Una crónica del huracán Erick
Por Ana Hurtado Pliego.
Llano Grande, Oaxaca. Al paso de las semanas, las pérdidas materiales que deja un huracán de categoría 3 en escala de Saffir-Simpson (de acuerdo con el Sistema Metereológico Nacional), se acumulan en la urgencia de resolver el día a día. Lo inmediato se centra en esquivar el hambre, las enfermedades causadas por la proliferación de mosquitos o por la falta de agua potable, y en que la preocupación por reconstruir casas que fueron destruidas por el viento y la lluvia sea más rápida que las posibles lluvias que suceden a los huracanes. Después de un huracán, lo inmediato es comenzar de nuevo.
Doña Chela vive en Barrio Arriba, a las afueras de Santiago Llano Grande, un poblado que pertenece a la micro región afromexicana de la llanada, con poco más de 1,000 habitantes. Caminos de tierra color ocre y un sol que, ante los árboles embestidos, arrecia más de lo normal. El 19 de junio, día en que el huracán Erick entró por las costas del Pacífico mexicano, doña Chela vio cómo el agua y el viento desbarataban su casa. Junto con su hija y sus dos nietos, salieron corriendo para resguardarse del desastre en una casa aledaña, atravesando las ráfagas de aire por donde volaban láminas de asbesto.
“Le digo a mi hija ‘aprovecha una sábana para enredar a la nené’, la enredó y le dije ‘vámonos’. Nos fuimos corriendo del agua. El aire como los meneaba [techos] y nosotros corriendo con el pie desnudo. Nos vinimos a cambiar hasta las 4 de la tarde, cuando nos trajeron ropa.”
Para entonces todo lo que quedaba de la casa de doña Chela eran dos láminas, un pozo, 35 gallinas muertas, un horno de barro y un fogón empapados, unos muebles recubiertos de agua y palos y ramas regadas por todo el patio.
“Y ahora a comenzar de nuevo. ¡Ay! Yo si lloré por mis cosas, tanto que uno anda sufriendo comprando las cosas. Ahí está la tele. La bocinota apenas tenía unos 15 días que Marcial la compró.”
Y, si bien es cierto que lo material es algo que se recupera, también lo es que la pérdida material nos dispone ante duelos desiguales: no son sólo objetos, son horas de trabajo, son sacrificios, cosas que alguna vez formaron parte de una aspiración aunque eso puede sustituirse, duele.

Fotografía: Ana Hurtado Pliego.
Las pérdidas materiales reflejan la desigualdad social, como muchas otras cosas en la vida. Con ingresos fijos, la rehabilitación de los espacios es más alcanzable que cuando se vive de la venta de productos o alimentos frescos. Con ingresos fijos, también, el hambre no es una mortificación mayor.
¿Qué es una casa sin techo?
Con los árboles lastimados, la sensación térmica calurosa endurece. Una casa sin techo es un paisaje díficil marcado por la separación y el despojo. Entonces empezar de nuevo, sin un lugar donde resguardarse del sol y las lluvias, se torna una decisión urgente con dirección desorientada. El lunes 25 de junio, la Coordinación Nacional de Protección Civil reportó 19 mil 55 viviendas afectadas, equivalente a un 20.26% de un total de 94 mil 34 viviendas censadas en las distintas localidades de Oaxaca. No todas tienen el mismo grado de daño pero, una de esas 19,000 es la de doña Chela. El número deja de ser número y muda hacia una muestra de la realidad: hablar de viviendas es también hablar de familias.
“No hay de otra, no hay dinero”
A 12 días del paso del huracán, la casa de doña Chela es una estructura sin techo ni agua potable. Al perder el fogón y el horno de barro, ha tenido que improvisar con un comal pequeño donde echa tostatadas que vende por encargo. De las despensas que le fueron entregadas por parte de las ayudas emergentes, tomó el azúcar y el arroz y los convirtió en empanadas que llenaron dos grandes bandejas que salió a vender. Esas ganancias le han permitido asegurar una sola cosa: la alimentación de ella y su familia en los días posteriores al huracán.

Fotografía: Ana Hurtado Pliego.
Sin dinero, sin casa y sin agua potable, las personas están obligadas a enfrentar múltiples —e impredecibles— situaciones que afectan su salud en un pueblo donde la promesa de un hospital quedó congelada en una construcción que desde hace más de seis años se mantiene en obra inacabada y forma parte de la estafa hopitalaria del exgobernador Ulises Ruiz.
Las pérdidas materiales de un huracán traen consigo dependencias económicas y alimentarias, las cuales, a su vez, multiplican las diferencias sociales. Empezar de nuevo, debería ser, ante todo, una decisión antes que un acto de supervivencia.
