Arim Atzin | Poesía

Por Arim Atzin

Muchas mujeres hablan sobre la decisión de abortar como acto político. En el poemario La energía crea o destruye según se transforme, Arim Atzin aborda la inevitabilidad biológica de este suceso desde una perspectiva espiritual y denuncia públicamente los hechos que no pudo denunciar en su momento. Después de haber sobrevivido a dos abortos espontáneos, la poeta reflexiona a través de sus poemas sobre el sentido de estas experiencias vitales. También hace breve alusión a cómo la New Age comercializa con la espiritualidad y relata dos negligencias médicas en forma poética: una costó la vida de su padre, a la otra sobrevivió ella misma antes de nacer. Este libro puede adquirirse a través de tienda.arimatzin.com y de las webs de Gandhi, Gonvill y la editorial Noctis Labyrinthus.

 

La energía crea o destruye
según se transforme

Crónica de unas muertes anunciadas

 

Uno más uno

Soy una mujer en construcción,

un tsunami dirección pestañas,

una madre, hija, hermana

a medio hervir,

soy el coágulo que espera

su primer aliento para derretirse,

soy la vida misma esbozada

sobre el papel de baño

y abrazada por el remolino del váter,

soy Padre que abrasa

al Hijo desmembrado,

Espíritu Santo

cuya sangre corre por las arterias

de la ciudad

a extinguirse en oleajes:

¡un amén por mi intento de gestarme!

Sin embargo…

me quedé en el uno más uno

son dos

y no sé multiplicar,

mas sí dividir mis entrañas

y evacuarme por el hueco

de un hospital,

pues soy una mujer en construcción:

incompleta, vacía, de familia extirpada

y, aun esqueleto de andamio:

una;

aun de lecho desierto:

una,

porque me quedé en el uno y en el dos

y, con saberme singular y plural,

encarno la potencia del infinito.

       .

            .

                  .

            .

                  .

           .

    .

      ∞

 

 

 

La forma primitiva del todo

Dijeron que le ocurre a casi toda mujer

al menos una vez en la vida:

operación numérica;

dijeron que está en la agenda del doctor

veinte, treinta veces por Luna

—números antinaturales—;

dijeron solamente que me levante y ande

proyectando espectros de un lamento

para reproducir sus órdenes de nuevo

—números antirracionales—;

pero tú recorriste siete semanas Luz

dentro de mi oscuridad,

te alimentaste de mi

forma, alma y consciencia y aun así

dijeron que era una burla despedirte

—números antónimos que se montan—

por concebirte como un reflejo

de sí mismos:

como una suma aún

amorfa, desalmada e inconsciente

de células primitivas en expansión;

mas el universo

también se extiende y transforma

cual matemático desborda

su pizarra con geometría procreada

de la inteligencia y el secreto

de Dios:

y Dios

mismo derramaría

lágrimas si se le derramasen

sus arcaicas supernovas masivas

de entre las piernas.

 

 

 

La sorpresa

La sorpresa vino envuelta

de nubes carnosas

dentro de un ultrasonido incógnito

tocado por el órgano

que me reproduce madre.

 

¡De nuevo Luz!

¡De nuevo explotó una chispa

en uno de esos abrazos de nebulosas!

La chispa se preñó de Estrella

y la Estrella parió unos restos

a orbitarla.

 

Esos restos estelares

éramos su padre y yo

alegremente dando vueltas

alrededor de la idea concebida

de tenerla entre nuestros brazos.

 

Altair

brillaba entre todas

las Estrellas del Águila,

brillaba entre todas

las constelaciones diurnas,

brillaba por encima de la Luna

y las tinieblas que le dieron pie

a despedirse de su nido.

 

Era la Estrella más brillante

hasta que cargué con el peso de la Tierra

sobre mi abdomen

y el Águila comenzó a desgarrar su carne

sobre bruma de fuego

y comenzó la lluvia de Soles

a prenderse bajo mis piernas

y a apagar lentamente

el ultrasonido materno.

 

La sorpresa se fue envuelta

de nubes carnosas

fuera de un grito que nunca revelé,

pero que quedó grabado a la espera

de ser reproducido.

 

 

 

El silencio

El silencio devino cacofonía en mi mente

una vez mi órgano quebró por segunda vez.

 

Trombos de Estrella estrellados

contra el desagüe de urgencias

seis años Luz más tarde,

dos horas después del principio

del túnel en mi letrina;

quedé hueca y en silencio.

 

Fracaso,

fracaso…

¡Silencio!

Shhh…

¡Si tan solo te atrevieras a hablar!

 

Entonces, descompondrías la etiqueta

de mujer que porto y dividirías sus partes

para encontrar los trozos de vacíos

y lanzarlos lejos, al infinito.

Entonces, desfigurarías

las siluetas luminosas

de los seres que se lanzan a la red

para que los pesques y te pesquen ellos a ti

y les fundirías en sus propias tinieblas.

 

Hace poco tiempo,

aprendí a leer la fortuna en cartas,

pero los arquetipos me mintieron:

Nueve de Copas,

mas ni siquiera dos Lunas de Santo Cáliz,

Ocho de Bastos,

mas no el signo del infinito en mi materia,

Rey de Copas,

mas ningún reino la Matriz hereda;

quedé hueca y en silencio.

 

Doné doscientas monedas

para una espiral de plata

que prendería mi cuerpo de energía

a miles de unidades Bovis,

pero se perdió la espiral de sangre

igualmente por mi vagina

y en ella me retorcí

y evacué la plata y una Estrella;

quedé hueca y en silencio.

 

Doné otras doscientas monedas

para activar mi Matriz dormida,

dormida…

para embarrarme

con mi propia hemorragia,

ahumar la vulva con hierbas

y anublar la herida,

pero fue la mujer medicina

quien se esfumó entre todo el humo

que yo misma había sublimado;

quedé hueca y en silencio.

 

¡Silencio!

¿Por qué me molestas tanto?

Tras quedarme tan vacía y callada,

solo quiero partirme en dos

para sentirme de nuevo una mujer completa

en la cacofonía de ese resquebrajo

y no con mi propia impotencia virgen.

 

Silencio…

¿Ser mujer es morirse por dentro

dos veces seguidas

y aparentarse por fuera intacta?

¿Es vender el ánimo

para que te digan que existes

mientras te vas lentamente consumiendo?

 

¡Si hasta dos tipos distintos de iluminados,

los mismísimos arquetipos

y mi propio subconsciente

me estafaron!

 

He de pensar que a ídolos

se los venera con fervor estruendoso

y una a una misma

se la traga

para ahogar las penas en silencio,

lo cual es de un rubor estrepitoso.

La vergüenza de ser un fracaso

se asemeja tan solo

a la de invertir la energía

y el tiempo alternos

para que multipliquen el fracaso.

 

Entonces, urge descomponerse una vez más

para encontrar esos trocitos inservibles

y lanzarlos lo más al infinito que se pueda.

 

Entonces, urge desfigurar

las falsas luminiscencias

para pescarse a una misma

en vez de ellos a ti

y fundirse con la propia sombra.

 

Entonces,

ese silencio que estalla en la mente,

solo entonces,

se convertirá en la melodía

de la tormenta

que precede a la calma.

 

 

 

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