Por Yaus Igual
Yo encendí un recuerdo
y me lo fui
fumando
Me fui a Guadalajara, en la nueva casa de mi papá, una habitación, un colchón, todo en blancos destellantes ¿sabías que los inuit distinguen nueve blancos diferentes?
El clóset de madera bubinga olía a barniz y a viejo o quizá eran solo los recuerdos de los antiguos habitantes. Un escritorio y una silla, improvisados, incómodos.
No traía medicamentos, ni siquiera aquellos de contraindicación médica para fumar o beber. La apatía me desbordaba, quise cambiar de aires, en realidad quería cambiar de vida.
Para esos días todo era ̷i̷n̷f̷i̷e̷r̷n̷o̷ invierno para mí, frío y azul. Dice papá que el azul y el morado -“Cómo los que tú usas”- son los colores de la melancolía.

Empezaron de una o dos caminando por el alféizar de las ventanas, bajando por la pared hacía la cama. Poco a poco fueron incrementando de tamañoycantidad porlas noches lasentíacaminandome por losbrazoslacara al despertar p u n t i t o s r o j o s p o r t o d a l a c a m a y e l p i s o cadáveres.
La sombra del manguero que daba en la ventana de cuerpo completo me asustaba por las noches, mi reflejo de cuerpo completo me asustaba durante el día. Comencé a suponer que era el dulzor del manguero lo que las atraía.
Lashormigascaminanenlinearecta – Salendelhormigueroalgunasexploradoras – Enbuscadealimento – Vandejandounrastro – Yelrestolosiguecaminandosiempreenlínearecta.
Quise hablar con ellas, explicarles que no tenía nada para darles, les preguntaba cuál de las 15 000 especies eran ellas, si eran del tipo de las que matan a placer o las que no muerden, ¿cómo le hacían las que no regresaban al hormiguero? ¿También había rescatistas como exploradoras? Pocas veces me contestaban.
La última noche, me susurraron:
– Háblale a tu papá sobre nosotras.
– Ya le dije, pero no me cree, no me escucha.
– Dile de nuevo, ahora sí te va a escuchar.
Como siempre, desperté pasado el mediodía, almorzamos huevo revuelto acompañado de un bistec, el tazón de sandía y papaya picada y una taza de café, me resultaba tan extraño ver a mi papá cocinando para sus hijxs.
Comenzaron a salirme por la boca, caminandoenlínearectaysinpausas.
– Recuerdo esas esperanzas infantiles de que en algún momento pudiéramos ser una familia feliz, una familia. Recuerdo esas esperanzas infantiles de que llegaras. Me hiciste falta. Nunca estuviste. No sé si podré perdonar tu ausencia y desinterés. Fue tu culpa. ¿Dónde estuviste? ¿Qué piensas hacer ahora?.
Inundados de p u n t i t o s r o j o s c a m i n a n d o p o r t o d o s l o s b l a n c o s, la cocina y rápidamente el comedor mi cuarto y las escaleras de caracol, buscamos el centro, el hormiguero, el origen estaba en mi techo.
Comenzamos el exterminio, con un líquido mata insectos. Salían y salían flotando en el líquido transparente, me dolía tanto como a ellas, sabía que su muerte era también la mía, la que fui y ya no era más, mi cuerpo, mi cabello, mis ojos, mis letras, mis vicios, mis dolores, mis amores, mi cordura.
Todo lo que nace tiene que morir.
Al día siguiente, ahora sin cadáveres, saliendo del baño me encontré con mi reflejo de cuerpo completo, ya no me asustó, me solté una sonrisa cómplice y salí a comprar cigarros. Recuerdo a las hormigas.
Nacida en la ciudad de México, crecida en Querétaro, aunque no soy de aquí, ni soy de allá. Traductora y lingüista trunca, mujer, cuerpa enferma, hija de familia trabajadora, feminista, cariña, ciela, amora. Acá se bebe y se fuma con ganas, se ríe y se llora sin pena. Escribo todo y publico nada.
