Nacimiento
Llegué al mundo así, desnuda como todos. Un lunes santo, casi a medio día. Un grupo de monjas atendieron el parto. Hecha desde el amor y condimentada por la pasión que consumía a mis progenitores. Mujer desbordante fui desde entonces. Llamada por las lunas que rendían homenaje a sus madres, llevo sus nombres. Crecí. Me resignifiqué. No quería ser nadie. Quería ser yo. Me encontré desde diferentes ecos, a veces no los entendía. Guardé silencio. Estaba aprendiendo a leer el mundo. Pedí iluminación. La escritura me escuchó. Todavía no era digna. La abandoné. Caminé entre las hojas secas y me hice una con la tierra. Nacer, me dijeron. Lo hice. Hablé primero con la boca. Liberación. Hablé después con las manos. Armonía. Le di sonido a mis palabras plasmadas en papel. Ascendí, ¿Ahora qué sigue? Me respondieron. Trascender. Sigo viviendo.
Vaso vacío.
¡Estoy harta! Llevo horas mirándolo y sigue con su insoportable transparencia sobre mi mesa, sin decirme una sola palabra. Ya hice todo. Apagué la luz para acorralarlo y que reventara de miedo. No funcionó. Intenté ahogarlo en el lavaplatos, el muy canijo se resistió; jamás había conocido a alguien así. Opté por el fuego en diferentes tamaños. Primero, la flama de un encendedor; luego, la gran llamarada de un fogón, ¿Y qué resultó? Ni yo entiendo, se mantiene resistente, es como si tuviera mil capas. Así que empecé a intimidarlo. Caminé en círculos; a veces le daba espacio, otras, le reducía los diámetros. Es inútil, sigue sin hablar. Se me secó la garganta, tengo sed, no encuentro mi vaso para poder beber. Ya busqué por toda la cocina. No tengo nada. Creo que me invita a acercarme, se muestra amistoso. Confío. Lo tengo entre mis manos, ya no es resbaladizo. Me puedo ver, sí me reconozco. Soy yo. Aquí está mi vaso. No, nunca ha estado vacío.
Encierro
He contado mucho hacia atrás. Siempre me revelo la misma imagen: voy dejando mis pasos, seguros y perdidos. Todo dependía de la historia que el día me contara. Una vez, me dediqué a recordar, es imprescindible que una valúe el gramaje de sus experiencias. Otro, en cambio, me lo bebí sin respirar. Me dolía. En una ocasión, me obsequié el día, me impresionó lo que se puede hacer; también me dediqué a contemplar, eso me lo tengo bien guardadito en el alma. Un día desperté, puertas y ventanas, no eran salidas. El mundo se paró, dejando a los días sin nombre. Ahora habito el frágil cubo transparente, es una máquina del tiempo cruel, cada que le pido viajar, me trae de regreso al día cero.
Ana Rosa Lozano González, Ciudad de México, 1991. Escritora, mediadora de lectura y tallerista de creación literaria con perspectiva de género.

Vaso vacio= hermoso