Por Sergio E. Cerecedo

Richard Lowenstein (2019)
Entre los catálogos de Netflix y otros servicios de streaming y video on demand muchas veces los contenidos son puestos en un orden que, fuera del género de las películas, puede ser desorientador y hasta confuso, pues la sección documental generalmente revuelve el material de estilo más reportajístico y televisivo —aunque este término ya comienza a caducar—, con otras formas del documental. Hay materiales como Mistyfy que corren el riesgo de confundirse con algo de esa fórmula cuando su planteamiento audiovisual va por otro lado, por eso vale el esfuerzo de darle tiempo a estas películas que las plataformas no muestran en las highlights.
Mi insistencia por esas búsquedas —como cuando se revuelven los estantes de DVD´S de los supermercados— a lo mejor viene de neurosis personales, como que me resulta a veces insoportable que la memoria humana, la ROM o RAM computacional, tengan límites, que haya detalles que se escapen o que no se vuelvan a encontrar más que en la reconfortante plática con un amigo o con una persona a la que solo se vio una vez y que se quedó más con el instante que nosotros, fuese algo bueno o desagradable. Muy probablemente eso haya sentido Michael Hutchence el vocalista de la banda australiana INXS cuando, siendo el hedonista y perseguidor de los placeres sencillos que era, uno de sus sentidos le fue arrebatado de golpe, por un hecho mínimo y sin causa alguna, provocándole un daño cerebral irreparable, coincidiendo con el fin de la etapa de mayor fama internacional para la banda, en un secreto que él calló por muchos años y que mermaría todo aspecto de su vida.
INXS fue un fenómeno que aparte de sus virtudes musicales, su inicio ligeramente ska y su posterior rock pop y reversión del estilo baladístico fresco del rock and roll sesentero, se consolidó por la expresión corporal, el carisma y las interpretaciones de su vocalista. Posteriormente, sus excesos y problemas también moverían a la agrupación.
La propuesta audiovisual de este documental que abarca toda su vida a grandes rasgos y se enfoca a detalle en su persona, desde la formación de la banda hasta la muerte del vocalista en 1997, se cimenta en la tendencia actual de los testimonios fuera de cuadro. Escuchamos sus voces, pero solo vemos las caras de la familia del cantante en fotos o videos caseros, nunca en pietaje de las entrevistas. Y es que una de las grandes virtudes narrativas que “Mistyfy” tiene se encuentra en la maestría con que se maneja el subestimado material de stock, que casi siempre se busca en videotecas e investigando en los archivos de televisoras, reporteros e incluso de fans, gran parte se obtiene de la cámara de Hutchence, en su inquietud por documentar sus momentos especiales, así como de las fotografías de su infancia y adolescencia, todo revuelto entre blanco y negro y color a partes desiguales.
Por eso la virtud de Richard Lowenstein, el otro gran documentador de la carrera de INXS como director de gran parte de sus videos musicales y los proyectos alternativos del cantante, es utilizar la gran herramienta del montaje a partir de los recuerdos de esa cámara cómplice que siguió a toda persona cercana y especial para Hutchence, por lo que podemos casi imaginar en esos autorretratos que abundan en el metraje donde se reconoce su vis bromista y su mirada profunda cómo Michael le pedía a algún amigo que la sostuvieran por un momento, que contribuyera con sus manos a preservar ese recuerdo que hoy vemos. Todas las tomas donde vemos a sus conocidos actuar destacan en esa naturalidad, siendo protagonistas —aunque suene a lugar común— de lo que pudo quedar de la película de su vida, desde las aventuras de la banda por primera vez en Estados Unidos hasta la sonrisa de sus novias (entre ellas Kylie Minogue). Lo mismo se puede decir de la banda sonora compuesta de retazos musicales de temas de la banda y el score original de la película, donde estos fragmentos se funden con las voces testimoniales de manera casual y poderosa.
Hutchence, al que algunos claman el último gran rockstar, no sólo era un gran engullidor de cultura y un sex symbol que, pese al despunte de la banda y las giras, se le retrata como alguien de relaciones largas en las que siempre, según nos cuentan las anécdotas de varias de sus ex parejas, vieron su afán por dar lo mejor y por compartir su mundo, que más que lujos, eran vistos como placeres, desde el ser hogareños juntos hasta el organizar fiestas con sus mejores amigos —Bono de U2 llegó a ser íntimo suyo—. El tono a momentos melancólico de la película se nutre de su prosa, sus pensamientos sobre la fama cuando ya empezaba a hacerle mella, e incluso cuando habla de la inspiración para alguna de sus canciones, así de simple, cliché y emocionante es su explicación de, por ejemplo, “Never tear us apart”, entre otros temas emblemáticos que dan cuenta del trabajo humano detrás de un hit musical.
Así mismo, los hermanos Farris, integrantes de la banda, funcionan como un paralelo que la cinta establece con la familia del cantante; en ambas el personaje principal es retratado como un unificador y alguien que siempre buscaba esa cohesión perdida dentro de todo núcleo humano donde se encontraba, por lo que se agradece la priorización dentro de esta revoltura de formatos y recortes que por supuesto, no podría haber nacido sin una era post MTV, pero que dista mucho de los retratos audiovisuales que caracterizaron a esa televisora, en gran parte por el afán de sus creadores de detenerse en cada cosa importante y no escatimar en detalles en este rockumentary inolvidable que queda como la memoria de una época que ya no existe.
