna en la playa brasilera, nos revela algo que por transparente parecía invisible: la influencia de las divas pop marca las sociedades y puede que hasta las transforme, muy a pesar de la ortodoxia de los camaradas más puros. “Cuando un gay es joven elige una diva pop y ésta será su guía el resto de la vida”, se puede leer en una publicación de humor pop. Me atrevo a decir que tal elección es comparable con la que hacen los fifes cuando escogen el equipo al que le dedicarán porras el resto de sus días.
La necesidad de destacar las ventas de discos, el posicionamiento en las listas, los estadios llenos, los premios y las nominaciones se convierten en una guerra santa en los comentarios y publicaciones de redes sociales, aunque a fuerza de ser sinceros nunca hizo falta Instagram o tik tok para la vorágine de pasiones en la que se enfrascan los fandoms de las divas pop. Hay en estas celebridades un apostolado casi erótico. Sin embargo, se menosprecia su influencia, así como las diosas del viejo mundo fueron degradadas a brujas por el catolicismo, la modernidad dialéctica insiste en reducirlas a barbies útiles al capitalismo, incapaces de pensar por sí mismas y, mucho menos, de rebelarse contra el sistema que las canonizó. Y si alguna se atreve, que piense en Sinnéad O’Connor antes de abrir la boca.
Habría que pensar en las veces que las divas pop, sin bajar del Olimpo, que por algo son divas, sí que han metido las manos al lodo, por mera provocación, por convicción o porque algo parecido a la empatía que les ayudó a limpiar su conciencia. Por ejemplo, habría que pensar, aun a pesar de mi querido Lemebel, en las millonarias donaciones a colectivos, activistas, hospitales y centros de investigación, de Elizabeth Taylor, Madonna y Cher en la lucha contra el VIH. Pensar, por ejemplo, en la crueldad con la que el mundo heterosexual, patriarcal, el periodismo caníbal y el homófobo de Eminem acosaron a Amy Winehouse durante sus momentos más oscuros hasta llevarla al límite; habría que pensar en lo cerca que estuvo Britney Spears de correr la misma suerte. Creo sin miedo a exagerar que la vida de ciertas divas pop bien podrían ser hagiografías modernas. Hay también divas cuyas voces se hicieron himnos de la clase trabajadora y la causa feminista, como Donna Summer y “She Works hard for the money” o Cindy Lauper y “Girls just want to have fun”, casos dignos de sendas conversaciones de café sobre cómo las divas pop han sido nuestro soporte emocional cuando no había algo más a lo que asirse. Desde luego también hay fraudes como Beyoncé y sus empresas de explotación infantil en Asia o judas como Nicki Minaj.
Peor aún, hay divas que de verdad creen que están por encima del bien y del mal y que su voz sólo sirve para cantar y no para hablar del mundo en el que vivimos. Divas pop que optan por el silencio ante el dolor ajeno, porque quieren separar el arte de la política. Hace unos días se hizo viral una entrevista en la que Alaska Olvido se desmarca del colectivo LGBTTTIQ+, pues no le interesaba ser referente de nada, incluyendo a la diversidad sexual. Quizá esta sea una de las partes más interesantes de las divas pop, así como en las discusiones escolásticas del medioevo se divagaba sobre la naturaleza del Jesús y sobre si éste era más mortal que divino o más divino que mortal, de la misma manera la naturaleza de las divas pop oscila entre lo que imaginamos de ellas y lo que son en realidad. Alaska nunca ha sido una persona progresista, muchos de sus amigos son miembros del Partido Popular, de espectro conservador, aunque ha sabido ser ambigua para no perder fans, entre los que destacan los maricas, como sucede con casi todas las divas pop.
Sí, hay algo hipnótico en ellas, algunas tienen historias de superación, otras son tenaces en sus propósitos como Lady Gaga, algunas son excepcionalmente bellas, unas más son todo eso y además gozan de una empatía que tal vez aprendieron de Lady Di, una diva gestada por el clamor popular que hizo temblar a la corona británica. A veces, me pregunto ¿Cómo será pasar un fin de semana con Dua Lipa? Si un día me la encuentro en la calle, más que pedirle una foto me gustaría decirle “Dua, I love you, free Palestine” y es que si algo tienen las divas pop es que nos hacen soñar con las cosas más cursis y ridículas, tal vez porque nos hacen sentir libres.
Hay divas de todo tipo, ambientalistas como Aurora Aknees, propalestinas como Dua Lipa, solidarias como Björk, divas que rectifican como la misma Madonna cuya fascinación por la tierra santa —“me parece mágico pensar que Dios vivió en esta tierra” llegó a declarar sobre Israel— fue un obstáculo para que se pronunciara sobre el genocidio, hasta que un día pidió al Papa León XIV que él mismo fuera a Gaza, pues según la diva “a usted no se atreverán a tocarla, su presencia puede significar un cese al fuego”. Las divas pop son fascinantes porque muchas veces podemos ver la nitidez de las contradicciones humanas en su ir y venir, no hay que olvidar que la misma Iglesia Católica excomulgó a Madonna luego de que difundiera el video de “Like a prayer”.
¿Hay en la admiración a las divas pop algo similar a un culto mariano? Tal vez, después de todo los roles de género configuran a las mujeres como seres empáticos, amorosos, tiernos, abnegados, maternos, pero el feminismo suave las configura como empoderadas, valientes, independientes, libres. Las divas pop son fascinantes, entre otras cosas porque son inalcanzables, como la virgen María o como el mismo Jesús. Algo en ellas nos conmina a comprenderlas más por sus canciones que por lo que dicen y viceversa. Por ejemplo, Laura Pausini vive en mi corazón cuando canta o cuando dice que nunca se casará hasta que el matrimonio lésbico gay sea legal en Italia, pero cuando se posiciona en contra de expulsar a Israel de Eurovisión porque “la música no tiene nada que ver con la política” bajo la cadena del baño y me lanzo a los brazos de Dua Lipa o de Aurora.
A la luz de las divas pop sólo queda comentar aquello que iluminan o aquello que queda en la penumbra, sin perder de vista que se trata sólo de una diva pop, así como las camisetas de fútbol sólo tienen sentido mientras dura el partido.
